Esta noche tuve un sueño. Me encontraba dentro de una iglesia de cristal. Parecía hermosa, porque a través de sus paredes se podía contemplar el mundo, los más variados paisajes, el mar y la montañas. Pero con una peculiaridad. Podías solamente verlos, no acercarte a ellos. El vidrio del que estaba construida la iglesia impedía aproximarte a la vida.Pronto la sensación de belleza se trocó en una opresión de claustrofobia. Pero al fin y al cabo me encontraba en una iglesia. Jesús me ayudaría, me dije. Así que acudí al sagrario y para mi sorpresa el Maestro abrió la puerta, se presentó en persona ante mi y se sentó en el banco de al lado.
–¿Qué te pasa, hijo? -me preguntó.
-Nada, Señor, ya lo ves. Al principio de verme en esta hermosa catedral me sentía feliz. Bellamente construida, tan transparente, en el centro de nuestra ciudad me permitía ver el mundo, opinar sobre él, pensar que todo puede redescubrirse desde ella. Pero ahora me siento triste. Cuando he intentado salir para caminar por los campos, subir a las montañas o bañarme en la playa, ha sido imposible. Ese cristal me lo impide.¿Por qué me has puesto dentro de esta iglesia que cierra las puertas a la vida?
Respecto a las disquisiciones sobre inmanencia y trascendencia, el Uno y el múltiple, encuentro este poema de Rumi. Genial la imagen de la araña que teje con la saliva de los pensamientos. En cuanto se habla de Dios, lo estropeamos. Es como querer explicar un poema o diseccionar una flor
¡Oh, el que se compromete
con esto y aquello sin trascender el Ser!
¿Sin ponerte fuera del camino,
qué esperas hacer?
Deja de hacer una red, como una araña
con la saliva de tus pensamientos.
Es tan endeble, tan frágil.
Devuelve cualquier cosa que te haya dado el pensamiento.
Llevamos dentro, sin saberlo, una ventana al infinito.
Durante el confinamiento de la pandemia muchos se quejan de que solo tienen una ventana o balcón abierto a la calle. Algunos ni siquiera eso. Sin embargo todo ser humano posee una ventana abierta al infinito.
“Eso es cosa de místicos”, he oído decir con frecuencia entre gente de Iglesia al hablar de esos temas, con un cierto tono despectivo o al menos inaccesible para un ciudadano de a pie.
Pues bien ha llegado la hora de que la mística, al menos en calderilla, esté al alcance de todos. De todos los que, claro, tengan algún interés de salirse de la dormición general que nos domina. Uno de los temas que están alcazando cierto éxito entre la gente que busca algo de quietud es el del “espacio interior”. Eckarhart Tolle, que en mi opinión se sale de los tópicos libros de autoayuda. lo define así:
“La conciencia del espacio significa que, además de ser consciente de las cosas -lo cual siempre acaba reduciéndose a percepciones sensoriales, pensamientos y emociones-, hay por debajo una corriente de conciencia. Esta conciencia implica que no sólo somos conscientes de las cosas (objetos), sino que también somos conscientes de ser conscientes. Si puedes sentir un estado interior de quietud y alerta en el fondo mientras ocurren cosas en primer plano, ¡ya está! Esta dimensión está en todas la personas. Pero la mayoría no es consciente de ello. Yo a veces lo indico diciendo. “¿Puedes sentir tu propia Presencia?”
En un contexto de enfermedad y muerte surgen dos aspectos liberadores: el silencio y el vacío
Empezamos a escuchar el silencio. Todo se ha detenido y el mundo ha entrado por obligación en un tremendo sigilo, donde vuelve a escucharse el sonido del viento, los pájaros, la lluvia, el mar, y sobre todo de uno mismo.
Se diría que el mundo se ha convertido en un enorme monasterio, obligado a unos ejercicios espirituales por real decreto.
