Siempre hace buen tiempo

Category Archives: Autoliberación

¡Quítate la careta!

Recuerdo haber leído una frase deI famoso novelista japonés Susako Endo: “Las personas nunca conocen su verdadero aspecto. Todo el mundo cree que esa máscara social falsa y afectada que luce es su auténtico rostro”. Desde niños, de forma inconsciente, cuando vamos alcanzando el uso de razón comienza en nosotros una difusa sensación de miedo a no ser valorados, a no ser queridos. Entonces nos comparamos con aquellos de nuestro entorno que reciben alabanzas, protección y cariño. “Mira tu hermano, qué bien se porta”. “Fíjate en fulanita, qué niña tan mona”. Y nos muestran un arquetipo, una figura ideal que debe ser imitada: el estudiante aplicado, la adolescente ordenada, el hijo obediente que nuestros padres y familiares han proyectado desde su “superego” para nosotros. O bien, para escapar de eso, elegimos personajes rebeldes o alternativos que nos atraen en el cole, el cine, la religión,  la calle como identidad apetecida.

Así arranca en mí la necesidad de ponerme una máscara, adoptar un determinado disfraz. A medida que crecemos el truco se hace habitual y se multiplica. Ya no adopto una sola careta, sino varias, según las circunstancias: una en casa y en familia, otra con los amigos, la tercera en la oficina, que también cambia ante el jefe, los compañeros de trabajo o los clientes. Solo cuando cerramos la puerta de nuestro cuarto emerge algo de lo que somos en verdad, y esa incoherencia nos pone tristes.

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La aceptación y el cambio

Muchas veces me he preguntado sobre cual es verdadero camino: si la aceptación o el cambio.

ACEPTACIÓN es no dar coces contra el aguijón, vivir en el ahora, liberarse del ego siempre insatisfecho, en contra de lo que tienes en este momento, conectado a una mente que runrunea y te impide sintonizar con los profundo.

CAMBIO es compromiso, rebeldía y lucha para modificar  las estructuras injustas, transformación del mundo aquí y ahora, fe en un futuro mejor.

Se diría que la aceptación es más contemplativa y el cambio más activo. ¿Por dónde tirar?

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Con el alma a la intemperie

Luz, cámara, acción. «Somos espectáculo», decía Pablo de Tarso. ¿Diría hoy que somos un reality show? Antes lo éramos para nuestra familia, los vecinos, compañeros de trabajo, amigos y conocidos. Ahora eso a mucha gente no le satisface. Asistimos a un aluvión de actores y actrices espontáneos que se vuelven locos por los focos la televisión, los programas de confesiones públicas y las redes sociales.

Lo que antes se decía sólo en susurro a la rejilla de un confesonario (los católicos, se entiende, que no eran pocos en  nuestro país),  o ante el amigo íntimo o un familiar muy querido, se pregona hoy a diestro y siniestro. Señoras del pueblo, «marías» como las llama la gente, se van a la peluquería, se endosa su vestido de lamé, con tal de salir en la tele una tarde, y largan ante las cámaras su vida más privada: sus amores prohibidos, sus hijos secretos, sus traumas de infancia, los rencores a sus padres, los pecado ocultos. No faltan incluso los que se someten voluntariamente a una «máquina de la verdad» que, a cambio de notoriedad y en algunos casos de dinero, son investigadas hasta en sus deseos más inconfesables.

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La mirada del niño

Ante un mundo confuso, lleno de dudas, incógnitas y miedos, me viene a la memoria esta frase de Albert Einstein: “Hay dos maneras de vivir una vida: la primera es pensar que nada es un milagro. La segunda es pensar que todo es un milagro. De lo que estoy seguro es que Dios existe”. Uno de esos milagros es la mirada de un niño. Limpia, sencilla, natural, como si estrenara el mundo, todavía no hay en ella rencor, ni desconfianza o segundas intenciones. Quizás porque aún está cerca de su origen divino, del contemplar cara a cara la vibración eterna de Dios, donde todo está en paz y todo es uno en el Uno, sin rupturas ni enfrentamientos.

