Pedro Arrupe

ARR4 650531 ROMA retrato2 1 CaTESTIGO DEL SIGLO XX Y

PROFETA DEL XXI

 

 Un hombre para la eternidad

 

Por Pedro Miguel Lamet

 

El título del film de Fred Zinneman, A man for all seasons, “Un hombre para la eternidad” (literalmente “Un hombre para todas las épocas”) viene como anillo al dedo la figura de Pedro Arrupe, porque, además de que la autenticidad y la coherencia siempre fueron virtudes que retaron al paso del tiempo, hoy podemos comprobar que este vasco universal se adelantó proféticamente a los desafíos que nos presenta el nuevo milenio.

Recientemente,. con intención de dedicarle un monográfico, el galardonado programa de Radio Nacional de España Fin de siglo estuvo buscando en sus archivos documentos sonoros sobre este singular personaje. Dio con muchas, variadas e interesantes declaraciones en su propia voz y con otras de sus contemporáneos, que fueron emitidas en su día y recogidas de nuevo en el citado programa[1]. Entre ellas no puedo menos que reproducir un párrafo del lúcido cardenal de la transición española Vicente Enrique y Tarancón: “El padre Arrupe, que era un profeta, era excepcionalmente carismático, intuía el futuro. Y por eso iba adelante de muchos que no acertaban a seguirle, porque no podían seguir su paso; y por eso no es sólo un hombre de su tiempo, sino un hombre que pretendía preparar a sus compañeros para el futuro, para ese tercer milenio donde las aguas se irán serenando y puedan realizar la labor que tienen encomendada”.

Han pasado diez años de la muerte de Pedro Arrupe y once de la primera edición de la biografía que escribí cuando aún no había fallecido[2]. Recuerdo que entonces los editores desconfiaban  de su éxito. Iba a aparecer en una colección de hombres de hoy, entre los magnates del poder político y las finanzas, tras las biografías del por entonces presidente del Gobierno español, Felipe González, y de los banqueros Mario Conde y Carlo de Benedetti, entre otros.

Aunque su peripecia humana y espiritual resultaba apasionante y desde luego más universal que los anteriores personajes, la duda radicaba en si Pedro Arrupe era en aquel momento suficientemente conocido. Los editores hicieron incluso un estudio de mercadotecniay advirtieron que el aún vivo general de los jesuitas, aundespués de haber sido frecuente tema de primera página de los periódicos, era en aquella época un desconocido para los españoles menores de treinta años. Pese a ello, el libro se lanzó masivamente, aunque sin demasiada publicidad ni presentación pública. Nadie creía que iba a superar un par de ediciones. Pero la realidad es que su venta fue un éxito y ha seguido reeditándose y traduciéndose a distintas lenguas. Hoy, mientras aquellos personajes de la política y las finanzas están en palmaria decadencia, la figura de Arrupe crece cada día. ¿A qué se debe tal fenómeno? ¿Al influjo de los jesuitas? ¿Al poder difusor de una potente editorial? Evidentemente que esos factores han ayudado a la divulgación de la biografía. Pero la razón de fondo es que la fuerte personalidad, el pensamiento y el atractivo de este testigo del siglo XX y profeta del XXI siguen vigentes.

 

Con el futuro en la médula

Lejos de envejecer, las ideas y propuestas de Arrupe responden más que nunca a la problemática actual y a los desafíos del nuevo milenio. Quizás por eso este sucesor de Ignacio de Loyola fue incomprendido de algunos de sus contemporáneos e incluso de la jerarquía de su propia Iglesia. Porque se adelantó a su tiempo, ya que una de sus frases favoritas era: “No podemos responder a los problemas de hoy con soluciones de ayer”. No se resignaba a que la Iglesia y los jesuitas, se refugiaran en los cuarteles de invierno y, con un concepto inmovilista de la ortodoxia, abandonaran la plaza del diálogo con el mundo y la cultura contemporáneos. Quería hombres de esos que “tienen el futuro en la médula de los huesos.”[3]

Es curioso comprobar cómo diez años después las ideas de este carismático general  siguen interpelándonos. Hoy asistimos al desencanto de la tecnópolis, la injusticia de la globalización y el pensamiento único. Arrupe habló del “inmenso vacío espiritual actual, que ni el progreso técnico ni la ideología materialista pueden colmar”. Intuía ya la frustración de una sociedad consumista, mal llamada del bienestar, y del ciudadano que, tras la esperanza de haber rozado con los dedos la libertad prometida, comprueba cómo su sueño se desvanece “cuando ve a los hombres completamente divididos, envidiosos y desconfiados unos de otros y cuando descubre que la comunidad, destinada a ser fuente principal de seguridad y apoyo, amenaza con absorberle, privándole incluso de su libertad e identidad personal”[4]. Bastaría para refrendar este hecho con echar ahora mismo una ojeada al panorama político mundial y el poder casi absoluto de algunas multinacionales y gigantes de la comunicación.