San Juan de la Cruz llamaba a esta vivencia “la nada”, que en realidad para él era el todo
En palabras de un místico contemporáneo, Eckhart Tolle, “lo que aparece ante nosotros como espacio en nuestro universo percibido por medio de la mente y los sentidos es lo No Manifestado mismo, exteriorizado
Monasterio del desierto de Calanda
Estos días vivimos en un contexto de muerte. El continuo bombardeo de cifras nos estremece, muerde en nuestro subconsciente aumentando una sensación de miedo e inseguridad. Las noticias se interpretan desde una óptica materialista. Nos hemos rodeado de tales valores, que lo que importa es la apariencia, el poder, la juventud, el placer y el dinero, disfrutar de lo inmediato. No hay otra óptica ni otros intereses.
Sin embargo tenemos otra manera de mirar detrás de esas noticias. Por ejemplo, dos aspectos son liberadores contemplados desde el despertar interior: el silencio y el vacío. Pueden verse en la ausencia de ruido de nuestras calles y la sensación de vacuidad en nuestro entorno. De pronto un mundo dominado por el ruido de los automóviles, la música estridente, los impactos de los medios y redes sociales, el martilleo de la publicidad, la obsesión por el consumo o la sexualidad, viajes y artilugios, empezamos a escuchar el silencio. Todo se ha detenido y el mundo ha entrado por obligación en un tremendo sigilo, donde vuelve a escucharse el sonido del viento, los pájaros, la lluvia, el mar, y sobre todo de uno mismo.
El vació conduce al Todo
Se diría que el mundo se ha convertido en un enorme monasterio, obligado a unos ejercicios espirituales por real decreto. “Lenguaje sin palabras / y cánticos sin voz, / proclaman en la tierra, / proclaman en la altura, / la pequeñez del hombre, / la majestad de Dios” (José Selgas). Es cierto que tal stop a una sociedad vertiginosa puede convertirse en trauma para el que se rebela, pero es una bendición para quien conecta sin cavilaciones con el hondón del alma, donde palpita nuestro auténtico ser, el Dios de dentro.
En estos tiempos tan poco propicios para la lírica, en los que el ciudadano se siente solo, impotente, incapaz de comprender el galimatías de los avatares de sufrimiento,pandemia y consecuencias económicas que vierten sobre él los informativos y con la sensación de miedo, pequeñez e incertidumbre con que nos machacan cada día, encuentro esta joya de Rabindranath Tagore:
«Bajaste de tu trono y viniste a la puerta de mi choza. Yo estaba solo. cantando en un rincón, y mi música encantó tu oído. Y te bajaste y te viniste a la puerta de mi choza. Tú tienes muchos maestros en tu salón, que, a toda hora, te cantan. Pero la sencilla copla ingenua de este novato, te enamoró; su pobre melodía quejumbrosa, perdida en la gran música del mundo. Y tú bajaste con el premio de una flor, y te paraste a la puerta de mi choza».. *** **** **** Cuando te crees perdido, olvidado, enfermo, viejo, parado, marginado o sin futuro apreciable, ¿recordarás que a Dios le encanta tu música y bajar a tu choza? La cuestión es que sólo trae una flor. ¿Te basta?
Sintonizas con un campo ancho que es lo que eres realmente,el Ser.
Muchas veces me he preguntado sobre cual es verdadero camino: si la aceptación o el cambio.
ACEPTACIÓN es no dar coces contra el aguijón, vivir en el ahora, liberarse del ego siempre insatisfecho, en contra de lo que tienes en este momento, conectado a una mente que runrunea y te impide sintonizar con lo profundo.
CAMBIO es compromiso, rebeldía y lucha para modificar las estructuras injustas, transformación del mundo aquí y ahora, fe en un futuro mejor.
