MI ÚLTIMA CENA
En esta noche tibia, quieta y llena
de un temblor de palabra y despedida,
de soledad y amor, el alma herida,
celebras tú, Jesús, la última cena.
Compartes con el pan esa honda pena
del sin sentido, la angustiosa vida
que es fracaso, dolor, obra incumplida,
y el vino de tu sangre nazarena.
En esta hora de la confidencia,
cuando Judas se hunde en su amargura
y Pedro negará con su despecho
cuanto aprendió a tu lado de dulzura,
déjame que ahonde en la experiencia
de apoyar, como Juan, mi alma en tu pecho.
Pedro Miguel Lamet
Nunca como ahora en nuestras vidas necesitamos recuperar las estrellas de los Magos, volver a encenderlas en nuestras vidas. Nunca como ahora nos hemos sentido mundialmente ayunos de ilusiones, no solo por el azote del covid, sino por un materialismo que desde hace muchas décadas encauzan los ideales raquíticos hacia el enriquecimiento personal y colectivo de las naciones, los políticos y casi todos los líderes.
La Epifanía es una fiesta que enfoca las conciencias hacia lo universal. La manifestación de Jesús a todas las naciones a través del símbolo de los Magos, que les hace caminar hacia lo imposible para encontrar la Buena Noticia, sigue viva en el corazón de los pequeños que escuchan la música interior del corazón. Solo desde dentro vuelven a aparecer en el horizonte las señales que bis mueven hacia un «más» entusiasmante.
Os ofrezco estos dos poemas que intentan despertar en nosotros el niño dormido:
LA ESTRELLA DE LOS MAGOS
En medio de la noche rumorosa
y en un bosque de brumas ateridas
caminaba sin rumbo solo a oídas
de ese miedo interior que me rebosa,
cuando entre nubes refulgió preciosa,
como bálsamo azul en mis heridas
una estrella entre nubes desleídas
que encendió la ilusión por cada cosa.
De pronto renació en mí el niño huido
que en el cuarto de estar abría la puerta
al regalo de ser, al sueño tierno
de un día de Reyes que perdió el olvido,
y en una bici la sorpresa abierta
de volar de nuevo hacia el amor eterno.
*** **** *** *** *** ***
DEVUÉLVEME MI ESTRELLA
Ahora que el niño se acurruca en este
gastado cuerpo
y que el mundo va camino de no saber caminos,
devuélveme la estrella
en su esplendor de estaño,
que anoche he vuelto a escribir cartas a la vida
y no responde nadie.
Ve al buzón de allí cerca
a recoger la mía, la que hace setenta años
deposité a los Magos
pidiéndoles una bicicleta azul
para dar libertad
a mi cojera,
pues quisiera escuchar aún sus pasos
desde la almohada, el oído semidespierto
a un lejano rumor de dromedarios
camino de mi casa
y de mi ensueño.
Voy ahora a despertar a mis padres,
a levantarlos de la tumba
para ir en pijama hacia el cuarto de estar
y brincar con ellos de alegría,
pues aún conservo intacta la sorpresa
que ellos supieron sembrar
tragándose las lágrimas.
Desde entonces tomé el oficio
más bello de la tierra:
restaurador de sueños o, si queréis,
perseguidor
y lustrador de estrellas.
