Siempre hace buen tiempo

Category Archives: JESÚS

La alegría de sentirnos tan inseguros

Pedro Arrupe en oración

Me pide un lector que le explique la frase del padre Arrupe “Tan cerca de nosotros no había estado el Señor, acaso nunca; ya que nunca habíamos estado tan inseguros”. La interpreta como que la cercanía del Señor crea inseguridad. Es justamente lo contrario: los pobres, los débiles, los inseguros son los predilectos de Jesús de Nazaret y por tanto, como enseñan las bienaventuranzas los más próximos al Reino.

Hay que conocer el contexto en que la frese fue pronunciada. La Iglesia vivía la época arriesgada del posconcilio: defecciones sacerdotales, crisis de vocaciones, inseguridad derivada de que las cosas no estaban tan claras y definidas como antaño. Recuerdo que un día salieron para secularizarse nada menos que dos generales de órdenes religiosas. Giuliana di Febo, que en esos tiempos era secretaria de Arrupe en la Unión de Superiores Mayores, de la que Arrupe fue relegido presidente 16 veces, me contó que cuando fue con la noticia a Arrupe, éste en vez de escandalizarse comentó: “Giuliana, ahora tenemos que quererles más”. Y cuando un compañero vasco le habló indignado por el número de salidas, Pedro le contestó: “El último que apague la luz”, como diciendo que para él la Compañía no era un absoluto. Todas son frases que responden a una misma actitud: su optimismo y su confianza, consecuencias de la fe. Es una frase que ante los que siguen teniendo miedo ante el cambio o ante actitudes tan savonarlescas excomulgando y declarando herejes por aquí y acullá, resulta consoladora. La Iglesia de Jesús no está en el Sanedrín sino con todos los pequeños que buscan en medio de la oscuridad y se sienten inseguros. Como dice el salmo: “Como un pequeñuelo en brazos de su madre, así está mi alma dentro de mí”.

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Revolución en un vaso de agua

“El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.

En lenguaje popular se puede decir que el evangelio de este domingo “tiene castañas”, y es difícil de comentar. Hay que situarlo en primer lugar en el contexto de una sociedad en que fue redactado. En el hogar romano no imperaba la motivación del amor al construir la familia, sino del poder y la economía. El padre tenía una potestad absoluta sobre la esposa, sobre los hijos y no digamos nada sobre los esclavos y efebos. Hoy no estamos tan lejos, si observamos el materialismo reinante y la obsesión por ganar dinero, el imperio del placer y  prevalecer, como el colocar bien a los hijos por encima de ellos mismos y sus inclinaciones.

Viene Jesús y rompe todos los códigos vigentes. El imperativo de su misión le lleva a abandonar a su familia, y aunque nunca dejó de amar a su madre (Bodas de Caná) se quita de en medio y crea un grupo de seguidores extraídos del pueblo sencillo. pescadores y algún que otro agricultor. En Nazaret lo desprecian, sus parientes le rechazan y predica un reinado de amor gratis donde los pequeños protagonizan su predilección y su mensaje. Las recomendaciones que presentan estas palabras se inscribe en la exhortación que hace a sus apóstoles para realizar la misión.

¿Qué sentido tiene para nosotros hoy? No van sus palabras contra la familia, ni mucho menos, sino contra una concepción raquítica de la familia. Muchas veces hemos predicado una defensa de la familia a ultranza, fomentada por cierto egoísmo. Por ejemplo, los padres que dan una paliza al árbitro, si este penaliza a algún hijo suyo. Las familias que se enfrentan con los profesores porque sus criaturas no pueden tener fallos. Los hogares donde lo más importante es ganar dinero para mejorar en la llamada “sociedad del bienestar”.

Lo que Jesús viene a decir es que a partir de su buena noticia la sangre, el apellido, el confort hogareño no es un absoluto. Desde el momento que eres cristiano tu corazón rompe tabiques para abrazar a todo el mundo.

