Siempre hace buen tiempo

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La taberna

La taberna se ha quedado vacía y sorda después de la juerga de anoche, del chochar de las jarras de cerveza y de los gritos de los bebedores. Se marcharon al amanecer dando tumbos calle arriba. Ahora la abuela contempla el silencio, como una estatua, sentada en su sillita, mientras la claridad de la mañana le habla de otros tiempos en los que corría adolescente entre risas y amigas por la plaza del pueblo vestida de canción y domingo. Ahora el tiempo cruza la estancia como un ángel que se hubiera instalado en su vida. Pero ¿no es la misma?, piensa. En ese silencio habitado sabe que no hay diferencia entre las dos, que en su pequeña taberna sólo hay un instante eterno de perenne alegría.

 


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El caballero de la triste figura

No es don Quijote, pero como si lo fuese. Salió a la cabalgata de gigantes y cabezudos, pero probabalmente trabaja detrás del mostrador de algún bar o barre las calles al amanecer en la pequeña ciudad. No cabalga en un caballo real, ni siquiera en Rocinante. En vez de llevarle el brioso corcel, es él quien arrastra colgado de sus hombros un gran caballo de cartón. Pero contribuye a la fiesta y al sueño de los niños que lo ven pasar por la calle como un caballero, como un quijote del pueblo para alimentar ilusiones y desfacer entuertos de quimera. No somos lo que somos o lo que la gente cree que somos. Somos en realidad lo que nuestro corazón quiere ser y sobre todo quiere y sabe dar

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Hombre y Papa

La muerte de Juan Pablo II, uno de los pontífices más influyentes de la historia, conmovió al mundo. Desde la tarde en que, recién elegido, se asomó al balcón de San Pedro para saludar a la multitud y, a diferencia de sus predecesores, apoyó sus manos firmemente sobre el balcón de la logia, el mundo supo que era un líder consciente de su poder e influjo en las masas.

Su trayectoria respondió enseguida a este gesto. Habló con una voz y un tono «de hombre», rompió el proto­colo, contestó a pie de micrófono, explotó sus dotes de actor, elec­trizó a las masas, intervino políticamente en la democratización de su país y en los acontecimientos del Este, se convirtió en superestrella, dio varias veces la vuelta al globo, realizó más canonizaciones que nadie, escribió más encíclicas que ningún papa anterior y se convirtió con sus libros, sus discos y su catecismo en un auténtico papa ­best‑seller, al mismo tiempo que en la mayor instancia ética de carác­ter mundial de su época.

Pero a la vez no ocultó un estilo exigente en defensa de la ortodo­xia de la doctrina, y fue acusado por un sector de la Iglesia de «restauracionista» por sus firmes posturas en moral sexual, sus polémicas decisiones frente a la investigación teológica, la Teología de la Liberación y otras corrientes progresistas dentro de la Iglesia. Un estilo que hizo compatible con la puesta al día de la doctrina social católica, en la que condenó igualmente el comunismo y el  capitalismo salvaje, el aborto y la guerra de Irak.  Como todo líder fuerte, ha pro­vocado reacciones contradictorias: desde el entusiasmo casi papolátrico al rechazo visceral.

Pedro Miguel Lamet, que le siguió de cerca desde el comienzo de su pontificado, lejos de escribir una “hagiografía más”, analiza en este libro al hombre y al papa: las raíces históricas, culturales y psicológicas que influyeron en su pontificado y traza una valoración sociopolítica y eclesial de su prolífico quehacer,  luces y sombras. Conocer su trágica, novelesca e intensa vida nos sumergirá no solo en la apasionante historia reciente de la Iglesia, sino en las vicisitudes de toda una época y un mundo en rápida transformación.

 

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El pontífice más querido de la historia

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“El último jesuita”, ya en las librerías

Texto de Contraportada

En pleno siglo xviii, el joven Mateo Fonseca, secretario personal del conde de Floridablanca, es enviado por el rey Carlos III a Roma para acabar definitivamente con la Compañía de Jesús. Allí vive en primera persona las intrigas del cónclave vaticano para provocar la elección de un papa que se comprometa a abolir a los jesuitas, las presiones de Floridablanca sobre Clemente XIV, su angustiada muerte con acusaciones de envenenamiento y la conspiración borbónica sobre el sucesor de éste.

