Siempre hace buen tiempo

Category Archives: Sociedad

Mar adentro

Marinero varado

Los españoles, que seguimos día a día la peripecia humana de Ramón Sampedro, el tetrapléjico gallego que decidió quitarse la vida, asistimos de algún modo a la muerte en directo. Una muerte que no era ficción, por mucho que se nos hurtara en la tv sus últimos estertores, sino una muerte real. El cine a través de su historia nos ha obsequiado con millares de muertes, convertidas en espectáculo más o menos creíble, dramático, estético o denigrante. Pero pocas veces, cuando el film se hace crónica, la hemos vivido tan cerca como la de Sampedro.
Convertido en bandera moral, ideológica y hasta política, Sampedro, un cerebro lúcido incrustado en un cuerpo inerte, estuvo en el centro del debate de la eutanasia activa y en las reivindicaciones de las asociaciones “para morir dignamente”.
Llevar esta tragedia personal al cine era un enorme desafío y más aún llegar a convertirla en una película con éxito comercial. Alejandro Amenábar, que no puede negar un cierto discipulado de la fascinación de Hitchcock y de los recursos de Spielberg, ha respondido a este reto con una obra honesta, de gran calidad fílmica y estremecedora vibración humana. La más viva y cercana al espectador de toda su filmografía compuesta hasta ahora de cuatro películas.
Inmerso en el misterioso paisaje gallego, de belleza triste como la muerte, e identificado por simpatía –en la acepción más etimológica del término de sentir-con- con su protagonista-, el joven realizador ha optado, entre las diversas opciones que tenía, por la crónica amable y poética. Podría haberse limitado al reportaje duro, a la denuncia seca a lo Truman Capote o la tragedia existencialista y documental. Pero para eso Amenábar tendría que sentirse más cercano del cine francés o italiano que del estadounidense.
El film se desarrolla en dos ambientes, que básicamente podrían simbolizar la realidad y el sueño, la muerte y la vida. El primero es la casa donde vive Ramón, la vivienda de un campesino en la Galicia profunda. Esta recreación es lo mejor de la película. Nos sumerge en la cotidianidad de la familia, que ha aceptado plenamente convivir con el enfermo, pero que tienen sus dispares modos de enfocar los deseos de suicidio de Ramón: El viejo padre, Joaquín (Joan Dalmau), que asiste como estatua viviente al drama; su hermano, tosco marinero convertido en campesino que no entiende a Ramón; el sobrino Javi (Tamar Novas), adolescente limpio y desconcertado, y sobre todo la cuñada Manuela (Mabel Ribera) una magnífica encarnación de la mujer del pueblo, sacrificada y silenciosa. La casa es el trasunto de la inmovilidad de Ramón y al mismo tiempo su falta de intimidad, su dependencia absoluta, a pesar de que ha conseguido escribir cartas y poemas y responder al teléfono con la boca. Son los demás los que entran, salen, recorren los pasillos, viven. Ramón sobrevive con su cerebro, su humor y sus ganas de morir.
El otro mundo, prohibido para Ramón, es el de fuera. Amenábar libera a su protagonista y al espectador a través de las escapadas de la mente, una suerte de viajes astrales al campo y al mar, vuelos rasantes al paisaje de la vida. Esta técnica, que podría haber rayado en recurso cursi y meloso en manos de un inexperto director, se integra bien como contrapunto poético a la tragedia y a la claustrofobia. Es el mundo de los que viven la vida, evocado también en los sugerentes planos del viaje real al juzgado de La Coruña.
Entre ambos mundos se mueven los personajes femeninos, que son los que de alguna manera reportan vida al “muerto” Ramón. Ya hemos mencionado a Manuela, el cariño silencioso y abnegado, un personaje arrancado de la vida y que se mueve en el ámbito del hogar, del servicio y del dolor. Luego está Julia (Belén Rueda), la hermosa, rubia y esbelta abogada, que representa el afuera, la utopía, personaje de ficción que intenta hacer comerciable el film, auque la actriz responde con eficacia y sensibilidad a la expectativas. Y, por último, como entre los dos mundos, la realidad y el sueño, Rosa (Lola Dueñas), una galleguiña de Boiro, madre dos hijos, frustrada en el amor, que también se enamora de Ramón y que acabará por estarle más cerca que ninguna.
