Mucha gente se inventa vacaciones en sustitución de la fiebre del trabajo. Más en estos tiempos de vértigo. Viajes estresantes, fiestas continuadas, omnipresencia del móvil en la playa, la montaña o el turismo.
¿Por qué? Porque el parón veraniego les resulta insoportable y el silencio un revulsivo que nos deja solos ante nosotros mismos. El mundo de hoy nos ha hecho más activos que contemplativos y hemos emprendido tal carrerilla que no podemos parar. Hay que buscar recursos para que la sensación del paso del tiempo no nos enfrente con lo que realmente somos: el tema que ha preocupado a los filósofos de todos los tiempos: por qué estamos aquí, el misterio del paso de los años, el envejecimiento, la certeza de la muerte. En definitiva, la angustia de ser.
El verano y las vacaciones ofrecen una buena época para mirar. Bueno, «ver» es sencillo. En este periodo casi no hacemos otra cosa que ver: el paisaje, los monumentos, a gente. Pero vemos sin mirar, sin contemplar. Y cuando vemos, casi siempre emitimos un juicio de sorpresa, admiración, rechazo, lo que sea. Lo convertimos en pensamiento, lo limitamos en nuestra mente y le arrancamos el alma, su sabor a infinito.
Sugiero un ejercicio que en realidad es una actitud. No emitas juicios. Mira simplemente, contempla, como si vieras por primera vez, sin más. Procura que la contemplación no pase por tu cabeza, sino que vaya directamente hacia tu ser más íntimo, sin más intermediarios.
Quizás entonces descubras el alma de las cosas, penetrando directamente en tu alma, sin conceptualizaciones. Quizás descubras que eso es parte de ti, y tú de un todo. Pero no porque te lo diga yo, sino porque en el fondo de ti se produce un regusto especial, un calorcillo que no tiene nombre, una comunión con el Universo.
Eso se parece al amor del que estamos hechos. Cuando se siente estás bien, estás por encima de los pensamientos que te torturan y se pasan todos los miedos y angustias. Eso sí, necesitas al menos de un átimo de silencio y eso mucha gente no quiere permitírselo. ¡Madre mía, lo que se pierden!
Al leer el periódico estos días se abre ante mis ojos un mundo de turbación. Y he abierto un libro querido, «El jardín amurallado de la verdad» del poeta persa del siglo XII Hakim Sanai de Ghazna, un místico sufí despierto que tiene mucho que enseñarnos, sobre todo a cerca de la pérdida del ego para encontrar nuestra verdadera naturaleza. Nos enredamos con las palabras y nuestras miopías. Es bueno de vez en cuando cerrar los ojos y perderse.
Os ofrezco algunos fragmentos:
«Cualquier cosa que te suceda, infortunio o fortuna, es una bendición sin mezcla, el mal que la acompaña, una sombra pasajera. ¿Cómo podría el autor de «Sea y fue» traer jamás el mal a su propia creación? «Bien» y «mal» no tienen significado en el mundo del Verbo; son solo nombres, acuñados en el mundo de «yo» y «tú», en la creación de Dios no existe el mal absoluto. Tu vida es solo un bocadito en su boca, su fiesta es tanto una boda como un velatorio. ¿Por qué la oscuridad debe apenar el corazón, estando la noche preñada de nuevo día? Dices que has desenrollado la alfombra del tiempo y pasado más allá del cuatro, más allá del nueve; pasa, entonces, más allá de la vida misma y la razón, hasta que llegues al mandato de Dios. ¡Nada puedes ver, estás ciego por la noche, y de día tuerto con tu necia sabiduría! La humildad te conviene, la violencia no; un hombre frenético y desnudo está fuera de lugar en una colmena. Amigo mío, todo lo que existe existe por Él, tu propia existencia es un mero pretexto. ¡Basta de tonterías! Piérdete y el infierno de tu corazón se tornará un cielo. Piérdete y cualquier cosa puede ser lograda. Tu egoísmo es un potrillo sin amaestrar.
Una encuesta callejera sobre lo opinión que tiene la gente acerca de su vida nos daría un resultado mayoritariamente negativo. Casi nadie está contento con su suerte. O el trabajo no les satisface, su vida afectiva es una fuente de problemas o la economía, la salud física o mental no anda muy bien. Pese a los grandes logros de la era tecnológica y el desarrollo de los países del mundo occidental en el que nos encontramos, algo falla para que la media de nuestros habitantes arroje un índice tan elevado de infelicidad. Porque dependemos de los acontecimientos exteriores, no de nuestro auténtico yo.