Se diría que la aceptación es más contemplativa y el cambio más activo. ¿Por dónde tirar? En realidad no son tan distintas estas posturas. Mediante la aceptación taladras, a través del ahora, en lo que eres realmente, se te abre un espacio, descubres tu identidad profunda, sintonizas con un campo ancho que es lo que eres realmente, el Ser. Eso ya está cambiando el mundo, contribuyendo a la expansión de un yo soy, distinto del ego ridículo que nos esclaviza.
«Me pueden encerrar en una nuez, pero soy el dueño de los espacios infinitos»
Dicen que cada pensamiento es eterno. Cuando tú lanzas una idea de alegría, odio, dolor o miedo es como una flecha que se queda vibrando en el universo y que puede alcanzar a alguien. Al primero a ti mismo, porque tarde o temprano volverá sobre ti como un boomerang. En estos días de concentración y silencio con la reclusión de la pandemia más que nunca, nuestros egos son baterías cargadas con las impresiones que hemos ido acumulando. Mientras estamos en el espacio y el tiempo no podemos dejar de ser herederos de esas experiencias que nos han constituido. Nos queda una solución. Expandir el ego hacia la conciencia cósmica. Entonces por el reducido ojo de buey, la ventana de nuestra casa, entra el azul total del océano. Solo hay que trascender la mente, relajarte y abandonar el ser en el Ser. «Me pueden encerrar en una nuez, pero soy el dueño de los espacios infinitos».
Las estadísticas recientes revelan que en la sociedad contemporánea la soledad se está convirtiendo en una auténtica epidemia. Hasta tal punto que el Reino Unido creó en los últimos años un Ministerio para la Soledad, más frecuente sin duda en los países nórdicos y fríos. Matrimonios rotos, parejas que deciden vivir cada uno en su casa, soledad elegida, soledad impuesta por razones económicas o psicológicas, soledad creada por la agresividad del entorno, por la ancianidad, las nuevas tecnologías y cientos de motivos más. El fenómeno crece por doquier y las cifras son escalofriantes. Pero la gran pregunta desde que el ser humano existe es obvia: ¿Es siempre un mal la soledad? Ya el viejo Aristóteles planteaba esta dicotomía: “El hombre solitario es una bestia o un dios”. ¿Por qué? Porque sencillamente todo depende de cómo se viva esa soledad, como una condena o como un camino de crecimiento. Está claro que el hombre y la mujer nacen como seres sociales. El primer desgarro se produce ya en el parto, cuando el nacimiento nos separa del calor de nuestra madre. Desde ese momento la criatura luchará denodadamente a lo largo de toda su vida por volver a ser querida, cobijada, abrazada. Quizás porque nuestra razón de ser, el último sentido de la vida es el amor, cualquier forma de amor. La madurez se suele alcanzar en la relación plena, un amor de heterobenevolencia, que, al ocuparme de los demás, me realiza a mí mismo. Pero, como suele suceder hoy más que nunca en un mundo de inmaduros, regido por leyes materialistas y dominados por el egoísmo, el poder y el dinero, los que alcanzan el amor verdadero y satisfactorios son minoría. De aquí aquella frase tremenda de Pemán, que modifica el famoso refrán: “Mejor solos que bien acompañados” En este oscuro panorama, ¿qué hacer? Convertir la soledad en una herramienta de crecimiento interior. Es cierto que para ello hay que bucear en la profundidad de uno mismo, en nuestra dimensión espiritual. No estoy hablando aquí de optar por una fe religiosa, tema que requeriría un tratamiento específico y que ciertamente ha ayudado y a veces desayudado, según se viva, a muchas personas. Me refiero a algo más radical. Parto de que el ser humano sale bien de fábrica, está bien hecho, y suele estropearse por la mala educación y la agresividad del ambiente. Lo imagino como una cebolla, con muchas capas. Por lo general nos quedamos en los estratos más superficiales de uno mismo: alimentarnos, situarnos en la vida, rodearnos