Siempre hace buen tiempo

All posts by Lamet Moreno Pedro Miguel

Píldoras milagrosas

Hace unos años un grupo de españoles confesaron haber encontrado el “elixir de la eterna juventud” o algo parecido, que lleva tiempo en las farmacias. Según sus descubridores, científicos del CSIC, este producto representa claramente «un avance mundial» contra el envejecimiento y para la prevención de importantes problemas de salud; pues se ha demostrado que «la ciencia no sólo da años a la vida sino vida a los años».

La pildorita se llama Revidox , tiene un precio, cada una, ligeramente superior al euro, se vende en cajas de treinta, y, como siempre, debe tomarse como complemento de una dieta sana y equilibrada y ¡durante toda la vida! Aparte de prolongar la vida celular y actuar por ello, como elixir contra el envejecimiento, este complemento alimentario no sólo rejuvenecería la piel, sino también actuaría en beneficio del resto de órganos (corazón, pulmones, estómago), reduciendo los problemas cardiovasculares y previniendo del cáncer. O sea, una maravilla.

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Tiene que llover

AMR02. AMRITSAR (INDIA). 22/7/2007.- Una mujer india camina con su paraguas durante una breve llovida en la ciudad de Amritsar, India. EFE/Raminder Pal Singh

 

“El cielo escomo un inmenso / corazón que se abre, amargo./
No llueve: es un sangrar lento / y largo.” Versos de Gabriela Mistral que vienen a la mente al contemplar este “chirimiri” indio  en este balbucir sus primeras palabras el otoño. O el poema de Verlaine: “Llueve en la calle como llueve en mi corazón”.

             Las primeras lluvias son hermanas de la melancolía, la vuelta al cole, el cristal empañado, el primer amor de verano que no retornará, la tibia atmósfera del cuarto de estar con magdalenas y café con leche. Cuando llueve, la ciudad se recoge en meditación y los viandantes bajo el paraguas son como monjes urbanos a los que no les queda más remedio que mirar hacia el interior. ¿Os acordáis de la canción de Pablo Guerrero “Tiene que llover”? Para él la lluvia era también símbolo de la libertad: “Hay que doler de la vida hasta creer / tiene llover /  tiene que llover / a cántaros”.

             ¡Oh mansa lluvia que renueva la vida y borra los adioses!

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El fútbol, un dios fácil

Pintada de una fachada de Portimao (Portugal) ©PMLamet

Con sus canchas repletas, sus himnos vibrantes, sus seguidores fanatizados y la adoración de sus fieles, el fútbol se ha convertido en una religión indiscutida e indiscutible del siglo XXI. La asistencia a sus ritos supera con mucho la de los que acuden a misas, plegarias y otros oficios religiosos. Sus sacerdotes, los futbolistas, solo son valorados por su habilidad en el juego.

Apenas se cuestiona su moralidad, sus excesos, las desorbitadas cantidades que cobran. Puede más el fanatismo idólatra hacia sus nombres y a los colores que representan. La locura de los hinchas se convierte en una borrachera seudomística a la que se sacrifica casi todo: ahorros, incomodidades de viajes, risas y lágrimas. Y sus pontífices máximos, los dueños de los clubes, manipulan esas multitudes a placer entre cifras astronómicas y la ceguera de sus devotos sin apenas control de nadie.


Hasta qué punto al pisar un terreno de juego un futbolista siente que se relaciona con lo trascendente se aprecia en que cada vez son más los que se santiguan, rezan o levantan sus brazos al cielo para agradecer o atribuir a Dios o a Alá sus goles. ¿Qué desahogo psicológico de tensiones experimenta el aficionado en el cuadrilátero? ¿Qué le libera? Quizás que, sin dogmas, sin racionalidad, sin preceptos, se pinta la cara, se viste de ceremonia y grita, grita para huir por un rato de sus cotidianas frustraciones.
Pero eso tiene un nombre, se llama fanatismo, no religión, y el fanatismo no es compromiso ni liberación, sino huida. Pasatiempo, sí. Y también culto desmedido a un dios fácil.

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Flotar con la gaviota

FLOTAR CON LA GAVIOTA

Gaviota sobre el puerto de Alvor (© PMLamet)

            Dueña del aire, las nubes y el mar, la gaviota se ha tomado una pausa. Se diría que toda su vida es pausa, porque, a diferencia de los humanos, que se torturan con pensamientos, que muchas veces les producen penas sobre el devenir, sentimiento de culpa por el pasado o angustia vital, este ave, vive, como el resto de la naturaleza, simplemente en su “ser ave”.

            Su elasticidad flexible, su instinto volador, su indiferencia ante los deseos, su fusión con el azul del cielo y el mar la convierten en un símbolo de un estilo  espontáneo y libre de pasar por el mundo cumpliendo sencillamente su misión en el ecosistema.

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Humor es amor

Cabezudo de Alcalá de Henares (©PMLamet)


Enrique Jardiel Poncela cuenta, como supremo ejemplo del sentido humor, el caso de aquel gitano al que le llevaban a ahorcar el lunes, y por el camino iba diciendo: “¡Bien empieza la semana!”. Hace falta tener mucha moral y un profundo relativismo para encontrar ese lado grotesco, divertido, caricaturesco de la vida, que nos permite tomar distancia y mirar las cosas, incluso los acontecimientos más trágicos, de otra manera. Ya que, como decía Mark Twain, “el humorismo es el aspecto jovial de la verdad”.
Todo el mundo sabe que la verdad de don Quijote y Sancho es una tragedia. Es la historia de un loco y un palurdo. Pero, tocados por la barita mágica de Cervantes, se transforman en dos arquetipos de humanidad, sendos monumentos al idealismo y al sentido común. O que Charlot no deja de ser un pobre vagabundo fracasado. Sin embargo, todos llevamos a un hombrecillo con bastón y sombrero hongo, que se pierde solo y triste por el horizonte, debajo de nuestra chaqueta.
No vamos a cometer la presunción de definir el humorismo. El mismo Jardiel Poncela decía que es “como pretender traspasar una mariposa, empleando para ello como aguja un poste telegráfico”.

