Siempre hace buen tiempo

All posts by Lamet Moreno Pedro Miguel

Mi diosa ni princesa

¿Es ésta la Virgen, nuestra Señora? ¿O una princesa? Nuestras buenas intenciones de coronar a María como reina nos han llevado a vestirla de seda, oro y piedras preciosas. Esta imagen, que se venera en una parroquia de Zamora, evoca un sofisticado prototipo femenino hasta en las cejas, que se dirían depiladas, y el fulgor de los pendientes. Hermosa, femenina, encantadora debió ser sin duda la joven de Nazaret, pero con la belleza fresca de una muchacha de aldea, algo tímida quizás, vestida con el burdo paño de las galileas e inmersa en las rústicas faenas de moler el trigo, amasar el pan y barrer su casa-cueva. Es lógico que sus hijos la ensalcemos con tronos, altares y coronas. Pero hasta en eso somos torpes. ¿No corremos el riesgo de olvidar su humilde “sí” de silenciosa esclava o su eufórico canto a favor de los pobres y olvidados de este mundo? El reinado de María no es otro que el de las bienaventuranzas de su hijo Jesús.

 

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Amor y presencia

Como si fuera otro afloramiento de su parque geológico, el pueblo turolense  de Aliaga se confunde con la montaña en una zona donde se pueden leer escritos en la tierra doscientos millones de años. Hay lugares como este donde el tiempo parece quedar suspendido entre los pliegues de los siglos y donde te sientes parte de un proceso del que desconoces su principio y su fin. Entonces, para evitar el vértigo, lo mejor es cerrar los ojos y sentirse, como sus calles medievales, su puente romano, su ermita, cobijados en el valle, como en  las manos de Dios, él único que puede arropar nuestras incertidumbres, este abismo de debilidad, el enigmático transcurrir de la historia.  Al instante descubres que, lejos de provocar miedo,  todo es un canto de amor y presencia.

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Agua que sueña

“El hechizo del agua detiene los instantes” escribe Luis Cernuda. En cambio  la instantánea de esta fotógrafa pretende detener el agua, como mi cámara  a su vez encuadra ese deseo. Pero la foto, que cristaliza tal flujo, es solo una ilusión, pues somos ríos que van a dar a la mar que es el morir. Nadie puede parar la vida ni detener el tiempo. Por eso  es hermoso contemplar el paso del agua y aprender a fluir con ella, disfrutar del momento y no apegarse a él,  sin miedo, confiados que en la desembocadura acabaremos por sumergirnos en Dios. Y, mientras tanto, soñar con ella, como Miguel de Unamuno: “Agua que llevas mis sueños / en tu regazo a la mar /, agua que pasas soñando, /  tu pasar es tu quedar”.

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El sacramento de la maceta

Barro , piedra y un humilde cordel. Es todo lo que necesita el decorador rural para alegrar la calle del pueblo. “Esparcirán sus olores / las pudibundas violetas / y habrá sobre tus macetas  / las mismas humildes flores: / la misma charla de amores / que su diálogo desgrana / en la discreta ventana, / y siempre llamando a misa / el bronce, loco de risa, / de la traviesa campana”. ¿Hace falta más para evocar el regreso al lugar de la adolescencia que esta estrofa de “Viaje al terruño” de  Ramón López Velarde? Olor, sonido e imagen despiertan el recuerdo dormido hasta recuperar la vivencia. Las pequeñas cosas pueden llegar a convertirse en sacramentos.  Porque es cierto que todo fluye, y sin embargo también todo queda.  El tiempo se para en el álbum de fotos que llevamos dentro; y eso, aunque no lo creamos, nos conecta directamente con lo indecible.

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Como antorcha en la noche

Como una antorcha en medio de la noche de Jueves Santo de la localidad de San Clemente (Cuenca), avanza el Cristo entre las viejas piedras iluminando al tiempo dolorido. La sangre del inocente, arropada de rojos capirotes, es fuego que libera y cauteriza, llama de amor viva que atraviesa las tinieblas y funde a todos, tras el anonimato de los antifaces, en un mismo amor. Pasan los años, las generaciones de penitentes, los hijos de los hijos de los renacentistas que ornaron la villa,   y  el Crucificado, como una espadaña en medio  de la plaza, sigue ardiendo en las conciencias. Su voz desde lo hondo de la garganta seca continúa gritando a este mundo con la voz de todos los que sufren y anhelan ser liberados: “Tengo sed”.

