Siempre hace buen tiempo

Category Archives: Autoliberación

Un secreto para todo el año

Comienza un año que parece problemático y lleno de incertidumbres en lo político, económico, social…

Quizás puede ser un tiempo para situarnos en el centro.

Mi energía es sólo una chispa de la hoguera del universo. Mi conciencia es solo un resplandor de todo el sol.

Mi lucidez está conectada a una luz superior y total. Cuando no me limito a mi mismo por mis propias ‟chorradas”, despierto.

El silencio me hace crecer en todas direcciones, me expande, me libera.

Yo hago silencio cuando me suelto a mi mismo, y me desprendo de  ideas, esquemas, formulaciones.

Perderse es encontrarse.

(Algo así decía Jesús de Nazaret. Lo que pasa es que lo han estropeado con cilicios, mortificaciones, normas, prescripciones. Él se refería al ego, al personaje ese en el que hemos centrado todo y que en realidad no somos nosotros). Como si yo fuera mis éxitos, mi tinglado, mis preocupaciones.

 

De esta forma asisto desde lo que aparece a lo que no aparece,

de lo visible a lo invisible,

de lo particular a lo universal,

de lo terrenal a lo cósmico.

 

Uno con el mar. Uno con el fuego. Uno con el aire. Uno con la tierra. Cuando más allá esté, más aquí me descubriré.

 

¿Crisis política y  económica? ¿Problemas personales? ¿Angustia por el futuro?

El secreto está en quedarse en lo profundo, donde no hay turbulencia.

Creo ser tiempo y soy eternidad. Creo ser río y soy mar. Creo envejecer. Pero como decía el poeta padre Ángel Martinez,

“estoy alcanzando la edad perfecta, eterno”.

 

Comenzar al año y cada día con ojos nuevos,

donde yo soy más yo que el yo que creo ser.

¡Feliz 2016!

 

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Sabor eterno

¿Somos reales? ¿O solo sombras, proyecciones de otra realidad? Ya Platón planteó esta duda en su famosa alegoría de la caverna. Encadenados frente a una pared y gracias a una hoguera intermedia, aquellos prisioneros veían las sombras chinescas de personas y animales que pasaban por detrás, donde se hallaba la entrada que estaban imposibilitados de ver. Hasta que uno de los cautivos logró zafarse, salir de la gruta por una escarpada cuesta al mundo exterior y contemplarlo fascinado en todo  su esplendor de luz y color.

El sol, que el filósofo identifica con el Bien, era el que le permitía ver la auténtica realidad. Necesitado de compartir su descubrimiento con sus compañeros de cautiverio, regresó a la caverna para liberarles. Pero los prisioneros no le creyeron, dijeron que venía deslumbrado y se rieron de él y prefirieron las sombras, su visión de siempre.

El mito de la caverna ha tenido numerosas versiones literarias, como las acuñadas por Calderón al concebir la vida como un sueño o un gran teatro, donde todo pasa fugazmente y donde lo que importa es despertar por dentro o interpretar adecuadamente el papel, porque lo demás está siempre cambiando. Quizás la metáfora más eficaz hoy día sea la del cine. Nos creemos tanto la “peli” que nos metemos dentro de ella, pero sólo son imágenes fijas que pasan velozmente o actualmente píxeles, impulsos electrónicos en la pantalla. Todo es ficción, todo es mentira. Eso si, escenarios y personajes tienen algo permanente,  un componente común, la luz.

Cuando un ser querido muere o nos descubrimos una nueva arruga frente al espejo, solemos repetirnos la gran pregunta: ¿Qué es esto de la vida?

El pasado pasó y no volverá, ¿a qué darle importancia? El futuro se nos escapa.

La luz, el despertar, consiste en taladrar el momento presente, un ahora que, como el agua que promete  Jesús a la samaritana, quita la sed porque salta a la vida eterna.

Se trata de salir de la caverna y afrontar del todo el sol, aunque nos deslumbre, que es lo que trasciendo todo, no pasa, nuestra auténtica  realidad sin tiempo. Lo que sucede es que eso supone renunciar al nombre, el apellido, la careta que creemos ser, nuestro personaje temporal.

