Siempre hace buen tiempo

All posts by Lamet Moreno Pedro Miguel

Un disco exótico

De pronto, entre los discos de dirección prohibida, límite de velocidad, paso de cebra y próxima rotonda, como una sorpresa, esta flecha que señala al viandante dónde están las velas. Por supuesto pertenece a un santuario, y más en concreto a Fátima, donde la gente compra velas  al por mayor para llevárselas a la Virgen. Pero ¿qué tal estaría que en la ciudad nos pusieran algunos discos de estos indicándonos dónde encontrar algo de silencio, un rincón de paz, una mirada de cariño, una mano tendida, cualquier sonrisa de comprensión? Los discos de tráfico evocan atascos, el sonido del claxon, la prohibición de aparcar, la tensión de llegar a tiempo. Esta señal en cambio, tan sencilla y pacífica, sugiere el fuego de una candela que hemos de tener encendida para  cuando llegue el esposo; que Jesús vino “a traer fuego a la tierra”; que se definió a sí mismo como una luz que al mismo tiempo es camino y vida. O simplemente esos ratos eternos en la penumbra de la iglesia intentando ser una chispa o al menos un pabilo humeante que lucha por permanecer encendido en medio de la oscuridad.

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Tengo sed

“¡Agua, no huyas de la sed, detente!”, verso de Gorostiza que me viene a la memoria al contemplar la concentración con que este chaval  bebe esa frescura que bendice sus entrañas. No hay que buscar agua  bendita para apagar la sed. Toda agua es bendición; compone más del noventa por ciento de nuestro cuerpo, hace germinar los campos, es el futuro de la humanidad. Llenó para siempre el cántaro de la Samaritana; viva, salta de nuestro propio manantial hasta la vida eterna, y ni un humilde vaso ofrecido al caminante quedará sin recompensa. Hoy el agua, dicen, es un bien escaso, que pone de actualidad el dicho popular: “Agua que no vas a beber, déjala correr”, o mejor no la malgastes. Pero sobre todo el de un Cristo sediento que desde lo alto del monte vuelve a gritar: “¡Tengo sed!”, una sed de otra agua que se perpetúa en tanta garganta reseca. Agua, no huyas de la sed del mundo.

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Todo el mar para ti

La playa está desierta y el mar es para él solo. Quizás dentro de un rato venga la invasión de bañistas y con ellos los gritos, las meriendas, la falta de silencio y sitio para escuchar y contemplar el mar. Mirarlo es evocar la urgencia esencial de horizonte, su ansia de infinito. Escucharlo, oír la nana universal con que el universo  nos invita a descansar y armonizar nuestros sonidos interiores con el Sonido primigenio. Móvil y quieto, repite la estrofa que declama el tiempo en su fugacidad y permanencia;  verdiazul,  el cambio continuo de nuestra policromía interior.  Si paramos un instante, respiramos hondo, y fundimos nuestra conciencia con ese mar de todos y mío entero, quizás descubramos, que, sin saberlo, siempre lo habíamos llevado dentro.

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El vuelo de la gaviota

“Para volar tan rápido como el pensamiento y a cualquier sitio que exista –le dice el maestro Chiang a Juan Salvador Gaviota-,  debes empezar por saber que ya has llegado…  El secreto, consistía en que Juan dejase de verse a sí mismo como prisionero de un cuerpo limitado… El secreto era saber que su verdadera naturaleza vivía, con la perfección de un número no escrito, simultáneamente en cualquier lugar del espacio y del tiempo”.  El secreto para volar alto en esta vida es descubrir que, por encima de las limitaciones aparentes del cuerpo, la vulgaridad,  el sufrimiento, las pequeñeces de cada día, lo tenemos ya todo, aunque no nos demos cuenta, como hechos a imagen y semejanza de Dios. ¿Que dónde está esa naturaleza perfecta? En un rincón profundo donde todo anda bien, donde no hay dolor ni muerte, sino  espacios infinitos. ¿Cómo alcanzarla?  La tenemos, somos parte de la luz,  lo que pasa es no la sentimos. ¿Cómo sentirla? Permitiendo que, gracias al silencio, la quietud perfecta del dentro aflore y unifique todo el ser.

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El hombre del saco

Dice Pablo que somos espectáculo ante Dios y ante los hombres. El showman de la foto, además de hallar una forma de supervivencia durante la crisis, se ha convertido en estatua de barro en medio de los curiosos viandantes. Ha elevado a mimo la miseria, la sumisión, la terrosidad del obrero explotado. Su estampa parecería responder a  tiempos pasados, anteriores a la globalización y la tecnocracia. Pero por desgracia no es una imagen de barro, sino de carne y hueso, tan  real  como que vive en los países en vías de desarrollo, en muchos de nuestros inmigrantes y en una sociedad donde los más pobres y débiles –hasta niños y mujeres- llevan sobre sus hombros el saco de los desperdicios de nuestro bienestar. Hoy se habla, sí, de solidaridad y ONGs; pero muy poco de justicia, previa a cualquier paliativo o caridad.

