ORACIÓN DEL OTOÑO
Como el otoño, me deshojo esta tarde
con el viento que desnuda lentamente
el cercano jardín y arrastra mis pesares
hacia el cielo encapotado de lo inútil.
Se va quedando el árbol desprovisto
de aquellas coloridas ilusiones
con que antaño se poblaban las ramas
de versos pasajeros. ¿Te acuerdas?
¡Quería, necio de mi, conservar para siempre
Las palabras vivas
Las confidencias de Juan
Contraportada
¿Qué sintió Juan, el discípulo amado durante la última cena, cuando reclinó su cabeza en el pecho de Jesús? A esta pregunta intenta responder Pedro Miguel Lamet en este intenso y emocionado libro. Basándose en los escritos joánicos, a medio camino entre la reconstrucción literaria, el comentario exegético y un pequeño tratado de espiritualidad, el autor, en línea con su anterior obra Las palabras calladas de María de Nazaret, se adentra en la conciencia y los recuerdos del más místico de los evangelistas, que, retirado en la isla de Pátmos, escribe en primera persona un relato a la vez ameno y profundo a partir de sus palabras más queridas: la barca, la luz, el agua, la vida, la mujer, la madre, el trueno…
El resultado es una obra al mismo tiempo rigurosa y poética, fundamentada en los mejores comentaristas, que puede ayudar a la meditación y quizás a exclamar con el discípulo predilecto: «Podía oír las palabras, contemplar los gestos; pero mi alma volaba alto en volandas de un amor sin medida, fundido como hierro con fuego, gota en el mar, lluvia en la tierra, lejos de todo y cerca de nada, arrebatado por el compás ardiente de aquel infinito corazón de amigo».
Índice
- La isla.
- El pálpito.
- La barca.
- La noche.
- El agua.
- La hora.
- La mujer.
- El trueno,
- La madre.
- El pan.
- La luz.
- El Mesías.
- La vida.
- El amor.
- La Palabra.
Apéndice: Al que leyere.
Diálogo radiofónico en radio ECCA sobre el libro
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El hombre que huía del mar (cuento)

Nadie conseguía que sus ojos miraran al mar. Tendría unos cuarenta y ocho años cuando los vecinos de Pirgos lo llevaron a la fuerza al acantilado para que contemplara al menos una vez el azul impecable del Egeo, mientra el viento impetuoso que allí soplaba azotaba sus negras guedejas y barbas. Pero Nikólaos tampoco abrió los ojos en aquella ocasión. «No me obliguéis a mirar al mar», gritaba, «¿Acaso obligaríais a un hombre a suicidarse? Pues eso sería para mí mirar al mar».
La blanca Pirgos, que domina el recoleto puerto de Pánormos, al noroeste de la isla de Tinos, la isla sagrada de las Cicladas, le vio nacer.
Sin ti no soy nada
Una de las canciones más populares del momento lo dice bien claro: “Sin ti no soy nada”. Es más, insiste:” Sin ti niña mala, / Sin ti niña triste / Que abraza su almohada / Tirada en la cama”. ”Mi alma, mi cuerpo, mi voz, no sirven de nada”. Es decir que, según la canción de Amaral, una vez perdido el amor concreto, desparecida la persona amada, uno se convierte en una completa nulidad.
Las canciones en todo caso son un buen diapasón de nuestra sociedad.
A Juan XXIII

| Con tono llano y faz de campesino, como un abuelo que parte su ternura en la mesa camilla y se apresura a devolver humano todo lo divino,
y cual pastor sentado en el camino,
te sentaste en la plaza con la gente
devolviste a los pobres la alegría, Pedro Miguel Lamet. |
Cuando Dios imagina a Dios