Pero sobre todo está el propio Ramón, interpretado por Javier Bardem, en una creación en la que el actor se supera a sí mismo, hasta llegar a parecerse al personaje histórico, en sus tics, sus sonrisas, sus escasos movimientos, su habla gallega. Se puede decir que esta película es la historia de un rostro, el de Sampedro, y por tanto en un elevado tanto por ciento el logro de un extraordinario actor.
No obstante el drama de Ramón Sampedro está en cierta manera edulcorado de su terrible realismo gracias, como he dicho a la poesía, el humor –presente en todo el film- y sobre todo el amor y la ternura. Roza el borde del ternurismo, contrabalanceado por el humor y los elementos de la vida cotidiana. Ello hace de Mar adentro un melodrama de factura internacional. Todos los personajes son fílmicamente creíbles, aunque el de Belén Rueda es un tributo, como he dicho, a la viabilidad taquillera del la obra. La música, compuesta por el propio Amenábar, con ayuda de músicos gallegos y la fotografía, empastada en una luz también muy gallega y abierta a su bronco mar, coadyuvan a una cámara que ama a sus personajes con leves y acariciadores movimientos.
Desde el punto de vista ético, sociológico y político, ¿toma partido? Amenábar ha dicho que no está ni a favor ni en contra de la eutanasia, sino que pretende relatar un hecho humano. En cierta medida es así, porque al final de cuentas se trata de una película sobre la vida, un canto a la libertad y al amor, por encima de todo. No obstante hay evidentes y explícitos juicios críticos a la postura de la sociedad, los jueces y la Iglesia católica. Esta última aparece ridiculizada con la intervención de un sacerdote tetrapléjico que va a visitar a Ramón y no puede ser subido por las escaleras, teniendo que comunicarse a través de sus ayudantes. La ridiculización de este cura – en la vida real miembro del Opus Dei y en la película, no se sabe por qué (quizás por miedo al poder de la Obra), jesuita- es tan sarcástica que se despega como un postizo. Más allá de este nervioso brote anticlerical, donde casi siempre se desmadra el cine español, se echa de menos que alguien explique en el film la postura contraria desde el respeto y la sensibilidad que domina en el resto de la película.
Pero a la pregunta sobre si el film está o no favor de la eutanasia, hay que responder que Amenábar está a favor de la decisión personal e intransferible de un ser humano, Sampedro, como el mismo Ramón dice en el film, revelando contradicciones de posturas contrarias como la pena de muerte o la defensa de la propiedad privada. En otra escena, cuando Rosa le interroga sobre la otra vida después de la muerte, Ramón, muy racionalista, le respondo que un pálpito le dice que en la otra vida no hay nada, aunque siempre queda la supervivencia a través del recuerdo y la poesía.
En una palabra, un bello y estremecedor film que consolida a un gran realizador, acercándolo al público, frente a sus obras más artificiosas y frías como Tesis o Los otros, y lo introduce en el mundo de los insondables sentimientos. No es una obra maestra, en el sentido de que tiene sus trampas, concesiones o fugas a la angustia insoportable del tema. Me imagino con el rigor que habría rodado esta misma historia un Bergman, un Buñuel , un Bresson o incluso un Rossellini. Pero también es verdad que este film sobre el “derecho a la muerte digna” se convierte en un canto a la vida desde un cerebro; al amor gratuito y sin manos, en definitiva a una forma de fe que hace que se superen a sí mismos en los límites de su cuerpo. Es un film poético y en la poesía, que redime o es el hontanar secreto de toda realidad, siempre habita el misterio, un sabor a más que está más allá paradójicamente incluso del nihilismo de una concepción puramente material de la vida, que la película parecería defender. Como si al final ganara el alma, le mente, o como quiera llamársele al elán vital que anima la vida a la que renuncia el protagonista.

