Siempre hace buen tiempo

Monthly Archives: octubre 2025

Morirse a gusto

Pintar los muertos, rodearlos de música, flores y hasta champagne es una pasada a la que habitualmente están acostumbrados los estadounidenses. El numerito que en este sentido presencié hace muchos años en la Wallace Funeral Home, una funeraria de un popular barrio neoyorquino, me quitó las ganas de rezar. Había maquillado al cadáver como una actriz de Hollywood y aquello se parecía más a un festejo de graduación que a un obituario. Un recuerdo que me viene a la memoria en este día de difuntos.

Sin embargo, la tecnificada sociedad made in USA es la que ha inventado la muerte anónima. Pocos días antes, durante mi trabajo en una parroquia de Manhattan, había asistido a una anciana que se moría sola en el piso veinticuatro de un modernísimo hospital. Sus queridos parientes la habían despostado allí como un mueble; los médicos le ensartaron en la muñeca una pulserita con un número de identificación, y la pobre mujer había pasado de especialista en especialista como un cojinete en una cadena de montaje.

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Ola de tu mar

OLA DE TU MAR

Soy tu ola en el silencio
de tu mar y la palabra
que dijiste sin decir
con la brisa de tu viento,
un borbotón de tu fuente
y un beso de tu misterio.

Soy la nada de tu todo
y un poco de tierra tuya,
no el propietario del tiempo,
calor y frío en la noche,
fuego y agua en el desierto;
chispa que brilla en la sombra,
algo tuyo sin saberlo.

Arrojado fui a esta vida
desde una nube viajera,
cuando decidiste hacerlo,
a un mundo en contradicción
entre amor, guerras y lunas,
alegrías, rosas y miedo,
un río que me arrastraba
por los enigmas de un sueño.

Se han esfumado las horas,
al igual que van marchando
los seres que me quisieron,
las caricias de mis padres
y el derramarse los versos.
Yo ya no quiero explicarme
ni razonar mis deseos.

Viajo a solas sin un mapa
en la noche del sentido
que barrunta el sentimiento
desde esa música oculta
que en el corazón me arde
sin pensar, cuando presiento

que soy Tú y tu eres yo;
cuando me olvido de mí,
y sin más todo lo suelto
para perderme en tu abrazo,
sin vela, timón ni remo.

Creí poseer un nombre,
una identidad y un cuerpo.
Pensé que yo era en mi nave,
el patrón de mi velero,
pero soy solo una ola
que despierta, si descubro
todo el mar que llevo dentro.

Pedro Miguel Lamet

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