Familia
Familia

¿Qué significa esa frase enigmática “el que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará”? Es parecida a la de “negarse a sí mismo”. Jesús no está en contra de nuestra realización como personas, sino a favor de una realización más cabal: cambiar el yo pequeño por mi yo auténtico. Cuando me resituo en la vida, cuando me abro a todos, cuando en mi hogar se calientan otros, cuando me trago las lágrimas para que los demás sonrían, recupero la identidad para la que fui creado, conecto con el hontanar de amor que soy en lo profundo.

El texto de Pablo es revelador: “Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva”. Se trata de morir a lo superficial para resucitar en la verdadera vida. La “nada” de San Juan de la Cruz es el paso para el encuentro con el Todo. La “indiferencia” de Ignacio de Loyola en el “Principio y fundamento” no es abulia, es estar por encima de “salud o enfermedad, vida larga o corta” y todo lo demás para descubrir por qué estamos en este mundo que es para amar. Con un salto mortal: incluyendo a los enemigos. ¿No es revolucionario?

Me diréis: Demasiado, muy difícil. Difícil si te empeñas en hacerlo tú a base de voluntarismo, de puños. No tanto si cambias de óptica. Si te dejas habitar del amor que eres, este mundo pasa. Despierta a lo que queda. Vive feliz el viaje, disfruta de todo sin anclarte en nada, ánclate, eso sí, en el infinito que eres por dentro.

Y sobre todo goza de lo pequeño: “El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.»    La revolución de un vaso de agua.                                                                                                                                                                                                                                        

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¿Dónde andaba el Espíritu antes de Pentecostés? ¿Qué hace ahora?

Capilla del Obispo. Tenerife

Hoy llegamos a la cumbre de la Pascua. Jesús redondea su promesa. A los cincuenta días –eso significa Pentecostés-, envía su espíritu transformador a sus amigos reunidos con María. Pero el Espíritu Santo ¿es realmente algo nuevo? ¿En qué se ocupaba el Espíritu antes de aparecer en Pentecostés? ¿Tenía Dios abandonado al mundo antes de este gran acontecimiento? ¿Qué añade su venida histórica?

                Primero en Dios no hay tiempo, sino eternidad. Para nosotros entra en el tiempo con la creación. Nos dice el Génesis (1.1) que la tierra era un caos oscuro y “el Espíritu ( ruah o pneuma) el viento de Dios, “aleteaba sobre la superficie de las aguas”. Dios sopla el espíritu sobre el barro y nace Adán. Según Isaías es “sabiduría, inteligencia, consejo, fuerza, ciencia, piedad, temor de Dios”. (Is 11:2). Penetra en Ezequiel y dice: “pude escucharle” (Ez,2,2) Y su fruto, según Pablo en Gálatas, es: “amor, gozo, paz, tolerancia [paciencia], benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.” (Gal 5, 22-23). Habla y actúa en los Hechos: “Reservadme a Pablo y Bernabé”.

                O sea que el Espíritu ya estaba trabajando antes de Cristo desde la creación.

                Pero curiosamente para la gente resulta más invisible que el Padre y el Hijo, a los que traducimos en imágenes conocidas: el Padre Eterno y el Hijo del Hombre, porque, ¿quién no sabe lo que es un padre? Y a Jesús lo reconocemos como un personaje histórico, uno de nosotros. Sin embargo en nuestro lenguaje todos lo conocemos: “Ese tiene mucho espíritu”, “es una persona muy espiritual”.

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El cielo no es un sitio, es un modo de ser

Un espíritu ascendido saborea desde el tiempo el no tiempo

La vida de fe siempre ha estado   tensionada entre dos polos: el cielo y la tierra. La cultura popular recoge el imaginario de que el cielo está arriba y la tierra abajo, y mucho más abajo, los infiernos. Esta es una viñeta muy propia de catequesis infantil dualista, que induce a que Dios y el hombre viven separados en dos mundos casi irreconciliables. Ahora bien, decimos: “Eres un cielo”. Y es que el cielo no es un sitio, sino otra dimensión carente de las dimensiones de espacio y tiempo, un modo de estar y vivir, que solo podemos intuir, no conocer.

