Nunca como ahora en nuestras vidas necesitamos recuperar las estrellas de los Magos, volver a encenderlas en nuestras vidas. Nunca como ahora nos hemos sentido mundialmente ayunos de ilusiones, no solo por el azote del covid, sino por un materialismo que desde hace muchas décadas encauzan los ideales raquíticos hacia el enriquecimiento personal y colectivo de las naciones, los políticos y casi todos los líderes.
La Epifanía es una fiesta que enfoca las conciencias hacia lo universal. La manifestación de Jesús a todas las naciones a través del símbolo de los Magos, que les hace caminar hacia lo imposible para encontrar la Buena Noticia, sigue viva en el corazón de los pequeños que escuchan la música interior del corazón. Solo desde dentro vuelven a aparecer en el horizonte las señales que bis mueven hacia un «más» entusiasmante.
Os ofrezco estos dos poemas que intentan despertar en nosotros el niño dormido:
LA ESTRELLA DE LOS MAGOS
En medio de la noche rumorosa
y en un bosque de brumas ateridas
caminaba sin rumbo solo a oídas
de ese miedo interior que me rebosa,
cuando entre nubes refulgió preciosa,
como bálsamo azul en mis heridas
una estrella entre nubes desleídas
que encendió la ilusión por cada cosa.
De pronto renació en mí el niño huido
que en el cuarto de estar abría la puerta
al regalo de ser, al sueño tierno
de un día de Reyes que perdió el olvido,
y en una bici la sorpresa abierta
de volar de nuevo hacia el amor eterno.
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DEVUÉLVEME MI ESTRELLA
Ahora que el niño se acurruca en este
gastado cuerpo
y que el mundo va camino de no saber caminos,
devuélveme la estrella
en su esplendor de estaño,
que anoche he vuelto a escribir cartas a la vida
y no responde nadie.
Ve al buzón de allí cerca
a recoger la mía, la que hace setenta años
deposité a los Magos
pidiéndoles una bicicleta azul
para dar libertad
a mi cojera,
pues quisiera escuchar aún sus pasos
desde la almohada, el oído semidespierto
a un lejano rumor de dromedarios
camino de mi casa
y de mi ensueño.
Voy ahora a despertar a mis padres,
a levantarlos de la tumba
para ir en pijama hacia el cuarto de estar
y brincar con ellos de alegría,
pues aún conservo intacta la sorpresa
que ellos supieron sembrar
tragándose las lágrimas.
Desde entonces tomé el oficio
más bello de la tierra:
restaurador de sueños o, si queréis,
perseguidor
y lustrador de estrellas.
Pedro Miguel Lamet
Tiene el Adviento un sabor a ir de camino, a viaje, a imaginar la llegada, como traqueteo del tren cuando vuelves a casa, o la ilusión de hacer la maleta para unas deseadas vacaciones. Trae el Adviento el anhelo de las flores por el rocío, el entusiasmo del escalador por alcanzar la cima, el presentir el mar después de un recodo de la carretera, el ansia por descubrir la casita encendida después de mucho caminar por el bosque.
Me acerca el Adviento al sábado que sueña ser domingo, a las ganas de acabar el colegio, al abrazo soñado de la persona querida y a la sensación día a día de terminar un libro. Pero sobre todo me acerca a la vida, mucho más que la Cuaresma o la Pascua, porque la vida es caminar y para caminar hace falta un sueño, una ciudad prometida, una ilusión, un puerto hacia donde hinchar nuestras velas de esperanza. Y, ¿cómo no? El Adviento me transporta a María, la aldeana de Nazaret, esperando siempre: a Dios en la oración, a José que vuelva del trabajo, a terminar las tareas de la casa, y sobre todo al Niño que viene en la noche de nuestra cueva para hacerse también caminante como nosotros, que no somos otra cosa que Adviento.
