
La procesión de la borriquita era para los niños de entonces no solo el arranque de las vacaciones de Semana Santa, sino una explosión de alegría a nuestra medida. Salía por la tarde, a diferencia de otras cofradías nocturnas de la ciudad, y respiraba la algarabía del Domingo de Ramos.
Jesús es rey, pero el rey de los pequeños, no a lomos de un blanco caballo de caudillo mesiánico sino de un humilde asno mediterráneo, manso y amable bajo el sol. Con armas tan inofensivas con las palma y olivos y con al aplauso del pueblo sencillo que abarrota los caminos.
Siempre me ha impresionado el contraste de este domingo: la entrada triunfal en Jerusalén y la soledad que queda después de la fiesta, con los ramos pisoteados y marchitos, con un Jesús solo por el camino de Emaús y la amenaza pesando sobre sus espaldas. Es duplicidad de fiesta/sufrimiento, éxito/fracaso, alegría/tristeza, trasunto de la vida humana.
Una vivencia inefable que he intentado sugerir en este soneto: