SABIDURÍA DE VIERNES SANTO
Enséñame a morirme cada día
porque sigo enganchado a la creatura
y tengo miedo a esa noche tan oscura
en que deje este mundo y tierra mía.
Tengo miedo al desagarro y a la fría
soledad de quien triste se apresura
a romper con el tiempo que no dura
y a ignorar si le espera la alegría.
Desde tu cruz, enséñame el camino
para vivir muriendo a la apariencia
y amar lo que respira entre las cosas
que así hallaré por ti un sabor divino
y la luz que trasciende toda ciencia
en el secreto oculto de las rosas.
Pedro Miguel Lamet
VÍSPERAS DE PASIÓN
Bulle Jerusalén de luna llena
y arde el monte con gritos de alegría
ahogando en fiesta su miedo y agonía,
y anhelando una luz de pascua plena.
Sola, bajo mi manto, ando serena
las calles de la noche larga y fría
hundiéndome en el ascua que me guía
desde el fondo del alma y de mi pena.
¿Dónde has ido Jesús? Ya no te veo.
¿Te ocultas de tu madre en el ocaso,
cuando van a arrancarte de mi vida?
¿No será que me escondes el deseo
de que llore en tu cuerpo por si acaso
reluzca aún más con mi dolor tu herida?
Pedro Miguel Lamet
Queridos amigos y seguidores: Cuando brillan tantas luces de fulgor comercial y el olvido de la Navidad auténtica en nuestra sociedad de consumo, os envío un abrazo desde la fragilidad de Belén y os felicito a todos de corazón con este soneto:
DEVUÉLVEME A MI NIÑO
Con el paso que pesa de la vida
me he ido haciendo un adulto irreparable,
silenciando en mi ser que algo me hable
de esa palabra secreta más querida,
esa tu voz que sin saberlo anida
en lo hondo de mí, tan insondable,
que entre tanta hojarasca desechable
he dejado en la sombra preterida.
Para nacer contigo y tu mirada
devuélveme a ese Niño que se ha ido,
acércame a Belén y su alegría
y hazme sitio en tu cueva, despojada
de vanidad y orgullo endurecido,
para escuchar la nana de María.
Pedro Miguel Lamet, SJ
Le buscaba la voz como una antorcha
en la garganta oscura de la estancia,
con el sabor a tiemblo que amanece
allá en el blanco amor de adolescencia.
Y mis pies conservaban aún
todo el aroma sutil
de aquella seda:
cabellos de mujer, misterio de la noche
derramada.
Amar a veces es decir me dueles.
Te espían mis sentidos por el hueco
pasillo del recuerdo,
la cueva de lo ignoto que desande
preguntas aún suspensas de la infancia.Eran sus manos las alas de un deseo
que había llegado a ser desvencijado amor
sin nombre, mil veces derramado
en un sabor a esquina, a asco, a beso
por denario.
Eran la bruma azul
con que el sueño dibuja los adioses
y Dios se hace tejido y primavera.
¡Y cómo eran de puras las palabras
que lloraban sus ojos en mí recién nacidos
como coplas, quejidos de lo eterno!
Escuchar era el agua de un arroyo
que nacía de dentro buscando el manantial.
¡Oh pámpanos antiguos, que vuelven
a la vida!
Me gustaba aquel nombre con son de bajamar
y el timbre de sus labios quebrándose en la tarde
al pronunciar "Rabboni",
mientras el Padre andaba
asomado a los lagos perfectos de sus ojos.
Me gustaba mirararla, caminar en la noche
con su paso de niña que no pesa,
blanca huida de risas que se esfuman
desde el quicio vibrante de un tiemblo de palmera.
¡Qué frágil la blancura del aire de su manto!
Era el amor así espejo de mi Espejo
y yo tan solo el Hombre.
¿No es hermoso ser hombre solamente?
La voz puso el amor al borde del abismo
y el sueño estaba en hora con mi asombro.
Pero no pude ser solo un israelita
enamorado
y amar con ese amor de solo un hombre...
Había que andar de nuevo aquel camino
y cubrirlo de sangre.
¿Se escurrirá el perfume entre mis dedos
para ser todo el Hombre con mi hombre?
Aun con la muerte cerca su voz me golpearía
en los oídos, oliendo a Jericó sobre los pies llagados:
¡Rabboni! ¡Maestro mío!
Y en cada golpe clavándose aquel verso:
"Amar a veces es decir me dueles".
Pedro Miguel Lamet
Hay un breve poema del colombiano Rafael Pombo titulado “El alma y el niño” y publicado nada menos que en 1873, que dice mucho más que grandes tratados de teología:
«¿Dónde está Papá Divino?
Preguntó a su niño el ama;
Te daré un dulce en la cama
Si me respondes con tino».
Y él, con sonrisa de cielo.
Repúsole: «Y yo, bah! bah!
Te daré un rizo de pelo
Si dices dónde no está».
Los niños están continuamente contemplando el rostro de Dios, porque aún viven dentro de él. Antes de que los maliciemos son ángeles que nos devuelven la esperanza en el ser humano, porque viven cerca de nuestro origen, la luz de donde salieron: el “Papá Divino”. Por eso, nada mejor que celebrar la Pascua desde los ojos abiertos y puros de un niño, nuestro niño, el que fuimos y volveremos a ser de nuevo en la casa del Padre. Mientras, de camino, Jesús nos propone la tarea para pertenecer a su reino y resucitar, retornar al niño.