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Director: Alejandro Amenábar .-Guión: Alejandro Amenábar, Mateo Gil.-Productor: Fernando Bovaira, Alejandro Amenábar.-Intérpretes: Javier Bardem (Ramón Sanpedro), Belén Rueda (Julia), Lola Dueñas (Manuela), Mabel Rivera (Rosa), Celso Bugallo (José), Clara Segura (Gené), Joan Dalmau (Joaquín), Alberto Jiménez (Germán), Tamar Novas (Javi).-Música : Alejandro Amenábar .-Fotografía: Javier Aguirresarobe, Montaje: Iván Aledo.-Duración: 110 minutos.

Leer el poema de Ramón Sampedro, que dio título a la cinta.

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El Seiscientos

Fue el primer coche para muchos españoles. Pequeño, coqueto, sencillo y utilitario, nos bautizó a muchos en la sensación de libertad que es conducir. Nos llevaba al trabajo y nos comunicó con el mar, la montaña, el campo. Aguantó acelerones y maltratos, y acompañó muchos sueños, urgencias, amores, miedos, partos, despedidas, escapadas. Ahora el Seiscientos –parece mentira–, es casi un objeto de museo. Lo han sustituido automóviles mucho más ostentosos, potentes y agresivos, que simbolizan el estatus, el orgullo y las apetencias del hombre de hoy, cada vez más competidor y agresivo. ¿Y nosotros? Como la gente de la acera, seguimos pasando y buscando insatisfechos alcanzar un destino que las cosas no pueden proporcionarnos. Y ellas nada serían, si nosotros no les prestamos un poco de alma: lo mismo un árbol que un Seiscientos.

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Terminator versus democracia

Dos años ya de las Gemelas y el mundo con estos pelos, por no decir patas arriba. Contemplo lo ocurrido estos meses con temor y temblor desde mi agujero de ciudadano global y ¿qué veo? Mientras nadie encuentra a Bin Laden,  ni a Sadam ni las armas de destrucción masiva, el imperio de la seguridad más arbitrario está socavando aquel espíritu de la democracia que dio origen a los Estados Unidos.

Hasta los propios estadounidenses están experimentando, como denuncia el profesor de Georgetown Norman Birnbaum[*], cómo un imperialismo antiterrorista y sus enormes gastos, les conduce al desempleo. El mismo autor dice que los gobernantes pro americanos de Europa se han vuelto cada vez más autoritarios y cita a Aznar, Blair y Berlusconi.

El suicido inducido de David Nelly, ante la presión mediática, ha puesto frente a las cuerdas a una de las democracias más añejas del continente europeo, mientras en Irak ya han muerto más soldados aliados que en toda la guerra. Bush no sabe ya qué hacer con esa patata caliente y pretende colarle un gol ahora a las Naciones Unidas que despreció. Las severas palabras del secretario Koffi Annan  revelan una situación sin precedentes, hasta el punto que Washington esta  a punto de retirar su resolución sobre Irak de la ONU.

La expresión clave de los iraquíes al hacer balance de estos últimos meses es muy significativa: “Lo peor no fue la guerra, sino el caos que le siguió”. Es cierto que Irak comienza a funcionar seis meses después: la gente ya no hace cola en las gasolineras sino en los bancos, pero la vida no vale un céntimo en las calles de Bagdad. Solo en la capital fallecen al día 30 personas por heridas de bala. La última víctima, el encargado de información de la delegación diplomática de España. Un lúcido reportaje de Tele-5 sobre la muerte del cámara Couso llega a la conclusión de que en la muerte de periodistas  a manos americanas en Irak había intención deliberada. ¿Cómo no sabían que  en sí mismo, con y sin Sadam, ese país era un cóctel molotov?

Tampoco el sheriff de la aldea global es capaz de poner paz en Oriente Medio, porque está claramente del lado de uno de los dos pistoleros: Sharom y  su ley del talión contra los suicidas de Hamás,  a los que no puede controlar un Arafat enfermo, amenazado de muerte y acorralado por nuevo muro de la vergüenza. Se diría que el éxito del actor republicano Scharzenegger como nuevo gobernador de  California se convierte en  símbolo de este anhelo de seguridad que domina al mundo: Termiantor.

 


[*] “Imperio y democracia” (El País, 31-08-2003).

 

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Hombres bomba

De cómo andamos

Hemos cumplido un año del funesto 11-S, y no hay otra palabra que defina mejor la situación presente que ésta: confusión. Cada día se aleja más de nosotros aquella división tópica y típica de indios y cow-boys, policías y ladrones, buenos y malos.

Es cierto que, desde apenas un año, fuerzas ciegas y fanáticas parecen ir apoderándose de la tranquilidad del mundo y nos siguen aterrorizando con las autoinmulaciones explosivas de Oriente Medio y la más reciente de Moscú. Ha surgido una nueva forma de terrorismo que es tan imprevisible como irracional, porque no solo mata a otros, desprecia la propia vida. Pero junto a estos nuevos kamikazes, dispuestos a convertirse en hombres-bomba, ¿está toda la verdad del otro lado? Las ambigüedades de Bush han rayado en la paranoia al llevar su pretendido oficio de gendarme del mundo a la pretensión de guerra unilateral. Y, aun aceptando que Irak sea un peligro potencial para la humanidad, ¿acaso no lo son los Estados Unidos manteniendo la deuda externa o pisoteando los derechos humanos de los presos de Guantánamo en situaciones que evocan las hitlerianas?

