Siempre hace buen tiempo

All posts by Lamet Moreno Pedro Miguel

Flotar con la gaviota

FLOTAR CON LA GAVIOTA

Gaviota sobre el puerto de Alvor (© PMLamet)

            Dueña del aire, las nubes y el mar, la gaviota se ha tomado una pausa. Se diría que toda su vida es pausa, porque, a diferencia de los humanos, que se torturan con pensamientos, que muchas veces les producen penas sobre el devenir, sentimiento de culpa por el pasado o angustia vital, este ave, vive, como el resto de la naturaleza, simplemente en su “ser ave”.

            Su elasticidad flexible, su instinto volador, su indiferencia ante los deseos, su fusión con el azul del cielo y el mar la convierten en un símbolo de un estilo  espontáneo y libre de pasar por el mundo cumpliendo sencillamente su misión en el ecosistema.

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Humor es amor

Cabezudo de Alcalá de Henares (©PMLamet)


Enrique Jardiel Poncela cuenta, como supremo ejemplo del sentido humor, el caso de aquel gitano al que le llevaban a ahorcar el lunes, y por el camino iba diciendo: “¡Bien empieza la semana!”. Hace falta tener mucha moral y un profundo relativismo para encontrar ese lado grotesco, divertido, caricaturesco de la vida, que nos permite tomar distancia y mirar las cosas, incluso los acontecimientos más trágicos, de otra manera. Ya que, como decía Mark Twain, “el humorismo es el aspecto jovial de la verdad”.
Todo el mundo sabe que la verdad de don Quijote y Sancho es una tragedia. Es la historia de un loco y un palurdo. Pero, tocados por la barita mágica de Cervantes, se transforman en dos arquetipos de humanidad, sendos monumentos al idealismo y al sentido común. O que Charlot no deja de ser un pobre vagabundo fracasado. Sin embargo, todos llevamos a un hombrecillo con bastón y sombrero hongo, que se pierde solo y triste por el horizonte, debajo de nuestra chaqueta.
No vamos a cometer la presunción de definir el humorismo. El mismo Jardiel Poncela decía que es “como pretender traspasar una mariposa, empleando para ello como aguja un poste telegráfico”.

La risa podría ser la gran terapia después de leer el periódico, al acabar la estresante jornada de trabajo o al enfrentarnos con los problemas económicos, afectivos y familiares. Pero la risa, las más de las veces se ha convertido en esta sociedad histérica en risotada y el humor en astracanada. Falta ese cascabeleo interior, esa sombra de duda que no es desprecio, sino en el fondo cariño y solidaridad humana.
Una vez leído este número en la tranquilidad de las vacaciones quizás podamos decir aquello de Lloyd George: “Para mí, un cambio de disgusto es unas vacaciones” ; o lo que canta aquella copla popular: “Cuando me dieron la nueva / de que tú no me querías, / a la mar no me tiré / porque estaba el agua fría”. O quedarnos con la definición de Gómez de la Serna de los chalecos: “El chaleco es una americana que fue a al guerra”.
En una palabra reír es un forma sabia de vivir, y sonreír es la única manera de sobrevivir. Quizás porque el humor es amor y “gracias al amor se escapa el hombre de la escala zoológica”. El mal humor sin embargo es la tristeza duradera del alma, de la que deberíamos siempre huir. Así que: ¡Feliz amor! ¡Feliz humor!

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Mi niño olvidado

Las noticias de niños abandonados sobre todo entre los refugiados e inmigrantes se multiplican ¿Podríamos recuperar en nosotros esa paz y quietud de la infancia? El breve salmo 130 parece revelarnos el secreto:

La primera causa de nuestra turbación y de lo que nos hace infelices procede de nuestros deseos. Si nos sentimos amenazados es porque tememos que nos quiten lo que tenemos o que no podamos alcanzar lo que deseamos. Hoy nos mata la ambición, la mirada altanera de un personaje que nos hemos creado mentalmente para sentirnos superiores y pisar fuerte por la vida. Funcionamos a golpe de impactos televisivos y publicitarios, escalones de consumo, que configuran desde fuera nuestra falsa identidad.