El entonces general de los jesuitas veía la cultura como un ideal humano, como “el despliegue armonioso de todo el hombre y de todo hombre”. Pero constataba los comienzos de una fuerte crisis cultural. Percibía cómo estábamos instalándonos ya durante los años setenta en un cambio radical y demasiado rápido, que “no se realiza en forma rectilínea y homogénea, sino en medio de fuertes tensiones y conflictos[5]. Un mundo que él veía sufriendo por las consecuencias de un colosal “desorden”: “La riqueza, en vez de servir para cubrir las necesidades primarias de la mayor parte de la población, frecuentemente se utiliza mal y se despilfarra”[6]; y, tras un diagnóstico de lo que se gasta en armas y elementos de destrucción, este privilegiado testigo de la bomba atómica, arguía que la única solución no podía alcanzarse “cambiando simplemente las estructuras y las instituciones, si no se cambia también el pueblo que vive en ellas”. Un cambio personal que ya comenzamos advertir como un imperativo en el estallido de la solidaridad, y una revolución global, a través de unas organizaciones internacionales que el padre Arrupe apreciaba como de capital importancia para la transformación mundial. .

Juventud  y pensamiento débil

También en la denuncia de la situación injusta del Tercer Mundo y los países en vías de desarrollo se adelantó a su tiempo. En contacto con la pobreza descubrió “la desconfianza profunda, la sospecha anidada en aquellos hombres que los lleva a pensar que los países industrializados son los responsables esenciales de su miseria y de la dificultad de salir de ella”[7]. Hoy además valoramos más que nunca su aprecio de las culturas autóctonas y el mestizaje.”Al mismo tiempo he descubierto también la riqueza de este Tercer Mundo: la riqueza de una cultura humana auténtica escondida bajo la pobreza y la miseria. He experimentado la energía natural y la vitalidad espiritual sin fisuras de aquellos pueblos”[8].

Sus ojos miraban penetrantes a una juventud reconocible hoy en nuestras calles. Desde una fuerte y optimista fe en los jóvenes y la renovación, contra el formalismo “convencionalista, etiqueta, pura forma”, y a favor de la “sencillez, la naturalidad, le espontaneidad y solidaridad”, descubría en ellos un idealismo impaciente; una generosidad que se muestra en forma de servicio; autenticidad frente a fariseísmo; sensibilidad hacia el hombre, especialmente hacia los más necesitados, y un espíritu universal, porque el mundo se ha empequeñecido. Y eso que todavía no existía Internet, ni la explosión de la informática, ni las plataformas digitales y el teléfono móvil. Este universalismo de ciudadano del mundo lo llevaba muy dentro: “Me siento universal. Nuestro papel, de hecho consiste en trabajar para todos y por ello trato de tener un corazón lo más grande posible y de comprender a todos”, dijo en una entrevista a la RAI. Era un ciudadano del mundo, que abogaba por el pasaporte universal.

Sin embargo también acusaba a los jóvenes ‑y el tiempo le ha dado la razón‑, de algunos rasgos de “superficialidad y sensacionalismo”. “Vivimos -decía‑ en una civilización esencialmente sensorial, hecha de imágenes, de fuertes percepciones… Se advierte, a veces, cierta debilidad psicológica en las nuevas generaciones”, y señalaba como “una contradicción que ocasionalmente puede observarse en ellas, y en el contraste existente entre sus buenos deseos y la madurez que se necesitaría para llevarlos a cabo”[9]. Intuía el llamado “pensamiento débil”.

Estaba convencido de que la sociedad del futuro tenía que ser “una sociedad frugal”, absolutamente necesaria “para la supervivencia material y social del género humano”. Se pronunció contra el derroche y a favor de una política de austeridad. Este párrafo, por ejemplo, podría aparecer en un artículo de fondo de cualquier rotativo serio de hoy mismo: “Al consumista egocéntrico, egoísta, obsesionado más por la idea de poseer que de ser, esclavo de las necesidades que él mismo se crea, insatisfecho y envidioso, y cuya única regla de conducta es la acumulación de beneficios, se opone el hombre servidor, que no aspira a poseer más, sino a ser mejor, a desarrollar su capacidad de servir a los demás en solidaridad y sabe contentarse con lo necesario”[10].