Hoy, fiesta de José María Rubio, SJ es un buen día para conocer su «secreto»
Se diría que con el padre Rubio Dios quiso romper su propia baraja, pues como él mismo decía, el Señor “es muy amigo de que no se pongan tasa a sus obras”. Muchos se preguntarán: ¿El padre Rubio no es de otra época? ¿De qué puede servirme la experiencia del nuevo santo José María Rubio para mi propia vida? La respuesta es esta: seguir su camino sencillo hacia la felicidad. He aquí en seis pasos en qué consiste su manera de vivir el cristianismo.
Hacer lo que Dios quiere. ¿Y qué quiere Dios de mi? Dios te lo ha dicho y te lo dice a través de su hijo Jesús. Lee la palabra de Dios y sentirás dentro de ti cuál es esa voluntad de Dios sobre tu vida en concreto. Rubio pensaba que cada cristiano tiene su propio camino que hay que respetar.
. Querer lo que Dios hace. Dios transmite también su voluntad a través de los acontecimientos. Algunos pueden cambiarse, otros no. En todos ellos Dios me habla. No puedes cambiar la muerte de un ser querido o una catóstrofe, algunas enfermedades, etc. Entonces “quiere lo que Dios hace” y permanece en paz. “No busco más que cumplir la voluntad de Dios”, repetía José María.
Contempla a Jesús; vaciaras tu corazón y te llenarás de Dios. Él obrará en ti maravillas. Era el gran secreto del padre Rubio, vaciarse de sí mismo hasta el punto de que la fuerza de Dios pasara por él. Y eso él lo hacía “contemplando la humanidad de Jesús”, focalizada sobre todo en su Corazón, “camino, verdad y vida”.
No nos equivoquemos. Un día puedes tener un resplandor de luz. Relativizas el trajín de cada día y te dices, ‟la vida es otra cosa». Pero desengañémonos, mientras vivimos, no podemos prescindir del personaje que estamos representando en el Gran Teatro del Mundo. Y a veces llegamos a creer que somos realmente ese personaje, el ego pequeño: el futbolista, el ingeniero, el funcionario, la seductora, el poeta o el albañil.
No hay teatro sin personajes. Tenemos que interpretar algún papel para vivir, si no, estaríamos muertos. Cualquier día te das cuenta y dices: ‟¡Caramba si era sólo un papel!» Eso ocurre, cuando te apercibes de que llevas una máscara, un disfraz. Y cuando te has fundido con algo que trasciende lo anecdótico, un fuego impersonal que quema el ego, descubres lo que realmente era: un pensamiento, un sueño, un parpadeo en la pantalla de cine.
¡CÓMO SUENA TU NOMBRE!
No hay nada que resuene como el nombre
de labios del amado, de tal suerte
que resucite el alma, te haga fuerte,
te toque las entrañas y te asombre,
herida de dolor, cuando aquel hombre,
jardinero del huerto de la muerte,
hizo vibrar el aire frío e inerte
y te llamó “María” sin renombre.
¡Oh qué riada de recuerdos vino
hasta anegar de sueños el momento
y estrechar en sus pies esa presencia
que es abrazar lo humano y lo divino!
Tu Rabboni desenterró la ausencia
y nuestro amor cristalizó en el viento.
Pedro Miguel Lamet ¡Feliz Pascua a todos!
A partir del 27 de enero está en la calle mi nuevo libro Para alcanzar amor: Igancio de Loyola y los primeros jesuitas. Hace veinte años escribí mi primera biografía novelada de San Ignacio de Loyola, El caballero de las dos banderas, pero centrada, como suele suceder, en los años más movidos de la vida del fundador de los jesuitas: sus tiempos de gentilhombre «desgarrado y vano», su conversión, sus años de peregrinaje. Ahora lanzo una novela histórica biográfica integral que engloba también los años más difíciles, los de la fundación de la Compañía de Jesús y su relación con sus compañeros, los primeros jesuitas.
