Siempre hace buen tiempo

Category Archives: Autoliberación

La lluvia, retiro de la naturaleza

Lluvia  frente a la iglesia ‘Wieskirche’ b en Steingaden, (Alemania)

La lluvia lava el paisaje y lo difumina como pintándolo a carboncillo, y detrás de los cristales vaga nuestra melancolía en busca del sol perdido.

La lluvia es  el beso de Dios que fecunda la vida y hace florecer un futuro de primavera.  Invita al recogimiento.

Es  el silencio mojado de las cosas, el retiro que se impone a sí misma la naturaleza para gozar más del estallido de los colores. Un periodo más del ciclo que nos conduce de dentro a fuera, de fuera a dentro.              En los días de lluvia podemos escuchar la música del cielo acariciar la tierra o ‟cantar bajo la lluvia”, sabiéndonos parte del mismo himno de amor.

También aprendemos a añorar el sol.

En los días de lluvia el mundo parece un jardín de monasterio y el corazón un huérfano solitario que sueña con la alegría. Esos días es como si el mundo entornara sus ojos para ver mejor entre la emoción de las lágrimas.

 

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Las enseñanzas del buho

En las culturas más antiguas el búho es el símbolo de la intuición. Todo ojos, es capaz de ver en la noche y su cuello puede girar casi al completo sobre su cuerpo. Y no es casualidad que sea uno de los animales que más fascinan a los niños. Quizás por su aspecto de estar perennemente alerta.

En Occidente le hemos dado demasiada importancia al conocimiento racional, al pensamiento lógico-matemático. Pero los grandes descubrimientos, desde el principio de Arquímedes al apriori de Kant partieron de una intuición. Esta manera de conocer es directa, por connaturalidad, de golpe, y engloba todo el ser. Es el modo de conocer de los artistas, los poetas, los genios, los amantes. Suele ir acompañado por la emoción y producirse como si de pronto se rasgara algo, como una visión.

Es verdad que las intuiciones pueden ser erróneas y necesitan ser examinadas por la razón para evitar fracasos. Pero ¿quién sabe lo que le pasa al hijo mejor que una madre? ¿Y cómo lo sabe? ¿Qué mejor descripción de un atardecer que la de Juan Ramón cuando sale a caballo al campo de Moguer: “A caballo va el poeta / ¡Qué tranquilidad violeta!”.

También la captación de nuestro ser y su entorno se da en la espiritualidad por una conexión intuitiva con el centro. Te sientas, cierras los ojos, respiras y percibes tu energía en comunión con la energía del Cosmos, como parte del Dios en que alientas, estás, eres. Se dirá que eso es mística. Pues bien, todo ser humano tiene siempre algo de místico.

En este no pensar surge la luz, la gran paz, la felicidad que somos y hemos olvidado. Nos falta la mirada contemplativa, como la de este búho coreano en medio de la nieve. Contemplar sin pensar.

Nuestras angustias proceden sobre todo del análisis, que parcializa, divide, se queda en un aspecto raquítico. Lo mejor de la vida es inexplicable, se capta de manera sintética, como un paisaje, una flor, una mirada una sensación de “más” que nos abarca y transporta. Lo que sucede es que para conseguirlo, hay que salir como el búho en plena noche, acallar la mente, cerrar los ojos de fuera para abrir los de dentro. “Lo esencial -¿recuerdan?- es invisible para los ojos”.

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Parpadeo del Universo

Cuando estoy solo es cuando estoy más acompañado. En el barullo de la vida cotidiana es fácil narcotizarnos. Rodeados de gente nos dormimos y drogamos nuestra auténtica naturaleza, obsesionados con el papel que representamos en la vida, la careta del hombre o la mujer que creemos ser. Sólo puedes volver con la gente cuando descubres quién eres realmente.
Pues no somos el centro, ni tan importantes como creemos desde el yo. Nuestra vida es un parpadeo del Universo. Un parpadeo único, irrepetible y cósmico en miles de años y espacios, pero un solo parpadeo.

Cuando desaparece ese personaje, ese ego mental que creo ser, despierto.

Escribe Willigis Jäger: “Una vez más se me ha permitido y se me sigue permitiendo experimentar que mi vida no representa otra cosa que un simple golpe de mar en ese acontecimiento cósmico, y que lo que yo soy verdaderamente retornará sin tiempo y sin forma a la infinitud de la que nació mi yoidad”.