Sus experiencias comienzan en España donde , como espía del Gobierno y comisario real,  será testigo del Motín de Esquilache,  la expulsión de la Orden de todos los territorios de la corona, y  la penosa navegación de los deportados a Córcega y los Estados Pontificios, que es sufrida en propia carne por su hermano.

De nuevo Pedro Miguel Lamet nos ofrece una novela que, con amenidad y rigor histórico, recoge por primera vez de forma exhaustiva y documentada uno de los episodios más dramáticos y menos conocidos de nuestra historia.


Contenido

1.            Consummatus est.

2.            Sobresaltos de un colegial.

3.            Primer amor, primer dolor.

4.            Alevín de noble.

5.            ¡Ay Carmela!

6.            Quinta columna del papa.

7.            Adiós a todo.

8.            Tierra de Campos.

9.            El “frailecito” del padre Isla.

10.          Espía de Campomanes.

11.          Una capa y un sombrero.

12.          Aranjuez, amor y miedo.

13.          La pesquisa secreta.

14.          Un peligro para el Estado.

15.          Baile de máscaras.

16.          La Operación Cesárea.

17.          Con la bayoneta calada.

18.          El calvario de Javier.

19.          Diario de a bordo.

20.          En una isla de nadie.

21.          Escasez y guerra.

22.          Dos nobles aragoneses.

23.          Boda sin Compañía.

24.          Rehenes en El Puerto.

25.          La excomunión del sobrino.

26.          El déspota don Sebastião.

27.          Las claves del Cónclave.

28.          Desterrados en Bolonia.

29.          Fray Lorenzo se escaquea.

30.          Secretario del exterminador.

31.          Miel en la boca, hiel en el corazón.

32.          Acoso y derribo.

33.          Muerte en Venecia.

34.          Envenenamiento mental.

35.          Cada semana un papa.

36.          In manus tuas.

Nota del autor: Historicidad y fuentes.

COMENTARIOS, RESEÑAS Y CRÍTICAS:

 Sal Terrae: Comentario del historiador Manuel Revuelta

. Comentario suite101

· Religión Digital.com: Lamet: “Los obispos españoles no han acabado de creerse y aceptar la aconfesionalidad”

· Vida Nueva: Pedro Miguel Lamet: “El trabajo en la frontera es arriesgado, pero necesario”
· Ecclesia Digital: “El último jesuita” está editado por La Esfera de los Libros
· Religión Digital: Pedro Miguel Lamet presenta su novela histórica “El último jesuita”
· diariodecadiz.es: “Cádiz jugó un papel estratégico en la dramática expulsión de los jesuitas”
· El Mundo: Pedro Miguel Lamet novela la persecución de los jesuitas
· 21rs.es: “El último jesuita”, nueva novela histórica de Pedro Miguel Lamet
· adn.es: P.Miguel Lamet novela la supresión de la Compañía de Jesús en el siglo XVIII
· ideal.es: P.Miguel Lamet novela la supresión de la Compañía de Jesús en el siglo XVIII
· Artes Hoy: Pedro Miguel Lamet: El último jesuita
· Cope.es: El último jesuita Min 33.40
· elnortedecastilla.es: Lamet novela la expulsión de la Compañía de Jesús.

Entrevista Radio ECCA

. Entrevista en portugués de la Revista del Instituo Humanitas Unisonos de Brsail

.  Radio Nacional de España: “Puntos de vista”

. Reseña Pastoral SJ

. AICA on line

. Blog Nazaria

. SJPUCELA. Crónica presentación de Valladolid

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El último Jesuita, de Pedro Miguel Lamet

Escrita por Gonzalo Sanchez del Pozo el 30 de Julio de 2011

 

 

Con “El último Jesuita” la prosa de Pedro Miguel Lamet llega a cotas magistrales. Este autor gaditano lleva escritos 27 libros, tanto en prosa como en verso, y en cada una de sus incursiones literarias ha gozado de una muy buena acogida de crítica como de público. Con este libro continúa la serie de libros que centrados en la religión ha producido su pluma. Entre ellos también cabe destacar, como novela histórica de muy alta calidad, “El místico: Juan de la Cruz”, “El aventurero de Dios” o la biografía del jesuita Díez Alegría.