Es una locura conducir a explotar, como Sansón con todos los filisteos, a un hombre-bomba en un mercado de Telaviv. Pero la exterminación palestina a manos de los judíos con el apoyo de Bush tampoco deja de ser otro terrorismo, aunque en nombre del Estado. El grave episodio del teatro de Moscú se ha convertido en otra señal de alarma que se enciende en medio de un mundo que llamamos civilizado.

El magno atentado nos ha encogido el corazón. Pero, en la medida que comenzamos a recabar nuevos datos sobre el asalto y el gas utilizado, no cesan nuestros escalofríos. Si fuéramos consecuentes, cabría preguntarnos si Putin no es por lo menos tan peligroso como Sadam, pues oculta terribles armas químicas cuya composición desconocemos, pero que hemos comprobado que matan igualmente a santos y pecadores. ¿Cómo es posible que los familiares no puedan tener acceso a los cadáveres de las víctimas inocentes y ni siquiera a la lista de los enfermos? ¿Qué sabemos de los métodos utilizados por Putin en la represión chechena? Si Rusia fuera una democracia, el parlamento freiría a preguntas a un presidente que se cree un «zar» fuerte, pero ha dado pruebas de ser capaz de actuar al borde del exterminio. Si no, que hubiera al menos alertado a los hospitales del antídoto necesario.

Muchas preguntas sin respuesta. Quizás la peor de todas sea esa otra bomba, de la que casi nadie habla, la enterrada hace muchos años en los países débiles; la bomba del hambre, de la marginación y la carencia casi absoluta de recursos y, sobre todo, de la falta de educación, que a la larga es el más terrible explosivo. La cadena de atentados que venimos sufriendo a escala global es como la tapadera de una cacerola que oculta debajo un hervidero de injusticias. Por eso, el único futuro es de quienes trabajan en silencio por crear desarrollo y dialogar la paz.

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La sombra de las gemelas

Entre manifestaciones antiglobales, cuando escribo estas líneas, los líderes europeos juegan a gobernar el mundo desde su cumbre de Barcelona. Mientras, el mundo estalla en las manos de palestinos e israelíes; la guerra no ha terminado en Afganistán, y Bush promete otros suculentos conflictos bélicos en Georgia e Irak. Se acaban de cumplir seis meses del fatídico 11 de septiembre en que estos ojos que se van a comer la tierra contemplaban atónitos caer en directo las orgullosas Torres Gemelas. Recuerdo que tracé una línea roja aquel día en mi agenda. Me creía entonces, iluso de mí, ciudadano global, internauta feliz, hombre cibernético e hiperconectado. Pero nadie, ni los informadores de radio y televisión, ni los cientos de miles de páginas webs, ni los portavoces del gobierno más poderoso del mundo me daban una respuesta a tanta confusión.

Las imágenes eran frías. Carecían de sonido y montaje.¿Eran ficción o realidad? Veía estrellarse uno tras otros los aviones de pasajeros de American Air Lines contra los rascacielos, la tierra de Pittsburg y el Pentágono y nadie, absolutamente nadie tenía ni idea de lo que estaba pasando. ¿O ningún avión cayó realmente en el Pentágono? Ahora se sospecha incluso que allí estalló otra cosa. Luego vino la locura de Nueva York, la venganza bélica sobre una tierra pobre y desértica, los bombardeos contra Afganistán.

Cuando me desperté del sueño, me pareció que aún continuaba dormido. Veía afganos que parecían arrancados de tiempos medievales correr al refugio de hostiles fronteras; llorar en los infectos hospitales; rebuscar en los charcos putrefactos algo de agua para beber y, entre los cascotes y escombros, un poco de comida. ¿Quizás alguno de esos paquetes con instrucciones en lenguas ininteligibles, llenos de chocolate y mermelada USA, entre las bombas?

Hoy es un día cualquiera a finales de marzo del 2002. Dicen que vivimos en una aldea global. En cualquier capital importante de nuestro mundo podemos visitar un McDonalds, comprar un jersey Benetton, leer gracias a Internet el recién salido New York Times o ver la CNN. Pero las cadenas americanas censuran la información, me escatimaron los muertos, me mostraron un Bush que baja del helicóptero de la mano de su esposa y sus perritos, con la sonrisa de un acaudalado ranchero de Tejas. Aun hoy los reportajes inéditos que acaba de mostrar la televisión siguen censurados. Esos sí, vi miles de banderas americanas, gringos envueltos en barras y estrellas, y políticos, muchos políticos como Tony Blair, que se paseaban por Oriente Medio a ver, si a toda prisa, montaban un Estado Palestino. Acabo de leer en el periódico que la cumbre europea pide después de seis meses exactamente lo mismo.