La risa podría ser la gran terapia después de leer el periódico, al acabar la estresante jornada de trabajo o al enfrentarnos con los problemas económicos, afectivos y familiares. Pero la risa, las más de las veces se ha convertido en esta sociedad histérica en risotada y el humor en astracanada. Falta ese cascabeleo interior, esa sombra de duda que no es desprecio, sino en el fondo cariño y solidaridad humana.
Una vez leído este número en la tranquilidad de las vacaciones quizás podamos decir aquello de Lloyd George: “Para mí, un cambio de disgusto es unas vacaciones” ; o lo que canta aquella copla popular: “Cuando me dieron la nueva / de que tú no me querías, / a la mar no me tiré / porque estaba el agua fría”. O quedarnos con la definición de Gómez de la Serna de los chalecos: “El chaleco es una americana que fue a al guerra”.
En una palabra reír es un forma sabia de vivir, y sonreír es la única manera de sobrevivir. Quizás porque el humor es amor y “gracias al amor se escapa el hombre de la escala zoológica”. El mal humor sin embargo es la tristeza duradera del alma, de la que deberíamos siempre huir. Así que: ¡Feliz amor! ¡Feliz humor!

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Mi niño olvidado

Las noticias de niños abandonados sobre todo entre los refugiados e inmigrantes se multiplican ¿Podríamos recuperar en nosotros esa paz y quietud de la infancia? El breve salmo 130 parece revelarnos el secreto:

La primera causa de nuestra turbación y de lo que nos hace infelices procede de nuestros deseos. Si nos sentimos amenazados es porque tememos que nos quiten lo que tenemos o que no podamos alcanzar lo que deseamos. Hoy nos mata la ambición, la mirada altanera de un personaje que nos hemos creado mentalmente para sentirnos superiores y pisar fuerte por la vida. Funcionamos a golpe de impactos televisivos y publicitarios, escalones de consumo, que configuran desde fuera nuestra falsa identidad.

Señor, mi corazón no es ambicioso,

ni mis ojos altaneros;

no pretendo grandezas

que superan mi capacidad;

sino que acallo y modero mis deseos,

como un niño en brazos de su madre.

Espere Israel en el Señor

ahora y por siempre.

p

Pero la clave está en el niño que hay dentro de nosotros. Salimos bien de fábrica. Estábamos conectados con la verdad, como este delicioso bebé. Crecimos y nos fuimos elaborando una serie de capas sobre el núcleo de nuestra verdadera identidad. El niño se quedó progresivamente ahogado por una hojarasca de falsos “yoes” elaborados por la mente.

Jesús toca esa esencia del ser cuando pide que regresemos al niño para entrar en la dimensión nueva de su reinado. Cuando no tengo, tengo; cuando no soy, soy, cuando me pierdo. encuentro. “¿Nacer de nuevo?”, pregunta asombrado Nicodemo. “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu espíritu es.”

Cierra los ojos y descansa acunado por unos brazos invisibles. ”Nada te turbe, nada te espante”. Hay algo dentro de ti que espera y está bien. Vuelve al menos un instante a ese niño olvidado que nunca dejaste de ser.

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La casa que no muere

A veces las fachadas de las casas son libros abiertos de meditación. Como esta, deteriorada por el tiempo. Uno se la imagina recién pintada, cuando quizás una pareja de enamorados la habitó por primera vez, con todas sus ilusiones intactas, con su sala de estar, sus visillos, su cocina, su dormitorio aún por estrenar. Luego vinieron los niños: “¡Ponte la bufanda, hijo, que hace mucho frío!”. Y la muerte de los abuelos, y el despido del trabajo y la lucha por seguir adelante, y la graduación de los hijos, sus éxitos, sus problemas, sus esfuerzos, sus fracasos…

Hoy la casa, desvencijada, parece muerta. Pero no es verdad. En ella habitan los “te quiero”, los “que descanses” y “vuelve pronto”, los “perdóname”, las risas, los temores, las sorpresas y las lágrimas. Tiene un alma de vibraciones la casa, porque nada se pierde, todo se transforma. Se nos va, si, el tiempo transcurrido en ella, dejando su rastro, su pérdida en las cosas que usamos y en nuestro propio cuerpo. Pero nunca se nos va  la vida, ni la juventud, ni el ensueño, porque ellos van construyendo un hogar sin paredes donde, aunque no nos demos cuenta, ya habitamos con Dios, o mejor, en Dios.Facebooktwitterredditpinterestlinkedinmailby feather

Sueños de verano

  Algo cambia dentro de nosotros cuando llega el verano. No solo hacemos las maletas y preparamos con interés unos días de vacaciones. Se diría que un secreto “chip” de nuestra alma cruje en nuestro interior cambiando el ritmo de la vida y hasta nuestra manera de entenderla en este tiempo del año que trae, como decía un viejo escritor de almanaques, “días largos para el amor, y para el sufrimiento noches cortas”.

En las noches de verano los sonidos se amplifican como el canto de los grillos, y desde lejos siempre nos llega alguna música de orquesta o tocadiscos incierto que habla melancólicamente de un tiempo huido o un amor imposible. Como dice Lugones: “El calor, de vibrante, parece sonoro”. Verano sabe a mar o huele a montaña, o permite que escuchemos nuestro propio pulso otra vez, asomados al malecón del puerto o  volviendo a pasear aquel paraje del pueblo y de la infancia.

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