La salvación pues está en callar el run-run de la mente que da importancia excesiva a lo temporal, crea el dolor y el miedo a la muerte. En esa zona de nuestra verdadera naturaleza percibes que todo esto que me preocupa es una película que pasa y que lo importante es la luz que está detrás del proyector y no pasa.
Tú perteneces ya a esa luz.
Cierra los ojos y sumérgete en el instante presente. Conectas con tu realidad sin tiempo. Te das cuenta que eres uno con el cosmos y que todos lo seres son pedazos de ti mismo. Que la muerte no es muerte, es una transición de forma, un beso con que te besa Dios al retornar a tu ser. Pero no es necesario morir para sentirse besado.

No eres el papel que representas, como diría Calderón en El gran teatro del mundo. Ni el ciudadano envuelto en las circunstancias fáciles o difíciles, de éxito o fracaso que te rodean. Ya aquí y ahora “somos ciudadanos del cielo” (Flp 3.20).
Es un error convertir la santidad en otra forma de protagonismo para alimentar el ego.

Perderse es encontrarse. Entonces te percibes uva de racimo, gota entre millones de gotas del mar, chispa de una sola luz. Y cambia tu ser y tu compromiso con el mundo. Como certeramente encesta el mejor baloncestista, da en la diana el arquero, crea el músico, cuando no es él, sino la naturaleza, el Ser, a través de él. El Uno es mi olvidado apellido de familia.

 

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El rostro de la diosa

Cuentan que un adepto quería ver el rostro a una diosa. Pero en el templo el rostro de la diosa estaba cubierto por un velo. Se decía que quien quitara el velo a la diosa y le viera el rostro al instante moriría. El adepto no pudo aguantar más. Se dijo: prefiero morir que vivir atormentado toda la vida con este anhelo. Fue al templo y destapó el velo. ¿Y qué vio? Se vio  a si mismo.

Nuestra más profunda identidad es divina. Somos centellas, chispas de esa luz, aunque no nos demos cuenta. Dios quiere pasar por este mundo en esta forma humana, con estos ojos, estas manos, estos pies.

Consideramos una blasfemia si tú o yo decimos “soy Dios”. Pero si un místico dice “soy Dios”, no hay problema, porque no habla su ego, habla Dios.

Lo que hacemos en el bautismo es reconocer mi unidad intemporal con Dios, señalar mi pertenencia a él.

Dios dice de cada niño o niña: “Este es mi hijo, mi hija muy amada”. Jesús sólo vino a redescubrirnos como hermanos suyos, hijos del Hombre, hijos de Dios.

El día que nos despertamos quitamos el velo a “la diosa” que somos.

 

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¡Quítate la careta!

Recuerdo haber leído una frase deI famoso novelista japonés Susako Endo: “Las personas nunca conocen su verdadero aspecto. Todo el mundo cree que esa máscara social falsa y afectada que luce es su auténtico rostro”. Desde niños, de forma inconsciente, cuando vamos alcanzando el uso de razón comienza en nosotros una difusa sensación de miedo a no ser valorados, a no ser queridos. Entonces nos comparamos con aquellos de nuestro entorno que reciben alabanzas, protección y cariño. “Mira tu hermano, qué bien se porta”. “Fíjate en fulanita, qué niña tan mona”. Y nos muestran un arquetipo, una figura ideal que debe ser imitada: el estudiante aplicado, la adolescente ordenada, el hijo obediente que nuestros padres y familiares han proyectado desde su “superego” para nosotros. O bien, para escapar de eso, elegimos personajes rebeldes o alternativos que nos atraen en el cole, el cine, la religión,  la calle como identidad apetecida.

Así arranca en mí la necesidad de ponerme una máscara, adoptar un determinado disfraz. A medida que crecemos el truco se hace habitual y se multiplica. Ya no adopto una sola careta, sino varias, según las circunstancias: una en casa y en familia, otra con los amigos, la tercera en la oficina, que también cambia ante el jefe, los compañeros de trabajo o los clientes. Solo cuando cerramos la puerta de nuestro cuarto emerge algo de lo que somos en verdad, y esa incoherencia nos pone tristes.

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La aceptación y el cambio

Muchas veces me he preguntado sobre cual es verdadero camino: si la aceptación o el cambio.

ACEPTACIÓN es no dar coces contra el aguijón, vivir en el ahora, liberarse del ego siempre insatisfecho, en contra de lo que tienes en este momento, conectado a una mente que runrunea y te impide sintonizar con los profundo.

CAMBIO es compromiso, rebeldía y lucha para modificar  las estructuras injustas, transformación del mundo aquí y ahora, fe en un futuro mejor.

Se diría que la aceptación es más contemplativa y el cambio más activo. ¿Por dónde tirar?

