Siempre hace buen tiempo

Category Archives: Autoliberación

La cuartilla en blanco

Nos pasamos la vida buscando en un mapa. Nacemos llorando porque acaban de arrojarnos a un mundo hostil, bien distinto del confortable líquido amniótico. Aprendemos para “ser alguien en la vida”, a encontrar nuestro camino en medio de una sociedad de competencias. Y, cuando, más o menos, parece que hemos alcanzado una cierta estabilidad en nuestro entorno, una mínima patria donde residir, comienzan los achaques, la cuesta abajo de las pérdidas, y el temor esencial del ser humano: ¿para qué la vida?, ¿dónde desemboca todo esto?, ¿qué hay detrás de la muerte?, ¿por qué nunca acabo de alcanzar la felicidad plena?

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Flotar sobre los deseos

Algunos creyeron que la mejor forma de desapegarse era huir. Simeón el Estilita escogió una columna en el desierto para alejarse del mundo. Pero la cueva y el desierto no privaron a San Antonio de las tentaciones. Nos llevamos con nosotros el saco de los deseos a la calle, al monasterio o a las antípodas de nuestro planeta.

Por eso el camino no es escapar, sino flotar como el pato en la superficie de los deseos. Muchas veces la renuncia ascética origina más deseos, los convierte en asignatura pendiente. Y el teóricamente santo se convierte en una persona con genio inaguantable o la intachable virgen en histérica a flor de piel.

El día en que te aceptes con tus deseos, sin pretender responder al ‟superego» (tu “personaje”, creado por la educación, la cultura), ese día habrás dado el primer paso.

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Corazón de maleta

Estatua de viajero, Oviedo (PML)

A este mundo venimos desnudos, y después del viaje de la vida nos vamos desnudos.

Pero para el trayecto necesitamos objetos: desde el cepillo de dientes a la cultura, pasando por un sinfín de adminículos: casas, libros, ropas, coches, tecnología, cuentas bancarias, pólizas de seguros, puestos, cargos y un largo etcétera. Es nuestra valija, la maleta del viaje.

El problema nace de nuestra relación con esa maleta.

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La parábola de la tortuga

La foto de la tortuga me ha recordado un cuento que Tony de Mello aplicaba al amor: “Un niño sintió que se le rompía el corazón cuando encontró, junto al estanque, a su querida tortuga patas arriba, inmóvil y sin vida. Su padre hizo cuanto pudo por consolarlo: “No llores, hijo. Vamos a organizar un precioso funeral por la señora Tortuga. Le haremos un pequeño ataúd forrado en seda y encargaremos una lápida para su tumba. Luego le pondremos flores todos los días y rodearemos la tumba con una cerca”. El niño se secó las lágrimas y se entusiasmó con el proyecto. Cuando todo estuvo dispuesto, se formó el cortejo –el padre, la madre, la criada y, delante de todos, el niño– y empezaron a avanzarsolemnemente hacia el estanque para llevarse el cuerpo, pero éste había desaparecido.

De pronto, vieron cómo la tortuga emergía del fondo del estanque y nadaba tranquila y gozosamente. El niño, profundamente decepcionado, se quedó mirando fijamente al animal y, al cabo de unos instantes, dijo: “Vamos a matarlo” “.

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La escalera del yo

Sandra era una chica guapa. Vino como loca a decirme que dentro de un mes iba a casarse. Su marido trabajaba de ejecutivo de una cadena de supermercados. Ella había estudiado en un colegio de monjas y todo le había ido sobre ruedas. Pertenecía a esas familias católicas, “gente bien” de toda la vida. Sus ojos brillaban bajo el velo blanco y sus manos temblaban cuando le dijo el “si” a Javier en una boda convencional y brillante. Sólo le quedaba vivir. Y la vida vino cobrando sus cuentas pendientes.

A los cinco meses de casada, Javier tuvo un accidente de automóvil. Enflaquecida, prematuramente vieja, vino a decirme que no quería seguir viviendo. Comenzó a darle órdenes a su subconsciente de que no podía salir de aquel agujero, una depresión que le mordía las entrañas. Hasta que al cabo del tiempo aceptó lo que le había ocurrido y comenzó a levantar cabeza. Empezó a bajar los peldaños de su escalera.

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El GPS de Dios

Iglesia de las Carboneras, Madrid. PML

Hoy reina en muchas personas la confusión y el miedo. Hay unos que materialmente buscan un camino para sobrevivir: los inmigrantes, refugiados, hambrientos. Otros, desde la soledad de un mundo hipercomunicado sienten la desorientación de la multiplicidad de mensajes y objetivos: el poder, el placer, el éxito, el dinero. Los medios y las redes sociales muestran caminos tentadores que, las más de las veces, acaban creando mayor frustración y vacío interior, si no son puras mentiras.
En los viajes por las carreteras y calles de nuestras ciudades es actualmente más fácil no perderse gracias al navegador por satélite, el GPS. ¿Por qué Dios no nos ha facilitado un GPS para encontrar el camino que nos realice, nos conduzca a la felicidad y llenumbre interior?
Si leyéramos con atención el Evangelio, lo encontraríamos:

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Afinar el violín

La violinista Lucía Luque

La tarea de una vida es como la de un gran músico con su violín.

Tiene que afinarlo para que alcance la gran armonía con toda la orquesta. Cuando suena así, a su tiempo, sin desafinar, contribuye al milagro artístico de la sinfonía.