El papa Francisco en su reciente viaje a Cuba pronunció una frase que evoca esta idea: “Que el día a día tenga cierto sabor a eternidad”.

Lo tendrá si miramos más allá de las formas e imágenes que pasan a nuestro lado para intentar vislumbrar la luz inmutable y feliz de la que son sombras, reflejos, la última verdad que transpa

 

 

 

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Cómo espera la gaviota

Gaviota (Alvor, Portugal, 2015)

“No es verdad que tú hayas sufrido, / son cuentos tristes que te cuentan. / Tú eres un niño que está triste, / eres un niño que no sueña. / Y la gaviota está esperando / para venir cuando te duermas”. Siempre recuerdo estos versos de José Hierro en su “Canción de cuna para dormir un preso”, cuando descubro junto al mar alguna gaviota. Símbolo de libertad y superación, de volar alto y romper las ataduras que nos encadenan a la tierra, todo los que nos impide liberarnos de nuestros apegos.
Esta gaviota que capturé con mi cámara tiene además una especial sugerencia. Es curioso que siendo un ave que domina el cielo con sus ambiciosos y potentes giros transmita esta quietud profunda cuando reposa, como de sentirse bien en su ser, en armonía con el mar, la costa, el pequeño puerto. Quizá porque no le torturan los pensamientos como a los humanos, porque se acepta plenamente en su “ser gaviota”, porque cumple su papel de pincelada en el cuadro del paisaje, sin otro cometido que dejarse ser, estar en su sitio en el universo.
“No es verdad que te pese el alma. / El alma es aire y humo y seda. / La noche es vasta. Tiene espacios /para volar por donde quieras, / para llegar al alba y ver /las aguas frías que despiertan…/ Duerme, ya tienes en tus manos / el azul de la noche inmensa.”

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Me apellido Uno

El joven anciano (Oropesa del Mar, 2014)

Cuando estoy solo es cuando estoy más acompañado.

En el barullo de la vida cotidiana es fácil narcotizarnos. Rodeados de gente nos dormimos y drogamos nuestra auténtica naturaleza, obsesionados con el papel que representamos en la vida, la careta del hombre o la mujer que creemos ser. Sólo puedes volver con la gente cuando descubres quién eres realmente.

Pues no somos el centro, ni tan importantes como creemos desde el yo. Nuestra vida es un parpadeo del Universo. Un parpadeo único, irrepetible y cósmico en miles de años y espacios, pero un solo parpadeo.

Cuando desaparece ese personaje, ese ego mental que creo ser, despierto.

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El sabor eterno del tiempo

Tiene algo de nostalgia despedir un año, aunque esto de las fechas sea una convención del calendario. Porque en realidad cada día, cda minuto, cada segundo estamos de despedida de algo: personas, paisajes, casas, vivencias, y en nuestro propio cuerpo vamos coleccionando cambios que atestiguan el paso del tiempo.

¿Por qué somos temporales? ¿No sería mucho mejor ser eternos? En realidad somos temporales y eternos a la vez, si despertamos a nuestra auténtica identidad. Y después de todo, ¿este sentirse temporal no es también fuente de gozo? ¿No hay un sabor a infinito en todo lo finito?

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Dios me canta una nana

Playa de Oporto (Noviembre 2013) El niño duerme, el mar está bravío. Las olas braman, la madre vela sus sueños.

Así mi vida. El mundo que nos rodea se encrespa con noticias inquietantes: guerra, hambre, paro, crisis de valores, inestabilidad mundial, amenazas económicas, miedo al futuro.

Pero Dios padre y madre vela mi sueño.

“Como un niño en los brazos de su madre, así está mi alma dentro de mí!” (Salmo 131)

Y Él me canta

 LA NANA DE LA ETERNIDAD

Duerme mi niño, que la vida es buena,

tu cuna es una barca que yo te mezo

y el viento de este mundo sólo es el beso

que posa en tus mejillas toda la Tierra.

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