A este mundo venimos desnudos, y después del viaje de la vida nos vamos desnudos.
Pero para el trayecto necesitamos objetos: desde el cepillo de dientes a la cultura, pasando por un sinfín de adminículos: casas, libros, ropas, coches, tecnología, cuentas bancarias, pólizas de seguros, puestos, cargos y un largo etcétera. Es nuestra valija, la maleta del viaje.
El problema nace de nuestra relación con esa maleta.
La foto de la tortuga me ha recordado un cuento que Tony de Mello aplicaba al amor: “Un niño sintió que se le rompía el corazón cuando encontró, junto al estanque, a su querida tortuga patas arriba, inmóvil y sin vida. Su padre hizo cuanto pudo por consolarlo: “No llores, hijo. Vamos a organizar un precioso funeral por la señora Tortuga. Le haremos un pequeño ataúd forrado en seda y encargaremos una lápida para su tumba. Luego le pondremos flores todos los días y rodearemos la tumba con una cerca”. El niño se secó las lágrimas y se entusiasmó con el proyecto. Cuando todo estuvo dispuesto, se formó el cortejo –el padre, la madre, la criada y, delante de todos, el niño– y empezaron a avanzarsolemnemente hacia el estanque para llevarse el cuerpo, pero éste había desaparecido.
De pronto, vieron cómo la tortuga emergía del fondo del estanque y nadaba tranquila y gozosamente. El niño, profundamente decepcionado, se quedó mirando fijamente al animal y, al cabo de unos instantes, dijo: “Vamos a matarlo” “.
Sandra era una chica guapa. Vino como loca a decirme que dentro de un mes iba a casarse. Su marido trabajaba de ejecutivo de una cadena de supermercados. Ella había estudiado en un colegio de monjas y todo le había ido sobre ruedas. Pertenecía a esas familias católicas, “gente bien” de toda la vida. Sus ojos brillaban bajo el velo blanco y sus manos temblaban cuando le dijo el “si” a Javier en una boda convencional y brillante. Sólo le quedaba vivir. Y la vida vino cobrando sus cuentas pendientes.
A los cinco meses de casada, Javier tuvo un accidente de automóvil. Enflaquecida, prematuramente vieja, vino a decirme que no quería seguir viviendo. Comenzó a darle órdenes a su subconsciente de que no podía salir de aquel agujero, una depresión que le mordía las entrañas. Hasta que al cabo del tiempo aceptó lo que le había ocurrido y comenzó a levantar cabeza. Empezó a bajar los peldaños de su escalera.
Hoy reina en muchas personas la confusión y el miedo. Hay unos que materialmente buscan un camino para sobrevivir: los inmigrantes, refugiados, hambrientos. Otros, desde la soledad de un mundo hipercomunicado sienten la desorientación de la multiplicidad de mensajes y objetivos: el poder, el placer, el éxito, el dinero. Los medios y las redes sociales muestran caminos tentadores que, las más de las veces, acaban creando mayor frustración y vacío interior, si no son puras mentiras.
En los viajes por las carreteras y calles de nuestras ciudades es actualmente más fácil no perderse gracias al navegador por satélite, el GPS. ¿Por qué Dios no nos ha facilitado un GPS para encontrar el camino que nos realice, nos conduzca a la felicidad y llenumbre interior?
Si leyéramos con atención el Evangelio, lo encontraríamos:
Hay un koan japonés (frase enigmática que se repite en la meditación para alcanzar la luz interior) que dice: “Cuando nace una flor, es primavera en la universo”. Y es que basta con sumergirse en una parte, un detalle, una brizna del cosmos o una margarita, como la de la foto, para penetrar en el Todo. El Universo entero está conectado al Uno o es su reflejo.
A veces usamos las margaritas para adivinar algo: “Me quiere, no me quiere, me quiere…” Pero no podemos apresar su belleza. Decía Tagore: “Aunque le arranques los pétalos, no quitarás su belleza a la flor”. Porque la belleza es el fulgor con que brilla la verdad secreta de este mundo, el arte una manera de desvelarla, y la iluminación el modo de llegar a comprenderla.
Para despertar debemos aprender a “mirar el mirar”. Basta una pequeña ventana, el cráter de una flor, la lágrima de un niño, el salto de un gorrión, la llama de una vela, la mirada de amor, la arruga de un anciano, la gota de rocío, o el silencio de dentro después de haber mirado y cerrar los ojos.
Se diría que el viejo Séneca acababa de de salir de unos de nuestros grandes almacenes el día que dijo: “Compra solamente lo necesario, no lo conveniente. Lo innecesario, aunque cueste sólo un céntimo, es caro”. Y es que todos de algún modo somos víctimas de un consumo compulsivo.
Aparte de fenómeno de huida, evasión, escape de la soledad o de adquirir imagen, lo que solemos ignorar es que este comportamiento oculta un peligro mucho más serio.
Florece el mundo con la primavera. Pero ¿cuánto dura su belleza? He aquí una pequeña meditación en forma de soneto sobre la fugacidad y a la vez la presencia eterna en el misterio de una rosa.
Llega la Pascua y con ella una cierta locura. Los discípulos se hacen un lío. María de Magdala, la enamorada, no reconoce a Jesús a primea vista. Los de Emaús huyen atrapados por la murria. Tomás quiere meter su mano en la llaga del costado. Y en el centro la polémica de la tumba vacía, que tanto preocupará a los teólogos-
No hay una prueba física, científica y racional de la resurrección. La gran experiencia definitiva de que Cristo ha resucitado es la transformación de aquel grupo de pescadores ignorantes y atemorizados, cuyo líder ha sido ejecutado a las puertas de Jerusalén, la confluencia de sus testimonios. Jesús ahora atraviesa paredes, está y no está, despierta la duda o inflama el corazón.
Para nuestro mundo agobiado y para tanto corazón entristecido, siempre he encontrado mucho consuelo en la imagen de Juan, el discípulo predilecto, con su cabeza reclinada sobre el pecho de Jesús. De hecho este es el bajo relieve que, en version ingenua y sencilla, tengo sobre mi cama.
La tarea de una vida es como la de un gran músico con su violín.
Tiene que afinarlo para que alcance la gran armonía con toda la orquesta. Cuando suena así, a su tiempo, sin desafinar, contribuye al milagro artístico de la sinfonía.
Afinar el ego no es hacer mortificaciones, ni negarse a la vida, ni renunciar a nada. Es ser capaz de ir más allá de él mismo y observarlo. Cuando se armoniza con la sinfonía , él sólo se afina, ocupa su puesto con el acorde justo.
Lejos de lo que mucha gente cree, esto no es un acto de voluntarismo.
Es dejarse ser, no poner trabas, perderse en el maravilloso poema sinfónico de la vida. Como un pétalo, un árbol, un valle, un ave, un insecto, un río o una montaña, el ego tiene también su papel en el poema del universo.
El concierto se estropea cuando un instrumento se empeña en destacar en todo momento o cuando suena cuando no le corresponde entrar en la partitura. No hay como mirar a los ‟famosos», determinados políticos, modelos, periodistas, escritores y estrellas de cine que no paran de figurar. Es el ego ridículo que dice ‟aquí estoy».
Afinar el ego es hacerlo tan sutil que no estorbe con sus condicionamientos, que no son más que creaciones de su mente, y resituarlo para que deje ver..