Como ya hemos reseñado la calidad de este autor, tanto en novela histórica como en otros palos de la literatura, no deja de aumentar como el buen vino dejado envejecer en barrica. El autor domina a la perfección todos los resortes que se le pueden pedir a una novela de estas características: una buena documentación, una trama densa, un desarrollo lineal de la historia y una trama que no por ser histórica tiene que tener un desenlace convencional.

En “El último jesuita” nos encontramos en pleno siglo XVIII donde el protagonista de la historia, Mateo Fonseca, que ejerce como secretario del Conde de Floridablanca resulta enviado por el monarca Carlos III de España para liquidar a la Compañía de Jesús. En una buen parte de la trama veremos las intrigas tendentes a lograr elegir un nuevo papa que no sea reacio a la disolución de los jesuitas.

Pero esta novela histórica es mucho más, ya que a lo largo de sus algo más de 600 páginas nos encontramos con la narración de la vida de Mateo Fonseca que tiene la misma cronología que la desaparición de la orden religiosa. A lo largo de sus páginas seremos testigos de la vida juvenil de Fonseca en un centro de novicios de los jesuitas, su salida precipitada antes de prometer los votos debido a un amor juvenil.

También veremos cómo Fonseca se convierte en un coadjutor – entender no en el sentido religioso – en la desaparición de la orden, siendo primero un informador de las oscuras fuerzas contra la orden de los jesuitas y posteriormente el ejecutor de la misa por razón de su puesto como secretario personal del Conde de Floridablanca. Nos encontramos ante una sólida novela histórica profusamente y bien documentada en la que Lamet consigue algo vital en este tipo de novelas: que la densidad de los datos aportados no merme la frescura y la vitalidad de una narración que pueda, como lo hace, enganchar a los lectores de la primera a la última página.

Nos encontramos ante una novela donde los hechos se ponen al servicio de la narración, y no como desgraciadamente sucede muchas veces, al revés. Por otro lado Lamet consigue introducir los suficientes elementos de misterio y pistas sobre la evolución de la trama que hacen recordar, en la mejor de las acepciones, el estilo folletinesco. Un estilo literario que página a página tenía que lograr que el lector se enganchase a la trama. Lamet lo consigue.

Hay que recordar que los folletines tuvieron su punto álgido durante los siglos XVIII y XIX y que se caracterizaban por la entrega en fascículos de una determinada trama. Todos los fascículos tenían que tener los suficientes argumentos interesantes como para que los lectores comprasen el siguiente número. Esto implicaba emoción a raudales las más de las veces.

Una prolija documentación ha hecho que le armazón sobre el que se desarrolla el argumento sea sólido logrando que ya desde las primeras páginas el lector se sienta atraído sobre la forma en la cual evolucionará el argumento. Un libro que no pasa inadvertido a los lectores ávidos de novela histórica y que hará a buen seguro que nazcan nuevas aficiones a la misma. La trama mantiene el interés del lector en todo momento gracias, además de un lenguaje y una expresión muy cuidadas sin caer en la pedantería, a un ejercicio exhaustivo de reconstrucción histórica.

Con “El último jesuita” nos encontramos ante lo que a buen seguro será un nuevo éxito de Pedro Miguel Lamet y que quizás sorprenda al autor con algún nuevo premio de la crítica después de haber recibido ya ocho a lo largo de su trayectoria como escritor y poeta.