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En vos confío

 

Las carreteras se han vuelto agresivas y peligrosas. Pese a las multas, pérdida de puntos y campañas de tráfico, cada fin de semana se convierten en sepultura de cientos de personas  que dejan su vida en una curva o un adelantamiento. Lo tienen aún más duro los profesionales del volante, como los camioneros, que día y noche han de afrontar múltiples riesgos para ganarse el pan. El de la foto no se avergüenza en proclamar que Jesús, que dijo “yo soy el camino, la verdad y la vida”,  es su compañero de viaje. No sólo lleva su efigie bien grande junto a la puerta, sino también su sagrado corazón. Como si su cabina predicara por las carreteras aquella jaculatoria eterna: “Corazón de Jesús,  en vos confío”. Ante tantas agresiones como provocan la crisis, la competencia, la falta de trabajo, las enfermedades, las guerras,  y el miedo al futuro, ¿qué eslogan, qué rostro llevamos nosotros grabado en el alma para el camino?

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José María de Llanos, SJ

 

TRIBUNA: ANIVERSARIO
PEDRO MIGUEL LAMET

El alma secreta del padre Llanos Añadir a Mi carpeta

Cuando se cumplen 50 años de la llegada del ‘cura rojo’ a El Pozo del Tío Raimundo, el autor recuerda a este emblemático jesuita, su amigo y compañero

PEDRO MIGUEL LAMET
EL PAÍS  –  Madrid – 26-09-2005
Era un hombre frágil, pero con intuiciones y carácter de líder valiente y creativo

 

Cuando se cumplen 50 años de la llegada del ‘cura rojo’ a El Pozo del Tío
Raimundo, el autor recuerda a este emblemático jesuita, su amigo y compañero.

Hundidos los zapatos en el barro, dejábamos el tren en Entrevías y nos adentrábamos en un mundo aparte, llamado Pozo del Tío Raimundo. Eran los conflictivos sesenta. El que suscribe estudiaba entonces filosofía en Alcalá de Henares e iba semanalmente a ayudar al padre Llanos en la catequesis de niños ojerosos, hijos y nietos de los obreros inmigrantes que, procedentes de Jaén, Extremadura y de pueblos de Toledo, habían levantado sin permiso aquel submundo aparte del arrabal. Y algo insólito en aquellos años del franquismo: antes de dar las clases izábamos la bandera de la ONU, y cada día, la de un país, incluido la URSS, ante el señor Horacio, «el único alcalde democrático del franquismo».

De aquellos años llevo clavada en la memoria la figura de un José María Llanos canoso, enroscado en su manta y aporreando una vieja Underwood en su gélido cuchitril, y luego, en el Común de Trabajadores, dormitorio corrido que apestaba a pies y colillas. Aquel hombre me desconcertó desde el primer momento. ¿Era el mito vivo, el jesuita que hace ahora 50 años dejó el centro de Madrid y su pasado de Cruzada para vivir con los más pobres? ¿Qué le hacía tan hosco y sensible al mismo tiempo? ¿Cómo había pasado de capellán de la Falange a «cura rojo»? y ¿de poeta exquisito a revulsivo del mundo obrero?

Recuerdo que un día, cuando llegué en plenas navidades y pregunté por él, me dijeron: «¡Uff, Llanos no sale de su cuarto hace tres días!». ¿Por qué?, inquirí. «Es que le han robado el Niño Jesús de la capilla». Aquella anécdota de «santo cabreo» me dio una clave para entender su alma paradójica, esa mezcla explosiva de delicadeza interior y malas pulgas, de niño y loco, de soñador y depresivo de la que hacía gala. Llanos no era el típico misionero atleta que se adentra en la selva, ni el robusto cura obrero que acaba por encallecer el alma para hacerse sindicalista. Era un poeta, un intelectual, y en el fondo, un hombre frágil, pero con intuiciones y carácter de líder valiente y creativo. El teólogo José María Díez Alegría, con el que he charlado largas horas para escribir su biografía, me corroboraba esta acepción de Llanos como poeta, y añadía que -artista como Picasso- su gran amigo y alter ego pasó de una «época azul» a otra «rosa». Respecto a su carácter, añadía que, «como en la Iglesia tiene que haber de todo, él le decía: Llanos, tú eres la vesícula biliar del Cuerpo Místico».