 Compromiso de sangre

Para Pedro Arrupe el compromiso con la justicia desde la fe exige “acción en una multitud de campos, político, social y económico. La opinión pública debe ser movilizada, rotas las barreras del prejuicio o la indiferencia, presionados los políticos y los legisladores para que actúen”. Aunque tal actitud comportara sufrimientos: “Habrá ocasiones en que nuestro compromiso por la justicia en el mundo nos costará caro y exigirá sacrificios personales o corporativos en grados diferentes. En estas ocasiones podemos sacar fuerzas de los primeros cristianos, que tuvieron que sufrir por su fe y estimaron un honor hacerlo por el nombre de Jesús. Podemos también sacar fuerzas viendo tantos hombres, mujeres y niños, por todo el mundo, que en estos mismos momentos están sufriendo por la causa de la justicia. Algunos están en prisiones o en campos de concentración, sin acusación o con falsas acusaciones contra ellos; algunos están viviendo en servidumbre, algunos están siendo sometidos a torturas o arrojados al destierro. Muchos de ellos saben que estamos aquí hoy y nos miran con esperanza ¡Ojalá nos les fallemos! ¡Ojalá nuestras Iglesias y las organizaciones a las que pertenecemos, lleguemos a ser defensores sin miedo, de los derechos y la justicia, cuéstenos lo que nos cueste en término materiales, políticos u otros”[11].

El profeta Arrupe parecía estar viviendo el actual florecer de las ONG, del voluntariado y cooperantes, del movimiento del 0’7, por la condonación de la deuda externa y la reciente fuerte reacción de los movimientos antiglobalización. “Hay unos que mueren por inanición y otros por exceso de colesterol. El hambre es la hija natural de la injusticia, una injusticia que los países ricos pueden evitar. Pero digámoslo claramente: No quieren.”[12]

Arrupe con esta audacia en sus denuncias veía claro  lo que iba a costar en el futuro a la Compañía de Jesús el compromiso con la justicia. En una entrevista al diario Avennire, concedida en 1977, comenta el coste humano y de sufrimiento que ya por entonces se percibía tras la expulsión de los jesuitas del Paraguay el martirio del padre Burnier:”Temo que en el futuro nos veremos obligados a pagar semejantes costos no sólo en estos y otros países latinoamericanos, donde los jesuitas luchan por el servicio a la fe y la promoción de la justicia”. También en esto la historia le ha dado la razón. En 1989 se produce la matanza de Ellacuría y sus compañeros. Van cerca de 40 jesuitas muertos en países del Tercer Mundo por este compromiso.

Pero tal línea no fue bien comprendida en su tiempo, como todo el mundo sabe. Un Papa venido del Este y firme luchador contra el marxismo vería sospechoso a un hombre que profesaba como talante humano el diálogo con todos y la tolerancia, y que pensaba que antes que predicar hay que dar trigo a los que se están muriendo de hambre. También en este sentido son esclarecedoras las recuperadas declaraciones de Tarancón:”Cuando ellos [los jesuitas] quieren comprometerse en la instalación de la justicia en el mundo y por lo tanto en defender a los oprimidos y marginados como una exigencia de la fe, como las estructuras injustas no pueden superarse si no es con medios más o menos políticos, seamos claros, el deslinde entre una actividad religiosa y ese compromiso tiene sus quiebras y dificultades. Y entonces es cuando cayó sobre la Compañía y sobre el padre Arrupe una especie de sospecha. Los medios de información internacionales hablaron de que era un revolucionario y de que sería casi obligado que presentara la dimisión.”[13]

El desparecido “cardenal del cambio” relacionaba esta problemática con la Teología de la Liberación, que, como se sabe, ha sido en la última década duramente reprimida y reconducida desde Roma: “Porque lo nuevo que tiene la Teología de la Liberación es que, si hasta ahora se había hecho la teología mirando a la Palabra de Dios exclusivamente y algunas veces podía acontecer que la teología iba por un camino y el mundo por otro, ahora se mira al mundo, porque la teología es para que el mundo viva en cristiano. Eso tiene sus quiebras y sus dificultades, porque esas cosas del mundo son contingentes, pero es el único camino para hacer una labor eficaz y para que el Evangelio pueda adaptarse sin perder nada de su fuerza a la mentalidad, a la cultura y la psicología de los hombres de hoy. Eso es lo que quiso hacer el padre Arrupe”[14].