Pedro Miguel Lamet
Ni el tiempo es oro, como dicen los ingleses, ni el tiempo existe en realidad. Nosotros somos el tiempo, los que le prestamos su densidad, su efectividad, su dolor o alegría. Más que un tiempo para cada cosa, como dice el Eclesiastés, hay un hombre para cada tiempo, porque el reloj que funciona es el interior. “¡Parece que fue ayer”, “cómo vuela el tiempo!” ¡Has visto a fulanito, está hecho un vejestorio!”. Se diría que nacimos ayer y cada vez nuestra percepción del paso de las horas, los días y los años es más fugaz, según nos vamos haciendo mayores. Al contemplar nuestra foto de niño en el rincón del viejo hogar, donde ya algunos de sus habitantes solo son ausencia, te preguntas: “¿Qué guardo yo ahora de aquel chaval?” Todo ha cambiado: la apariencia, las células, los intereses, las aficiones. En este río del tiempo todo sufre continua transformación. El viejo fraile del higrómetro se ha quitado cientos de veces la capucha, y señalado con su bastón miles de borrascas, lluvias, soles y ventiscas. ¿Y qué queda de este soplo, de “este poco de hierba que es y no parece”? Queda ese sueño que está detrás de los ojos, ese “estar presente” de mí mismo, esa vinculación con el alma del mundo, el “ahora” misterioso infinito. Si desde el principio estuviéramos anclados espiritualmente allí, la vieja foto no nos traería tanta nostalgia, ni miedo insalvable al futuro. Distinguiríamos entre la verdad, el fondo del mar, y la superficie de las turbulentas y cambiantes olas. Por eso tampoco es fuera sino dentro, donde hace buen o mal tiempo. Dominado o drogados por su reloj tirano (ganar dinero, tener cosas, éxito y placer o lo que cree que es placer), el hombre de hoy no parece tener tiempo para nada. Su ritmo corre tan apresurado que no deglute la vida, la vida se lo come a él. Los filósofos aseguran que el tiempo es un ente de razón. Pero basta con echar una ojeada a una aldea de montaña o pueblo perdido de pescadores y comparar su tiempo con el de Wall Street o del Metro de Sol a una hora punta para percibir la diferencia. El hombre de las redes sociales, el móvil, el ordenador, el lunch, la huida del fin de semana, piensa que está conquistando su vida. El crac de la economía de mercado es como un termómetro de su absurda carrera hasta convertir por ambición el dinero en virtual, en nada. Respira y conecta con el no tiempo. Ese instante, ese “ahora” te abre al infinito, dondequiera que estés. Esa es nuestra naturaleza real, la que permanecerá cuando acabe esta película o apariencia de la vida.
MEDITACIÓN DE FIN DE AÑO
Cuando al mirarme en el espejo, vago hacia la sombra que detrás me dejo y desayuno en la ventana un poco de esta luz que me regala el tiempo, te pregunto, Señor, cómo me llamo y quién es este que pregunta al cielo ahora que dicen que se acaba un año y lo despiden con risas y festejos, como si el fin no fuera cada día y cada hora un nuevo comienzo; como si pudiera retornar al niño que jugaba a peonzas en el suelo o al soñador sentado en la escollera por bucear tu luz entre los versos. Me parece este paso como un río que no puedo atrapar; cual un intento que no tiene otro fin ni otra diana que despeñarse en un desfiladero donde el “yo” ya es la nada iluminada, una gota en el mar del Universo.
Cuando miro, ¿qué miro? ¿La realidad de las cosas o una imagen incierta, que procesa mi cerebro a partir de los datos que capta mi retina? ¿Es mi mundo verdadero o una ilusión, un sueño, solo maya como dirían algunos orientales? El apóstol Pablo opina que pasa la efigie de este mundo y que vemos “como en un espejo”, de los de su época, claro, en los que apenas se veía con definición, sin muchos “megapíxeles” diríamos ahora. Sea como fuere, dicho espejo está muy requetebién, y me confieso enamorado de la apariencia de nuestro mundo, trasunto, reflejo, chispa de la luz total. Como caminar a través de la lluvia, caminito de misa bajo el paraguas, con frío afuera y calor por dentro. Ese fuego de hogar que da la fe, esa manera de mirar distinta del que se sabe de paso, pero encantado de la vida que Dios mismo eligió para su Hijo en la primera Navidad, cuando descubrimos hasta qué punto lo pequeño es grande y cómo el cuerpo, la tierra, y hasta el frío de la lluvia se convierten desde esa noche en signo de esperanza, sacramento. Es lo que os deseo en esta nochebuena, en la que con rebrotes de pandemia, problemas económicos, amenazas de guerra, tragedias migratorias, como nunca sentimos que en nuestra fragilidad reside nuestra fuerza y en la incertidumbre la esperanza que brota de la fe. Feliz Navidad, queridos amigos y lectores, con este soneto:
NAVIDAD DEL DESCONCIERTO
En esta Navidad del desconcierto
cuando busca el migrante su destino
y el pobre, el refugiado, un camino
por este mundo triste, solo y yerto;
cuando el poder, el oro y su desierto
enajenan al hombre peregrino
que se aparta del calor divino
cerrando un corazón que estaba abierto,
muéstranos que el vacío de la cueva
y el arropo interior de tu cariño,
en la noche que brilla de alegría,
encarnan esa luz de Buena Nueva
por el cálido amor de un frágil Niño
que llora hoy en brazos de María.