Precisamente con Díez-Alegría, y durante el destierro en Bélgica, donde ambos hicieron sus estudios de filosofía, arranca el impulso creativo de este jesuita singular. Allí fundó un grupo de compañeros que, con el nombre de Nosotros, se dedicaba a lo que Llanos llamaba «vivir abismos», es decir, formularse las grandes preguntas del hombre. Leían a Marechal, Heidegger, Le Roy, Karl Adam, Zubiri y los poetas de la Generación del 27 con el fin, como él decía, de «coger las grandes cabezas para despejar la mía». Así se adelantó con tiempo al Concilio; tanto, que los superiores se asustaron y disolvieron el grupo.

Sus recuerdos inéditos que repartió entre «cien amigos» y que acaban de aparecer con el título Confidencias y confesiones, revelan a un soñador despierto, que entre depre y depre, había vivido a flor de piel la guerra: momentos como cuando recibía en Portugal la noticia de su hermano asesinado o decía su primera misa en Granada, en pleno fervor posbélico, ayudado por su padre, vestido de uniforme de general. Siempre le acompañó lo que Alegría llama ese «dolor de estrellas», que creo esencial para entenderle cabalmente.

¿Que cómo se compagina eso con un liderazgo revolucionario y levantar el puño con Carrillo en el primer mitin pecero de la democracia? Del mismo modo que sus meriendas con la Pasionaria mientras entonaban juntos Cantemos al amor de los amores; o su deseo de que en la lápida de su tumba le pusieran su número de carné de Comisiones Obreras y, al aproximarse su hora, respondiera al jesuita encargado de las necrológicas: «Hermano, basta que me ponga el SJ (Societatis Iesu)».

En el fondo, ese dolor de estrellas era el secreto de la osadía de Llanos. Un ensueño que no le impidió cristalizar realidades. Como cuando se fue a manifestar ante el Ministerio de la Vivienda contra la proyectada M-40, que se iba a cargar a El Pozo, y el trazado acabó rodeándolo. O cuando el autobús que unía el barrio con Atocha tenía la mitad de ventanas rotas, y él, ante el asombro del cobrador, no pagaba la peseta del billete, sino sólo cincuenta céntimos, «medio autobús», lo que imitaron todos los que iban detrás hasta que el Ayuntamiento renovó los vehículos. El Pozo entero de hoy es en cierto modo esa utopía hecha realidad.

Pasaron los años y mi amistad con Llanos se consolidó, sobre todo en los tiempos en que yo dirigía el semanario católico Vida Nueva. Llanos era un obrero de la pluma y se ganaba la vida escribiendo artículos. Defendía, siguiendo nada menos que a Pío XII, la necesidad de la existencia de una opinión pública dentro de la Iglesia, y la ejercitaba sin cesar, a veces levantando tormentas. Pero a la postre nadie osaba callarle, porque nadie pisaba el barro como él, o decía misa en invierno enfundado en abrigo y bufanda y junto a una estufa de camping-gas.

Conservo cartas preciosas que acompañaban sus colaboraciones, que él llamaba «desahogos» desde su «rincón» y desde un «evangelio, cada vez más sorprendente para este viejo». «Lamet querido», confesaba, «no temas publicarlos, que el cura rojo tiene tan mala fama que todo lo suyo cabe en el cesto». Y añadía: «De veras, no creo tener mala milk; sólo es cuestión de años y chochez».

Ya seriamente enfermo, me escribía en 1986: «Mi cansancio es feroz, pero creo también que en la otoñada crece mi fe en Jesús, y en mi memoria, mi afecto hacia ti. Me quiero ir definitivamente, pero también estaré allí contigo». Ése era Llanos, el amigo de todos, en quien, por encima de sus ideas, cabían desde Marcelino Camacho a Calvo Sotelo; de Solana a Martín Artajo; de Tierno a Álvarez del Manzano, pasando por Menéndez Pidal, Umbral, Fraga, Tamames, Arrupe, Ruiz Giménez, la Pasionaria y un largo etcétera.

Entre papeles viejos he encontrado un artículo inédito del padre Llanos, que, tras ser cesado director de la revista, no pude publicar. Este párrafo le retrata: «Perdonadme, pero resulta hasta grotesco salirnos con que Jesús en su mensaje vino a defender los derechos humanos. La misma paz citada y proclamada por él no se identifica del todo con lo que hoy pretenden los pacifistas, les supera. Y lo mismo se diría de la justicia -Jesús vino a salvar, después dijeron que salvar era justificar-, la cual, como la liberación, es algo tan profundamente humano que no cuadra sino con el mensaje evangelizador. ¿Por qué este afán eclesial de entrometerse en todo tarde e inoportunamente?».