El antrax dejó de ser noticia. Pero tampoco lo es la pobreza de un Afganistán que descubrimos de chiripa y que han desaparecido de nuestras pantallas como el misterioso Bin Laden.

Una cosa he sacado en claro: De nuevo el «moro», el judío y el cristiano hablan de Dios, de un Dios de venganza y justicia, pero ninguno habla de aquel Padre de Jesucristo, que perdonaba desde la cruz a sus agresores. «Perdónalos, porque no saben lo que hacen». Dicen los expertos que esto es la explosión de culturas que se habían dado la espalda durante lustros. Pero a mi se me antoja el estallido de otro mundo, el de los pobres, el del pensamiento único, el de los olvidados, el del patio de atrás. Me dolieron como ser humano las muertes de los bomberos y los ejecutivos de Manhattan. Me duelen y mucho las víctimas de todas estas guerras y de las que nos esperan, pues al parecer el sheriff del mundo tiene licencia para matar donde le plazca en busca de terroristas y de meter en una jaula de Guantánamo cualquier sospechoso de turbante.

Pero también me duelen las víctimas remotas de esta situación, las del neoliberalismo impuesto por las multinacionales a esa tercera parte de la humanidad que se ha estado muriendo de hambre ante la mirada impasible de los que dominan nuestro mundo global antes y después de la caída del muro.

Pedro Arrupe, muerto ahora hace once años, había intuido tal hecatombe. Percibía cómo estábamos instalándonos ya durante los años setenta en un cambio radical y demasiado rápido, que «no se realiza en forma rectilínea y homogénea, sino en medio de fuertes tensiones y conflictos. Un mundo que él veía sufriendo por las consecuencias de un colosal «desorden»: «La riqueza -decía-, en vez de servir para cubrir las necesidades primarias de la mayor parte de la población, frecuentemente se utiliza mal y se despilfarra»; y, tras un diagnóstico de lo que se gasta en armas y elementos de destrucción, este privilegiado testigo de la bomba atómica, argüía que la única solución no podía alcanzarse «cambiando simplemente las estructuras y las instituciones, si no se cambia también el pueblo que vive en ellas». Un cambio personal que ya comenzamos a advertir como un imperativo en el estallido de la solidaridad, y una revolución global, a través de unas organizaciones internacionales que Arrupe apreciaba como de capital importancia para la transformación mundial.

Estaba convencido de que la sociedad del futuro tenía que ser «una sociedad frugal», absolutamente necesaria «para la supervivencia material y social del género humano». Y añadía: «Al consumista egocéntrico, egoísta, obsesionado más por la idea de poseer que de ser, esclavo de las necesidades que él mismo se crea, insatisfecho y envidioso, y cuya única regla de conducta es la acumulación de beneficios, se opone el hombre servidor, que no aspira a poseer más, sino a ser mejor, a desarrollar su capacidad de servir a los demás en solidaridad y sabe contentarse con lo necesario».

Cuando escribo estas líneas, aún resiste un grupo talibán escondido en las inaccesibles cuevas afganas; la espiral de violencia y locura colectiva entre palestinos e israelíes sigue sangrando tras catorce intentos fallidos de paz. La UE se siente incapaz de parar tanto conflicto. Y todos los ojos continúan pendientes de Mr.Bush y de los dos potentes reflectores que hoy en sustitución de «las gemelas» ya no sabemos si piden paz o venganza.

La verdadera paz se gana palmo a palmo con los convoyes de ayuda humanitaria de las ONG que se juegan el tipo en los campos de refugiados. Se entabla en los pupitres de las escuelas del Tercer Mundo, en el diálogo entre culturas y religiones, en el despegar del desarrollo y la solidaridad.

En fin recuerdo que Pepe, mi amigo el del bar, después de servirme un tinto, me decía entonces entre chistes sobre las Torres Gemelas: «¿Sabes? De todo esto lo único que he sacado en claro es que existen un montón de países ahí al lado que acaban en «-tan» de los que no tenía ni idea. Y es que esos nunca salían por la tele».»No te preocupes, enseguida dejarán de salir», le respondí aquel día. El tiempo parece que me está dando la razón. Las gemelas o lo que las sustituyan se reconstruirán con mucha «chispa de la vida». USA se ha preocupado ya de recordarnos que el dólar vuelve a estar fuerte. Y aquí cerca, muy ocupados con «Operación Triunfo», en Almería, ya no hay trabajo para magrebíes y sí para polacos y otros países del Este, que van a ser pronto del «club europeo». Los estadounidenses no se han recuperado del susto y, aunque en Manhattan cada noche enciendan en su lugar esos dos potentes haces de luz, las torres todavía parecen arrojar mucha sombra sobre la llamada «sociedad del bienestar». Y es que la luz tiene que salir de dentro.

