Siempre hace buen tiempo

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De tú a tú con el marqués

 

Al señor marqués le han puesto una estatua en el pueblo, sentado en un banco de la plaza, como si tal cosa. ¿Imaginan la expectación que hubiera originado si el marqués se hubiera dignado a sentarse ahí un día en carne y hueso? Todo habrían sido reverencias y “señor marqués por aquí, señor marqués por allá”. A la Pascasia, desde luego, no se le habría ni pasado por la imaginación aposentarse enfrascada en sus pensamientos sin hacer maldito caso a su excelencia. Lo mismo digamos del Eufrasio y el Nicanor, que están de cháchara sin importarle un pito codearse con el aristócrata. ¿Será que la muerte iguala a todos y ahora el prócer, pese a los honores en bronce del Ayuntamiento, no es sino uno más del pueblo? ¿Recordarán los jóvenes de ahora quién fue aquel adinerado marqués? ¡Oh muertos, a quienes este todos los noviembres hace iguales el eterno corazón de Dios!

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Mirada de Navidad

Navidad es nacer de nuevo y, asomados a la escalera de la vida, levantar los ojos sorprendidos para recuperar la capacidad de sorpresa. Es retornar al niño dormido detrás de nuestro ego pertrechado de toda clase de ropajes mentales, palabras retóricas, objetos y propiedades. Navidad es entrar en un reino donde los sueños cobran vida y la esperanza amanece cada día en forma de estrella, señalando un camino más allá del camino, que no tiene nombre, ni navegador gps, ni ruta programada, pues carece de hospedaje cierto y hasta de destino conocido. Navidad es conectar con ese otro yo más yo que mi mismo del que andan más cerca los pequeños porque aún no se han creado su propio personaje, creen en lo imposible y navegan ya sin darse cuenta en la luz de Dios. Navidad es ver y sentirse arropado en medio de la aterida soledad de la noche.

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El parque y el ordenador

 

Cuando ayer abriste tu ordenador portátil en el parque, ¿pensaste en cuántos gigas harían falta para contener todos las variaciones del color verde del parque que tenías delante? ¿Te detuviste un instante, antes de navegar por Internet o chatear con los amigos, a escuchar el milagro del silencio? ¿O, drogado por la obsesión de un nuevo programa, el frenesí de un trepidante juego galáctico o el piratear como un loco canciones y “pelis”de la Red, te enajenaste una vez más perdido en un mar de impactos, leyendo sin leer, viendo sin mirar, buscando sin encontrar? ¿Por qué, antes de abrir el word y “copiar y pegar” sin ton ni son, no apagas un momento la máquina y miras a tu alrededor? Quizás en un primer momento te sientas abrumado por el silencio, el rumor del viento entre las hojas y el canto de algún olvidado pajarillo. Pero luego, detrás de ese silencio y en el latir solitario de tu corazón quizás puedas percibir una música escondida, una palabra callada, un universo total que nunca alcanzarás en web alguna, porque sin darte cuenta navega con luz dentro de ti y en el bendito Cosmos que te rodea.

 

 

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La gramática del amor

«Y el hombre dejará a su padre y a su madre, y vivirá con su mujer, y ambos serán una misma carne». Fuerte la expresión de la Biblia en todos los aspectos, en su componente sexual y espiritual. Quizás la primera parte, como esa pareja de la foto, es fácil al comienzo, así, contemplando la puesta de sol entrelazados, cuando el enamoramiento reviste de irisaciones a la persona del otro y los sueños de futuro iluminan el presente. Pero, ¿y luego? ¿cuando disminuyen las fuerzas, la vida y sus problemas endurecen los corazones y hasta la comunicación resulta difícil? Entonces se percibe mejor la diferencia entre el enamoramiento pasajero y el amor de verdad. Pues «por lo que tiene de fuego, suele apagarse el amor», decía Tirso de Molina. Y por lo que tiene de entrega suele avivarse el amor, ya que, como dice Ignacio de Loyola, se demuestra con las obras más que con las  palabras, y porque, como dijo no sé quién , «la igualdad no es una regla en la gramática del amor», ya que el amor puede esperar siempre, incluso cuando la razón desespera.


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El niño y el mar

Hay gente que se empeña en entender a Dios. ¿Cómo Dios permite eso? ¿Por qué me mandó aquello? ¿Cómo voy a creer, si me arrancó a mi hijo, a mi marido? Valdría como única respuesta esta hermosa leyenda atribuida a San Agustín: «En cierta ocasión en que el glorioso doctor se hallaba en África, mientras iba paseando por la orilla del mar meditando sobre el misterio de la Trinidad, se encontró en la playa con un niño que había hecho un hoyo en la arena con una pala; recogía agua del mar y la derramaba en el hoyo. San Agustín al contemplarlo se admiró, y le preguntó qué estaba haciendo. Y el niño le respondió: “quiero llenar el hoyo con el agua del mar”. “¿Cómo?” dijo San Agustín, “eso es imposible, ¿cómo vas a poder, si el mar es grandísimo y ese hoyo y la pala muy pequeños?”. “Pues sí podré”, le contestó el niño, “antes llenaré el hoyo con todo el agua del mar que tú comprendas la Trinidad con el entendimiento”. Y en ese instante el niño desapareció.»*  El mar entero no cabe en un agujero, pero en cualquier caso lo que cabe, ¿no es también algo del mar? No podemos abrazar al infinito, pero sí sentir una bocanada de su mar en nuestro pequeño corazón.



