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Lo que la Torre de Belem recuerda

Torre de Belem (Lisboa) PML

La torre de Belem, frente al monasterio de los Jerónimos en Lisboa, aparte de ser un bello canto escrito en piedra a la época de los descubrimientos, por  el exótico y soñador arte manuelino, está muy relacionada con la historia de los jesuitas en Portugal.  Terminada de construir en 1521, vio zarpar a Francisco de Javier a las Indias Orientales justo el día que cumplía 35 años, el 7 de abril de 1541, para convertirse  en el “divino impaciente”, patrón de las Misiones. No podía imaginar el jesuita navarro que en los calabozos de aquella misma torre en 1758 fueran a ser encarcelados  compañeros suyos procedentes de América por orden del ambicioso Carvalho, futuro marqués de  Pombal, favorable a la esclavitud de los indios. Entre ellos el desgraciado padre Grabriel Malagrida que acabó volviéndose loco en aquellas mazmorras y ahorcado en la plaza del Rossío. Doradas piedras testigos de tan variada, contradictoria y misteriosa vida de los hombres. ¿Dónde están ahora sus sueños, sus lágrimas, su sangre?

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La armonía de dos templos

En el cañón soriano de Río Lobos se halla la ermita templaria de San Bartolomé, rodeada de olmos muertos, situada en el centro de un rincón mágico  habitado desde la época del bronce (2000-850 a.C.), frente a la Cueva Grande, donde hay pinturas rupestres, y el llamado Balconcillo. Se diría que es la conjunción de dos templos, el construido por los hombres —en este caso los enigmáticos templarios—, y el de la naturaleza, apuntan a la paz y el inconmensurable misterio de Dios.  El primero reúne la intimidad de una ermita rural y el misterio arcano de los símbolos templarios según el modelo de Jerusalén. El segundo, horadado por los siglos, socava en la roca nuestra evocación de fragilidad y permanencia. En ese oasis de quietud y armonía ecológica el hombre vuelve a ser hombre y a sintonizarse con el canto de amor y belleza de donde surge y a donde desemboca.

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El buscador es lo buscado

Leo en Kabir:

“¡Oh servidor! ¿Dónde me buscas? ¿No ves que estoy a tu lado?

No estoy en los ritos ni en las ceremonias, ni en el yoga ni en la renuncia.

Si eres un verdadero buscador, me verás  enseguida en un instante me encontrarás. Kabir dice: ¡Oh Sadhu! Dios es el aliento de todos los alientos”.

El buscador es lo buscado.

Corro como loco a buscarte y estás en la popa de mi barca, aunque pareces dormido.

El camino es la meta.

Lo que está detrás de mi (de mi yo, de mi máscara)  ni sufre, ni goza, ni padece. Hondura de la hondura.

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El hombre que huía del mar (cuento)

Nadie conseguía que sus ojos miraran al mar. Tendría unos cuarenta y ocho años cuando los vecinos de Pirgos lo llevaron a la fuerza al acantilado para que contemplara al menos una vez el azul impecable del Egeo, mientra el viento impetuoso que allí soplaba azotaba sus negras guedejas y barbas. Pero Nikólaos tampoco abrió los ojos en aquella ocasión. «No me obliguéis a mirar al mar», gritaba, «¿Acaso obligaríais a un hombre a suicidarse? Pues eso sería para mí mirar al mar».

La blanca Pirgos, que domina el recoleto puerto de Pánormos, al noroeste de la isla de Tinos, la isla sagrada de las Cicladas, le vio nacer.