Cuando el hombre imagina a Dios, los sitúa entre nubes, rodeado de rayos y centellas, abriendo abismos, separando mares y levantando con su poderoso dedo montañas y continentes. Cuando el hombre piensa en Dios, lo hace tronar desde las alturas como creador, legislador, juez castigador y todopoderoso dueño. Pero cuando Dios imagina a Dios, comienza por romper todos los códigos de nuestras insignificantes vidas. Da miedo a veces del Dios que se inventa el hombre. Sólo Dios pudo inventarse a un Dios así, que ríe y llora entre las pajas, tembloroso y frágil; del tamaño de nuestro acurruque y nuestro abrazo, colándose por amor entre los pliegues de la historia y el tiempo. Sólo Dios pudo pergeñar una religión así, que de tan hermosa parece absurda, que de tan grande parece pequeña, que de tan humana tiene el inconfundible sabor de lo divino. Sólo Dios pudo inventarte a ti y tu entrañable Navidad, mi niño Jesús.
Ateo y creyente

Encontré esta inscripción en Cuenca, cerca de la catedral. Es una conocida frase que pronunció el gran cineasta Luis Buñuel, ex alumno de los jesuitas, tan obsesionado con la religión que el tema reaparece continuamente en sus películas. La frase es profunda y tiene muchas lecturas. «Gracias a Dios soy ateo», porque lo que nos han vendido como «Dios» no es muchas veces más que un monigote: un ser que, después de una vida difícil nos asusta con castigos; un personaje que parece estar de parte de los poderosos o de los que aplastan nuestras conciencias. En su nombre se ha quemado a gente, declarado guerras, negado el pensamiento, hasta el amor y la vida. Entonces se explica que para algunos ese ateísmo sea igual a libertad. Pero, al decir «gracias a Dios», se admite a la vez su existencia, la del verdadero Dios, mas grande que toda categoría humana, el Dios del amor que llevó al Hijo a la cruz por defender que no somos esclavos de nadie, sino libres hijos suyos.
El fotógrafo

El fotógrafo mira a la vida, y la vida le mira a él. ¿Quién dispara realmente las fotografías? Nosotros las guardamos en álbumes para atrapar la imparable corriente de la vida sobre cartulinas de dos dimensiones o ahora en archivos digitales. “¡Qué joven estaba entonces! ¡Mira en esa a papá cuando conoció a mamá! ¡Quién lo diría!” Pero ¿y las fotos que nadie hace? ¿Se quedan en algún remoto archivo astral donde se van depositando nuestras risas, nuestros amores y nuestras lágrimas? Quizás un dulce ojo que vigila amorosamente cuanto sucede guarda nuestras fotos para comentarlas en la mesa camilla el día feliz del encuentro. Entonces nos veremos como realmente somos. Eso y mucho más pensó el fotógrafo el día en que por azar fotografió su propia imagen en el espejo.
Clónicos de Dios

Muchos muchos siglos antes que nadie hablara de clónicos ni tristes criaturas de laboratorio, apenas había amanecido el cosmos y tras el primer surgir de la Tierra separada del mar, una vez que Dios pintara de mil colores ríos, campos, montañas, frutas y pájaros, el creador se contempló a sí mismo y falto de espejo contigente, exclamó: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. Y a su imagen, aunque de barro y viento, débil y sublime, capaz de reflejarle u olvidarle lo creó. Desde entonces todos somos mellizos, clónicos de un Dios. Y por eso los niños, cercanos aún a la fuente original de donde brotaron, no han perdido, sobre todo mientras duermen, ese sabor a infinito, esa placidez eterna en la que reposa en su interminable domingo el mismo Dios.
Sede vacante

Hay momentos mágicos que hablan por si solos. Como aquella tarde luminosa que, paseando, descubrí aquella terraza vacía besada por el sol y abierta al mar con su única butaca de mimbre estratégicamente orientada hacia el horizonte. No había nadie, pero aleteaba una presencia. ¿Quién se sentaba allí a contemplar la caída de la tarde? ¿Una anciana con su labor de croché? ¿Un lector empedernido amigo de la soledad? ¿O algún joven triste y enamorado añorando lo imposible? Yo no conocía a nadie en aquella casa ni podía entrar ni sentarme en aquel sito vacío. Pero por un instante supe que era todos los hombres que necesitan mirar más allá y esperar contemplativamente que desde el infinito asome blanca la vela lejana de una respuesta.

