Siempre hace buen tiempo

All posts by Lamet Moreno Pedro Miguel

Ateo y creyente

Encontré esta inscripción en Cuenca, cerca de la catedral. Es una conocida frase que pronunció el gran cineasta Luis Buñuel, ex alumno de los jesuitas, tan obsesionado con la religión que el tema reaparece continuamente en sus películas. La frase es profunda y tiene muchas lecturas. «Gracias a Dios soy ateo», porque lo que nos han vendido como «Dios» no es muchas veces más que un monigote: un ser que, después de una vida difícil nos asusta con castigos; un personaje que parece estar de parte de los poderosos o de los que aplastan nuestras conciencias. En su nombre se ha quemado a gente, declarado guerras, negado el pensamiento, hasta el amor y la vida. Entonces se explica que para algunos ese ateísmo sea igual a libertad. Pero, al decir «gracias a Dios», se admite a la vez su existencia, la del verdadero Dios, mas grande que toda categoría humana, el Dios del amor que llevó al Hijo a la cruz por defender que no somos esclavos de nadie, sino libres hijos suyos.

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El fotógrafo

El fotógrafo mira a la vida, y la vida le mira a él. ¿Quién dispara realmente las fotografías? Nosotros las guardamos en álbumes para atrapar la imparable corriente de la vida sobre cartulinas de dos dimensiones o ahora en archivos digitales. “¡Qué joven estaba entonces! ¡Mira en esa a papá cuando conoció a mamá! ¡Quién lo diría!” Pero ¿y las fotos que nadie hace? ¿Se quedan en algún remoto archivo astral donde se van depositando nuestras risas, nuestros amores y nuestras lágrimas? Quizás un dulce ojo que vigila amorosamente cuanto sucede guarda nuestras fotos para comentarlas en la mesa camilla el día feliz del encuentro. Entonces nos veremos como realmente somos. Eso y mucho más pensó el fotógrafo el día en que por azar fotografió su propia imagen en el espejo.

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Clónicos de Dios

Muchos muchos siglos antes que nadie hablara de clónicos ni tristes criaturas de laboratorio, apenas había amanecido el cosmos y tras el primer surgir de la Tierra separada del mar, una vez que Dios pintara de mil colores ríos, campos, montañas, frutas y pájaros, el creador se contempló a sí mismo y falto de espejo contigente, exclamó: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. Y a su imagen, aunque de barro y viento, débil y sublime, capaz de reflejarle u olvidarle lo creó. Desde entonces todos somos mellizos, clónicos de un Dios. Y por eso los niños, cercanos aún a la fuente original de donde brotaron, no han perdido, sobre todo mientras duermen, ese sabor a infinito, esa placidez eterna en la que reposa en su interminable domingo el mismo Dios.

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Sede vacante

Hay momentos mágicos que hablan por si solos. Como aquella tarde luminosa que, paseando, descubrí aquella terraza vacía besada por el sol y abierta al mar con su única butaca de mimbre estratégicamente orientada hacia el horizonte. No había nadie, pero aleteaba una presencia. ¿Quién se sentaba allí a contemplar la caída de la tarde? ¿Una anciana con su labor de croché? ¿Un lector empedernido amigo de la soledad? ¿O algún joven triste y enamorado añorando lo imposible? Yo no conocía a nadie en aquella casa ni podía entrar ni sentarme en aquel sito vacío. Pero por un instante supe que era todos los hombres que necesitan mirar más allá y esperar contemplativamente que desde el infinito asome blanca la vela lejana de una respuesta.

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Gigantes

Don Quijote los miraba amenazantes, lanza en ristre y con los ojos desorbitados, mientras el realista Sancho pretendía en vano disuadirle: «Que no son gigantes, mi señor, sino molinos». Probablemente fueron estos pacíficos y soleados molinos de Consuegra o similares los que inspiraron a Cervantes a mostrar en este episodio de su genial novela cómo nuestra obsesionada mente puede llegar a ver lo que quiere ver y no lo que en realidad hay delante de nuestros ojos. ¡Cuántos miedos, angustias y otros virus mentales dependen de una óptica apasionada y errónea! ¿Qué grandes o pequeñas locuras nos impiden ser en realidad felices? Aunque a fin de cuentas ni Sancho ni don Quijote tienen toda la razón. Porque son molinos, si, pero molinos cuyas aspas, gracias al ensueño, pueden convertirnos en gigantes.