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El pensador débil

 

Decía Gómez de la Serna que El pensador de Rodin es un ajedrecista al que se le ha quitado la mesa. Demasiado concentrado para poder pensar. Aunque sea menos artístico, prefiero este payaso que piensa desde el humor, es decir con la capacidad de reírse de los demás y no perder la sonrisa cuando se ríen de él. Y es que el humor es capaz de limar nuestras durezas, eliminar irritaciones y rencores y mantener a la gente alegre, aunque todo payaso tenga su fondo de tristeza. Pero ¿no son más patéticos y ridículos los que andan por ahí de guapos y perfectos? Quien nos hace reír es un cómico; quien nos hace pensar y luego reír es un humorista. El que ama lo débil desde su debilidad es un cristiano.

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La santa de Galdós

Un personaje histórico de “Fortunata y Jacinta”

1.- Ernestina Manuel de Villena.

Ernestina Manuel de Villena (1830-1886). Un personaje histórico de Fortunata y Jacinta, ed. Trotta, Madrid, 2000.

Ficción y la realidad vienen a darse la mano en la expresión novelística, y de forma muy peculiar en la obra de Benito Pérez Galdós. Tal es el caso de Guillermina Pacheco en Fortunata y Jacinta: “Lo verdaderamente auténtico y real (de la citada novela) –escribe el novelista canario– es la figura de la santa Guillermina Pacheco. Tan solo me he tomado la licencia de cambiar el nombre. (…) Esta gloriosa personalidad merece a todas luces la canonización”. Que un escritor con la acendrada fama de anticlerical de Galdós dedique un artículo a pedir que se eleve a los altares a una contemporánea suya, que al mismo tiempo se convierte en un personaje clave de su novela cumbre, no deja de ser al menos un hecho curioso.

ç Pero hasta ahora cierta oscuridad se había cernido sobre Ernestina Manuel de Villena (1830-1886), distinguida dama e hija de diplomático, nacida en Lucca (Italia) y madrileña de adopción, que se entregó en cuerpo y alma al depauperado Madrid del siglo XIX y que sobrenada entre las dos aguas de la historia y la novela. La investigación galdosiana se ha preguntado reiteradas veces quién era en realidad doña Ernestina, qué valor histórico tiene el retrato que traza de ella Galdós y si no se ríe el autor una vez más de un personaje religioso cuyo sobrino en la novela la llama la rata eclesiástica o la considera otro representante de la, en opinión del escritor, irrealizable utopía cristiana.

Este libro responde en primer lugar a esa pregunta sobre el papel de Ernestina en la obra literaria de Galdós. Y, segundo, ofrece la primera biografía completa de un personaje histórico del siglo XIX, que no solo ilumina sobre el polémico tema de la religiosidad del novelista, sino que constituye en sí mismo un precedente de un voluntariado cristiano solidario que ahora crece espectacularmente en el horizonte del siglo XXI.

Pedro Miguel Lamet articula el libro en tres círculos. En su primera parte analiza al escritor, como principal testigo de la vida de Ernestina y la famosa polémica sobre su religiosidad y anticlericalismo. El personaje de ficción, Guillemina Pacheco, ocupa la segunda parte de su obra, dentro del análisis de Fortunata y Jacinta. La tercera traza la biografía del personaje histórico, apoyada en numerosos documentos inéditos; y finalmente, sus conclusiones comparan la ficción y la vida, donde Guillermina/Ernestina, que aparece como un curioso personaje-puente, además de arrojar nueva luz sobre la novela cumbre del autor canario y la dialéctica pueblo/burguesía del relato, contribuye a la comprensión de la auténtica naturaleza de su cosmovisión cristiana.

Además, la peripecia humana de Ernestina Manuel de Villena vale por sí misma, más allá de toda imbricación en la crítica galdosiana, puesto que su trayectoria revela asombrosos precedentes de un voluntariado laico, comprometido y por libre, cuando la mujer no contaba aún en la sociedad más que como madre, esposa, religiosa, criada u objeto de placer, y apenas bullían en la sombra los primeros brotes socialistas y revolucionarios en nuestro país.

2.- Contenido

Entre la novela y la historia

I. PARTE: EL ESCRITOR
1. Perfil de un solitario
2. La fe de don Benito.
3. Historia de dos casadas.

II PARTE: EL PERSONAJE
4. Doña Guillermina.
5. La santa y el anticlerical.