Sigue Tarancón:A “En la Iglesia también pueden cometer errores unos y otros. Todos creen que obran con recta intención y cumpliendo la voluntad de Dios. Pero creo que el padre Arrupe podía ver en esa actitud del Papa [la desautorización del general y su intervención en la orden],  hecha con recta intención sin duda alguna, algo anormal para la vida de la Compañía. Y eso lo había de sentir realmente de una manera extraordinaria. De toda suerte es maravilloso el ejemplo que el padre Arrupe y todos los jesuitas dieron en esta ocasión. De tal manera que el propio Papa que hizo aquello, Juan Pablo II, tuvo que reconocer después en la primera reunión de los provinciales que le había edificado extraordinariamente la actitud que habían tomado los jesuitas. Nadie se lo esperaba, pero el padre Arrupe sufrió, sufrió más porque ya no era contra él, al ser contra el otro, “el vice”[i], era contra la Compañía y eso es lo que quizás le hirió más en aquella circunstancia”.

         A continuación Tarancón, con su típico lenguaje sutil y sabiamente “político”, sugiere la presencia de grupos de presión en la Iglesia: “Al rededor de la autoridad, sobre todo cuando es una autoridad muy importante, el deseo de aprovecharse de ella por otra es una cosa común a todos los hombres e incluso a grupos de presión. Es una cosa muy explicable y muy humana. Pero, sobre todo, está el Espíritu Santo que rige los destinos de la Iglesia a pesar de esos fallos que tenemos los hombres. El padre Arrupe ha merecido después de parte del Papa y de todos los de la Secretaría de Estado una admiración, porque han visto que ha sido un hombre extraordinario, que ha obrado siempre con rectitud de intención. Por eso el Papa ha tenido unas delicadezas con él, como ir a verle varias veces, para demostrar que se trataba de un hombre excepcional en la Iglesia”[15]

 

Europa  y la Iglesia

Lo mismo se puede decir en torno a un tema tan actual como el de la situación de la mujer. En una nutrida rueda prensa celebrada en Puebla (México) dijo que la participación del mujer en las decisiones de la Iglesia “vendrá”, pero que hace falta “paciencia”, lo que provocó la hilaridad de los periodistas. Es curioso: La penúltima congregación general de los jesuitas dispone que una mujer pueda llegar a ser rectora de una universidad de la Compañía.

En fin poco a poco fue madurando y comprometiéndose cristianamente con su mundo este testigo y profeta del siglo XX, en otros temas tan de hoy  como  inculturación, xenofobia, diálogo Oriente‑Occidente, desarme, y ecumenismo, hambre, espiritualidad, vida religiosa y un humanismo sin fronteras.

Este humanismo compromete también a la Unión Europa, que diez años después es ya una realidad en el euro, pero que parece cerrarse en su propio  autocomplaciente y ambiguo estado del bienestar. Arrupe soñaba con “un humanismo abierto al mundo entero”. “Y en este sentido ‑añadía‑ Europa en la medida en que uniéndose aumenta sus posibilidades, deberá acrecentar su solicitud por distribuir, en espíritu de diálogo, respetando el valor de los demás y en el convencimiento de tener que recibir tanto cuanto pueda dar. Así, Europa no podría concebir su desarrollo independientemente de los países todavía menos favorecidos o menos desarrollados. Tal vez podríamos ejercer influencia cerca de nuestros gobiernos para que reconozcan plenamente su enorme responsabilidad en este punto. Oímos frecuentemente hablar de la situación explosiva del Tercer Mundo, pero ¿nos preguntamos si nosotros, los europeos, no tenemos una parte de la responsabilidad de esta situación?”[16].

Respecto a la Iglesia creía profundamente en la necesidad de respetar el pluralismo: “El pluralismo en la expresión de la fe no sólo no es un mal necesario, sino un bien al que hay que aspirar, que permite la manifestación y desarrollo de los dones naturales y sobrenatural de Dios. Mientras que la unidad se mantiene por la unicidad de la naturaleza humana y la unidad del espíritu que anida vida y todo esfuerzo. El Espíritu Santo realiza el deseo, humanamente imposible (y sin embargo más profundo del hombre) de la unidad radical en la más radical diversidad”‘[17]. Y opinaba que los valores democráticos, hoy tan apreciados en la sociedad y olvidados en la Iglesia, no son ajenos al Evangelio:”Hoy hay una crisis de obediencia y de autoridad. De modo que la participación de la base es muy necesaria. Y esto va mucho en la línea de San Ignacio. De manera que hoy se va a una corresponsabilidad en una decisión que es del superior. En la Compañía de San Ignacio hay muchos elementos democráticos que facilitan la decisión”[18]. Tanto respetaba la libertad de sus súbditos que aprendía de ellos, mientras era enormemente exigente consigo mismo. Luis Urbez, que acababa de especializarse en cinematografía en Italia, le preguntó una vez qué pensaba el padre General sobre la forma de trabajar apostólicamente en el mundo del cine y los medios de comunicación. La respuesta de Arrupe fue la siguiente: “No somos los superiores los que hemos de decir lo que hay que hacer. Usted que sabe de la materia, dígame a mí lo que yo debo hacer[19]”.

Por esta y otras razones se le acusó de secularizar a la Compañía. Su respuesta era siempre la misma: “No digo que la Compañía se secularice, sino que se adapta apostólicamente al mundo que se seculariza, lo cual produce transformaciones que siempre tienen sentido apostólico”[20]. Ahora las acusaciones  apuntan a lo contrario:  Que por miedo a los efectos de la secularización  la Iglesia está perdiendo contacto con el mundo y capacidad de diálogo con la cultura actual.

 

 

 

   Consecuente vida interior

Hoy más que nuca la clave de la fuerza y perenne actualidad del mensaje de Arrupe está en su autenticidad y vida interior. Si hubiera que sintetizar su vida en una de las mil anécdotas que relato en mi biografía elegiría esta: Cuando daba catequesis de adultos como misionero en Japón, un viejo japonés le miraba sin pestañear y sin que durante seis meses dijera una palabra ni a favor ni en contra. Arrupe, extrañado, se atrevió un día a preguntarle: “¿Qué opina usted de mis explicaciones?”. El japonés respondió: “No puedo opinar porque no he oído nada. Soy completamente sordo. Pero me basta con mirarle a los ojos. Usted no miente. Lo que usted cree, eso creo yo”. Vivía realmente, irradiaba lo que predicaba. Estaba convencido que evangelizar antes que hablar es “ser”, como explica en una charla a los seminaristas de la India[21].

Su último secreto era una profunda fe y espiritualidad, que le mantenían en su continuo optimismo: “Dicen que soy optimista y lo creo. Me parece una gracia de Dios en estos momentos tener un temperamento optimista. La razón de ser de ese optimismo es que yo tengo una gran confianza en Dios. Y estamos en sus manos”[22]. Una confianza que procedía de su encantadora sencillez y humildad: “Soy un pobre hombre que procura estropear lo menos posible la obra de Dios.”[23].Que no tenía miedo a la inseguridad: “Sigo manteniendo enteramente hoy todavía lo que dije entonces: ‘Tan cerca de nosotros no había estado el Señor acaso nunca, ya que nunca habíamos estado tan inseguros’.”[24]

       Muchos me han preguntado cuales eran las frases evangélicas preferidas del padre Arrupe. No es difícil imaginarlas. Pero es que además contamos con una selección realizada por él mismo,  que es en realidad un autorretrato:

 

·        SENCILLEZ: “Bienaventurados los pobres de espíritu” (Lc 6,20).

    ·    PROVIDENCIALISMO: “Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se  preocupará de sí mismo” (Mt 6, 34).

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·        NO-VIOLENCIA:“Al que te abofetee en la mejilla derecha preséntales también la otra” (Mt 5,39).

·        DESPRENDIMIENTO:“Al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto” (Mt. 5,40)

·        GENEROSIDAD Y SERVICIO:“Y al que te obligue a andar una milla vete con él dos”. Mt.5,41).

·        HUMILDAD INTELIGENTE.“Cuando seas convidado, ve a sentarte en el último puesto”(Lc 14,9).

·        COMPROMISO PROFÉTICO.“Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigna y digan con mentira    toda clase de mal contra vosotros por mi causa”( Lc 6, 22).

·        AMOR CRISTIANO:“Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan”(Mt 5,44).

·        SABIDURÍA Y RENUNCIA:“Quien intente guardar su vida la perderá; y quien la pierda la conservará”( Mt 10, 39)[25].

         O, como se revela en una oración  hasta hace poco inédita, que fue escrita en los

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años cuarenta al comienzo de su vida misionera y enviada a uno de sus colaboradores de Japón. Tendría unos treinta y tantos años de edad entonces. Acababa de llorar contemplando el puerto de Yokohama al avistar por vez primera su anhelado Japón. El texto revela, además de su carácter apasionado, un juvenil, fogoso y hasta  loco amor a Jesucristo, que sería el secreto y el motor de su vida. Es casi como la carta de un enamorado.

    “Jesús, mi Dios, mi redentor, mi amigo, mi íntimo amigo, mi corazón, mi cariño: Aquí vengo, para decirte desde lo más profundo de mi corazón y con la mayor sinceridad y afecto de que soy capaz, que no hay nada en el mundo que me atraiga, sino tú  sólo, Jesús mío. No quiero las cosas del mundo. No quiero consolarme con las criaturas. Sólo quiero vaciarme de todo y de mí mismo, para amarte sólo a ti..

Para ti, Señor, todo mi corazón, todos sus afectos, todos sus cariños, todas sus delicadezas. ¡Oh Señor!, no me canso de repetirte: Nada quiero sino tu amor y tu confianza. Te prometo, te juro, Señor, escuchar siempre tus inspiraciones, vivir tu misma vida. Háblame muy frecuentemente en el fondo del alma y exígeme mucho, que te juro por tu corazón hacer siempre lo que tú deseas, por mínimo o costoso que sea. ¿Cómo voy a poder negarte algo, si el único consuelo de mi corazón es esperar que caiga una palabra de tus labios, para satisfacer tus gustos?  Señor, mira mi miseria, mi debilidad. Mátame antes de que te niegue algo que tú quieras de mí. ¡Señor, por Madre! ¡Señor por tus almas! Dame esa gracia…[26]

Posteriormente con los años sus oraciones se fueron haciendo más sobrias y profundas, pero no menos ardientes y sinceras. De aquí su enorme alegría y confianza:   “Yo tengo una gran confianza en Dios y estamos en sus manos. De modo que no pueden salir las cosas mal nunca, si uno sigue la voluntad de Dios aunque uno tenga que sufrir[27].   Así era la fe de Pedro Arrupe. Y no es cierto que no se la pidiera también a los jesuitas. Hay cientos de documentos que lo corrobaran. Lo que pasa es que nunca lo hizo de forma autoritaria o fiscalizadora, sino siempre desde el respeto profundo que merece toda persona, y, sobre todo, en cristiano, toda conciencia. Es más, con verdadero cariño. Por ejemplo, en vez de un documento airado o exigente, dando un palo a sus súbiditos, les envía una oracíon en que el, sorprendido y atónito, se queja ante su Señor de que sus compañeros jesuitas contemporáneos no tenga más vida eucarística.                                                                                                                                                     

En fin con este artículo sólo he pretendido mostrar la increíble vigencia de las ideas del padre Arrupe diez años después de su muerte[28], aunque lo más apasionante y convincente es su propia vida, en la que se aprecian esas ideas hechas carne y sangre.

Creo que los hechos desnudos demostrarán  que esta este hombre  veía más allá de las circunstancias de su tiempo, “un profeta excepcionalmente carismático que intuía el futuro”, como dice Tarancón. Además he comprobado personalmente hasta qué punto Pedro Arrupe sigue fascinando. No son pocas las  personas que aseguran haber experimentado una profunda transformación en sus vidas tras conocer la biografía de Arrupe o que desean acceder a sus escritos o que quieren aportar sus propias experiencias.

La beatificación

Después de la beatificación de  Juan XXIII, el Papa que abrió al mundo de par en par las ventanas de la Iglesia,  no son pocos los que se preguntan si subirá alguna vez a los altares Pedro Arrupe. Como dice el arzobispo de Milwaukee (EE.UU.), Rembert Weakland, sólo la historia podrá hacerle justicia. Este prelado,  que fue superior general de los benedictinos, creía escribir algo osado en The Catholic Herlad, cuando recién muerto  le decía al padre Arrupe: “Ahora que has muerto, puedo decir lo que siempre sentí acerca de ti: de todas las personas que he conocido, tu has llegado más que ninguna a poseer las cualidades necesarias para la canonización. La historia mostrará que tengo razón; en este momento es demasiado pronto para hablar de tales cosas”. Esto escribía en 1991. Hoy varias provincias jesuíticas de todo el mundo han pedido ya a la Congregación General de la Compañía de Jesús que dé los pasos necesarios para solicitar la apertura del proceso. Hasta ahora este proceso aún no se ha incoado.

