Siempre hace buen tiempo

Category Archives: ARTICULOS

Píldoras milagrosas

Hace unos años un grupo de españoles confesaron haber encontrado el “elixir de la eterna juventud” o algo parecido, que lleva tiempo en las farmacias. Según sus descubridores, científicos del CSIC, este producto representa claramente «un avance mundial» contra el envejecimiento y para la prevención de importantes problemas de salud; pues se ha demostrado que «la ciencia no sólo da años a la vida sino vida a los años».

La pildorita se llama Revidox , tiene un precio, cada una, ligeramente superior al euro, se vende en cajas de treinta, y, como siempre, debe tomarse como complemento de una dieta sana y equilibrada y ¡durante toda la vida! Aparte de prolongar la vida celular y actuar por ello, como elixir contra el envejecimiento, este complemento alimentario no sólo rejuvenecería la piel, sino también actuaría en beneficio del resto de órganos (corazón, pulmones, estómago), reduciendo los problemas cardiovasculares y previniendo del cáncer. O sea, una maravilla.

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Contra el tsunami de negatividad

Trump, Putin, Maduro, Siria, terrorismo yihadista, refugiados, migraciones, hambre, corrupción, secuestros, pedofilia, secesionismos, guerras, falta de horizonte de soluciones políticas, depresiones, suicidios y un largo etcétera de noticias negativas nos ponen el corazón en un puño. Se diría que en las últimas décadas vivimos dentro de una nube negra de negatividad de la que es muy difícil sustraerse. A los informativos se ha unido la intoxicación de las redes sociales que, por si fuera poco, se inventan noticias falsas o las retroalimentan con oleadas de odio, insultos, agresividad. La consecuencia psíquica en nuestros ánimos podría ser fatal si no luchamos contra el poso destructivo que puede acumularse en nuestro subconsciente.

¿Cómo reaccionar? ¿Cómo salir de esa nube? ¿Cómo sobrevivir en medio de este tsunami que parece arrastrarnos?

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La cuartilla en blanco

Nos pasamos la vida buscando en un mapa. Nacemos llorando porque acaban de arrojarnos a un mundo hostil, bien distinto del confortable líquido amniótico. Aprendemos para “ser alguien en la vida”, a encontrar nuestro camino en medio de una sociedad de competencias. Y, cuando, más o menos, parece que hemos alcanzado una cierta estabilidad en nuestro entorno, una mínima patria donde residir, comienzan los achaques, la cuesta abajo de las pérdidas, y el temor esencial del ser humano: ¿para qué la vida?, ¿dónde desemboca todo esto?, ¿qué hay detrás de la muerte?, ¿por qué nunca acabo de alcanzar la felicidad plena?

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¡Quítate la careta!

Recuerdo haber leído una frase deI famoso novelista japonés Susako Endo: “Las personas nunca conocen su verdadero aspecto. Todo el mundo cree que esa máscara social falsa y afectada que luce es su auténtico rostro”. Desde niños, de forma inconsciente, cuando vamos alcanzando el uso de razón comienza en nosotros una difusa sensación de miedo a no ser valorados, a no ser queridos. Entonces nos comparamos con aquellos de nuestro entorno que reciben alabanzas, protección y cariño. “Mira tu hermano, qué bien se porta”. “Fíjate en fulanita, qué niña tan mona”. Y nos muestran un arquetipo, una figura ideal que debe ser imitada: el estudiante aplicado, la adolescente ordenada, el hijo obediente que nuestros padres y familiares han proyectado desde su “superego” para nosotros. O bien, para escapar de eso, elegimos personajes rebeldes o alternativos que nos atraen en el cole, el cine, la religión,  la calle como identidad apetecida.

Así arranca en mí la necesidad de ponerme una máscara, adoptar un determinado disfraz. A medida que crecemos el truco se hace habitual y se multiplica. Ya no adopto una sola careta, sino varias, según las circunstancias: una en casa y en familia, otra con los amigos, la tercera en la oficina, que también cambia ante el jefe, los compañeros de trabajo o los clientes. Solo cuando cerramos la puerta de nuestro cuarto emerge algo de lo que somos en verdad, y esa incoherencia nos pone tristes.