Se puede decir que todos morimos y nacemos un poco cada día. Abandonamos algunas cosas y comenzamos otras nuevas. Vamos, casi sin darnos cuenta, cambiando de rostro, de experiencias, de objetos, de ropa, de amigos. Cuando muere una persona conocida, cuando nuestra ocupación evoluciona o visitamos un nuevo lugar, algo cambia en nosotros. Sin embargo es el cambio interior el más importante y del que dependen todos.
A ese nacimiento me refiero, al que condiciona a todos los demás. Porque «no es fuera, sino dentro donde hace mal o buen tiempo». Si echamos una ojeada atrás percibimos que, aunque un substrato de nuestra personalidad siempre está ahí, ¿en qué nos reconocemos ahora de cuando teníamos ocho, quince, veinte o treinta años? Nuestras células cambiaron al ritmo de nuestras experiencias y etapas.
Pero no se trata de evolucionar sólo a golpe de desengaños, sino de ser autores de nuestra vida. Los maestros espirituales siempre enseñaron la necesidad de nacer de nuevo, cambiar por dentro, alcanzar la luz, lo que redunda inmediatamente en el mundo de fuera.
Cada día puede ser de este modo un descubrimiento y un paso más hacia la felicidad. La condición es saber morir cada noche y nacer al amanecer del día siguiente y tener capacidad de despertar con aires de estreno. Ello supone cambiar nuestra forma de mirar, tirar las viejas gafas llenas del polvo de los años y con ellas los esquemas heredados, los criterios preestablecidos, las normas aprendidas de memoria para redescubrir la vida, las personas, los paisajes y colores.
Si cierro los ojos, salto al vacío que hay detrás, descubro que soy sin límites
Cuando me despierto de un profundo sueño es como si naciera de nuevo. Arranco a la vida en la mañana y eso a veces me genera pesadumbres. Se agolpan las preocupaciones, responsabilidades, miedos sobre el futuro. Y sobre todo la gran pregunta: ¿Quién soy yo?
Leo en un libro de Sri Nisargadatta Maharaj, uno de los sabios orientales más profundos, el siguiente diálogo: MAESTRO: ¿Qué conocimiento quiere usted? DISCÍPULO: Mi verdadero Sí mismo. M: Mientras piense que el cuerpo es usted, usted no obtendrá el verdadero conocimiento. En marathi hay una frase, “la esposa prestada”, la que tiene que ser devuelta. De modo semejante este cuerpo es una cosa prestada; usted tiene que devolverlo. Esta identidad con el cuerpo tiene que partir. D: ¿Cómo va uno a lograr deshacerse de esta identificación? M: Pruebe a investigar los estados de sueño profundo y de vigilia. Éstos están sujetos al tiempo. Sin la experiencia de los estados de vigilia y de sueño, pruebe a explicar lo que usted es. D: Entonces yo soy sin palabras. M: ¿Está usted seguro? Los Vedas también dijeron “Esto no es, eso no es”, y finalmente guardaron silencio, pues ello es más allá de las palabras.
Cuando hablamos de amor solemos referirnos a la consecuencia, a la concreción del amor. Casi nadie se da cuenta de que el amor estaba ya dentro de mi como una antorcha secreta en el fondo de la cueva antes de que nadie, ni siquiera yo mismo supiera verlo.
Sólo cuando un día se abre paso al exterior, porque algo o alguien lo llama, sale de la cueva. Entonces solemos llamar amor a la manifestación del amor.
Es decir, caemos en la cuenta de que el amor existe en mi cuando lo movilizamos, cuando la antorcha se abre paso en medio de la oscuridad.
No sabíamos que el amor es la conciencia de unidad que está siempre en el fondo sin saberlo. Saber que soy uno con el universo es amor. Lo que llamamos amor es esa tendencia de la parte a juntarse con el todo; la necesidad de la antorcha de salir de la cueva para recuperar su identidad en la hoguera total.
Hoy descubro esta reseña en vídeo de mi novela histórica «El retrato secreto de Jesús de Nazaret», escrita por Sergio Redondo, comentarista que no tengo el gusto de conocer. Pero, como se trata de un buen resumen de la novela, lo dejo aquí por si a alguno que no la conozca le interesa. Gracias, Sergio. Gracias a todos mis lectores
A partir del 27 de enero está en la calle mi nuevo libro Para alcanzar amor: Igancio de Loyola y los primeros jesuitas. Hace veinte años escribí mi primera biografía novelada de San Ignacio de Loyola, El caballero de las dos banderas, pero centrada, como suele suceder, en los años más movidos de la vida del fundador de los jesuitas: sus tiempos de gentilhombre «desgarrado y vano», su conversión, sus años de peregrinaje. Ahora lanzo una novela histórica biográfica integral que engloba también los años más difíciles, los de la fundación de la Compañía de Jesús y su relación con sus compañeros, los primeros jesuitas.