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Con el alma a la intemperie

Luz, cámara, acción. “Somos espectáculo”, decía Pablo de Tarso. ¿Diría hoy que somos un reality show? Antes lo éramos para nuestra familia, los vecinos, compañeros de trabajo, amigos y conocidos. Ahora eso a mucha gente no le satisface. Asistimos a un aluvión de actores y actrices espontáneos que se vuelven locos por los focos la televisión, los programas de confesiones públicas y las redes sociales.

Lo que antes se decía sólo en susurro a la rejilla de un confesonario (los católicos, se entiende, que no eran pocos en  nuestro país),  o ante el amigo íntimo o un familiar muy querido, se pregona hoy a diestro y siniestro. Señoras del pueblo, “marías” como las llama la gente, se van a la peluquería, se endosa su vestido de lamé, con tal de salir en la tele una tarde, y largan ante las cámaras su vida más privada: sus amores prohibidos, sus hijos secretos, sus traumas de infancia, los rencores a sus padres, los pecado ocultos. No faltan incluso los que se someten voluntariamente a una “máquina de la verdad” que, a cambio de notoriedad y en algunos casos de dinero, son investigadas hasta en sus deseos más inconfesables.

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Respirar la paz

Que respirar en paz la música no oída

sea mi último deseo, pues sabed

que, para quien respira

en paz, ya todo el mundo

está dentro de él y en él respira.

 

Esta estrofa de Antonio Colinas en “Letanías del ciego que ve” sintoniza bien con la imagen de barcas  flotando quietas a la débil luz del crepúsculo. Frente al torbellino de un mundo atolondrado que se mueve al vértigo de noticias, el watsapp, y el consumo frenético parece imposible respirar esa música no oída que se esconde detrás del silencio, corazón de todo.

En primer lugar porque no somos conscientes de nuestra respiración, que es la frontera de contacto con la vida. Y después porque no vivimos, nos viven desde fuera.

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La mirada del niño

Ante un mundo confuso, lleno de dudas, incógnitas y miedos, me viene a la memoria esta frase de Albert Einstein: “Hay dos maneras de vivir una vida: la primera es pensar que nada es un milagro. La segunda es pensar que todo es un milagro. De lo que estoy seguro es que Dios existe”. Uno de esos milagros es la mirada de un niño. Limpia, sencilla, natural, como si estrenara el mundo, todavía no hay en ella rencor, ni desconfianza o segundas intenciones. Quizás porque aún está cerca de su origen divino, del contemplar cara a cara la vibración eterna de Dios, donde todo está en paz y todo es uno en el Uno, sin rupturas ni enfrentamientos.

Sus ojos son como lagos donde se copia el cielo y su rostro transparenta la pureza a la que estamos llamados a volver. “Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el reino de Dios” (Lc 18,16), decía Jesús que, nos exhortaba a volver al niño que en el fondo seguimos siendo. ¿Cómo hacerlo? Buceando más allá del ruido y el torbellino de la preocupada mente para rescatar en lo hondo el Ser con que salimos bien de las manos de Dios, y que brilla, aunque no lo sepa, en mis olvidados ojos de niño. Una mirada distinta para enfrentar el nuevo año.

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Un beso fugaz de Dios

Músico callejero. Rastro de Madrid. © PMLamet

¡Qué milagro cotidiano! De pronto en una calle cualquiera alguien cierra los ojos y se pierde, se sumerge, se sale del tiempo gracias a la música. Y el viandante atareado se detiene y por un instante  olvida  sus preocupaciones y asciende con él a la nube del artista por la escalera del pentagrama a un lugar extático, a un mar de notas que le embriagan.

Porque, como canta fray Luis en su Oda a Francisco Salinas, “el aire se serena y viste de hermosura y luz no usada”. Desde el embrujo de la música  el que la escucha se hace tan niño que reconoce su origen: “A cuyo son divino / el alma, que en olvido está sumida, / torna a cobrar el tino / y memoria perdida / de su origen primero esclarecida”.

Pierde por un instante el interés por lo material: “Y como se conoce, / en suerte y pensamientos se mejora; / el oro desconoce, / que el vulgo vil adora, / la belleza caduca, engañadora”.

Y da así el gran salto a lo trascendente: “Traspasa el aire todo / hasta llegar a la más alta esfera, / y oye allí otro modo / de no perecedera / música, que es la fuente y la primera”.

De esta manera en cualquier calle y en cualquier momento, gracias a la música, si cierras los ojos, puedes llegar a sentir el beso fugaz de Dios.

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