Pedro Miguel Lamet
Tiene el Adviento un sabor a ir de camino, a viaje, a imaginar la llegada, como traqueteo del tren cuando vuelves a casa, o la ilusión de hacer la maleta para unas deseadas vacaciones. Trae el Adviento el anhelo de las flores por el rocío, el entusiasmo del escalador por alcanzar la cima, el presentir el mar después de un recodo de la carretera, el ansia por descubrir la casita encendida después de mucho caminar por el bosque.
Me acerca el Adviento al sábado que sueña ser domingo, a las ganas de acabar el colegio, al abrazo soñado de la persona querida y a la sensación día a día de terminar un libro. Pero sobre todo me acerca a la vida, mucho más que la Cuaresma o la Pascua, porque la vida es caminar y para caminar hace falta un sueño, una ciudad prometida, una ilusión, un puerto hacia donde hinchar nuestras velas de esperanza. Y, ¿cómo no? El Adviento me transporta a María, la aldeana de Nazaret, esperando siempre: a Dios en la oración, a José que vuelva del trabajo, a terminar las tareas de la casa, y sobre todo al Niño que viene en la noche de nuestra cueva para hacerse también caminante como nosotros, que no somos otra cosa que Adviento.
SABATINA
Era aún el chaval adolescente
que en las tardes lucía la alegría
de sentir en mi pecho, madre mía,
la cinta azul de tu medalla ardiente.
Y en los sábados, pálido e inocente,
postrado ante tus pies te repetía:
“Ayúdame a soñar desde esta fría
soledad de poeta evanescente”.
Y tú, joven ideal de lo imposible,
me inundabas del mar de tu mirada
más allá de las nubes y del viento
con solo esa sonrisa inaprensible
de la Madre que exclama emocionada:
“Ve tras mi Hijo y no pienses en nada”
Pedro Miguel Lamet
¿DÓNDE ANDAN LOS MUERTOS?
El que no vive existe diluido
en los valles que ando y en la rosa
que llena de perfume cada cosa,
pues casi del todo aún no se ha ido.
Decidme, muertos, ¿qué dulce latido
es el que siento en la piel porosa
y qué noche me invita misteriosa
a vivir en presente lo perdido?
¿Dónde andáis o por dónde me parece
que ando yo este sueño de quimera
que es sentiros sin veros ni palparos?
¿No será que un ahora me amanece
en el que sin el tiempo venga a amaros
para ser Uno en una primavera?Pedro Miguel Lamet
EL HUECO DEL SILENCIO
A veces cuando dentro llora el alma
en las tardes de lluvia del estío
sobre el cristal va rezumando el frío
que acaba con la luz y el aire en calma.
Se desploma la noche que me empalma
con lo oscuro del ser; se para el río,
regresa el miedo y vuelve el desafío
que es perderme sin ti lo que me ensalma.
Entonces me acurruco como un niño
en el hueco que surge de la nada
cual si fuera la cuna del silencio
y de pronto descubro la ensenada
que eres Tú sin estar y te presencio
en un vacío lleno de cariño.
Pedro Miguel Lamet
ABÍSMAME EN TU SER
Si del silencio hiciera
un abismando hueco,
y en las tardes sin nadie
el diapasón ardiente
del aire sobre el aire
hasta matarme el ego
por ser contigo
Uno,
dormiría
tan dormido y despierto,
tan nada y todo en uno,
como esa nube leve
del sol atravesada.
Si esta noche me dieras
el saber sin concepto,
un ser sin etiqueta,
un navegar sin barco
y una luna sin tiempo
que en las sombras fabrica
la amenaza del miedo,
quizás descubriría
el vaivén de mi cuna
y el sabor de tu verso.
Si mañana es ahora
y ayer ya no amanece
y es hoy solo un instante
que se esfuma ya yerto,
abísmame en tu Ser
porque así me diluya
mientras deambulo absorto
por sendas de tu espejo.
Porque ahora he nacido
y tengo tanta Vida
cual si estuviera muerto.
Pedro Miguel Lamet