TEXTO DE CONTRAPORTADA
El escritor Pedro de Ribadeneira, reconocido clásico de nuestra literatura, regresa a los ochenta y cuatro años de edad a su natal Toledo, y, a orillas del Tajo, evoca las peripecias de su larga vida: Desde el momento en que partió aún adolescente, como paje del cardenal Farnesio, hacia Roma, donde conocería casualmente a Ignacio de Loyola que, cuando solo contaba catorce años, le admitió en la naciente Compañía de Jesús. Eso le convirtió en su primer biógrafo y uno de los hombres que más trató y mejor conoció al fundador de los jesuitas.
Ahora en su ancianidad rememora la vida del fundador, sus raíces, su época airada de caballero, su conversión, los tiempos de peregrinaje, de estudios, de fundación junto a sus compañeros y los años de oculto gobernante de la orden que ya extendía su influjo por todo el mundo conocido. Se plantea además las dudas y críticas que algunos han vertido sobre su libro, escrito en el marco de los acontecimientos de la España de Felipe II, la reforma y la contrarreforma, y bajo el condicionamiento de los inicios del proceso de canonización del futuro santo.
Pedro Miguel Lamet viene a introducirnos también en los apasionantes hechos que enmarcan el nacimiento de la Compañía de Jesús, dentro del complejo ambiente político y social del Siglo de Oro, con su habitual amenidad y rigor histórico. Contrasta la personalidad de Ribadeneira, escritor sensible y algo quejumbroso, con la de Ignacio, provisto de honda armonía interior, amor apasionado a Jesucristo, e insólita capacidad de sintetizar la mística y el sentido práctico, cualidades que supo imprimir en la orden religiosa más eficaz y polémica de la Historia.
En el V Centenario de la herida y conversión que transformaron
ISBN9788491649748 – Fecha de lanzamiento: 27 de Enero de 2021 – Idiomas: Castellano – Género: Novela histórica – Formato: Tapa blanda – Editorial: LA ESFERA DE LOS LIBROS – Dimensiones: 23.5 x 15.5 – Número de páginas: 520
COMENTARIO
Pedro Miguel Lamet: «Para alcanzar amor»
Por David Cabrera
Lamet, Pedro Miguel: Para alcanzar amor. Ignacio de Loyola y los primeros jesuitas. La Esfera de los Libros, Madrid, 2021. 520 páginas. Comentario realizado por David Cabrera.
Este año 2021 comienza el V centenario de la herida y conversión que transformaron al gentilhombre Íñigo de Loyola. Será en Pamplona donde este hombre vasco, formado en la corte de los Reyes Católicos en la Castilla del siglo XVI, defendiendo la fortaleza recibió un cañonazo que le cambió la vida. Desde ahí, comienza todo un itinerario de conversión. Años después y, al vivir una experiencia profunda espiritual, fundará junto con un grupo de hombres la Compañía de Jesús.
Pedro Miguel Lamet es un reconocido autor de novelas históricas en las que narra la vida de santos. Al contrario de lo que otros hacen, modificar los datos para ensalzar al personaje, Lamet lo que ha hecho es darle voz a los protagonistas de la historia de este santo de Loyola para que podamos conocer con hondura y con realismo lo que es su vida. La voz principal la tendrá Pedro de Ribadeneira, uno de los hombres que más trató y mejor conoció al fundador de los jesuitas y su primer biógrafo. Este joven jesuita que se formó a los pies de Íñigo va relatando los hechos históricos de la vida del santo jesuita. La particularidad de esta obra se refleja en la veracidad de los hechos históricos que facilitan, de alguna manera, introducirse en la lectura más contemplativa para comprender lo que fue la figura de este hombre que fundó la Compañía.
No solo podemos destacar el entramado de relatos históricos de la España del siglo XVI, de los vericuetos de la Corte real y de los personajes que dieron lugar a unos hechos fundantes de la cultura y de religiosidad del momento. Además, el autor va intercalando textos de las cartas y de los escritos de san Ignacio y de los primeros jesuitas para ir conociendo de primera mano lo que supuso la fundación de los jesuitas.
