Siempre hace buen tiempo

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Meditación de una noche verano

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 Dame, Señor, la luna que he perdido

y el cándido deseo con que mira

este mar que se duerme en tu presencia.

Dame el eco que deja la marea

sobre el manto de oro de la playa

para aquietar mi alma como un niño

que busca caracolas, sin saberse

un padre de familia o un viejo pescador.

Pues soy solo el arpegio de mi verso

cuando esta noche de nuevo se arrodilla

para adorar la luz que esconde cada ser

en el gran beso que funde a las creaturas.

Deja que sienta que todo es sinfonía

y armonice mi calma con  tu Calma,

y derrame mi nada en la gran Nada

hasta  perder mi nombre repetido

que dormita sin brillo para siempre

en una vieja gaveta de la abuela,

como la foto en sepia de algún muerto.

Será entonces quizás este verano

el que contigo renazca y me reveles

el amor que he sido y sigo siendo.

 

Pedro Miguel Lamet

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Poema al subconsciente

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El subconsciente nos juega trastadas, aparece en sueños, escapa a nuestro control. Pocos poetas hablan explícitamente de él, aunque ha brotado siempre en la poesía de todos los tiempos. Le he dedicado el siguiente poema:

 LA VOZ DEL SUBCONSCIENTE

Todo el tiempo me nacen de las manos

ríos de voces, rostros inombrados,

versos de antaño que llenan los desvanes

de la conciencia azul, y brotan telarañas

desde un pasado niño, adulto, adolescente:

miedos que nunca sé si sofocaron

las razones sensatas que dicta la experiencia.

 

De noche surgen cantos de monstruos y sirenas,

vagan imágenes que vuelan sin sentido

o evocan huecos de aquel viejo trastero

donde el orden no existe, o están acumuladas

aquellas impresiones que exceden toda lógica.

 

Somos barqueros que reman en estanques

donde el sol no amanece.  Más allá de la bruma

de un cielo ensombrecido, no somos los patrones

del barco de esta vida, sino grandes preguntas

tendidas a la noche, versos que  buscan la pluma del poeta,

niños inquietos carentes de la mano.

 

Suelta el querer. No ates tu deseo,

deja a la barca que bogue al no sentido;

vierte al amor tu saco de basura,

todo el vestigio que nunca has controlado.

 

Una luz que no  es tuya te limpia del pasado

y una mano invisible arropa lo futuro.

 

Eres  ahora, más allá de consciente,

pues el tiempo, la sombra, el desamor,

la rueda, tus miedos, el temblor y el abismo

se esfuman si te has muerto a la fútil imagen,

 

y naces al Ser mismo.

 

Pedro Miguel Lamet

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Baja a mi noche

BAJA A MI NOCHE

 

Baja ahora a mi noche con la piedad del beso

con que posa en la hoja la gota de rocío

y límpiame el espejo con que copio este mundo

de tristeza de niños sin niñez

y ancianos sin arropo.

 

Cántame tu nana, Señor, que tengo miedo

a las sombras que tejen los dueños del dinero

y a la frialdad de campos que engendran

rascacielos con índices Nikeis e Ibex trentaicinco,

cuando las flores huyen y los pájaros mueren

sin ramas protectoras.

 

Desándame el camino, que, perdidos sin norte,

escarbamos asfaltos en busca de esperanza.

 

Vuelve a casa, mi amigo, enciende tu fogata

saca el pan con que horneas la ternura, y el vino

con que sangras de nuevo entre misiles,

que hace tiempo que no encuentro la risa

sentados en la mesa de tu cuarto de estar.

 

Me falta la cretona y el canto del jilguero,

la tisana y la tarta, un calor de merienda

y el croché de la abuela, sentada en su butaca

y su nube sin tiempo.

Que la tele no grite

zafiedades al aire y noticias que atrapan

el corazón exhausto.

 

Salgamos a correr.