Sus ojos son como lagos donde se copia el cielo y su rostro transparenta la pureza a la que estamos llamados a volver. “Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el reino de Dios” (Lc 18,16), decía Jesús que, nos exhortaba a volver al niño que en el fondo seguimos siendo. ¿Cómo hacerlo? Buceando más allá del ruido y el torbellino de la preocupada mente para rescatar en lo hondo el Ser con que salimos bien de las manos de Dios, y que brilla, aunque no lo sepa, en mis olvidados ojos de niño. Una mirada distinta para enfrentar el nuevo año.

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Cómo desprogramarse

El ordenador es un aparato útil. Pero completamente tonto. Tú metes los datos y el los baraja y luego da a luz un sorprendente listado, un cálculo arquitectónico, el plano de un nuevo automóvil. Sin embargo el ordenador nunca da el salto trascendete. Ni se enamora, ni sabe reír ni llorar, ni se va como voluntario  al Tercer Mundo, ni crea una Novena sinfonía o un soneto de Shakespeare.

En la era de la informática y la información, de la televisión e Internet, el peligro está en convertirnos en una ingentes y estúpidas bases de datos ambulantes, pero sin ensueño, sin vida, sin poesía. El gran salto cualitativo no lo da el ordenador, lo damos nosotros.

Hoy como ayer la felicidad está en ver, alcanzar nuestra verdad profunda.

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Hasta que el «móvil» nos separe

La misteriosa relación entre el amor y la muerte constituye una constante perenne en la historia de la literatura y de todas las artes. La tópica frase “te amaré siempre” mueve a los amantes a desear romper las lindes del espacio y el tiempo. Quizás porque la experiencia de infinito de la vivencia amorosa pide eternidad. Aunque el “hasta que la muerte nos separe”, y hoy día con demasiada frecuencia otros condicionamientos, se imponga a la postre con su realismo. De todas formas, ¿puede el amor superar a la muerte? Sin duda a través del recuerdo y una cierta forma espiritual de presencia puede pervivir en algunos casos por superación del superviviente. Pero, ¿podría prolongarse incluso a través de alguna presencia física?

Tal es el reto que se plantea el lírico italiano Giuseppe Tornatore en este nuevo film romántico que ofrece una audaz propuesta. El autor de Cinema paradissonos presenta una historia de amor extramatrimonial de un científico astrofísico, Ed Phoerum, que dobla en edad a su amante, Amy Ryan, una joven actriz especialista en el doblaje de escenas de riesgo.

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Cuándo tiene sentido la cruz

En plena Semana Santa me vuelvo a preguntar qué sentido tiene la cruz en nuestra vida.

CUÁNDO NO TIENE SENTIDO LA CRUZ
No le veo sentido a la cruz por la cruz. Hay personas que han sacralizado el sufrimiento en sí mismo, como si pasarlo mal fuera per se algo positivo. Eso no es una virtud, es una enfermedad.
No tiene sentido la cruz como autoflagelación mental. Es decir, dejar a la mente que te pase películas negativas. Es otro morbo perjudicial en que se recrea mi peor yo, mi personaje más falso. A ese no hay que hacerle ni caso.
Carece de sentido autoculparse para sufrir más. Procede de no perdonarse a uno mismo por lo  que hice en el pasado. Dios te ha perdonado y tú no te perdonas. Se trata de un penitencia buscada para hacerme daño, que lejos de liberarme, me hunde más.
Es una cruz falsa la que me impongo porque otro está sufriendo. Por ejemplo, mi madre, mi amigo, un ser querido está sufriendo y yo me siento culpable si no lo paso igual de mal que él. No caigo en la cuenta de que es al revés: tengo que estar bien para poder ayudarle; tengo que salir del pozo para poder sacarle.