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El pensador débil

 

Decía Gómez de la Serna que El pensador de Rodin es un ajedrecista al que se le ha quitado la mesa. Demasiado concentrado para poder pensar. Aunque sea menos artístico, prefiero este payaso que piensa desde el humor, es decir con la capacidad de reírse de los demás y no perder la sonrisa cuando se ríen de él. Y es que el humor es capaz de limar nuestras durezas, eliminar irritaciones y rencores y mantener a la gente alegre, aunque todo payaso tenga su fondo de tristeza. Pero ¿no son más patéticos y ridículos los que andan por ahí de guapos y perfectos? Quien nos hace reír es un cómico; quien nos hace pensar y luego reír es un humorista. El que ama lo débil desde su debilidad es un cristiano.

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La careta

 

 

 

¿Quién eres realmente? ¿El que muestra tu careta o el que se oculta detrás? Vivimos en un falso personaje construido de cara a los demás, que cultiva la apariencia y que identificamos con un falso yo que no soy yo. Aparentamos suficiencia, destreza, relaciones, poder, influjo, belleza, inteligencia, méritos, cultura, educación. Pero luego somos realmente ese niño auténtico que hay detrás del cartón piedra, frágil, hecho de luz, que es de verdad sólo cuando se siente parte de un todo y abandona los ridículos protagonismos de la careta. ¿No era eso lo que quería decir Jesús con «renunciar a uno mismo» y el «hacerse  niño»? ¡Qué agil y libre se va por la vida sin las molestas caretas!

vía Pedro Miguel Lamet.

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Melancolía

 

 

Decía Aristóteles que “todos los hombres que se han distinguido en la filosofía, en la política, en la poesía, en la ciencia, han sido melancólicos”. Quizás porque cualquier hombre con porosidad a la  vida y un mínimo de sensibilidad  hacia el misterio capta que aquí no lo tenemos todo, que vamos de paso y que la melancolía es como “un alivio del luto del sentimiento”. El banco, las flores, la farola y el pueblo dormido del paisaje tienen un deje de esa languidez y sabor en el alma que dejan las cosas quietas. A veces nos entra melancolía porque no somos capaces de parar el tiempo y contemplar el silencio. Si continuáramos en esa contemplación, quizás intuiríamos detrás una inefable zona de alegría.

 

vía Pedro Miguel Lamet.

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La vela pasa

 

 

Hoy, acodado frente al mar, he vuelto a leer los versos de Manuel Machado: “Para mi pobre cuerpo dolorido, / para mi triste alma lacerada, para mi yerto corazón herido, / para mi amarga vida fatigada…. /¡el mar amado, el mar apetecido, / el mar, el mar, y no pensar en nada!”.Porque cuando nuestra mente le da vueltas a las cosas las estropea. En cambio la pura contemplación desde el silencio nos sitúa en la verdad de un ahora que taladra el infinito. Pues el mar es una copia del cielo, el de Juan Ramón: “Oh mar, cielo rebelde / caído de los cielos!”. Y la vela, como canta Pemán, un símbolo de nuestro paso por la vida: “Igual que pasa una vela / llena de sol sobre el mar, / pasó dejando una estela / de gracia y luz al pasar”. La vela pasa y el mar de Dios, en el que nos movemos y somos, siempre nos queda.

vía Pedro Miguel Lamet.

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Pintar mi vida

 

¿Cómo es el mundo? ¿Tal como lo veo, o como lo ve el pintor en sus trazos difuminados y sus colores impresionistas? “Decir al pintor que la naturaleza debe ser tomada como es, es como decir al pianista que puede sentarse encima del piano”, decía el escrito inglés Whistler. Pone, por lo tanto el artista mucho de sí cuando pinta. El paisaje puede ser triste o alegre, plano o lleno de horizonte, angustioso o liberador. Incluso incomprensible, como sucede en los cuadros abstractos. Recuerdo haber leído en la vieja revista “La Codorniz” que “lo malo de la pintura abstracta es que hay que molestarse en leer el título de los cuadros”. También en cierto modo, sin lienzo ni caballete, cada uno de nosotros pinta un cuadro al vivir. Reflejamos el mundo que nos rodea pasado por nuestra alma y se lo devolvemos a los demás como una interpretación personal de la vida. ¿De qué color es nuestro cuadro? ¿Una obra arte o un garabato? Depende de cómo sepamos mirar nuestro paisaje, las personas y los acontecimientos que nos rodean y mostrarlo luego en nuestra actitud y sobre todo en nuestras obras.

 

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