Siempre hace buen tiempo

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El niño y el mar

Hay gente que se empeña en entender a Dios. ¿Cómo Dios permite eso? ¿Por qué me mandó aquello? ¿Cómo voy a creer, si me arrancó a mi hijo, a mi marido? Valdría como única respuesta esta hermosa leyenda atribuida a San Agustín: «En cierta ocasión en que el glorioso doctor se hallaba en África, mientras iba paseando por la orilla del mar meditando sobre el misterio de la Trinidad, se encontró en la playa con un niño que había hecho un hoyo en la arena con una pala; recogía agua del mar y la derramaba en el hoyo. San Agustín al contemplarlo se admiró, y le preguntó qué estaba haciendo. Y el niño le respondió: “quiero llenar el hoyo con el agua del mar”. “¿Cómo?” dijo San Agustín, “eso es imposible, ¿cómo vas a poder, si el mar es grandísimo y ese hoyo y la pala muy pequeños?”. “Pues sí podré”, le contestó el niño, “antes llenaré el hoyo con todo el agua del mar que tú comprendas la Trinidad con el entendimiento”. Y en ese instante el niño desapareció.»*  El mar entero no cabe en un agujero, pero en cualquier caso lo que cabe, ¿no es también algo del mar? No podemos abrazar al infinito, pero sí sentir una bocanada de su mar en nuestro pequeño corazón.



* De la Leyenda Áurea o Vida de Santos, Reunida por Jacobo de Voragine, Arzobispo de Génova en 1275, y publicada en 1470. Traducida al inglés por William Caxton en 1483.

 




 

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La caída

A hombros,  los vecinos de Moya, un pueblo en ruinas situado en el marquesado del  mismo nombre en Cuenca, suben al Cristo de la Caída entre los cascotes de tiempos pasados a lo alto del cerro. Portan como su tesoro a  un Dios débil, hecho a nuestra imagen y semejanza, que apoya su mano en una piedra para levantarse una vez más. Han pasado los siglos. Las viejas glorias, castillos, mansiones y conventos, son solo  vestigios de piedra, cascotes de una arrumbada historia de esplendor. Sólo el Cristo parece perdurar en un pueblo habitado de sombras. Sólo Él vuelve a resucitar cada año recortándose sobre el azul, recordándonos que no hay desgracia, ni dolor, ni miedo, ni  caída de la que no nos podamos levantar para comenzar de nuevo y reconstruir la casa que no destruye el tiempo; la del alma que cree y amanece cada día desde la fe en su palabra: “Yo soy la resurrección y  la vida”.

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Todo el mar para ti

La playa está desierta y el mar es para él solo. Quizás dentro de un rato venga la invasión de bañistas y con ellos los gritos, las meriendas, la falta de silencio y sitio para escuchar y contemplar el mar. Mirarlo es evocar la urgencia esencial de horizonte, su ansia de infinito. Escucharlo, oír la nana universal con que el universo  nos invita a descansar y armonizar nuestros sonidos interiores con el Sonido primigenio. Móvil y quieto, repite la estrofa que declama el tiempo en su fugacidad y permanencia;  verdiazul,  el cambio continuo de nuestra policromía interior.  Si paramos un instante, respiramos hondo, y fundimos nuestra conciencia con ese mar de todos y mío entero, quizás descubramos, que, sin saberlo, siempre lo habíamos llevado dentro.

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La taberna

La taberna se ha quedado vacía y sorda después de la juerga de anoche, del chochar de las jarras de cerveza y de los gritos de los bebedores. Se marcharon al amanecer dando tumbos calle arriba. Ahora la abuela contempla el silencio, como una estatua, sentada en su sillita, mientras la claridad de la mañana le habla de otros tiempos en los que corría adolescente entre risas y amigas por la plaza del pueblo vestida de canción y domingo. Ahora el tiempo cruza la estancia como un ángel que se hubiera instalado en su vida. Pero ¿no es la misma?, piensa. En ese silencio habitado sabe que no hay diferencia entre las dos, que en su pequeña taberna sólo hay un instante eterno de perenne alegría.

 


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El fotógrafo

El fotógrafo mira a la vida, y la vida le mira a él. ¿Quién dispara realmente las fotografías? Nosotros las guardamos en álbumes para atrapar la imparable corriente de la vida sobre cartulinas de dos dimensiones o ahora en archivos digitales. “¡Qué joven estaba entonces! ¡Mira en esa a papá cuando conoció a mamá! ¡Quién lo diría!” Pero ¿y las fotos que nadie hace? ¿Se quedan en algún remoto archivo astral donde se van depositando nuestras risas, nuestros amores y nuestras lágrimas? Quizás un dulce ojo que vigila amorosamente cuanto sucede guarda nuestras fotos para comentarlas en la mesa camilla el día feliz del encuentro. Entonces nos veremos como realmente somos. Eso y mucho más pensó el fotógrafo el día en que por azar fotografió su propia imagen en el espejo.

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