TEXTO DE CONTRAPORTADA
El escritor Pedro de Ribadeneira, reconocido clásico de nuestra literatura, regresa a los ochenta y cuatro años de edad a su natal Toledo, y, a orillas del Tajo, evoca las peripecias de su larga vida: Desde el momento en que partió aún adolescente, como paje del cardenal Farnesio, hacia Roma, donde conocería casualmente a Ignacio de Loyola que, cuando solo contaba catorce años, le admitió en la naciente Compañía de Jesús. Eso le convirtió en su primer biógrafo y uno de los hombres que más trató y mejor conoció al fundador de los jesuitas.
Ahora en su ancianidad rememora la vida del fundador, sus raíces, su época airada de caballero, su conversión, los tiempos de peregrinaje, de estudios, de fundación junto a sus compañeros y los años de oculto gobernante de la orden que ya extendía su influjo por todo el mundo conocido. Se plantea además las dudas y críticas que algunos han vertido sobre su libro, escrito en el marco de los acontecimientos de la España de Felipe II, la reforma y la contrarreforma, y bajo el condicionamiento de los inicios del proceso de canonización del futuro santo.
Pedro Miguel Lamet viene a introducirnos también en los apasionantes hechos que enmarcan el nacimiento de la Compañía de Jesús, dentro del complejo ambiente político y social del Siglo de Oro, con su habitual amenidad y rigor histórico. Contrasta la personalidad de Ribadeneira, escritor sensible y algo quejumbroso, con la de Ignacio, provisto de honda armonía interior, amor apasionado a Jesucristo, e insólita capacidad de sintetizar la mística y el sentido práctico, cualidades que supo imprimir en la orden religiosa más eficaz y polémica de la Historia.
En el V Centenario de la herida y conversión que transformaron
ISBN9788491649748 – Fecha de lanzamiento: 27 de Enero de 2021 – Idiomas: Castellano – Género: Novela histórica – Formato: Tapa blanda – Editorial: LA ESFERA DE LOS LIBROS – Dimensiones: 23.5 x 15.5 – Número de páginas: 520
COMENTARIO
Pedro Miguel Lamet: «Para alcanzar amor»
Por David Cabrera
Lamet, Pedro Miguel: Para alcanzar amor. Ignacio de Loyola y los primeros jesuitas. La Esfera de los Libros, Madrid, 2021. 520 páginas. Comentario realizado por David Cabrera.
Este año 2021 comienza el V centenario de la herida y conversión que transformaron al gentilhombre Íñigo de Loyola. Será en Pamplona donde este hombre vasco, formado en la corte de los Reyes Católicos en la Castilla del siglo XVI, defendiendo la fortaleza recibió un cañonazo que le cambió la vida. Desde ahí, comienza todo un itinerario de conversión. Años después y, al vivir una experiencia profunda espiritual, fundará junto con un grupo de hombres la Compañía de Jesús.
Pedro Miguel Lamet es un reconocido autor de novelas históricas en las que narra la vida de santos. Al contrario de lo que otros hacen, modificar los datos para ensalzar al personaje, Lamet lo que ha hecho es darle voz a los protagonistas de la historia de este santo de Loyola para que podamos conocer con hondura y con realismo lo que es su vida. La voz principal la tendrá Pedro de Ribadeneira, uno de los hombres que más trató y mejor conoció al fundador de los jesuitas y su primer biógrafo. Este joven jesuita que se formó a los pies de Íñigo va relatando los hechos históricos de la vida del santo jesuita. La particularidad de esta obra se refleja en la veracidad de los hechos históricos que facilitan, de alguna manera, introducirse en la lectura más contemplativa para comprender lo que fue la figura de este hombre que fundó la Compañía.
No solo podemos destacar el entramado de relatos históricos de la España del siglo XVI, de los vericuetos de la Corte real y de los personajes que dieron lugar a unos hechos fundantes de la cultura y de religiosidad del momento. Además, el autor va intercalando textos de las cartas y de los escritos de san Ignacio y de los primeros jesuitas para ir conociendo de primera mano lo que supuso la fundación de los jesuitas.
Tiene también la particularidad de que no solo cuenta la vida de san Ignacio de Loyola en su complejidad, sino que relata hechos de los primeros jesuitas y de los primeros años de la Compañía de Jesús. Lo que estos hombres, valientes por Cristo, salieron a los caminos de Europa para transmitir el Evangelio de Cristo y asentar las bases de nuestra fe. Impresiona leer los hechos que se van describiendo en esta novela histórica sobre la andadura de cada uno de los primeros jesuitas, lo que vivieron por fuera tenía que ver con lo que habían vivido por dentro a través de la experiencia de los Ejercicios Espirituales.
Pedro Miguel Lamet describe con maestría la vida de este santo que nos puede ayudar hoy día a reflexionar sobre nuestra propia vida de fe. Aunque es historia y es mucho anterior a nosotros, se va reflejando la interioridad de un hombre que se convirtió para seguir un deseo, vivir la vida como la vida de Jesucristo. No se puede buscar un relato espiritual en este texto, porque no es lo que se pretende. Sino que se relatan hechos de una vida y de una historia que puedan ayudarnos a reflexionar a conocer internamente lo que san Ignacio conoció y vivió
El Centro de Espiritualidad Ignaciano de la Ciudad de México me invitó ayer a transmitir en directo esta conferencia sobre el Despertar Interior, de una hora de duración y 20 minutos de preguntas y respuestas, que ofrezco aquí para el que tenga la paciencia de escucharme. Asistieron en directo 130 personas de todo México y otros países latinoamericanos. Agradezco de corazón a los organizadores esta oportunidad y a cuentos tuvieron la amabilidad de seguirla. Ahora esta a disposición de todos en Youtube.
“El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.
En lenguaje popular se puede decir que el evangelio de este domingo “tiene castañas”, y es difícil de comentar. Hay que situarlo en primer lugar en el contexto de una sociedad en que fue redactado. En el hogar romano no imperaba la motivación del amor al construir la familia, sino del poder y la economía. El padre tenía una potestad absoluta sobre la esposa, sobre los hijos y no digamos nada sobre los esclavos y efebos. Hoy no estamos tan lejos, si observamos el materialismo reinante y la obsesión por ganar dinero, el imperio del placer y prevalecer, como el colocar bien a los hijos por encima de ellos mismos y sus inclinaciones.
Viene Jesús y rompe todos los códigos vigentes. El imperativo de su misión le lleva a abandonar a su familia, y aunque nunca dejó de amar a su madre (Bodas de Caná) se quita de en medio y crea un grupo de seguidores extraídos del pueblo sencillo. pescadores y algún que otro agricultor. En Nazaret lo desprecian, sus parientes le rechazan y predica un reinado de amor gratis donde los pequeños protagonizan su predilección y su mensaje. Las recomendaciones que presentan estas palabras se inscribe en la exhortación que hace a sus apóstoles para realizar la misión.
¿Qué sentido tiene para nosotros hoy? No van sus palabras contra la familia, ni mucho menos, sino contra una concepción raquítica de la familia. Muchas veces hemos predicado una defensa de la familia a ultranza, fomentada por cierto egoísmo. Por ejemplo, los padres que dan una paliza al árbitro, si este penaliza a algún hijo suyo. Las familias que se enfrentan con los profesores porque sus criaturas no pueden tener fallos. Los hogares donde lo más importante es ganar dinero para mejorar en la llamada “sociedad del bienestar”.
Lo que Jesús viene a decir es que a partir de su buena noticia la sangre, el apellido, el confort hogareño no es un absoluto. Desde el momento que eres cristiano tu corazón rompe tabiques para abrazar a todo el mundo.
Familia
¿Qué significa esa frase enigmática “el que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará”? Es parecida a la de “negarse a sí mismo”. Jesús no está en contra de nuestra realización como personas, sino a favor de una realización más cabal: cambiar el yo pequeño por mi yo auténtico. Cuando me resituo en la vida, cuando me abro a todos, cuando en mi hogar se calientan otros, cuando me trago las lágrimas para que los demás sonrían, recupero la identidad para la que fui creado, conecto con el hontanar de amor que soy en lo profundo.
El texto de Pablo es revelador: “Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva”. Se trata de morir a lo superficial para resucitar en la verdadera vida. La “nada” de San Juan de la Cruz es el paso para el encuentro con el Todo. La “indiferencia” de Ignacio de Loyola en el “Principio y fundamento” no es abulia, es estar por encima de “salud o enfermedad, vida larga o corta” y todo lo demás para descubrir por qué estamos en este mundo que es para amar. Con un salto mortal: incluyendo a los enemigos. ¿No es revolucionario?
Me diréis: Demasiado, muy difícil. Difícil si te empeñas en hacerlo tú a base de voluntarismo, de puños. No tanto si cambias de óptica. Si te dejas habitar del amor que eres, este mundo pasa. Despierta a lo que queda. Vive feliz el viaje, disfruta de todo sin anclarte en nada, ánclate, eso sí, en el infinito que eres por dentro.
Y sobre todo goza de lo pequeño: “El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.» La revolución de un vaso de agua.