 

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La Virgen del retrovisor

Dos maneras hay de mirar: la del que captura cuanto ve, convencido de que está viendo la realidad misma, y la del que contempla el mundo como una imagen, una película, algo que pasa y no tiene consistencia. Este espejo retrovisor de  pueblo, fotografiado en el momento exacto en que transcurre ante él una procesión de la Virgen, ayuda a mirar el mundo desde fuera. Vemos, dice San Pablo, “como en un espejo”. Eso quiere decir que no estamos viendo sino un reflejo de la verdad, como Platón ya intuía en su mito de la caverna, el “maya” o apariencia de los orientales. ¿Por qué apegarnos pues a este fluir de este mundo? El paso de la procesión es sólo un instante en nuestra retina, como en el espejo. Nos queda la emoción de haber visto pasar a la Virgen por las calles del pueblo entre flores y devoción de la gente sencilla. Todo pasa. Nos queda el mirar, esa luz interior que no se lleva el tiempo.

 

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Mi diosa ni princesa

¿Es ésta la Virgen, nuestra Señora? ¿O una princesa? Nuestras buenas intenciones de coronar a María como reina nos han llevado a vestirla de seda, oro y piedras preciosas. Esta imagen, que se venera en una parroquia de Zamora, evoca un sofisticado prototipo femenino hasta en las cejas, que se dirían depiladas, y el fulgor de los pendientes. Hermosa, femenina, encantadora debió ser sin duda la joven de Nazaret, pero con la belleza fresca de una muchacha de aldea, algo tímida quizás, vestida con el burdo paño de las galileas e inmersa en las rústicas faenas de moler el trigo, amasar el pan y barrer su casa-cueva. Es lógico que sus hijos la ensalcemos con tronos, altares y coronas. Pero hasta en eso somos torpes. ¿No corremos el riesgo de olvidar su humilde “sí” de silenciosa esclava o su eufórico canto a favor de los pobres y olvidados de este mundo? El reinado de María no es otro que el de las bienaventuranzas de su hijo Jesús.

 

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Amor y presencia

Como si fuera otro afloramiento de su parque geológico, el pueblo turolense  de Aliaga se confunde con la montaña en una zona donde se pueden leer escritos en la tierra doscientos millones de años. Hay lugares como este donde el tiempo parece quedar suspendido entre los pliegues de los siglos y donde te sientes parte de un proceso del que desconoces su principio y su fin. Entonces, para evitar el vértigo, lo mejor es cerrar los ojos y sentirse, como sus calles medievales, su puente romano, su ermita, cobijados en el valle, como en  las manos de Dios, él único que puede arropar nuestras incertidumbres, este abismo de debilidad, el enigmático transcurrir de la historia.  Al instante descubres que, lejos de provocar miedo,  todo es un canto de amor y presencia.

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Agua que sueña

“El hechizo del agua detiene los instantes” escribe Luis Cernuda. En cambio  la instantánea de esta fotógrafa pretende detener el agua, como mi cámara  a su vez encuadra ese deseo. Pero la foto, que cristaliza tal flujo, es solo una ilusión, pues somos ríos que van a dar a la mar que es el morir. Nadie puede parar la vida ni detener el tiempo. Por eso  es hermoso contemplar el paso del agua y aprender a fluir con ella, disfrutar del momento y no apegarse a él,  sin miedo, confiados que en la desembocadura acabaremos por sumergirnos en Dios. Y, mientras tanto, soñar con ella, como Miguel de Unamuno: “Agua que llevas mis sueños / en tu regazo a la mar /, agua que pasas soñando, /  tu pasar es tu quedar”.

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El sacramento de la maceta

Barro , piedra y un humilde cordel. Es todo lo que necesita el decorador rural para alegrar la calle del pueblo. “Esparcirán sus olores / las pudibundas violetas / y habrá sobre tus macetas  / las mismas humildes flores: / la misma charla de amores / que su diálogo desgrana / en la discreta ventana, / y siempre llamando a misa / el bronce, loco de risa, / de la traviesa campana”. ¿Hace falta más para evocar el regreso al lugar de la adolescencia que esta estrofa de “Viaje al terruño” de  Ramón López Velarde? Olor, sonido e imagen despiertan el recuerdo dormido hasta recuperar la vivencia. Las pequeñas cosas pueden llegar a convertirse en sacramentos.  Porque es cierto que todo fluye, y sin embargo también todo queda.  El tiempo se para en el álbum de fotos que llevamos dentro; y eso, aunque no lo creamos, nos conecta directamente con lo indecible.

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