                Por otra parte, en este pasaje de la Ascensión aparece la simbología bíblica de algunos términos, como el monte y la nube. En el monte sufre Abraham la gran prueba de sacrificar a su hijo; Moisés recibe el decálogo,  y Jesús en el monte se transfigura, en el monte muere y en el monte asciende.

              Una nube envuelve a Moisés y otra nube llenó la casa de Yahvé cuando fue entronizada el arca de la Alianza en el templo de Salomón. “Hagamos tres tiendas”, dirá Pedro en la Transfiguración. Como Pablo, parece que Pedro tuvo una cierta experiencia mística de cielo.

                Además se escriben estos textos en un momento en que aún se creía inminente la vuelta de Jesús para quitar esa persuasión en el pueblo. Parece que las fiestas de la Ascensión y la Resurrección se celebraban juntamente en la primitiva Iglesia hasta el siglo IV. Se separan con la intención de subrayar el poder y la universalidad del cristianismo. Era un momento difícil en que se imponía alcanzar los confines de la tierra. Pero en realidad la ascensión es la culminación de la resurrección

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El «abogado» que promete Jesús

Jesús promete un defensor

¿Cómo quiere hacerse presente Jesús en la comunidad pascual?

 Esta es la pregunta que se hace la liturgia en este sexto domingo. Y la respuesta no deja de ser sorprendente, prometiendo el envío de un abogado, un “alter ego” invisible que rompe los códigos, que consigue frutos inesperados. Ahora nos viene, también a nosotros, como un soplo de alegría y esperanza.

                Primero en Samaría, un territorio cercano pero muy conflictivo, como conocemos por diversos pasajes del evangelio. Herejes, extranjeros, separatistas religiosos, gente despreciable para un judío, como el buen samaritano o la mujer a la que Jesús pide de beber. Sin embargo, Felipe de pronto consigue una estupenda cosecha, completamente inesperada, corroborada por la presencia de los apóstoles Pedro y Juan. La ciudad “se llenó de alegría”.

                En la segunda lectura seguimos escuchando a Pedro que nos repite que tenemos que estar dispuestos a “dar razón de nuestra esperanza”, algo que nos resuena especialmente gratificante en estos momentos.

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Jesús no dice «soy la casa». Dice: «soy el camino»

A veces lo fácil es separar a Dios de la vida, refugiarnos en el invisible como en una cápsula espacial, un rato en el templo, el cumplimiento de unos ritos, para luego retornar a nuestras ocupaciones como a otro mundo, como quien sale de tomarse una píldora tranquilizante.

Hoy, en este V Domingo de Pascua, las lecturas apuntan a una cosmovisión bien diferente. La primera comunidad de los Hechos pisa tierra. Necesita diáconos que se ocupen de las cosas materiales, y lo hacen por elección entre personas autorizadas por los apóstoles. No son servidores de segunda, sino piedras vivas, como dice Pedro en su carta, que construyen el templo vivo fundamentado en la piedra angular, la roca, que es Cristo.

Pero sobre todo el evangelio, un pedazo de ese maravilloso discurso de despedida de Jesús, nos enseña que la Iglesia es un fieri, un quehacer cotidiano. Jesús no dice “yo soy la casa, el edificio, la plataforma, el puerto”. Dice “yo soy el camino”. Es como decir “yo soy la manera de andar, de dirigirse al horizonte, de navegar”.

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Según el Buen Pastor, el cristianismo es la religión del «tú»

Hoy meditamos el evangelio del Buen Pastor (Jn 10, 1-10)

Según el Buen Pastor, el cristianismo es la religión del “tú”
Según el Buen Pastor, el cristianismo es la religión del “tú”

02.05.2020 Pedro Miguel Lamet

La alegoría del Buen Pastor y la puerta de las ovejas siempre han sido entrañables para conocer a Jesús,  y lo son especialmente en estos momentoS que vivimos. Impactó a la primitiva Iglesia, ya que su efigie aparece muy pronto en las catacumbas y sarcófagos, una imagen evocadora especialmente para los que iban a morir.  Como veremos, en el relato de Juan, a diferencia de los sinópticos, el texto se mueve entre la simbología teológica y la diatriba contra los malos pastores.