* De la Leyenda Áurea o Vida de Santos, Reunida por Jacobo de Voragine, Arzobispo de Génova en 1275, y publicada en 1470. Traducida al inglés por William Caxton en 1483.

 




 

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A caballo va el poeta


 

 

Un día Juan Ramón Jiménez, el padre de la poesía moderna en lengua castellana, salió de su casa de Moguer (Huelva) a la hora mágica del crepúsculo y plasmó en un par de versos la sensación estremecida del momento: «A caballo va el poeta / qué tranquilidad violeta». La poesía, con sus palabras conjuradoras, originales, abiertas, no es lo que dicen dichas palabras, sino lo que entre ellas aletea, una evocación que apunta a un sabor a más, quizás a «ese no sé qué queda balbuciendo» de San Juan de la Cruz. Si podemos explicarlo, ya no es poesía. Si se llena de sentido utilitario o práctico, tampoco. Y es que el poema, cuando merece tal nombre, apunta a la nostalgia de infinito que llevamos dentro, es un modo de entrever por el resquicio de la belleza una chispa del resplandor inabarcable de Dios.

 

 

 

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La tienda de la Eufrasia

La señora Eufrasia ha abierto su tienda. Ha sacado manzanas, calabazas y tomates a la puerta de su casa, y se ha puesto a vender al sol, sin más publicidad ni más marketing que el vivo color de su mercancía, su abierta sonrisa y su atiplada voz pregonera. Acribillados de reclamos, no respiramos en la gran ciudad. La mercadotecnia se ha convertido en una carrera a ver quién engaña más. Basta con leer la letra pequeña de los anuncios de bancos y compañías telefónicas. Siempre pagas más de lo anuncian, si es que no tienes que habértelas con una máquina virtual que no te contesta o te da plantones después de cobrarte la llamada. ¡Ay, me quedo con la tienda rural de la señora Eufrasia, con su cháchara al caer  la tarde, su distendida manera de vender los humildes frutos que ha cultivado con mimo en el huerto de atrás, su modo de regatear y dejar pasar el tiempo! ¿Acaso comprar y vender no es un rito entre seres humanos?

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El andén

«Me iré en el primer tren / hacia el amor sin fin de la distancia”. Ella, sentada al borde de la vía, espera su tren,  porque los trenes son como brazos alargados para abrazar un sueño imposible. Cuando los vemos pasar de lejos, se llevan un pedazo de nuestra alma en busca de no se sabe qué  felicidad: la ciudad remota, el país de los sueños, la vida cabalmente alcanzada, que siempre parece estar muy lejos, en una estación y un país a kilómetros de distancia. Ella espera al tren. ¿Quién le espera a ella? Ignora que lo más lejano está cerca y que el mejor destino del viaje está dentro. Donde vaya, se llevará su alma consigo. “Luego, el tren, al caminar, / siempre nos hace soñar”, canta Machado, mientras olvidamos que el abrazo y la alegría están aquí, y el mejor tren de nuestra vida ya ha llegado. Próxima estación: tú mismo.

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La pesca milagrosa

-Con esos precios, Pepe, ya no hay quien compre pescado.
-¿Qué quiere, señora?  Estos son de verdad, no de piscifactoría.
-¿Le pongo salmonetes?  Mire, están vivos.
-Lo del euro, Pepe, es una ruina… Antes con quinientas pesetas una tenía para todo.

La señora sacó sus monedas y se llevó el brillante don de la mar. ¿Qué pagó? ¿La dura noche de brega de los pescadores? ¿Los gastos del armador? ¿El porcentaje de los intermediarios y transportistas? ¿La pequeña diferencia que le queda al pescadero? Todo eso pagó, pero nunca el regalo libre de  la plata escurridiza que nada en las aguas profundas, el misterioso y plurimórfico  secreto de vida que oculta el mar. Y es que, sin darnos cuenta, nos hemos habituado al milagro mejor, el de cada día.

 

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La soledad del poeta

Al poeta lo han sentado en la calle, junto al velador de un bar. De bronce, ya no siente; no se estremece ante la fugacidad de la rosa, ni canta a los ojos de la amada, ni sufre por dar a la imprenta sus nostálgicos versos o ganarse la vida mediante el mal pagado quehacer de la pluma. Sus conciudadanos le han hecho una estatua para recordarle. Pero ¿quién se detiene del vértigo cotidiano para leer sus poemas y escapar con su palabra abierta a los espacios infinitos? ¿Quién compra hoy libros de poesía? Los turistas se sientan junto a su mesa, en la que él puntualmente sorbía una taza café y leía el periódico con su gabán raído y sus ojos soñadores perdidos en una calle hoy repleta de automóviles y frenesí. Incluso se hacen fotos a su lado para mostrarlas luego en Londres o  Copenhague. Pero él sigue estando solo, como estuvo en vida quizás incomprendido o tenido por loco por tantos que hoy como ayer consideran inútil soñar y cantar este misterioso fluir de la vida.

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