Señor, mi corazón no es ambicioso,

ni mis ojos altaneros;

no pretendo grandezas

que superan mi capacidad;

sino que acallo y modero mis deseos,

como un niño en brazos de su madre.

Espere Israel en el Señor

ahora y por siempre.

p

Pero la clave está en el niño que hay dentro de nosotros. Salimos bien de fábrica. Estábamos conectados con la verdad, como este delicioso bebé. Crecimos y nos fuimos elaborando una serie de capas sobre el núcleo de nuestra verdadera identidad. El niño se quedó progresivamente ahogado por una hojarasca de falsos “yoes” elaborados por la mente.

Jesús toca esa esencia del ser cuando pide que regresemos al niño para entrar en la dimensión nueva de su reinado. Cuando no tengo, tengo; cuando no soy, soy, cuando me pierdo. encuentro. “¿Nacer de nuevo?”, pregunta asombrado Nicodemo. “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu espíritu es.”

Cierra los ojos y descansa acunado por unos brazos invisibles. ”Nada te turbe, nada te espante”. Hay algo dentro de ti que espera y está bien. Vuelve al menos un instante a ese niño olvidado que nunca dejaste de ser.

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La casa que no muere

A veces las fachadas de las casas son libros abiertos de meditación. Como esta, deteriorada por el tiempo. Uno se la imagina recién pintada, cuando quizás una pareja de enamorados la habitó por primera vez, con todas sus ilusiones intactas, con su sala de estar, sus visillos, su cocina, su dormitorio aún por estrenar. Luego vinieron los niños: “¡Ponte la bufanda, hijo, que hace mucho frío!”. Y la muerte de los abuelos, y el despido del trabajo y la lucha por seguir adelante, y la graduación de los hijos, sus éxitos, sus problemas, sus esfuerzos, sus fracasos…

Hoy la casa, desvencijada, parece muerta. Pero no es verdad. En ella habitan los “te quiero”, los “que descanses” y “vuelve pronto”, los “perdóname”, las risas, los temores, las sorpresas y las lágrimas. Tiene un alma de vibraciones la casa, porque nada se pierde, todo se transforma. Se nos va, si, el tiempo transcurrido en ella, dejando su rastro, su pérdida en las cosas que usamos y en nuestro propio cuerpo. Pero nunca se nos va  la vida, ni la juventud, ni el ensueño, porque ellos van construyendo un hogar sin paredes donde, aunque no nos demos cuenta, ya habitamos con Dios, o mejor, en Dios.Facebooktwitterredditpinterestlinkedinmailby feather

Sueños de verano

  Algo cambia dentro de nosotros cuando llega el verano. No solo hacemos las maletas y preparamos con interés unos días de vacaciones. Se diría que un secreto “chip” de nuestra alma cruje en nuestro interior cambiando el ritmo de la vida y hasta nuestra manera de entenderla en este tiempo del año que trae, como decía un viejo escritor de almanaques, “días largos para el amor, y para el sufrimiento noches cortas”.

En las noches de verano los sonidos se amplifican como el canto de los grillos, y desde lejos siempre nos llega alguna música de orquesta o tocadiscos incierto que habla melancólicamente de un tiempo huido o un amor imposible. Como dice Lugones: “El calor, de vibrante, parece sonoro”. Verano sabe a mar o huele a montaña, o permite que escuchemos nuestro propio pulso otra vez, asomados al malecón del puerto o  volviendo a pasear aquel paraje del pueblo y de la infancia.

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Contra el tsunami de negatividad

Trump, Putin, Maduro, Siria, terrorismo yihadista, refugiados, migraciones, hambre, corrupción, secuestros, pedofilia, secesionismos, guerras, falta de horizonte de soluciones políticas, depresiones, suicidios y un largo etcétera de noticias negativas nos ponen el corazón en un puño. Se diría que en las últimas décadas vivimos dentro de una nube negra de negatividad de la que es muy difícil sustraerse. A los informativos se ha unido la intoxicación de las redes sociales que, por si fuera poco, se inventan noticias falsas o las retroalimentan con oleadas de odio, insultos, agresividad. La consecuencia psíquica en nuestros ánimos podría ser fatal si no luchamos contra el poso destructivo que puede acumularse en nuestro subconsciente.

¿Cómo reaccionar? ¿Cómo salir de esa nube? ¿Cómo sobrevivir en medio de este tsunami que parece arrastrarnos?

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El lector es otro autor

El lector de la calle San Justo (Foto PML)

Este joven lector situado frente a una biblioteca de la calle San Justo de Madrid, debido al escultor Félix Hernando, no está leyendo. Eso sí, acaba de leer, y se halla en ese momento sublime de deglutir la lectura. Con la mirada perdida, sin mirar hacia un sitio concreto, elabora su propio pensamiento, sentimiento o vivencia que le han evocado las palabras que ha saboreado.

Mucha gente mitifica al autor como el único creador de libros, artículos, poemas, novelas. Pero no es así. El lector también es cocreador. Las escenas, personajes, pensamientos que plasma el escritor no son exactamente los mismos que imagina y vive el que lee. Por eso todos tenemos algo de poeta, ensayista o narrador. Saber escribir es el arte de alcanzar lo universal del corazón humano. Saber leer, la capacidad de sintonizarlo desde la propia subjetividad.

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Soy armonía

Sin categoría

Esta foto de la Vía Láctea tomada una noche de verano nos evoca a Pitágoras, el filósofo y matemático de Samos, que unos 400 años ante de Cristo, enseñaba:

Si se os pregunta ¿en qué consiste la salud?, decid: en la armonía. ¿Y la virtud?, en la armonía. ¿Y lo bueno?, en la armonía. ¿Y lo bello?, en la armonía. ¿Y qué es Dios? Responded aún: la armonía. La armonía es el alma del mundo. Dios es el orden, la armonía, por lo que existe y se conserva el Universo.

Una de las más recientes teorías físicas describe a las partículas elementales no como corpúsculos, sino como vibraciones de minúsculas cuerdas,

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Lucidez cósmica

El yo bien conectado no depende de que las cosas estén a su servicio, de que se convierta en el centro del universo, de que lo jaleen. El yo sano es contemplativo. Todo grita y se armoniza desde el fondo de su corazón.

Pero hoy solo sabemos ver y escuchar por las pantallas y los auriculares de la compra y venta, del éxito, de la belleza convencional que dictan los grandes de la moda y la cultura; de los grandes oligopolios y multinacionales de la comunicación; de lo que es in y super o hiper o ‟fenomenal», de lo que renta.

Casi nadie mira a la violeta escondida detrás de la roca.

Sin embargo mi energía es sólo una chispa de la hoguera del universo. Mi conciencia es solo un resplandor de todo el sol.

Solo alcanzo lucidez si estoy conectado a esa luz superior y total.

Cuando no me limito a mi mismo por mis propias ‟chorradas», despierto.

El silencio me hace crecer en todas direcciones, me expande, me libera.

Yo hago silencio cuando me suelto a mi mismo, y suelto ideas, esquemas, formulaciones. Perderse es encontrarse. (Lo decía Jesús de Nazaret. Lo que pasa es que lo han estropeado con ascética, cilicios y mortificaciones. Él se refería al ego, al personaje ese en el que hemos centrado todo).

De esta forma asisto desde lo que aparece a lo que no aparece, de lo visible a lo invisible, de lo particular a lo universal, de lo terrenal a lo cósmico.

Uno con el mar. Uno con el fuego. Uno con el aire. Uno con la tierra.

Cuando más allá esté, más aquí me descubriré. Mirar es renacer. Te abrirás a lo cósmico en cada brizna de la realidad.

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