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Ateo y creyente

Encontré esta inscripción en Cuenca, cerca de la catedral. Es una conocida frase que pronunció el gran cineasta Luis Buñuel, ex alumno de los jesuitas, tan obsesionado con la religión que el tema reaparece continuamente en sus películas. La frase es profunda y tiene muchas lecturas. «Gracias a Dios soy ateo», porque lo que nos han vendido como «Dios» no es muchas veces más que un monigote: un ser que, después de una vida difícil nos asusta con castigos; un personaje que parece estar de parte de los poderosos o de los que aplastan nuestras conciencias. En su nombre se ha quemado a gente, declarado guerras, negado el pensamiento, hasta el amor y la vida. Entonces se explica que para algunos ese ateísmo sea igual a libertad. Pero, al decir «gracias a Dios», se admite a la vez su existencia, la del verdadero Dios, mas grande que toda categoría humana, el Dios del amor que llevó al Hijo a la cruz por defender que no somos esclavos de nadie, sino libres hijos suyos.

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El fotógrafo

El fotógrafo mira a la vida, y la vida le mira a él. ¿Quién dispara realmente las fotografías? Nosotros las guardamos en álbumes para atrapar la imparable corriente de la vida sobre cartulinas de dos dimensiones o ahora en archivos digitales. “¡Qué joven estaba entonces! ¡Mira en esa a papá cuando conoció a mamá! ¡Quién lo diría!” Pero ¿y las fotos que nadie hace? ¿Se quedan en algún remoto archivo astral donde se van depositando nuestras risas, nuestros amores y nuestras lágrimas? Quizás un dulce ojo que vigila amorosamente cuanto sucede guarda nuestras fotos para comentarlas en la mesa camilla el día feliz del encuentro. Entonces nos veremos como realmente somos. Eso y mucho más pensó el fotógrafo el día en que por azar fotografió su propia imagen en el espejo.

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Clónicos de Dios

Muchos muchos siglos antes que nadie hablara de clónicos ni tristes criaturas de laboratorio, apenas había amanecido el cosmos y tras el primer surgir de la Tierra separada del mar, una vez que Dios pintara de mil colores ríos, campos, montañas, frutas y pájaros, el creador se contempló a sí mismo y falto de espejo contigente, exclamó: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. Y a su imagen, aunque de barro y viento, débil y sublime, capaz de reflejarle u olvidarle lo creó. Desde entonces todos somos mellizos, clónicos de un Dios. Y por eso los niños, cercanos aún a la fuente original de donde brotaron, no han perdido, sobre todo mientras duermen, ese sabor a infinito, esa placidez eterna en la que reposa en su interminable domingo el mismo Dios.

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Sede vacante

Hay momentos mágicos que hablan por si solos. Como aquella tarde luminosa que, paseando, descubrí aquella terraza vacía besada por el sol y abierta al mar con su única butaca de mimbre estratégicamente orientada hacia el horizonte. No había nadie, pero aleteaba una presencia. ¿Quién se sentaba allí a contemplar la caída de la tarde? ¿Una anciana con su labor de croché? ¿Un lector empedernido amigo de la soledad? ¿O algún joven triste y enamorado añorando lo imposible? Yo no conocía a nadie en aquella casa ni podía entrar ni sentarme en aquel sito vacío. Pero por un instante supe que era todos los hombres que necesitan mirar más allá y esperar contemplativamente que desde el infinito asome blanca la vela lejana de una respuesta.

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Gigantes

Don Quijote los miraba amenazantes, lanza en ristre y con los ojos desorbitados, mientras el realista Sancho pretendía en vano disuadirle: «Que no son gigantes, mi señor, sino molinos». Probablemente fueron estos pacíficos y soleados molinos de Consuegra o similares los que inspiraron a Cervantes a mostrar en este episodio de su genial novela cómo nuestra obsesionada mente puede llegar a ver lo que quiere ver y no lo que en realidad hay delante de nuestros ojos. ¡Cuántos miedos, angustias y otros virus mentales dependen de una óptica apasionada y errónea! ¿Qué grandes o pequeñas locuras nos impiden ser en realidad felices? Aunque a fin de cuentas ni Sancho ni don Quijote tienen toda la razón. Porque son molinos, si, pero molinos cuyas aspas, gracias al ensueño, pueden convertirnos en gigantes.

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