Un anciano entre don Quijote y Sancho, estatuas en Alcalá de Henares
Hoy se ha puesto de moda usar la palabra “viejo” como un insulto, y pensar que ser joven es un mérito, una cualidad. Como si el ser joven o viejo fuera evitable por la persona. En la antigüedad los viejos gobernaban la cosa pública. De ahí viene la palabra Senado, constituido por el consejo de viejos, que tenían la suficiente madurez y sabiduría para tomar las grandes decisiones de un país. La experiencia y el conocimiento adquiridos hacían de los viejos las personas más respetadas del lugar.
Hoy nadie quiere ser viejo. Es más hay algunos que rechazan la palabra “abuelo” o “abuela” aunque tengan nietos. La razón de esta actitud está a la vista. Vivimos una sociedad donde lo que se cotiza por encima de todo es la juventud, la forma física, la estética del cuerpo, el goce por encima de todo. No hay más que ver la tele, la publicidad, la escala de valores de la gente.
El tribuno romano Suetonio, historiador y poeta, es enviado de incógnito por el emperador Tiberio a Palestina para investigar sobre las revueltas de los nacionalistas zelotas y las discutidas decisiones políticas del prefecto Poncio Pilato. Durante el viaje, en el que le acompañan el filósofo Aristeo, su lugarteniente Glauco y la esclava judía Raquel, con la que mantiene una ambigua relación amorosa, se interesa por la figura y doctrina del profeta rural Jesús de Nazaret, que ha sido crucificado hace cuatro meses en Jerusalén.
Durante sus pesquisas y correrías el orgulloso y escéptico romano investiga, para elaborar su informe, a los seguidores y amigos del galileo: desde Zaqueo a Pedro, pasando por María de Magdala, Andrés, Lázaro, Juan, Leví Alfeo, Nicodemo y la propia madre de Jesús, junto a la anónima gente del pueblo, así como las claves más significativas de la historia, la cultura y la política de la sociedad judía del momento.
Pedro Miguel Lamet nos traslada en esta novela a la tumultuosa historia del país de Jesús bajo el dominio del Imperio romano, y, mediante el viaje iniciático de Suetonio, nos ofrece, con viveza y rigor, un perfil humano y espiritual del fundador del cristianismo, basado en las más recientes aportaciones y descubrimientos sobre el Jesús histórico.
La contaminación es noticia. En las grandes ciudades se hace la vida irrespirable: Pekín, Londres, París, Madrid. Entre nosotros ya se ha comenzado también a regular el tráfico para luchar contra ella a través de impedir la salida de automóviles con determinados números de matrícula. Es, junto con el cambio climático y la ecología una de las preocupaciones dominantes de los hombres del mundo desarrollado.
Pero junto a la contaminación ambiental, que también afecta, de rebote, a los pueblos en desarrollo, convertidos a veces en basureros de los países ricos o víctimas hambrientas de su abundancia, hay otra contaminación más profunda que tenemos olvidada.
Igual que se está prohibiendo cada vez más la circulación de vehículos contaminantes, ¿no se debería impedir la salida a la calle de mentes contaminantes?
Dicen algunos que la primavera es cursi. Dicen que la primavera es fugaz, como sus amores, y como los alegres años de la juventud. O que últimamente es poco más que un invento de los grandes almacenes para adelantar la venta de la última moda, porque en la ciudad apenas vemos el florecer del campo. Pero hay gente que todo el año tiene cara de primavera; o de otoño, o de invierno, o de ardiente verano. Porque la verdadera primavera es un florecer de dentro a fuera. “De colores”, era el famoso eslogan y la copla de los cursillistas de cristiandad. Y Gustavo Adolfo Bécquer exclamaba enardecido: “Mientras haya en el mundo primavera, ¡habrá poesía!” También podría escribirse al revés: Mientras haya en el mundo poesía, habrá primavera.