AL ÁRBOL DE LA CRUZ
De tu dolor, del tiempo amanecido,
de una palabra ardiente que encendía;
de las entrañas puras de María
y del amor hasta la esencia herido;
desde tu cuerpo tres veces caído
y la noche oscura de la sangre mía,
devuelves con tu cruz a la armonía
este mundo que nace en tu alarido;
este mundo que abarcas con tu abrazo
y limpias con tu muerte de tristeza,
este miedo a vivir esta pobreza
que florece en tu árbol cual si fuera
hontanar para siempre en tu regazo
al colgar de tu cruz mi primavera.
Pedro Miguel Lamet
MI ÚLTIMA CENA
En esta noche tibia, quieta y llena
de un temblor de palabra y despedida,
de soledad y amor, el alma herida,
celebras tú, Jesús, la última cena.
Compartes con el pan esa honda pena
del sin sentido, la angustiosa vida
que es fracaso, dolor, obra incumplida,
y el vino de tu sangre nazarena.
En esta hora de la confidencia,
cuando Judas se hunde en su amargura
y Pedro negará con su despecho
cuanto aprendió a tu lado de dulzura,
déjame que ahonde en la experiencia
de apoyar, como Juan, mi alma en tu pecho.
Pedro Miguel Lamet
Cuando miro, ¿qué miro? ¿La realidad de las cosas o una imagen incierta, que procesa mi cerebro a partir de los datos que capta mi retina? ¿Es mi mundo verdadero o una ilusión, un sueño, solo maya como dirían algunos orientales? El apóstol Pablo opina que pasa la efigie de este mundo y que vemos “como en un espejo”, de los de su época, claro, en los que apenas se veía con definición, sin muchos “megapíxeles” diríamos ahora. Sea como fuere, dicho espejo está muy requetebién, y me confieso enamorado de la apariencia de nuestro mundo, trasunto, reflejo, chispa de la luz total. Como caminar a través de la lluvia, caminito de misa bajo el paraguas, con frío afuera y calor por dentro. Ese fuego de hogar que da la fe, esa manera de mirar distinta del que se sabe de paso, pero encantado de la vida que Dios mismo eligió para su Hijo en la primera Navidad, cuando descubrimos hasta qué punto lo pequeño es grande y cómo el cuerpo, la tierra, y hasta el frío de la lluvia se convierten desde esa noche en signo de esperanza, sacramento. Es lo que os deseo en esta nochebuena, en la que con rebrotes de pandemia, problemas económicos, amenazas de guerra, tragedias migratorias, como nunca sentimos que en nuestra fragilidad reside nuestra fuerza y en la incertidumbre la esperanza que brota de la fe. Feliz Navidad, queridos amigos y lectores, con este soneto:
NAVIDAD DEL DESCONCIERTO
En esta Navidad del desconcierto
cuando busca el migrante su destino
y el pobre, el refugiado, un camino
por este mundo triste, solo y yerto;
cuando el poder, el oro y su desierto
enajenan al hombre peregrino
que se aparta del calor divino
cerrando un corazón que estaba abierto,
muéstranos que el vacío de la cueva
y el arropo interior de tu cariño,
en la noche que brilla de alegría,
encarnan esa luz de Buena Nueva
por el cálido amor de un frágil Niño
que llora hoy en brazos de María.
Pedro Miguel Lamet
«Yo apoyaba mi brazo izquierdo en el diván. No pude contenerme y recliné mi cabeza sobre su pecho, como acostumbraba. Entonces el tiempo se detuvo. Sentía el calor infinito de su piel y su corazón latir como un corcel desbocado. Dicen que a la hora de la muerte transcurren en un instante ante nuestra vista todos los acontecimientos de nuestra vida. Algo así me ocurrió a mí, Juan, el discípulo amado, en aquel momento. Pero no como la sucesión cronológica de hechos de una biografía, paso a paso desde el nacimiento hasta hoy, sino como si bebiera toda mi existencia en un solo trago o como sobre la superficie de una hoja verde se concentra todo el sol que brilla en una gota de agua. Como si, desde una cima, pudiera contemplar todos los caminos que confluyen en subidas y bajadas, valles y abismos, en ese solo punto donde ya no hay caminos, sino solo presencia, solo amor sin medida.
Oía perfectamente la voz de Jesús; distinguía las reacciones de los discípulos, su desconcierto, su expectación emocionada, su sorpresa cuando tomó en sus manos el pan y el vino. Entonces me di cuenta de que yo no era un mero espectador. No sé lo que era. Quizás también aquella voz, aquel pan y aquel vino. Yo bogaba dentro del corazón del Señor hacia un templo infinito sin paredes que contenía todo el mar, los paisajes del universo, un camino de estrellas que se perdía en la noche sin tiempo hacia simas insondables, solo luz.»
Pedro Miguel Lamet
(Fragmento de mi libro «Las palabras vivas: Confidencias de Juan, el discípulo predilecto», ed. Paulinas Madrid, 2011) Foto: “Jesús y Juan” (Bajorrelieve) Está sobre la cabecera de mi cama.