Aquella libertad profética no podía proceder sólo de su dolor de estrellas, sino de una profunda y meditada fe: «Mi tema, aflorado y hasta desafiante, siempre fue Jesús», me confesaba al final. Era el Llanos que igual leía salmos o recitaba a Alberti y Neruda en sus interminables eucaristías como montaba guardia en la Dirección General de Seguridad para sacar de allí a un amigo. «Se parecía el autorretrato de Rembrandt del museo de Amsterdam», dice Alegría. A mí no dejaba de evocarme una extraña mezcla de San Manuel Bueno y Mártir de Unamuno, Nazarín de Galdós y el frágil cura de aldea de Bernanos, eso sí, con ciertas pinceladas del Ché Guevara. Tan inclasificable como para que ante su tumba se abrazaran al unísono el piadoso rezo del rosario y el canto de la Internacional.

 

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Los diez mandamientos del 11-S

  1. No creerás en el dios todopoderoso del mercado salvaje y del consumo sin entrañas.
  2. No creerás en el dios de la destrucción y la muerte que guía todo ciego fanatismo.
  3. No te sentirás seguro nunca más por construir torres financieras y soberbios imperios económicos.
  4. No te sentirás predestinado a nada volando a sangre y fuego, que quien a hierro mata a hierro morirá.
  5. Descubrirás que el agujero del vacío y hasta el hueco de los escombros está mucho más lleno que la arquitectura del poder sin entrañas.
  6. Descubrirás que el odio terrorista está cavando más y más la inmensa fosa que hunde y divide a los aterrorizados hombres de este siglo.
  7. Despertarás al calor de los otros, gracias al dolor que te ha hecho más humano, en medio del frío desolador de rascacielos como témpanos.
  8. Despertarás de la mentira de un falso paraíso con que envían a la muerte a sus mártires todos los locos fundamentalistas de este mundo.
  9. Creerás de una vez que en la fragilidad está la auténtica fuerza y que sólo de los pobres es el reino de los cielos.
  10. Esperarás únicamente en el Dios del amor y de sus predilectos, las víctimas y los pequeños de este mundo, que no saben de dinero, ni razas, ni religiones.
  11. Estos diez mandamientos se encierran en dos: Cualquier atentado o guerra se vuelve contra el hombre, único Dios visible;y jamás habrá paz duradera en este mundo sin el cultivo de la justicia.

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La caboverdiana

 

Por fin se le ha hecho caso en Madrid a Cesaria Evora, la cantante caboverdiana que parece arrullar al mundo con sus melodías entre africanas y portuguesas, a medio camino entre Edit Piaff y Amalia Rodrigues. Surgida de la pobreza de un país pequeño sin agua, al principio sólo se la oía en los cafetines de Mindelo. Hoy esta negra de sesenta años es como una abuela universal que canta su nana a una sociedad trepidante.

Su vida parece arrancada de una novela de aventuras. De la miseria a locales repletos de marineros, donde cantó una noche para un portugués que la dejó preñada y al que nunca volvería a ver. Que no tiene miedo a la muerte porque dice que «es lo más verdadero que sucede en la vida»; que cree en Dios aunque no lo ve, pero lo siente; y que cuando le achacan que no ha tenido suerte con los hombres, responde que es al revés, son ellos los que no la han tenido porque «se han quedo sin Cesaria Évora».

Cuando sube a un escenario, canta como si estuviera en el cuarto de estar, cosiendo o planchando para una gran familia. Sus canciones se dirían escritas para gentes con otra dimensión del tiempo, que no saben odiar, y jóvenes que aman la vida. Por eso, como una madre, les aconseja con una sonrisa: «No bebed alcohol, no drogaros, amad de corazón y estudiad para ser grandes personas».

Esta negra descalza ha visto muchos barcos partir, ha sufrido la escasez y la soledad, y no por ello perdió nunca humor y cariño. Asegura que canta para los que están solos, sin amor, y lo hace a la medida de todas las nostalgias. Algunos lloran al oírla. A mi me trae paz y el murmullo del mar lejano.

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