         Sin embargo, aunque este se llevara acabo, no deja de producir cierto miedo el que, se convierta en “un santo”más. Porque la principal fascinación que produce este personaje es precisamente que su espíritu cobra vida a través de su encantadora humanidad, y a los santos solemos ponerles una aureola y subirlos a una peana, lo que muchas veces nos los convierte en lejanos e inasequibles. Otro factor es que la Compañía ha podido querer distanciarse de otros grupos eclesiales que se han caracterizado por su impaciencia por conseguir que sus miembros suban  rápidamente a los altares.

         Continúa el citado arzobispo Weakland, dirigiéndose al fenecido Pedro Arrupe: “Aquellos años finales de sufrimiento deben haberte purificado más aún de lo que cualquiera de nosotros pudiera pensar. Cada vez que te visitaba, sentía un profundo sentimiento de compasión, aunque venía mezclando con indignación, porque parecía que habías sido tratado tan mal por la autoridad superior justamente antes de la embolia cerebral. Que la historia juzgue.Confiaste en la gente y escuchaste mucho. Como resultado de esto, pudiste delinear rápidamente lo que estaba sucediendo y cómo buscar soluciones con mayor profundidad. En aquellos días fuiste un modelo de sabiduría al cual acudíamos para recibir claridad. Aunque parezca raro, presiento que  el día en que serás reconocido está próximo”.

Por todo ello la figura de don Pedro ha ido creciendo con el tiempo. Durante estos últimos años se ha convertido en un símbolo de audacia cristiana y compromiso evangélico. Dicen mucho a este respecto las significativas palabras que le dedica el teólogo no jesuita, Gustavo Gutiérrez, reconocido como padre de la Teología de la Liberación y que resumen bien su papel en la sociedad y la Iglesia: “Arrupe es uno de los grandes hombres de la Iglesia de nuestra época. Alguien que, según la bella expresión de Juan XXIII, supo mirar lejos”.

Así el paso del tiempo va arrojando nueva luz, cada vez más nítida sobre Pedro Arrupe.. Aunque no parece que aún haya llegado el tiempo en que sea plena y oficialmente reconocido, a pesar de que monseñor Weakland presentía próximo ese momento, por la tradición de la Iglesia sabemos que los grandes santos se defienden por si mismos. Si Arrupe lo es, llegará a ser reconocido. No es tan importante que la ciudad de Bilbao le haya dedicado una calle –un pasadizo propiamente–, o que docenas de aulas culturales e instituciones lleven su nombre, como que viva en el recuerdo, la imitación y admiración de las gentes. Es verdad que aún no se han dado pasos decisivos para conservar eficazmente su memoria, como sería crear un pequeño museo en su casa natal, difundir sus ideas o, sobre todo, incoar el proceso de su beatificación. Tampoco han pasado los años  reglamentarios para que se puedan investigar los archivos de la curia de los jesuitas con documentos que permanecen secretos por afectar a personas vivas y que estoy seguro reforzarán el perfil humano de esta señera figura de la Iglesia del siglo XX. Hay que dar tiempo al tiempo. Mientras tanto, su verdad  va abriéndose paso suavemente, como él solía deslizarse  por lavida, casi pidiendo perdón, con gran sencillez, con enorme respeto, sin molestar nunca a nadie ni armar ruido, como si siguiera obsequiándonos aun hoy con una de sus encantadoras  sonrisas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


[1] Emitido la primera vez el Viernes Santo de 1999.

 

[2] Pedro, Arrupe, una explosión en la Iglesia, ed. Temas de Hoy. Madrid, 1989. Reedición puesta al día con el título Arrupe, profeta del siglo XXI, Madrid, 2001

[3] Entrevista concedida a la revista Mensaje, 1973

[4] La Iglesia, portadora de las esperanzas de los hombre”, conferencia en el Congreso de Antiguos  Alumnos de Europa, en Padua, 28‑8‑1977, en La Iglesia de hoy del futuro, pág. 87‑98.

 

 

[5] Conferencia en el Katholikentag, en La Iglesia de hoy y del futuro, pág. 43.

 

[6] Hambre de pan y de evangelio, pág. 41.

 

[7] “Fe y justicia: Una tarea para los cristianos de Europa” en Hambre de pan y de evangelio, pág. 69 y ss.

 

[8] Ibid., pág. 71.