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Spots con viejos

Los intereses y la competencia que mueven a la publicidad la convierten en cierto modo en un termómetro de la sensibilidad del momento. Por ejemplo, gracias a los spots de TV, hemos descubierto lo barriobajeras y zafias que resultan las relaciones de las nuevas parejas. O la adoración que nuestra sociedad profesa a la juventud y la belleza física por encima de cualquier otro valor.

Pero últimamente indigna el olímpico desprecio por los ancianos como estorbo, que se desprenden de algunos anuncios. Por ejemplo, una marca de cerveza nos ofrece una escena de cumpleaños de la abuela de una «familia bien». Ha llegado el momento en que la anciana ha de soplar las velas. Como la pobrecita está muy vieja, se eterniza en este cometido, mientras el ejecutivo de turno se enfada porque, oh contratiempo, tiene que esperar. ¿Solución? Disfrutar de la cerveza.

Hay otros más sangrantes. Se trata de una serie que, en vísperas de verano, presenta a una familia bastante cutre, que sale en auto de vacaciones. El padre de familia no oculta su indignación por tener que cargar con el viejo de la familia. Pero, oh milagro, este esgrime una caja de no sé que canal de televisión de pago y, de este modo, consigue que no lo dejen tirado en la carretera.

Los antiguos se enorgullecían de sus ancianos. Entre ellos se elegía el senado, como su propio nombre indica. Cicerón elogiaba esta época de madurez y consejo en su De senectute como la más fecunda de la vida, y los viejos influían en las decisiones de sus tribus.

Ahora hemos conseguido prolongar su vida para arrinconarlos en asilos o centros de día. Me da vergüenza ver esos anuncios, y alabo otros, como los abuelos de los caramelos Berter o el fuet Tarradellas. Ellos me traen a la memoria una cita del gran cineasta Ingmar Bergman:» Envejecer es como escalar una gran montaña; mientras se sube, las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena». Algo que importa un bledo a mucho joven-viejo que anda por ahí.

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La Caboverdiana

Por fin se le ha hecho caso en Madrid a Cesaria Evora, la cantante caboverdiana que parece arrullar al mundo con sus melodías entre africanas y portuguesas, a medio camino entre Edit Piaff y Amalia Rodrigues. Surgida de la pobreza de un país pequeño sin agua, al principio sólo se la oía en los cafetines de Mindelo. Hoy esta negra de sesenta años es como una abuela universal que canta su nana a una sociedad trepidante.

Su vida parece arrancada de una novela de aventuras. De la miseria a locales repletos de marineros, donde cantó una noche para un portugués que la dejó preñada y al que nunca volvería a ver. Que no tiene miedo a la muerte porque dice que «es lo más verdadero que sucede en la vida»; que cree en Dios aunque no lo ve, pero lo siente; y que cuando le achacan que no ha tenido suerte con los hombres, responde que es al revés, son ellos los que no la han tenido porque «se han quedo sin Cesaria Évora».

Cuando sube a un escenario, canta como si estuviera en el cuarto de estar, cosiendo o planchando para una gran familia. Sus canciones se dirían escritas para gentes con otra dimensión del tiempo, que no saben odiar, y jóvenes que aman la vida. Por eso, como una madre, les aconseja con una sonrisa: «No bebed alcohol, no drogaros, amad de corazón y estudiad para ser grandes personas».

Esta negra descalza ha visto muchos barcos partir, ha sufrido la escasez y la soledad, y no por ello perdió nunca humor y cariño. Asegura que canta para los que están solos, sin amor, y lo hace a la medida de todas las nostalgias. Algunos lloran al oírla. A mi me trae paz y el murmullo del mar lejano.

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Hasta los dientes

Decía Einstein, con humor, que «la próxima guerra mundial se llevará a cabo a pedradas», quizás porque en éste, como en otros temas, vamos hacia atrás como los cangrejos. Me vino a la memoria tan lúcida frase, cuando me tropecé ayer con la noticia de que los españoles vamos a comprar misiles, según Trillo para proteger Ceuta y Melilla.

