Siempre hace buen tiempo

All posts by Lamet Moreno Pedro Miguel

Espejo

Foto: Paraná. Frontera entre Argentina y Paraguay (©PMLamet)

¿Quién es ese que me mira desde el espejo y que cambia cada día como una crisálida?¿Se parece al niño que se contemplaba en otro espejo de la infancia, pegado quizás al rostro de mamá? ¿Se parece al adolescente que se peinó calibrando los matices de su rostro  por  primera vez? Podría ser una máscara de quita y pon, como las que los griegos usaban para el teatro y llamaban ‟persona».         

   Este ego que soy, el que nació en tal sitio, estudió en tal otro y hoy tiene esta profesión, aquella novia, amigo, casa o esposa/o, ese pequeño o gran nombre se desvanece como un plano cinematográfico en la pantalla, para dar paso a otro y otro y otro…en el cambio  que implacablemente marca el reloj.           

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Ver desde dentro

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Ciega del Castell de Guadalest (Alicante) ©PMLamet

Bella escultura la de esta ciega que mira al cielo y está punto de caer. Es como una metáfora de muchas circunstancias de nuestra vida, porque, aunque tengamos del don de la vista,  con frecuencia nuestra mirada es incapaz de ver el camino que nos lleva a la Vida. Sobre esa ceguera y esa vida escribió Leopoldo Panero un hermoso y breve poema  titulado “Las manos ciegas”.

Ignorando mi vida, 
golpeado por la luz de las estrellas, 
como un ciego que extiende, 
al caminar, las manos en la sombra, 
todo yo, Cristo mío, 
todo mi corazón, sin mengua, entero, 
virginal y encendido, se reclina 
en la futura vida, como el árbol 
en la savia se apoya, que le nutre, 
y le enflora y verdea. 
Todo mi corazón, ascua de hombre, 
inútil sin Tu amor, sin Ti vacío, 
en la noche Te busca, 
le siento que Te busca, como un ciego, 
que extiende al caminar las manos llenas 
de anchura y de alegría.

Muchos miran y no ven. Porque con los ojos del alma es despertar, taladrar la apariencia, tocar la verdad desde dentro, donde poseemos sin saberlo la auténtica visión, una maravillosa centella de la Luz Total.

Pedro Miguel Lamet

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Corazón de maleta

«Viajero» (Oviedo) © PMLamet

A este mundo venimos desnudos, y después del viaje de la vida  nos vamos desnudos.

Pero para el trayecto necesitamos objetos: desde el cepillode dientes a la cultura, pasando por un sinfín de adminículos: casas, libros,ropas, coches, tecnología, cuentas bancarias, pólizas de seguros, puestos,cargos y un largo etcétera. Es nuestra valija, la maleta del viaje.

El  problema nace de nuestra relación con esa maleta.

Hoy muchos transforman la valija en el destino del viaje. Confunden el medio con el fin. Es más se definen a sí mismos no por lo que son, sino por lo que llevan en el viaje, sus  posesiones, lo que tienen. Ante la sociedad nos prestigiamos por la cualidad de mi casa, mi coche, mi forma de vestir, el puesto que representamos, en vez de por el sentido de mi vida, mis valores, mi último destino.

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Píldoras milagrosas

Hace unos años un grupo de españoles confesaron haber encontrado el “elixir de la eterna juventud” o algo parecido, que lleva tiempo en las farmacias. Según sus descubridores, científicos del CSIC, este producto representa claramente «un avance mundial» contra el envejecimiento y para la prevención de importantes problemas de salud; pues se ha demostrado que «la ciencia no sólo da años a la vida sino vida a los años».

La pildorita se llama Revidox , tiene un precio, cada una, ligeramente superior al euro, se vende en cajas de treinta, y, como siempre, debe tomarse como complemento de una dieta sana y equilibrada y ¡durante toda la vida! Aparte de prolongar la vida celular y actuar por ello, como elixir contra el envejecimiento, este complemento alimentario no sólo rejuvenecería la piel, sino también actuaría en beneficio del resto de órganos (corazón, pulmones, estómago), reduciendo los problemas cardiovasculares y previniendo del cáncer. O sea, una maravilla.

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Tiene que llover

AMR02. AMRITSAR (INDIA). 22/7/2007.- Una mujer india camina con su paraguas durante una breve llovida en la ciudad de Amritsar, India. EFE/Raminder Pal Singh

 

“El cielo escomo un inmenso / corazón que se abre, amargo./
No llueve: es un sangrar lento / y largo.” Versos de Gabriela Mistral que vienen a la mente al contemplar este “chirimiri” indio  en este balbucir sus primeras palabras el otoño. O el poema de Verlaine: “Llueve en la calle como llueve en mi corazón”.

             Las primeras lluvias son hermanas de la melancolía, la vuelta al cole, el cristal empañado, el primer amor de verano que no retornará, la tibia atmósfera del cuarto de estar con magdalenas y café con leche. Cuando llueve, la ciudad se recoge en meditación y los viandantes bajo el paraguas son como monjes urbanos a los que no les queda más remedio que mirar hacia el interior. ¿Os acordáis de la canción de Pablo Guerrero “Tiene que llover”? Para él la lluvia era también símbolo de la libertad: “Hay que doler de la vida hasta creer / tiene llover /  tiene que llover / a cántaros”.