[9]  “El modo nuestro de proceder”, Roma, 18.1‑1979, La identidad del jesuita en nuestros tiempos, pág. 69 y ss.

 

 

[10]  “Nuevo servicio para el mundo de hoy”, conferencia en el III Congreso de Religiosos de América del Norte y del Sur, Montreal, 21‑11‑1977. En La Iglesia de hoy y del futuro, pág. 408.

 

 

[11] Palabras pronunciadas en el Congreso Eucarístico de Filadelfia, 1976, Hambre de pan y de evangelio.

 

 

[12] Declaraciones a RNE, recogidas en el programa Fin de siglo (1999).

[13] Ibidem.

 

[14] RNE, Fin de siglo.

[15] Ibidem

[16] Congreso de Antiguos Alumnos en Lieja, 1979.

 

[17] Alocución en el Sínodo de 1977, en  “La Iglesia de hoy del futuro”, Santander-Bilbao, 1982.

[18] Se refería a la “representación al superior”, contemplada por las Constituciones de San

Ignacio. (RNE. Fin de siglo).

[19]  Terstimonio de Luis Urbez, SJ

[20] Ibídem.

[21] “La gente dirá: ¡Ah este cura habla de lo que cree realemtne. ¡Habla a través de su vida!” ( Charla a los seminariastas de de St. Joseph Seminary, , Mangalore (India)Transcripción de una grabación magnetofócia. )

[22]Ibidem.

[23]Ibidem (Recogidas de otras declaraciones a TVE)

[24]  Frase pronunciada en el Katolikentag de 1970 y el año anterior durante un eucaristía celebrada en una barraca de un pueblo latinoamericano.

[25] Hambre de paz y de evangelio.

[26] Recogida por Fernando García Gutiérrez, SJ, El padre Arrupe en Japón, Sevilla 1992. Este libro reproduce doce oraciones en su mayoría conocidas del padre Arrupe. Incluye otro texto inédito, una carta que dirige a un jesuita ( al no citarlo parece que es el propio autor del libro) que le preguntaba sobre el significado de la devoción al Corazón de Jesús para un misionero de Japón y en la que habla de desprendimiento, confianza ilimitada, oración y la importancia de la idea japonesa del “maestro” para la evangelización.

[27]  Declaraciones a RNE. Programa Fin de siglo.

[28] Para profundizar en el pensamiento del padre Arrupe, cfr. Jean‑Yves Calvez, El padre Arrupe: Profeta de la Iglesia del Concilio, Bilbao, 1998.

 

 



[i].Vicent O’Keefe

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3 pensamientos en “Pedro Arrupe”

  1. Tuve el privilegio de verlo y oírlo en la charla-conferencia que dio en Córdoba en el año 1963 sobre la bomba atómica en Hiroshima. Tuve la impresión en ese momento de que cada una de sus palabras eran vida llena. Todo él era vida. Nunca más he oído a nadie que en su larga exposición (a mi me pareció muy corta) no me perdiera absolutamente nada. No lo he olvidado.

  2. Sabiendo de su visita al Colegio de El Salvador de los PP. Jesuitas de Zaragoza al final de los anos 60 (mi memoria de nino no me permite concretar el ano, entre 1968 y 1970), y sabiendo que era amigo de mi familia y de mi otro tio jesuita Enrique en Tokio, pedi al padre rector de entonces (no recuerdo si P. Vidaurreta o P. Terrades) poder saludar al P. Arrupe, lo que me fue permitido, tratando asi de perpetuar la amistad con la familia Ruiz Ayucar.
    (Dicen, quienes le han conocido y estan relacionados con la orden jesuitica, que no ha habido otro “papa negro” como aquel, y que desde su fallecimiento ha perdido fuerza e influencia la orden en el organigrama catolico.)
    (Escrito con teclado extranjero, asi que pido disculpar los errores ortograficos.)

  3. Pertenecí años atrás, cuando el P. Arrupe estaba todavía en Japón, a un Círculo Pro-ayuda al Japón, a través de dicho sacerdote, dirigido por el Instiuto Secular Altagraciano, el cual fue fundado por otro Jesuita español, Padre José Ma. Uranga. Por cierto tiempo tuvimos correspondencia con el P. Arrupe, y como regalo recibimos de él un plato con la fotografía de las integrantes del grupo. Me ausenté del país, y luego me enteré del nombramiento del P. Arrupe como Superior General de la Compañía de Jesús, y su traslado a España. Nosotras llegamos a sentir gran aprecio por este consagrado sacerdote.

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