Siempre hace buen tiempo

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Me apellido Uno

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El joven anciano (Oropesa del Mar, 2014)

Cuando estoy solo es cuando estoy más acompañado.

En el barullo de la vida cotidiana es fácil narcotizarnos. Rodeados de gente nos dormimos y drogamos nuestra auténtica naturaleza, obsesionados con el papel que representamos en la vida, la careta del hombre o la mujer que creemos ser. Sólo puedes volver con la gente cuando descubres quién eres realmente.

Pues no somos el centro, ni tan importantes como creemos desde el yo. Nuestra vida es un parpadeo del Universo. Un parpadeo único, irrepetible y cósmico en miles de años y espacios, pero un solo parpadeo.

Cuando desaparece ese personaje, ese ego mental que creo ser, despierto.

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Llegó la hora de Romero

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La beatificación y proclamación como «mártir» del arzobispo salvadoreño monseñor Óscar A. Romero (1917-1980) refrenda el reconocimiento y la devoción que desde hace décadas le han profesado tanto su pueblo como prestigiosas instituciones de todo el mundo. De origen humilde y formado en la más estricta ortodoxia, a partir del contacto con las injusticias y matanzas infringidas en El Salvador despertó a la conciencia de los pobres y oprimidos para convertirse en «voz de los sin voz» y dar la vida por su pueblo, acribillado junto al altar mientras celebraba la eucaristía el 24 de marzo de 1980.
En este libro tres autores jesuitas estudian su vida, su conversión y su pensamiento:

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Dios me canta una nana

Playa de Oporto (Noviembre 2013) El niño duerme, el mar está bravío. Las olas braman, la madre vela sus sueños.

Así mi vida. El mundo que nos rodea se encrespa con noticias inquietantes: guerra, hambre, paro, crisis de valores, inestabilidad mundial, amenazas económicas, miedo al futuro.

Pero Dios padre y madre vela mi sueño.

“Como un niño en los brazos de su madre, así está mi alma dentro de mí!” (Salmo 131)

Y Él me canta

 LA NANA DE LA ETERNIDAD

Duerme mi niño, que la vida es buena,

tu cuna es una barca que yo te mezo

y el viento de este mundo sólo es el beso

que posa en tus mejillas toda la Tierra.

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Resucitar es ver

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resucitó

Los relatos evangélicos cambian de estilo, desafían a la cronología, rompen sus propios códigos al llegar la resurrección. La tumba vacía, apariciones, maneras diferentes de manifestación de Cristo. Los historiadores no pueden aplicar sus criterios historiográficos porque la historia tiene otra lectura, la de la experiencia pascual. Antes veían al Hijo del Hombre, ahora experimentan a Dios y Dios es incomunicable. De ahí la controversia.

Sin embargo la gran prueba definitiva de que Cristo ha resucitado es la transformación de aquel grupo de pescadores ignorantes y atemorizados, cuyo líder ha sido ejecutado a las puertas de Jerusalén, la confluencia de sus testimonios. Jesús ahora atraviesa paredes, está y no está, despierta la duda o inflama el corazón.

La experiencia del resucitado, aunque se apoya en hechos históricos, requiere la fe o en cierto modo la mística. En mi opinión los apóstoles despertaron por dentro, descubrieron que la muerte no existe, que desde siempre eran seres sin tiempo en el tiempo, pertenecían a la explosión de luz que une lo creado con lo increado, manifestación de lo inmanifestado y eso les cargó de comprensión y fuerza.

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La armonía de dos templos

En el cañón soriano de Río Lobos se halla la ermita templaria de San Bartolomé, rodeada de olmos muertos, situada en el centro de un rincón mágico  habitado desde la época del bronce (2000-850 a.C.), frente a la Cueva Grande, donde hay pinturas rupestres, y el llamado Balconcillo. Se diría que es la conjunción de dos templos, el construido por los hombres —en este caso los enigmáticos templarios—, y el de la naturaleza, apuntan a la paz y el inconmensurable misterio de Dios.  El primero reúne la intimidad de una ermita rural y el misterio arcano de los símbolos templarios según el modelo de Jerusalén. El segundo, horadado por los siglos, socava en la roca nuestra evocación de fragilidad y permanencia. En ese oasis de quietud y armonía ecológica el hombre vuelve a ser hombre y a sintonizarse con el canto de amor y belleza de donde surge y a donde desemboca.

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Cuando Dios imagina a Dios

Cuando el hombre imagina a Dios, los sitúa entre nubes, rodeado de rayos y centellas, abriendo abismos, separando mares y levantando con su poderoso dedo montañas y continentes. Cuando el hombre piensa en Dios, lo hace tronar desde las alturas como creador, legislador, juez castigador y todopoderoso dueño. Pero cuando Dios imagina a Dios, comienza por romper todos los códigos de nuestras insignificantes vidas. Da miedo a veces del Dios que se inventa el hombre. Sólo Dios pudo inventarse a un Dios así, que ríe y llora entre las pajas, tembloroso y frágil; del tamaño de nuestro acurruque y nuestro abrazo, colándose por amor entre los pliegues de la historia y el tiempo. Sólo Dios pudo pergeñar una religión así, que de tan hermosa parece absurda, que de tan grande parece pequeña, que de tan humana tiene el inconfundible sabor de lo divino. Sólo Dios pudo inventarte a ti y tu entrañable Navidad, mi niño Jesús.

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Clónicos de Dios

Muchos muchos siglos antes que nadie hablara de clónicos ni tristes criaturas de laboratorio, apenas había amanecido el cosmos y tras el primer surgir de la Tierra separada del mar, una vez que Dios pintara de mil colores ríos, campos, montañas, frutas y pájaros, el creador se contempló a sí mismo y falto de espejo contigente, exclamó: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. Y a su imagen, aunque de barro y viento, débil y sublime, capaz de reflejarle u olvidarle lo creó. Desde entonces todos somos mellizos, clónicos de un Dios. Y por eso los niños, cercanos aún a la fuente original de donde brotaron, no han perdido, sobre todo mientras duermen, ese sabor a infinito, esa placidez eterna en la que reposa en su interminable domingo el mismo Dios.

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