Tiene también la particularidad de que no solo cuenta la vida de san Ignacio de Loyola en su complejidad, sino que relata hechos de los primeros jesuitas y de los primeros años de la Compañía de Jesús. Lo que estos hombres, valientes por Cristo, salieron a los caminos de Europa para transmitir el Evangelio de Cristo y asentar las bases de nuestra fe. Impresiona leer los hechos que se van describiendo en esta novela histórica sobre la andadura de cada uno de los primeros jesuitas, lo que vivieron por fuera tenía que ver con lo que habían vivido por dentro a través de la experiencia de los Ejercicios Espirituales.
Pedro Miguel Lamet describe con maestría la vida de este santo que nos puede ayudar hoy día a reflexionar sobre nuestra propia vida de fe. Aunque es historia y es mucho anterior a nosotros, se va reflejando la interioridad de un hombre que se convirtió para seguir un deseo, vivir la vida como la vida de Jesucristo. No se puede buscar un relato espiritual en este texto, porque no es lo que se pretende. Sino que se relatan hechos de una vida y de una historia que puedan ayudarnos a reflexionar a conocer internamente lo que san Ignacio conoció y vivió
Cuenta una vieja leyenda hindú que hubo un tiempo en que todos los hombres eran dioses, pero abusaron de su divinidad y el dios supremo Brahma decidió despojarlos de su ser y poder divinos y ocultarlos donde ningún hombre pudiera encontrarlos. Fue ardua la tarea de encontrar un buen escondite. Algunos dioses menores convocados a consejo para dar con el lugar adecuado para esconder la divinidad del hombre propusieron ocultarla en lo más hondo de la tierra o arrojarla al fondo de los océanos; otros dijeron que lo más seguro sería elevarla por los aires a la más alta de las atmósferas. Pero Brahma dijo que él sabía de qué pasta había hecho al hombre y que llegaría un día en que los seres humanos excavarían las entrañas de la tierra, descenderían al suelo de las aguas más profundas y surcarían las bóvedas celestes. Así que podrían reencontrar su divinidad. Se desalentaron los dioses menores: no había lugar en el mundo donde esconder la divinidad de modo que nadie pudiera encontrarla. Meditó un rato Brahma, y presentó su decisión: escondería la divinidad del hombre en lo más profundo del propio ser de los humanos; era el último sitio donde irían a buscarla.
Como cualquier otro aspecto de nuestra vida, cualquier tipo de fe o religación trascendente es en sí misma ambigua. Religiosos dicen ser los suicidas fedayines que matan indiscriminadamente en nombre de Dios y otros fanáticos más cercanos que confunden fe religiosa con intolerancia, culpabilidad, angustia y miedo. La religión mal entendida ha fabricado mucha infelicidad y reglamentarismo huero, si no terror y hasta locura. En cambio, la fe auténtica en el Dios-amor, ese que según el citado relato hindú se esconde en lo profundo del corazón humano, ha liberado conciencias, ha hecho crecer al hombre, le ha reportado alegría y capacidad de superar las mayores desgracias, ha engendrado santos tan heroicos como Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, el Poverello de Asís o Ignacio de Loyola, Francisco de Javier, o defensores de la paz y la justicia como Gandhi o Ellacuría.
La pregunta, desde esta perspectiva, siempre es la misma: ¿Hasta qué punto la religión o cualquier suerte de fe en algo trascendente nos ayuda en nuestra realización como personas? Parece que la respuesta siempre es la misma: Todo el mundo cree en algo, aunque sea en el amor de su novia o en un ensueño de felicidad futura. Si no, viene el desmoronamiento de la persona.
El que no perdona nunca rompe los barrotes de su propia cárcel.
Ha llovido mucho desde que Séneca escribió en su libro “De moribus”: “Perdona siempre a los demás, nunca a ti mismo”. Entre otras cosas el gran filósofo cordobés no conoció al gran especialista del perdón, Jesús de Nazaret, que dio en la clave al mostrar la gran razón para hacerlo, el amor: “Muchos pecados le son perdonados porque amó mucho”; y la ignorancia: “Perdónalos porque no saben lo que hacen”. Sólo el cristianismo cambió, incluso culturalmente, el arte del perdonar, que es simultáneamente un modo de amor y de humor.