                La economía de los pueblos de la cuenca mediterránea se sustentaba en dos pivotes:  La agricultura y la ganadería, dos tesoros: la viña y el rebaño. Los pastores en su mayoría tenían fama de tramposos ladrones y salteadores. Por ejemplo, la Misná lo consideraba un oficio “despreciable”, por lo que estaba prohibido comprarles leche, lana o cabritos.javascript:false

El pastor de tú
El pastor de tú

                Jesús es el pastor bueno (kalós: bello, es más que bueno). Para él no somos un número, somos un nombre, “un tú”. El cristianismo es la religión del tú, de la relación íntima y personal. Este pastor nos acompaña, pero no nos sustituye, no nos priva de libertad. El evangelio no es una obligación, es una invitación al seguimiento. Su figura encarna ternura, mansedumbre, paciencia hasta la muerte, hasta “dar la vida” y  también poder: su mano es fuerte, nos sostiene en valles oscuros. Estamos en buenas manos.

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Otro mayo con María

«Inmaculada». Residencia Pedro Fabro. Madrid

“La primavera ha venido / nadie sabe cómo ha sido”, escribía Juan Ramón. Y así es, puntualmente, por encima de nuestras vicisitudes, guerras y hasta la omnipresente pandemia, las mañanas relucen al sol, las tardes se van haciendo tibias y el anual milagro de la naturaleza estalla nuestros campos de flores y de vida.

Con mayo regresan también alegres recuerdos de infancia y juventud. Entre ellos, la evocación de María, la madre de Jesús que ocupaba ese sitio hogareño y soñador de nuestras ilusiones intactas. Era un instante eterno, con el cordón azul de su medalla al cuello, contemplar a la Virgen adolescente de la congregación mariana en aquellas velas de oración ante su imagen niña.

Y el mes de las flores. En casa montábamos también nuestro altarcito con flores, que eran regalos de nuestra adolescencia, sumidos en el amor al eterno femenino, a la joven madre, que sabía nuestros secretos.

Después de tantos años, hoy, en este mayo confinado en que no podemos ni ver ni oler las flores que cantan nuestro sabor a fragilidad y eternidad feliz, deposito este soneto a sus pies, con el alma siempre joven, gracias a ella:

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Tomás, el encerrado, no se aclara

El encerrado Tomás no se lo cree. Los apóstoles estaban muertos de miedo. No se lo podían creer. Habían visto muchos latigazos, mucha sangre, mucho dolor y fracaso, la muerte de su líder, su mesías. Las apariciones eran confusas: lo veían los de Emaús y no se lo creían. La enamorada Magdalena entre lágrimas no lo reconocía. Pedro y los demás siguen atrancados. Tomás es como el ciudadano del siglo XXI: quiere constatación material, pruebas científicas, palpar, lógica de bolsa, bancos y multinacionales. Ha rechazado el mundo de lo invisible: solo son creencias, fantasías, elucubraciones. Rechaza el otro lado de la vida, ese “no sé qué queda balbuciendo” que solo algunos intuyen detrás de todo.

Ellos tienen miedo a los judíos, nosotros al coranavirus, por el que estamos encerrados. Este domingo –“el primer día de la semana”, dice la comunidad joánica- aparece Jesús de noche en medio de ellos. No entra por la puerta, surge en medio de ellos, en comunidad, que la primera lectura de los Hechos presenta como un ideal de estar juntos, de compartir.

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Predicar el silencio

San José María Rubio, SJ

Cierto predicador gozaba de unánime reconocimiento por su elocuencia, pero en la intimidad confesaba a sus amigos que sus brillantes discursos no producían ni de lejos el efecto que lograba un Maestro espiritual con sus sencillas sentencias.

Asi que se fue a convivir algunas semanas con aquel  Maestro.

-¿Has logrado conocer la razón de su eficacia? -le preguntaron sus amigos.

-Si, cuando él habla -respondió el predicador- sus palabras expresan el silencio. Las mías, en cambio, sólo expresan el pensamiento.

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