Muchas veces me pregunto: ¿Qué es libertad? ¿Poder elegir lo que quiero? ¿Poder expresarme, reunirme, votar, realizarme sin restricciones?
No voy a entrar en disquisiciones filosóficas sobre el término. Me interesa la vida.
Por ejemplo, el escalón básico para ser libre es tener acceso a la alimentación, la habitación, la salud, la cultura, la relación humana. En este sentido hay un tercio de la humanidad que no disfruta de las condiciones esenciales de la libertad.
Pero, cuando tienes un plato para comer, un lecho para descansar y un libro para leer, ¿eres libre?
Cuando el adolescente pide libertad, generalmente habla de poder “hacer lo que le de la gana”. Este tipo de libertad, si se ejerce, suele acabar con el deterioro de la persona.
Personalmente tuve experiencias muy duras respecto a la libertad de expresión que me fue coartada en varias ocasiones de mi vida.
Nos pasamos la vida buscando en un mapa. Nacemos llorando porque acaban de arrojarnos a un mundo hostil, bien distinto del confortable líquido amniótico. Aprendemos para “ser alguien en la vida”, a encontrar nuestro camino en medio de una sociedad de competencias. Y, cuando, más o menos, parece que hemos alcanzado una cierta estabilidad en nuestro entorno, una mínima patria donde residir, comienzan los achaques, la cuesta abajo de las pérdidas, y el temor esencial del ser humano: ¿para qué la vida?, ¿dónde desemboca todo esto?, ¿qué hay detrás de la muerte?, ¿por qué nunca acabo de alcanzar la felicidad plena?
Algunos creyeron que la mejor forma de desapegarse era huir. Simeón el Estilita escogió una columna en el desierto para alejarse del mundo. Pero la cueva y el desierto no privaron a San Antonio de las tentaciones. Nos llevamos con nosotros el saco de los deseos a la calle, al monasterio o a las antípodas de nuestro planeta.
Por eso el camino no es escapar, sino flotar como el pato en la superficie de los deseos. Muchas veces la renuncia ascética origina más deseos, los convierte en asignatura pendiente. Y el teóricamente santo se convierte en una persona con genio inaguantable o la intachable virgen en histérica a flor de piel.
El día en que te aceptes con tus deseos, sin pretender responder al ‟superego» (tu “personaje”, creado por la educación, la cultura), ese día habrás dado el primer paso.
A este mundo venimos desnudos, y después del viaje de la vida nos vamos desnudos.
Pero para el trayecto necesitamos objetos: desde el cepillo de dientes a la cultura, pasando por un sinfín de adminículos: casas, libros, ropas, coches, tecnología, cuentas bancarias, pólizas de seguros, puestos, cargos y un largo etcétera. Es nuestra valija, la maleta del viaje.
El problema nace de nuestra relación con esa maleta.
La foto de la tortuga me ha recordado un cuento que Tony de Mello aplicaba al amor: “Un niño sintió que se le rompía el corazón cuando encontró, junto al estanque, a su querida tortuga patas arriba, inmóvil y sin vida. Su padre hizo cuanto pudo por consolarlo: “No llores, hijo. Vamos a organizar un precioso funeral por la señora Tortuga. Le haremos un pequeño ataúd forrado en seda y encargaremos una lápida para su tumba. Luego le pondremos flores todos los días y rodearemos la tumba con una cerca”. El niño se secó las lágrimas y se entusiasmó con el proyecto. Cuando todo estuvo dispuesto, se formó el cortejo –el padre, la madre, la criada y, delante de todos, el niño– y empezaron a avanzarsolemnemente hacia el estanque para llevarse el cuerpo, pero éste había desaparecido.
De pronto, vieron cómo la tortuga emergía del fondo del estanque y nadaba tranquila y gozosamente. El niño, profundamente decepcionado, se quedó mirando fijamente al animal y, al cabo de unos instantes, dijo: “Vamos a matarlo” “.