Si esta vida es un sueño o una película, un pasar en definitiva, el que es incapaz de perdonar y perdonarse no sabe relativizar, absolutiza lo transitorio, le da tal importancia a la ofensa que desea cristalizarla para siempre. Su morbo se vuelve contra él como un boomerang, volviendo su corazón duro como una piedra, amargado e infeliz.
Hoy se quejan los moralistas que no hay demasiada conciencia de pecado, ni en el orden social, ni económico, ni sexual. El pecado es una palabra casi desterrada de nuestro lenguaje. Sin embargo, ¿por qué la gente vive infeliz, estresada, con una vaga y difusa conciencia de culpa? Han surgido en esta sociedad consumista pequeños nuevos “pecados”. Hoy es pecado fumar, sobre todo para los americanos del norte. Es pecado tirar papeles en el campo y desperdiciar agua tontamente. Es pecado no tener buen tipo y no ser joven. Sobre todo la televisión nos enseña que todo lo malo que ocurre cada día y aparece en el telediario es culpa nuestra: los accidentes de tráfico, el hambre del mundo, la droga, el sida, el cáncer, la bajada de la bolsa, hasta la pandemia y el cambio climático.
Todo ello crea en nosotros una especie de mala conciencia que amarga. Y como el viejo remedio del confesonario no está ya en boga –quizás porque en vez de liberar muchas veces, por mala interpretación de la reconciliación cristiana, hacía más pesado el talego del sentimiento de culpa– se busca al psiquiatra, al vidente, al astrólogo o, lo que es peor a diversas formas de drogas duras y blandas. La cosa es escapar.
Siempre defiendo que el hombre ha nacido para ser feliz, si su mente y su corazón pueden despertar a la verdad profunda y a la armonía universal. Para conseguirlo es necesario perdonar a los demás y perdonarnos a nosotros mismos.
Avanzamos en el Adviento. La liturgia nos presentan tres profetas de este tiempo de caminar en la esperanza: Isaías, Juan el Bautista y María, a los que he dedicado tres sonetos:
ISAÍAS
Mirad, la joven está en cinta y dará a luz un hijo… Porque un niño nos ha nacido, nos han traído un hijo, consejero maravilloso, príncipe de la paz.(Is. 7, 14; 9, 4-5).
Me pide un lector que le explique la frase del padre Arrupe “Tan cerca de nosotros no había estado el Señor, acaso nunca; ya que nunca habíamos estado tan inseguros”. La interpreta como que la cercanía del Señor crea inseguridad. Es justamente lo contrario: los pobres, los débiles, los inseguros son los predilectos de Jesús de Nazaret y por tanto, como enseñan las bienaventuranzas los más próximos al Reino.
Hay que conocer el contexto en que la frese fue pronunciada. La Iglesia vivía la época arriesgada del posconcilio: defecciones sacerdotales, crisis de vocaciones, inseguridad derivada de que las cosas no estaban tan claras y definidas como antaño. Recuerdo que un día salieron para secularizarse nada menos que dos generales de órdenes religiosas. Giuliana di Febo, que en esos tiempos era secretaria de Arrupe en la Unión de Superiores Mayores, de la que Arrupe fue relegido presidente 16 veces, me contó que cuando fue con la noticia a Arrupe, éste en vez de escandalizarse comentó: “Giuliana, ahora tenemos que quererles más”. Y cuando un compañero vasco le habló indignado por el número de salidas, Pedro le contestó: “El último que apague la luz”, como diciendo que para él la Compañía no era un absoluto. Todas son frases que responden a una misma actitud: su optimismo y su confianza, consecuencias de la fe. Es una frase que ante los que siguen teniendo miedo ante el cambio o ante actitudes tan savonarlescas excomulgando y declarando herejes por aquí y acullá, resulta consoladora. La Iglesia de Jesús no está en el Sanedrín sino con todos los pequeños que buscan en medio de la oscuridad y se sienten inseguros. Como dice el salmo: “Como un pequeñuelo en brazos de su madre, así está mi alma dentro de mí”.