             ¡Oh mansa lluvia que renueva la vida y borra los adioses!

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El fútbol, un dios fácil

Pintada de una fachada de Portimao (Portugal) ©PMLamet

Con sus canchas repletas, sus himnos vibrantes, sus seguidores fanatizados y la adoración de sus fieles, el fútbol se ha convertido en una religión indiscutida e indiscutible del siglo XXI. La asistencia a sus ritos supera con mucho la de los que acuden a misas, plegarias y otros oficios religiosos. Sus sacerdotes, los futbolistas, solo son valorados por su habilidad en el juego.

Apenas se cuestiona su moralidad, sus excesos, las desorbitadas cantidades que cobran. Puede más el fanatismo idólatra hacia sus nombres y a los colores que representan. La locura de los hinchas se convierte en una borrachera seudomística a la que se sacrifica casi todo: ahorros, incomodidades de viajes, risas y lágrimas. Y sus pontífices máximos, los dueños de los clubes, manipulan esas multitudes a placer entre cifras astronómicas y la ceguera de sus devotos sin apenas control de nadie.


Hasta qué punto al pisar un terreno de juego un futbolista siente que se relaciona con lo trascendente se aprecia en que cada vez son más los que se santiguan, rezan o levantan sus brazos al cielo para agradecer o atribuir a Dios o a Alá sus goles. ¿Qué desahogo psicológico de tensiones experimenta el aficionado en el cuadrilátero? ¿Qué le libera? Quizás que, sin dogmas, sin racionalidad, sin preceptos, se pinta la cara, se viste de ceremonia y grita, grita para huir por un rato de sus cotidianas frustraciones.
Pero eso tiene un nombre, se llama fanatismo, no religión, y el fanatismo no es compromiso ni liberación, sino huida. Pasatiempo, sí. Y también culto desmedido a un dios fácil.

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Flotar con la gaviota

FLOTAR CON LA GAVIOTA

Gaviota sobre el puerto de Alvor (© PMLamet)

            Dueña del aire, las nubes y el mar, la gaviota se ha tomado una pausa. Se diría que toda su vida es pausa, porque, a diferencia de los humanos, que se torturan con pensamientos, que muchas veces les producen penas sobre el devenir, sentimiento de culpa por el pasado o angustia vital, este ave, vive, como el resto de la naturaleza, simplemente en su “ser ave”.

            Su elasticidad flexible, su instinto volador, su indiferencia ante los deseos, su fusión con el azul del cielo y el mar la convierten en un símbolo de un estilo  espontáneo y libre de pasar por el mundo cumpliendo sencillamente su misión en el ecosistema.

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Humor es amor

Cabezudo de Alcalá de Henares (©PMLamet)


Enrique Jardiel Poncela cuenta, como supremo ejemplo del sentido humor, el caso de aquel gitano al que le llevaban a ahorcar el lunes, y por el camino iba diciendo: “¡Bien empieza la semana!”. Hace falta tener mucha moral y un profundo relativismo para encontrar ese lado grotesco, divertido, caricaturesco de la vida, que nos permite tomar distancia y mirar las cosas, incluso los acontecimientos más trágicos, de otra manera. Ya que, como decía Mark Twain, “el humorismo es el aspecto jovial de la verdad”.
Todo el mundo sabe que la verdad de don Quijote y Sancho es una tragedia. Es la historia de un loco y un palurdo. Pero, tocados por la barita mágica de Cervantes, se transforman en dos arquetipos de humanidad, sendos monumentos al idealismo y al sentido común. O que Charlot no deja de ser un pobre vagabundo fracasado. Sin embargo, todos llevamos a un hombrecillo con bastón y sombrero hongo, que se pierde solo y triste por el horizonte, debajo de nuestra chaqueta.
No vamos a cometer la presunción de definir el humorismo. El mismo Jardiel Poncela decía que es “como pretender traspasar una mariposa, empleando para ello como aguja un poste telegráfico”.

La risa podría ser la gran terapia después de leer el periódico, al acabar la estresante jornada de trabajo o al enfrentarnos con los problemas económicos, afectivos y familiares. Pero la risa, las más de las veces se ha convertido en esta sociedad histérica en risotada y el humor en astracanada. Falta ese cascabeleo interior, esa sombra de duda que no es desprecio, sino en el fondo cariño y solidaridad humana.
Una vez leído este número en la tranquilidad de las vacaciones quizás podamos decir aquello de Lloyd George: “Para mí, un cambio de disgusto es unas vacaciones” ; o lo que canta aquella copla popular: “Cuando me dieron la nueva / de que tú no me querías, / a la mar no me tiré / porque estaba el agua fría”. O quedarnos con la definición de Gómez de la Serna de los chalecos: “El chaleco es una americana que fue a al guerra”.
En una palabra reír es un forma sabia de vivir, y sonreír es la única manera de sobrevivir. Quizás porque el humor es amor y “gracias al amor se escapa el hombre de la escala zoológica”. El mal humor sin embargo es la tristeza duradera del alma, de la que deberíamos siempre huir. Así que: ¡Feliz amor! ¡Feliz humor!

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