CUÁNDO TIENE SENTIDO LA CRUZ
La cruz tiene sentido cuando es una consecuencia de opción auténtica de vida o de una verdad asumida. Por ejemplo, si sufro por llevar adelante una causa justa, por defender a seres humanos, por evitar un mal o denunciar una injusticia. Jesús no muere en la cruz para buscar el sufrimiento, sino por ser consecuente hasta el final con su mensaje: el amor incondicional de Dios.
La cruz salva cuando es cruz por los demás. Si me sacrifico por estar al lado del que sufre, por sacarle de su sufrimiento, aunque sea solo por consolarle y acompañarle. Pero nunca es sufrimiento buscado, sino un dolor o privación que brota del amor.
La cruz se ilumina cuando requiere el abrazo de una situación inevitable. Si la enfermedad no tiene cura, si la muerte del ser querido me lo arrebata, si una catástrofe natural o una guerra imparable nos zahiere, crezco cuando abrazo esa cruz y la supero espiritualmente.
La cruz libera cuando no acaba en cruz, sino en resurrección. Mientras la llevamos es liviana, si cuenta con un horizonte de esperanza. “Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera”(Mt 11, 28-30).
La cruz glorifica cuando no me empeño en llevarla a solas, sino cuando camino por la vía de la amargura al lado de Jesús. Porque el yugo solo puede soportarse entre dos. Porque con Jesús la muerte es Vida y el caminar por la fugacidad del tiempo un encuentro con una luz que tiene vocación de eternidad.

 

 

 

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El cowboy de barro

 

Cowboy

Al tropezarme con este cowboy en una calle  cualquiera de Salamanca, que me regaló su sonrisa a cambio de una moneda, me vino a la mente aquel verso de Miguel Hernández: “Me llamo barro aunque Miguel me llame”. Nacidos de la tierra como dice el Génesis (“Entonces el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz el aliento de vida; y fue el hombre un ser viviente”), todos estamos hecho del mismo barro: el presidente, el millonario, el obispo, la limpiadora, el artista, el asesino y el mendigo. Con un soplo, el del espíritu que infunde permanencia en nuestra fugacidad y sentido a nuestra vida, nos alzamos de la tierra y nos convertimos en sueño. Puedes creerte algo, idolatrar tu barro, ponerlo si quieres en una hornacina, pero al final acabará quebrándose. ¿Qué queda entonces? Tu sonrisa, tu lágrima, el hervor interior, el halito divino.

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El sabor eterno del tiempo

Tiene algo de nostalgia despedir un año, aunque esto de las fechas sea una convención del calendario. Porque en realidad cada día, cda minuto, cada segundo estamos de despedida de algo: personas, paisajes, casas, vivencias, y en nuestro propio cuerpo vamos coleccionando cambios que atestiguan el paso del tiempo.

¿Por qué somos temporales? ¿No sería mucho mejor ser eternos? En realidad somos temporales y eternos a la vez, si despertamos a nuestra auténtica identidad. Y después de todo, ¿este sentirse temporal no es también fuente de gozo? ¿No hay un sabor a infinito en todo lo finito?

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Dios me canta una nana

Playa de Oporto (Noviembre 2013) El niño duerme, el mar está bravío. Las olas braman, la madre vela sus sueños.

Así mi vida. El mundo que nos rodea se encrespa con noticias inquietantes: guerra, hambre, paro, crisis de valores, inestabilidad mundial, amenazas económicas, miedo al futuro.

Pero Dios padre y madre vela mi sueño.

“Como un niño en los brazos de su madre, así está mi alma dentro de mí!” (Salmo 131)

Y Él me canta

 LA NANA DE LA ETERNIDAD

Duerme mi niño, que la vida es buena,

tu cuna es una barca que yo te mezo

y el viento de este mundo sólo es el beso

que posa en tus mejillas toda la Tierra.

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