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Los diez mandamientos del 11-S

  1. No creerás en el dios todopoderoso del mercado salvaje y del consumo sin entrañas.
  2. No creerás en el dios de la destrucción y la muerte que guía todo ciego fanatismo.
  3. No te sentirás seguro nunca más por construir torres financieras y soberbios imperios económicos.
  4. No te sentirás predestinado a nada volando a sangre y fuego, que quien a hierro mata a hierro morirá.
  5. Descubrirás que el agujero del vacío y hasta el hueco de los escombros está mucho más lleno que la arquitectura del poder sin entrañas.
  6. Descubrirás que el odio terrorista está cavando más y más la inmensa fosa que hunde y divide a los aterrorizados hombres de este siglo.
  7. Despertarás al calor de los otros, gracias al dolor que te ha hecho más humano, en medio del frío desolador de rascacielos como témpanos.
  8. Despertarás de la mentira de un falso paraíso con que envían a la muerte a sus mártires todos los locos fundamentalistas de este mundo.
  9. Creerás de una vez que en la fragilidad está la auténtica fuerza y que sólo de los pobres es el reino de los cielos.
  10. Esperarás únicamente en el Dios del amor y de sus predilectos, las víctimas y los pequeños de este mundo, que no saben de dinero, ni razas, ni religiones.
  11. Estos diez mandamientos se encierran en dos: Cualquier atentado o guerra se vuelve contra el hombre, único Dios visible;y jamás habrá paz duradera en este mundo sin el cultivo de la justicia.

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El Seiscientos

Fue el primer coche para muchos españoles. Pequeño, coqueto, sencillo y utilitario, nos bautizó a muchos en la sensación de libertad que es conducir. Nos llevaba al trabajo y nos comunicó con el mar, la montaña, el campo. Aguantó acelerones y maltratos, y acompañó muchos sueños, urgencias, amores, miedos, partos, despedidas, escapadas. Ahora el Seiscientos –parece mentira–, es casi un objeto de museo. Lo han sustituido automóviles mucho más ostentosos, potentes y agresivos, que simbolizan el estatus, el orgullo y las apetencias del hombre de hoy, cada vez más competidor y agresivo. ¿Y nosotros? Como la gente de la acera, seguimos pasando y buscando insatisfechos alcanzar un destino que las cosas no pueden proporcionarnos. Y ellas nada serían, si nosotros no les prestamos un poco de alma: lo mismo un árbol que un Seiscientos.Facebooktwitterredditpinterestlinkedinmailby feather

Cómo curar la herida

Decía Oscar Wilde que “el dolor es una herida que sangra siempre cuando la toca cualquiera mano que no sea la del amor; y, si esta la toca, sangra, si bien no es tanto el sufrimiento”.

El director de MAS ALLÁ me pide que toque la más sangrante herida que ha sufrido este país en su historia contemporánea con la mano dulce de la terapia, a ver si podemos integrar tanto dolor. Pero mucho me temo que la herida seguirá sangrando y tardará mucho en cicatrizar.

Sólo se me ocurre tocarla con la mano del amor, la única que nos puede salvar del odio, de la xenofobia, de la revancha y, sobre todo de la amargura.

Tengo clavadas, supongo que como cualquier madrileño, las imágenes del fatídico 11-M, que sólo se diferencian del no menos horroroso 11-S en que aquí lo terroristas, que no  conocen otra dialéctica que la del espanto, cortaron las venas a la España trabajadora y joven que desembocaba en la capital en madrugadores trenes de cercanías.

Madrid lloraba, pero con una sobriedad pasmosa. Madrid se volcó con sus heridos,  pero sin desmelenarse, sin gritar, con la amorosa mano de la rapidez y la eficacia. Madrid veló sus dos centenares de muertos sin diferenciar raza, color, edad o procedencia, con un silencio contenido de plegarias y una vigilia de temblorosas velas encendidas.

Luego vino el día después, tan difícil, sin él, sin ella, sin padre o madre, con el agujero de la ausencia. Vino la hora de tragarse las lágrimas mientras la vida sigue. Y la gran pregunta: ¿Qué nos espera en nuestro país? Seguiremos siendo objetivo terrorista internacional. ¿Servirá este mar de sangre para ahogar definitivamente el absurdo odio terrorista de ETA?

¿O haremos crecer entre nosotros un nuevo y absurdo odio xenófobo y racista?

Creo que la respuesta está en cada uno de nosotros. Para mí está en la pasión del pueblo, en la dignidad con que ha llevado hasta ahora esta cruz inesperada, en el impulso de solidaridad con que las manos más dispares se han estrechado frente a esos trenes tranformados en tumbas.

Los terroristas deben ser castigados con toda la fuerza de la ley, sí. Pero sería un terrible error responder como ha hecho Israel contra Ahmed Yassin, el líder de Hamas, exterminado junto a siete personas más en un asesinato de Estado. Lejos de detener el río de sangre, ese atentado “legal” engendrará más muerte y fanatismo.

Dicen que los pequeños dolores blasfeman y claman al cielo, pero que los grandes ni blasfeman ni gritan: escuchan. Esta es la experiencia que hemos vivido en Madrid tras la matanza y la increíble manifestación y la fuerza de las urnas, que no hay mayor fuerza que la unión y el silencio. ¿Qué hemos escuchado los atónitos españoles y madrileños estos días? Quizás que una mano, la del amor, es la única que puede curar la herida.

(Publicado en la revista Más allá)Facebooktwitterredditpinterestlinkedinmailby feather