Siempre hace buen tiempo

Category Archives: Fotos con Alma

Sede vacante

Hay momentos mágicos que hablan por si solos. Como aquella tarde luminosa que, paseando, descubrí aquella terraza vacía besada por el sol y abierta al mar con su única butaca de mimbre estratégicamente orientada hacia el horizonte. No había nadie, pero aleteaba una presencia. ¿Quién se sentaba allí a contemplar la caída de la tarde? ¿Una anciana con su labor de croché? ¿Un lector empedernido amigo de la soledad? ¿O algún joven triste y enamorado añorando lo imposible? Yo no conocía a nadie en aquella casa ni podía entrar ni sentarme en aquel sito vacío. Pero por un instante supe que era todos los hombres que necesitan mirar más allá y esperar contemplativamente que desde el infinito asome blanca la vela lejana de una respuesta.

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Clónicos de Dios

Muchos muchos siglos antes que nadie hablara de clónicos ni tristes criaturas de laboratorio, apenas había amanecido el cosmos y tras el primer surgir de la Tierra separada del mar, una vez que Dios pintara de mil colores ríos, campos, montañas, frutas y pájaros, el creador se contempló a sí mismo y falto de espejo contigente, exclamó: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. Y a su imagen, aunque de barro y viento, débil y sublime, capaz de reflejarle u olvidarle lo creó. Desde entonces todos somos mellizos, clónicos de un Dios. Y por eso los niños, cercanos aún a la fuente original de donde brotaron, no han perdido, sobre todo mientras duermen, ese sabor a infinito, esa placidez eterna en la que reposa en su interminable domingo el mismo Dios.

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El fotógrafo

El fotógrafo mira a la vida, y la vida le mira a él. ¿Quién dispara realmente las fotografías? Nosotros las guardamos en álbumes para atrapar la imparable corriente de la vida sobre cartulinas de dos dimensiones o ahora en archivos digitales. “¡Qué joven estaba entonces! ¡Mira en esa a papá cuando conoció a mamá! ¡Quién lo diría!” Pero ¿y las fotos que nadie hace? ¿Se quedan en algún remoto archivo astral donde se van depositando nuestras risas, nuestros amores y nuestras lágrimas? Quizás un dulce ojo que vigila amorosamente cuanto sucede guarda nuestras fotos para comentarlas en la mesa camilla el día feliz del encuentro. Entonces nos veremos como realmente somos. Eso y mucho más pensó el fotógrafo el día en que por azar fotografió su propia imagen en el espejo.

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Ateo y creyente

Encontré esta inscripción en Cuenca, cerca de la catedral. Es una conocida frase que pronunció el gran cineasta Luis Buñuel, ex alumno de los jesuitas, tan obsesionado con la religión que el tema reaparece continuamente en sus películas. La frase es profunda y tiene muchas lecturas. “Gracias a Dios soy ateo”, porque lo que nos han vendido como “Dios” no es muchas veces más que un monigote: un ser que, después de una vida difícil nos asusta con castigos; un personaje que parece estar de parte de los poderosos o de los que aplastan nuestras conciencias. En su nombre se ha quemado a gente, declarado guerras, negado el pensamiento, hasta el amor y la vida. Entonces se explica que para algunos ese ateísmo sea igual a libertad. Pero, al decir “gracias a Dios”, se admite a la vez su existencia, la del verdadero Dios, mas grande que toda categoría humana, el Dios del amor que llevó al Hijo a la cruz por defender que no somos esclavos de nadie, sino libres hijos suyos.

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Cuando Dios imagina a Dios

Cuando el hombre imagina a Dios, los sitúa entre nubes, rodeado de rayos y centellas, abriendo abismos, separando mares y levantando con su poderoso dedo montañas y continentes. Cuando el hombre piensa en Dios, lo hace tronar desde las alturas como creador, legislador, juez castigador y todopoderoso dueño. Pero cuando Dios imagina a Dios, comienza por romper todos los códigos de nuestras insignificantes vidas. Da miedo a veces del Dios que se inventa el hombre. Sólo Dios pudo inventarse a un Dios así, que ríe y llora entre las pajas, tembloroso y frágil; del tamaño de nuestro acurruque y nuestro abrazo, colándose por amor entre los pliegues de la historia y el tiempo. Sólo Dios pudo pergeñar una religión así, que de tan hermosa parece absurda, que de tan grande parece pequeña, que de tan humana tiene el inconfundible sabor de lo divino. Sólo Dios pudo inventarte a ti y tu entrañable Navidad, mi niño Jesús.

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El Seiscientos

Fue el primer coche para muchos españoles. Pequeño, coqueto, sencillo y utilitario, nos bautizó a muchos en la sensación de libertad que es conducir. Nos llevaba al trabajo y nos comunicó con el mar, la montaña, el campo. Aguantó acelerones y maltratos, y acompañó muchos sueños, urgencias, amores, miedos, partos, despedidas, escapadas. Ahora el Seiscientos –parece mentira–, es casi un objeto de museo. Lo han sustituido automóviles mucho más ostentosos, potentes y agresivos, que simbolizan el estatus, el orgullo y las apetencias del hombre de hoy, cada vez más competidor y agresivo. ¿Y nosotros? Como la gente de la acera, seguimos pasando y buscando insatisfechos alcanzar un destino que las cosas no pueden proporcionarnos. Y ellas nada serían, si nosotros no les prestamos un poco de alma: lo mismo un árbol que un Seiscientos.

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