de confort material, adquirir cosas, incluso personas que “nos sirvan” para sobrevivir en un mundo competitivo, casi como animales en medio de la selva. Entre los solitarios de hoy día hay dos especies: los que se deterioran por la soledad y los que crecen en la soledad. La diferencia se produce con una sola palabra: “conexión”. Si no hay conexión de amor maduro con los demás (familia, pareja, amigos), es indispensable la conexión interior: el descubrimiento con el centro de la “cebolla”, lo hondo de nuestra conciencia. Las diversas formas de meditación han descubierto, que allí en lo profundo siempre estamos bien. Al taladrar hasta el fondo de la conciencia, gracias a la soledad, el silencio, la escucha y la contemplación de la naturaleza, uno puede encontrase con un horizonte sin tiempo, donde la culpa por el pasado y el miedo al futuro se desvanecen, porque conectamos con un “ahora” sin límites, donde todo está bien. Así se han realizado algunos grandes hombres, sean santos, científicos, filósofos, creadores literarios… Es más, sin un tiempo de soledad, incluso quienes tienen la suerte de mantener buenas relaciones, no pueden logar ser ellos mismos, pues se convierten en víctima del oleaje exterior y pueden sucumbir en la tormenta de la ansiedad, la angustia o el absurdo. Todo el mundo necesita un tiempo de buena soledad. Pues la verdadera y funesta soledad es “no poder hablar con tu corazón”. Los poetas de todos los tiempos han llorado su soledad. Pero, como la intuición creativa toca lo esencial de la vida humana y descubre sus verdades más ocultas, también han encontrado su lado positivo. Por ejemplo, un poeta soldado del mil quinientos, Hernando de Acuña, que luchó en la batalla de San Quintín. Tiene un soneto a la soledad, del que copio aquí su primera estrofa:
Solo la fotografía es capaz de atrapar un instante. En la vida la sucesión de momentos es imparable, como la vida de la flor, como el fluir del agua. Todos los miedos proceden de la mente que se proyecta al futuro y se niega a vivir en el ahora. ¿Llegaré a fin de mes? ¿Estaré incubando una enfermedad? ¿Se cerrará la empresa? ¿Me abandonará la persona amada? ¿Qué será de mis hijos? Si la mente se centra en la inquietud del futuro o la culpa del pasado, no hay paz e incluso el mucho pensar tan negativamente puede cristalizar lo temido. Sólo el ahora del instante salva del miedo. Cuando algo te coge mucho –un trabajo minucioso, una actividad creativa, un hecho apasionante, hasta una película– estamos a salvo de miedo. ¿Qué prueba eso? Que el miedo no viene de fuera, lo fabrica nuestra mente. ¿Tienen miedo los pájaros? No, sólo instinto de conservación. ‟El miedo es libre», dice el proverbio. Claro, porque depende de mí. Y no se compadece con el presente. Todo se está transformando a mi derredor. El miedo procede de pretender fijarme y parar el tiempo. El día que dices: ‟Yo no soy mi cuerpo, ni mi mente, ni soy una cara, ni una carrera, ni un nombre, y menos una forma de vestir, un coche, un cargo; yo soy simplemente»; ese día empieza a diluirse el miedo. Si vives el ahora, si atrapas el instante descubres una presencia, conectas con la eternidad.
VAIVENES DEL YO Un día te llaman ‟perro judío» y otro te ponen por las nubes. Y allá estás tú, arrastrado por los vaivenes de alabanzas o improperios, un día feliz porque la gente apuntala tu yo, tu esposa te dice lindezas y tu jefe te da un premio a la efectividad profesional; y otro día fatalmente desgraciado porque te han puesto una multa, el colega te ha insultado y te ha salido mal un negocio. ¿Quién eres tú? ¿Has dejado de ser el mismo porque tengas o no tengas abuela que te jalee? El hombre ha de aspirar a esa tranquilidad interior donde todas las alabanzas del mundo no le encumbren ni las culpas le puedan hundir. Esta es la paz que crea la preferencia sobre la adicción, la libertad del no apego o de ‟preferir» en vez de desear.