Cuando cayó el muro y terminó la política de bloques, se sentenció el fin de la guerra fría y se comenzó a un lento pero progresivo desmantelamiento de misiles en las grandes potencias. Por un momento pensamos un tanto ingenuamente que ya no dependíamos de algún político loco que apretara ese botón diabólico que podía hacernos saltar en pedazos. Parecía que las palabras y los hechos de Gandhi y Luther King, por no hablar de su predecesor Jesucristo, y su lucha no-violenta comenzaban a echar raíces en nuestra sociedad.

Luego observamos cómo los estadounidenses tenían que dar salida a sus importantes fábricas de armas y empezaron a buscarse enemigos peligrosos en Irak y Yugoeslavia y a bombardearlos en directo por televisión. Como nosotros, hasta ahora, no hemos sido un país especialmente rico, pues seguíamos quitando el óxido a nuestros viejos tanques y acorazados. Es más se limpió la imagen heredada del franquismo del Ejército a base de misiones de paz en Bosnia.

Pues bien, parece que ahora disponemos nada menos que de un billón de pesetas para gastárnoslas en sofisticadas armas con el fin de «disuadir» a nuestros enemigos y defender Ceuta y Melilla. ¿Qué diríamos si el Reino Unido decidiera instalar baterías de largo alcance para defender Gibraltar? Es decir, vamos a entrar en el club de los armados hasta los dientes. No tenemos dinero para legalizar a inmigrantes ni para el futuro de las pensiones y sí miles de millones para instrumentos de matar. Nuestra derecha gobernante se autodenomina democristiana. Pero aquí no cuentan las palomas de Cristo sino los halcones de Bush.

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Genoma inhumano

Mucho antes de lo que imaginamos el guardia de la esquina nos va a pedir el genoma en vez del carnet de conducir. Y no faltarán quienes intenten salir mejor en la foto mediante un lifting genético a la hora de enviar su curriculum.

Y no es ciencia-ficción. La empresa Burlington Northern Santa Fe Railroad acaba de ser acusada en Estados Unidos de practicar exámenes genéticos entre sus empleados sin su permiso. Al menos uno de los trabajadores fue amenazado con el despido si no accedía a las pruebas. Y es que el miedo a esa discriminación, la otra cara del genoma humano, ya afecta a la opinión pública americana. Un 75 por ciento de 1.218 estadounidenses encuestados no desean que las compañías de seguros conozcan su código genético y un 84 por ciento pretende que el gobierno retenga esta información.

Pero la pregunta va más allá. Vamos a suponer que el Estado, a través de los hospitales, tiene acceso en el futuro a nuestro genoma personal. ¿Se imaginan? Además de estar fichados por el DNI, los bancos, las tarjetas de crédito y nuestras compañía aseguradoras el Gobierno sabrá a qué somos propenso y cuales son nuestras capacidades genéticas.

Una vez más la cara tiene su cruz y este indudable progreso del ser humano puede ser usado contra nosotros. Ya no sólo podremos ser discriminados por raza, sexo, nivel económico o religión, sino por el genoma.

Sin embargo la ciencia ha demostrado a través de los siglos que sus empirismos han sido superadas por la simple experiencia vital humana. De pronto un pintor loco, un poeta sifilítico, un científico impedido o un novelista canceroso asombraba al mundo con obras geniales. Quizás el genoma llegue a ser una foto casi perfecta, con chatarra incluida, de nuestro pasado y futuro. Quizás sirva a los poderosos para clasificarnos en directivos y siervos de la gleba. Pero lo que no van a conseguir quienes lo controlen es encerrar en un mapa el salto cualitativo e impredecible del espíritu humano.

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Un chalet en el cosmos

La humanidad acaba de estrenar un nuevo hogar en el espacio. Aunque ha sido noticia de primera página en algunos periódicos, aquí en la Tierra estamos demasiado preocupados con lo que tenemos delante de las narices para dar la importancia que tiene a este primer asentamiento internacional más cerca de las estrellas.

Hace unos años nos hubiéramos llevado las manos a la cabeza de ver juntos no sólo a rusos y americanos, sino a los habitantes de una ciudad internacional financiada por dieciséis países, entre ellos España, bajo el liderazgo de Estados Unidos y Rusia. La llegada de la primera tripulación permanente de la estación espacial internacional (ISS) constituye un hito para la exploración y futura colonización del espacio. Doce billones de pesetas va a costar este complicado mecano construido a cuatrocientos kilómetros de la Tierra, laboratorio y base a la vez de nuevas exploraciones.

