Siempre hace buen tiempo

Category Archives: Amor

Su mejor amiga

 

Llegó por fin el gran día de su boda, y al salir de la iglesia, todavía con granos de arroz en el cabello, quiso hacerse una foto con su mejor amiga. Compañera de pupitre y juegos, confidente de alegrías y tristezas, cómplice de los primeros amores. Ella probablemente la conoce mejor que su madre. Y, cuando pase la luna de miel y venga el primer hijo, las desavenencias, distancias y soledades propias de cualquier matrimonio, y los años, los kilos, las arrugas, los malos tragos, ella, la amiga de siempre estará allí sin pedir nada a cambio, porque no hay nada más gratuito y libre que el amor de amistad. Entonces quizás señale esta foto empalidecida por el paso del tiempo y colocada en un marco sobre el viejo aparador, y le dirá a los hijos de sus hijos: ¡Mirad, mi mejor amiga! En ese momento se parará el reloj, la incertidumbre y el miedo, porque para el amor verdadero no pasa el tiempo, ni siquiera la muerte.

Facebooktwitterredditpinterestlinkedinmailby feather

A una letra

Cuando escribes, tu letra se parece a tu calma
al colgar la ternura de la mórbida erre
y al achicar los nombres hasta el mismo tamaño
de la voz de retoño con que pides, preguntas.
Es tu letra un riachuelo, peregrino de mares,
un manantial que brota sin pedirte permiso
de un oculto venero con verdades antiguas.
Son amigas del orden tus graves consonantes
y la vocal te nace con olor a violeta.
Se desparrama un mundo en tus eses finales
y todo se hace limpio cuando escribes un punto.
Déjame que acurruque mi dolor en tu letra
y que subido al cuenco de la uve graciosa
escudriñe el misterio de esas olas marinas
con que las emes caen rendidas en la arena.
¡Qué mimado misterio ocultan tus palabras,
esas flores azules de tu tinta secreta!

(De Las palabras pequeñas, 1992)

Facebooktwitterredditpinterestlinkedinmailby feather

Clónicos de Dios

Muchos muchos siglos antes que nadie hablara de clónicos ni tristes criaturas de laboratorio, apenas había amanecido el cosmos y tras el primer surgir de la Tierra separada del mar, una vez que Dios pintara de mil colores ríos, campos, montañas, frutas y pájaros, el creador se contempló a sí mismo y falto de espejo contigente, exclamó: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. Y a su imagen, aunque de barro y viento, débil y sublime, capaz de reflejarle u olvidarle lo creó. Desde entonces todos somos mellizos, clónicos de un Dios. Y por eso los niños, cercanos aún a la fuente original de donde brotaron, no han perdido, sobre todo mientras duermen, ese sabor a infinito, esa placidez eterna en la que reposa en su interminable domingo el mismo Dios.

Facebooktwitterredditpinterestlinkedinmailby feather

La bofetada de mi abuelo

Mi abuelo era un lobo de mar. Cuando era joven, salía todas las noches con las solapas de su capote levantadas y su gorra marinera hasta los ojos, como piloto de barco que era, a pescar con buen y mal tiempo, y regresaba al amanecer cuando el sol comenzaba a reír en la cal luminosa de las casas de Cádiz. Eso le dio un carácter fuerte y en apariencia hasta duro, sin duda forjado en su lucha cotidiana con el oleaje y el esfuerzo de llevar a su familia el pan de cada día.
Pues bien, mi padre me contó una anécdota de mi abuelo, que me ha dado mucho que pensar sobre la figura del padre. Un día, cuando mi padre era aún niño, hizo no sé qué trastada, que debió ser gorda, por lo que ocurrió después. Tanto, que mi abuelo no debió encontrar otra salida que darle un solemne bofetón. Luego abrió las puertas del balcón y se acodó en la barandilla asomado a una de esas gaditanas calles sombreadas, morunas, estrechas. Entonces mi padre, llorando desconsoladamente, abrió sigilosamente la ventana de al lado y sin que mi abuelo le pudiera ver, descubrió que el imponente lobo de mar  estaba llorando con la cabeza entre las manos.

Así de “duro”  e “implacable” era mi abuelo Juan.

Con frecuencia identificamos a la madre con la ternura, la comprensión, las entrañas de misericordia. Y al padre, con la firmeza, el deber y el castigo. Como si necesitáramos las dos caras de nuestros progenitores para reafirmar nuestro carácter desde niños.

Luego, cuando nos hacemos mayores aplicamos ese cliché a todas las facetas de la vida y jugamos a ser débiles como niños y autoritarios como jefes. Proyectamos la imagen de madre en nuestro lado romántico y frágil, pidiendo un seno donde reclinarnos, y nuestra fuerza de padre para aplicar la ley y la firmeza cuando nos conviene. Abroncamos al súbdito como un padre exigente y mendigamos a la mujer, al amigo o a quienquiera que sea pañuelos para nuestras lágrimas.

Sin embargo el padre es madre y la madre es padre. Hay teólogos que nos han ayudado a descubrir que, si Dios es Dios, también tiene que ser madre. Y el propio Jesús de Nazaret cuando nos muestra su fotografía de carnet de su Padre, no nos presenta al Dios del Sinaí sino al padre del pródigo que todo lo olvida y todo lo convierte en cariño y hasta en fiesta.

Nos ayudaría mucho reflexionar sobre la figura del padre, su imagen psicológica y real, los padres que somos y los padres que tuvimos, el padre que llevamos dentro y el padre que quisiéramos ser.

Quizás la tentación del padre en la antigüedad era convertirse en un tirano, por exceso de autoridad, por su encarnación autoritaria del “deber ser”. Hoy el riesgo es el otro extremo padre pasota o débil, que no tiene ni tiempo ni humor para dedicarse al hijo; o bien porque está separado de su mujer y apenas lo ve, o bien porque la sociedad permisiva, fijada en el placer inmediato, le impele a desentenderse, tolerar sin límite. Los hijos le superan, le pueden, le fastidian desde una generación que le resulta ininteligible.

Sin embargo al mismo tiempo las estadísticas muestran que los chavales de hoy vuelven a valorar el calor de su casa como el único refugio en medio de una sociedad fría y agresiva. Una situación que cada vez hace más vigente aquella frase de Schiller: “No es la carne y la sangre, sino el corazón lo que nos hace padres e hijos”. Es esa nueva juventud que ahora llaman “generación Operación Triunfo”, que llora mucho y se abraza más.

Quizás la vida nos vuelva a enseñar ese principio olvidado de que la autoridad verdadera no viene del grito, la imposición, la educación severa, sino del amor. Ahora bien todo auténtico amor es exigente y fuerte. No por egoísmo, no para que el hijo sea un fenómeno, un trasunto reflejado del “superyo”, sino para apuntalar y dejar luego que el árbol crezca libre.

Todo eso me ha traído la memoria aquella hermosa bofetada de mi abuelo.

Facebooktwitterredditpinterestlinkedinmailby feather