Siempre hace buen tiempo

Category Archives: JESÚS

La caída

A hombros,  los vecinos de Moya, un pueblo en ruinas situado en el marquesado del  mismo nombre en Cuenca, suben al Cristo de la Caída entre los cascotes de tiempos pasados a lo alto del cerro. Portan como su tesoro a  un Dios débil, hecho a nuestra imagen y semejanza, que apoya su mano en una piedra para levantarse una vez más. Han pasado los siglos. Las viejas glorias, castillos, mansiones y conventos, son solo  vestigios de piedra, cascotes de una arrumbada historia de esplendor. Sólo el Cristo parece perdurar en un pueblo habitado de sombras. Sólo Él vuelve a resucitar cada año recortándose sobre el azul, recordándonos que no hay desgracia, ni dolor, ni miedo, ni  caída de la que no nos podamos levantar para comenzar de nuevo y reconstruir la casa que no destruye el tiempo; la del alma que cree y amanece cada día desde la fe en su palabra: “Yo soy la resurrección y  la vida”.

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Tengo sed

“¡Agua, no huyas de la sed, detente!”, verso de Gorostiza que me viene a la memoria al contemplar la concentración con que este chaval  bebe esa frescura que bendice sus entrañas. No hay que buscar agua  bendita para apagar la sed. Toda agua es bendición; compone más del noventa por ciento de nuestro cuerpo, hace germinar los campos, es el futuro de la humanidad. Llenó para siempre el cántaro de la Samaritana; viva, salta de nuestro propio manantial hasta la vida eterna, y ni un humilde vaso ofrecido al caminante quedará sin recompensa. Hoy el agua, dicen, es un bien escaso, que pone de actualidad el dicho popular: “Agua que no vas a beber, déjala correr”, o mejor no la malgastes. Pero sobre todo el de un Cristo sediento que desde lo alto del monte vuelve a gritar: “¡Tengo sed!”, una sed de otra agua que se perpetúa en tanta garganta reseca. Agua, no huyas de la sed del mundo.

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Como antorcha en la noche

Como una antorcha en medio de la noche de Jueves Santo de la localidad de San Clemente (Cuenca), avanza el Cristo entre las viejas piedras iluminando al tiempo dolorido. La sangre del inocente, arropada de rojos capirotes, es fuego que libera y cauteriza, llama de amor viva que atraviesa las tinieblas y funde a todos, tras el anonimato de los antifaces, en un mismo amor. Pasan los años, las generaciones de penitentes, los hijos de los hijos de los renacentistas que ornaron la villa,   y  el Crucificado, como una espadaña en medio  de la plaza, sigue ardiendo en las conciencias. Su voz desde lo hondo de la garganta seca continúa gritando a este mundo con la voz de todos los que sufren y anhelan ser liberados: “Tengo sed”.

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Cuando Dios imagina a Dios

Cuando el hombre imagina a Dios, los sitúa entre nubes, rodeado de rayos y centellas, abriendo abismos, separando mares y levantando con su poderoso dedo montañas y continentes. Cuando el hombre piensa en Dios, lo hace tronar desde las alturas como creador, legislador, juez castigador y todopoderoso dueño. Pero cuando Dios imagina a Dios, comienza por romper todos los códigos de nuestras insignificantes vidas. Da miedo a veces del Dios que se inventa el hombre. Sólo Dios pudo inventarse a un Dios así, que ríe y llora entre las pajas, tembloroso y frágil; del tamaño de nuestro acurruque y nuestro abrazo, colándose por amor entre los pliegues de la historia y el tiempo. Sólo Dios pudo pergeñar una religión así, que de tan hermosa parece absurda, que de tan grande parece pequeña, que de tan humana tiene el inconfundible sabor de lo divino. Sólo Dios pudo inventarte a ti y tu entrañable Navidad, mi niño Jesús.

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Retrato de Cristo

Tras prolijas investigaciones, la BBC ha conseguido poner a Cristo un rostro de auténtico gilipollas. No es otra la conclusión a la que se llega después de contemplar el resultado que la ciencia forense y la reconstrucción digital más avanzada acaban de lograr para la serie «El hijo de Dios» de la prestigiosa cadena británica.

Hemos llegado en pocos años, gracias a una amalgama de progresos informáticos y científicos, a alcanzar el papanatismo y la estupidez. El forense Richard Neave ha partido para su hallazgo de rellenar con barro la calavera de una persona encontrada por casualidad en un cementerio judío de Jerusalén. Inconmensurable. Es como si para reconstruir, por ejemplo la faz de Juan Ramón Jiménez, nos sirviéramos de un cráneo de un hombre cualquiera hallado en Moguer.

Segundo: la informática y sus seres virtuales son lo menos parecido a la vida real. Compárense, por ejemplo, las reconstrucciones mastodónticas de «Gladiator» y el Foro o el Coliseo, tal como se conservan hoy en Roma. Aun suponiendo que esas fueran las características étnicas generales de un judío de la época, el Jesús histórico, sin presuponer su divinidad, tuvo que ser un rabino con aura, un líder espiritual, un ser superior y no un tipo con aires de carretero como el de la BBC.

Y tercero, el arte y la poesía, como diría Heidegger, siempre develan la verdad mejor que la historia. Igual que los evangelios no son relatos estrictamente históricos, sino que recogen la vivencia de la comunidad, el rostro de el Cristo es ya una inspiración universal que los pintores románicos, el Greco o Velazquez evocan mejor que la polémica Sábana de Turín o cualquier retrato robot de Jesús. Sobre todo este de la BBC, que parece un villano de videojuego.

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