Afinar el ego no es hacer mortificaciones, ni negarse a la vida, ni renunciar a nada. Es ser capaz de ir más allá de él mismo y observarlo. Cuando se armoniza con la sinfonía , él sólo  se afina, ocupa su puesto con el acorde justo.

Lejos de lo que mucha gente cree, esto no es un acto de voluntarismo.

       Es dejarse ser, no poner trabas, perderse en el maravilloso poema sinfónico de la vida. Como un pétalo, un árbol, un valle, un ave, un insecto, un río o una montaña, el ego tiene también su papel en el poema del universo.

     El concierto se estropea cuando un instrumento se empeña en destacar en todo momento o cuando suena cuando no le corresponde entrar en la partitura. No hay como mirar a los ‟famosos»,  determinados políticos, modelos, periodistas, escritores y estrellas de cine que no paran de figurar. Es el ego ridículo que dice ‟aquí estoy».

      Afinar el ego es hacerlo tan sutil que no estorbe con sus condicionamientos, que no son más que creaciones de su mente, y resituarlo para que deje ver..

y escuchar la armonía del resto del universo.

 

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La lluvia, retiro de la naturaleza

Lluvia  frente a la iglesia ‘Wieskirche’ b en Steingaden, (Alemania)

La lluvia lava el paisaje y lo difumina como pintándolo a carboncillo, y detrás de los cristales vaga nuestra melancolía en busca del sol perdido.

La lluvia es  el beso de Dios que fecunda la vida y hace florecer un futuro de primavera.  Invita al recogimiento.

Es  el silencio mojado de las cosas, el retiro que se impone a sí misma la naturaleza para gozar más del estallido de los colores. Un periodo más del ciclo que nos conduce de dentro a fuera, de fuera a dentro.              En los días de lluvia podemos escuchar la música del cielo acariciar la tierra o ‟cantar bajo la lluvia», sabiéndonos parte del mismo himno de amor.

También aprendemos a añorar el sol.

En los días de lluvia el mundo parece un jardín de monasterio y el corazón un huérfano solitario que sueña con la alegría. Esos días es como si el mundo entornara sus ojos para ver mejor entre la emoción de las lágrimas.

 

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Las enseñanzas del buho

En las culturas más antiguas el búho es el símbolo de la intuición. Todo ojos, es capaz de ver en la noche y su cuello puede girar casi al completo sobre su cuerpo. Y no es casualidad que sea uno de los animales que más fascinan a los niños. Quizás por su aspecto de estar perennemente alerta.

En Occidente le hemos dado demasiada importancia al conocimiento racional, al pensamiento lógico-matemático. Pero los grandes descubrimientos, desde el principio de Arquímedes al apriori de Kant partieron de una intuición. Esta manera de conocer es directa, por connaturalidad, de golpe, y engloba todo el ser. Es el modo de conocer de los artistas, los poetas, los genios, los amantes. Suele ir acompañado por la emoción y producirse como si de pronto se rasgara algo, como una visión.

Es verdad que las intuiciones pueden ser erróneas y necesitan ser examinadas por la razón para evitar fracasos. Pero ¿quién sabe lo que le pasa al hijo mejor que una madre? ¿Y cómo lo sabe? ¿Qué mejor descripción de un atardecer que la de Juan Ramón cuando sale a caballo al campo de Moguer: “A caballo va el poeta / ¡Qué tranquilidad violeta!”.

También la captación de nuestro ser y su entorno se da en la espiritualidad por una conexión intuitiva con el centro. Te sientas, cierras los ojos, respiras y percibes tu energía en comunión con la energía del Cosmos, como parte del Dios en que alientas, estás, eres. Se dirá que eso es mística. Pues bien, todo ser humano tiene siempre algo de místico.

En este no pensar surge la luz, la gran paz, la felicidad que somos y hemos olvidado. Nos falta la mirada contemplativa, como la de este búho coreano en medio de la nieve. Contemplar sin pensar.

Nuestras angustias proceden sobre todo del análisis, que parcializa, divide, se queda en un aspecto raquítico. Lo mejor de la vida es inexplicable, se capta de manera sintética, como un paisaje, una flor, una mirada una sensación de “más” que nos abarca y transporta. Lo que sucede es que para conseguirlo, hay que salir como el búho en plena noche, acallar la mente, cerrar los ojos de fuera para abrir los de dentro. “Lo esencial -¿recuerdan?- es invisible para los ojos”.

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El rostro de la diosa

Cuentan que un adepto quería ver el rostro a una diosa. Pero en el templo el rostro de la diosa estaba cubierto por un velo. Se decía que quien quitara el velo a la diosa y le viera el rostro al instante moriría. El adepto no pudo aguantar más. Se dijo: prefiero morir que vivir atormentado toda la vida con este anhelo. Fue al templo y destapó el velo. ¿Y qué vio? Se vio  a si mismo.

Nuestra más profunda identidad es divina. Somos centellas, chispas de esa luz, aunque no nos demos cuenta. Dios quiere pasar por este mundo en esta forma humana, con estos ojos, estas manos, estos pies.

Consideramos una blasfemia si tú o yo decimos “soy Dios”. Pero si un místico dice “soy Dios”, no hay problema, porque no habla su ego, habla Dios.

Lo que hacemos en el bautismo es reconocer mi unidad intemporal con Dios, señalar mi pertenencia a él.

Dios dice de cada niño o niña: “Este es mi hijo, mi hija muy amada”. Jesús sólo vino a redescubrirnos como hermanos suyos, hijos del Hombre, hijos de Dios.

El día que nos despertamos quitamos el velo a “la diosa” que somos.

 

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