 

 Pedro Miguel Lamet

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Oración del otoño

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ORACIÓN DEL OTOÑO

 

Como el otoño, me deshojo esta tarde

con el viento que desnuda lentamente

el cercano jardín y arrastra mis pesares

hacia el cielo encapotado de lo inútil.

 

Se va quedando el árbol desprovisto

de aquellas coloridas ilusiones

con que antaño se poblaban las ramas

de versos pasajeros. ¿Te acuerdas?

¡Quería, necio de mi, conservar para siempre

aquel  verde vestido de risa y primavera!

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A Juan XXIII

 

Con tono llano y faz de campesino,
como un abuelo que parte su ternura
en la mesa camilla y se apresura
a devolver humano todo lo divino,

 

y cual pastor sentado en el camino,
que observa desde lejos la premura
de un pueblo que desea esa hermosura
que es escanciar un vaso de buen vino,

 

te sentaste en la plaza con la gente
y sin más ceremonia, como hermano,
abriste las ventanas de la mente,

 

devolviste a los pobres la alegría,
a este mundo la fe del buen cristiano
y a tu Iglesia un sabor a profecía.

Pedro Miguel Lamet.

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A una barca rota

 

Nadie puede otra vez sentir la brisa

sobre el rostro y cantar desde tu popa;

eres sólo el recuerdo de una ola

y el rastro destruido de una risa.

 

¿Quién dejó derrumbarse con tu quilla

tanto ensueño de mar, tanta paloma,

costillar encallado entre las sombras,

esqueleto de amor, vela partida?

 

Hoy medito de bruces en la noche

que un día arribaré roto y varado,

a esta playa sin nadie y junto al faro

 

después de tanto afán y tanta brega,

para que así mirando al horizonte

me acune para siempre la marea.

 

Pedro Miguel Lamet

 

 

 

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A una letra

Cuando escribes, tu letra se parece a tu calma
al colgar la ternura de la mórbida erre
y al achicar los nombres hasta el mismo tamaño
de la voz de retoño con que pides, preguntas.
Es tu letra un riachuelo, peregrino de mares,
un manantial que brota sin pedirte permiso
de un oculto venero con verdades antiguas.
Son amigas del orden tus graves consonantes
y la vocal te nace con olor a violeta.
Se desparrama un mundo en tus eses finales
y todo se hace limpio cuando escribes un punto.
Déjame que acurruque mi dolor en tu letra
y que subido al cuenco de la uve graciosa
escudriñe el misterio de esas olas marinas
con que las emes caen rendidas en la arena.
¡Qué mimado misterio ocultan tus palabras,
esas flores azules de tu tinta secreta!

(De Las palabras pequeñas, 1992)

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Se morirán las tardes

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Se morirán las tardes

detrás una de otra
y caerá sobre el mar
la violeta quietud
que troncha
las palabras,
Pasará aquel anciano
reclinado en su asno
sobre el trote de un tiempo
con arrugas de huida.
Volverá la penumbra
a acostarse en el valle,
y vendrán de la playa
los ecos de lo antiguo.
Y andándote el camino
del amor sin pisadas,
tu nostalgia se irá
añorando en las olas
aquel mirar silencios…
Se morirán las tardes
detrás una de otra.

(De Del mar y el peregrino,1972)

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Hoy el Po copia reflejos

Hoy el Po copia reflejos
de una tarde italiana
que gris y rosa se va
con el pálido claror
de una mejilla de niña
que se descubre muchacha.
Los árboles se adivinan
ya negros sobre un paisaje
de tibios verdes y ocres.
Vienen detrás las montañas.
La luz se va con el río,
y me sueño allí uno más:
uno sin tierra y sin casa,
que ha descubierto en la tarde
los secretos de su alma.
La piel trémola del aire
también se lleva los versos
y unas lluvia evanescente
borra el Po de mi ventana.

(De Los cuadernos del nómada,1976)

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