No es extraño que el director de la NASA, Daniel Goldin, asegurara haber asistido a «un momento maravilloso, no para América, ni para Rusia: lo ha sido para todos los que vivimos en este planeta»; ni que en tal ocasión no pudiera ocultar su euforia: «En lugar de apuntar misiles uno contra el otro o de competir entre nosotros, aprenderemos de cada uno».

Todo aseguran que la humanidad esta viviendo una jornada histórica: se pretende que a partir de ahora siempre haya algún humano en el espacio y que desde allí se investigue si la especie humana, así como otros animales, pueden adaptarse a lugares con condiciones físicas diferentes a las de la Tierra. Quieren en una palabra crear una ciudad espacial del tamaño de un campo de fútbol, con trece plantas, en la que haya de todo y no se eche de menos a la Tierra, aunque los rusos no saben si van a poder llegar hasta el final, previsto para el 2006, dada su precaria situación económica.

Contrastes de la vida. Mientras en el espacio comenzamos a fundar una ciudad internacional, la histórica ciudad santa de Jerusalén sigue siendo un infierno donde siguen sin poder convivir, judíos, palestinos y cristianos. Mientras invertimos billones de pesetas en esta sofisticado hogar espacial, dos terceras partes de la humanidad continúa sin poder alimentarse para vivir. Y mientras nuestro planeta se hace pequeño para nuestra avidez de horizontes y tiene que unirse en un única entidad para romper sus fronteras espaciales, un señor llamado Arzálluz y otros vascos del Neardental piden el separatismo porque tienen un Rh distinto de los demás y en el fondo albergan simpatías por los que matan a cualquier inocente en la calle con tal propósito.

Si simplemente subirse a un avión es ya una magnífica lección de relativismo por las dimensiones que cobran nuestras realidades cotidianas, ¿cómo se verán los problemas con la suegra o la bronca del jefe los habitantes de esta nueva ciudad espacial? Primero fue la revolución copernicana. El descubrimiento de que la Tierra no era el centro de nuestra galaxia devolvió al hombre un gran sentido de humildad. Ya los grandes místicos recuperaban su conciencia de polvo cósmico con sólo mirar las estrellas una noche de verano. «¡Qué pequeña me parece la Tierra cuando miro al cielo!», exclamaba en Roma el anciano Ignacio de Loyola.

Aunque parezca traída por los pelos, esta es una experiencia que tiene mucho que ver con la reciente polémica entre Juan Cruz y Salvador Pániker en las columnas de «El País». Éste pensador cristiano-oriental replicaba ayer la crítica que hacía Cruz de su libro Cuaderno amarillo por su tesis sobre la superación del «ego». Pániker está de acuerdo con que no se puede vivir sin «ego», pero piensa que es necesario trascenderlo, re-situarlo, vivir la vida como un testigo, desindentificarnos, en una palabra, con ese personaje esa careta que no somos para ocupar nuestro verdadero sitio en el cosmos.

Otros han hablado de conciencia cósmica, y Séneca decía que «cuando el sol se oculta para desparecer, se ve mejor su grandeza». El momento que vivimos de cambio de siglo necesita una nueva revolución, donde el ego ocupe su auténtico lugar, donde este pequeño hombre estúpido y engreído deje de mirarse el ombligo para recuperar su sitio en el universo. Si la ecología, la conservación del planeta, la solidaridad, las mareas migratorias, el arte, la poesía, las condiciones del futuro que forjamos y la superación de los nacionalismos nos importan un pito es porque una inmediatez egoísta y vulgar con sabor a prêt a porter de consumo instantáneo domina nuestra cultura.

Los astronautas que nos otean ahora desde la nueva estación espacial internacional no pueden mirar de esa manera. Como los esclavos que construían las pirámides o los obreros que levantaban las catedrales saben que ellos no verán muchos de los logros de esas bases que conectarán la Tierra de forma habitual con la Luna, Marte y otros planetas. Son eslabones de una inmensa cadena, como tú y como yo, como todo hombre. Ello ha de darles conciencia de su verdad, de su lugar en el mundo y en la historia. Cuando Teresa de Jesús decía que «la humildad es la verdad», no pretendía arrastrarse por el suelo sino ganar en objetividad. El potenciar la libertad y el derecho de las personas no tiene nada que ver con el protagonismo huero del famoso que hoy consagra la frivolidad como absoluta. Quizás nos ayude para todo echar una ojeada desde la ventana de nuestro nuevo chalet espacial a la inmensidad del cosmos.

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