III. PARTE: LA BIOGRAFÍA
6. La hija del Diplomático.
7. Despertar a los demás.
8. Los maestros de La Salle
9. Una dama en el Cuarto Estado.
10. “Prima hermana del Nazareno”.
11. La gloria de Madrid.

Conclusión:
12. Entre la ficción y la vida.

APÉNDICE:
“Santos modernos”, por Benito Pérez Galdós.

BIBLIOGRAFÍA.

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Desde mi ventana

1.- Pensamientos de autoliberación

Una vaga sensación de miedo, aburrimiento, angustia, depresión o sin sentido se ha apoderado del ánimo de muchos ciudadanos de hoy, que se preguntan cómo salir del vértigo y el estrés consumista al que están diariamente sometidos. Trabajo, salud y las relaciones humanas se ven así seriamente condicionados por una sociedad que nos oprime y nos impide llegar a ser nosotros mismos.

Dirigido al hombre de la calle, este libro fue escrito para ser abierto en cualquier momento, en el autobús, en casa o en una cola del médico o del cineB y en cualquiera de sus páginas, ofrece una colección de breves pensamientos de autoliberación, a modo de Aaspirinas espirituales@, útiles para el despertar interior y la recuperación personal de la paz y la alegría.

Desde mi ventana invita al lector a que abra su propia ventana a la luz y el paisaje interior. A partir de temas como la expansión del ego, la liberación de las máscaras y la práctica de la intuición, recoge sugerencias para lograr relacionarse sin dependencias y una cosmovisión que ayuda a superar los problemas interpersonales, el sufrimiento, los apegos, el miedo, la vejez y la llamada muerte a través de la unificación del Adentro@y el Afuera@.

Si te apetece leer alguna “píldora” de este libro, pulsa aquí:

 

2.- A tragos de silencio

Con estilo claro, a la vez sencillo y abierto a la sugerencia poética, traza una síntesis de pensamiento oriental y occidental sobre principios de autoayuda y crecimiento personal, por lo que este libro será en un buen compañero de viaje para quien esté necesitado de respiración interior y no goce de demasiado tiempo para la lectura. De esta forma cada cual -afirma el prólogo- descubrirá su propia verdad dentro; porque estoy convencido que la tiene desde siempre, sólo que la ha olvidado, y dará un paso, a pequeños tragos de silencio, hacia la propia realización personal profunda. Tal paso personal será una forma concreta de contribuir al esplendor del universo@. Pues cada ser humano, según el autor, nace con su propia ventana abierta a la felicidad.

 

3.- Contenido

Prólogo: Para empezar.
1. Un yo más yo que yo. (Máscaras del ego).
2. El arte de no pesar. (Los deseos y el sufrimiento).
3. En brazos del Universo. (Para liberarse del miedo).
4. El mirar del alma. (La intuición).
5. Amor o mar. ( Las cosas del querer).
6. Enteramente gratis. (La amistad).
7. Eterno y fugaz. (La muerte).
8. El dentro y el fuera. (Conciencia y mundo).
9. Las citas del alma. (Contemplación y discernimiento).
10. Del cero al infinito. (Búsqueda, aceptación y encuentro.
Epílogo: El amanecer del yo: Diez pasos para despertar

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Mar adentro

Marinero varado

Los españoles, que seguimos día a día la peripecia humana de Ramón Sampedro, el tetrapléjico gallego que decidió quitarse la vida, asistimos de algún modo a la muerte en directo. Una muerte que no era ficción, por mucho que se nos hurtara en la tv sus últimos estertores, sino una muerte real. El cine a través de su historia nos ha obsequiado con millares de muertes, convertidas en espectáculo más o menos creíble, dramático, estético o denigrante. Pero pocas veces, cuando el film se hace crónica, la hemos vivido tan cerca como la de Sampedro.
Convertido en bandera moral, ideológica y hasta política, Sampedro, un cerebro lúcido incrustado en un cuerpo inerte, estuvo en el centro del debate de la eutanasia activa y en las reivindicaciones de las asociaciones “para morir dignamente”.
Llevar esta tragedia personal al cine era un enorme desafío y más aún llegar a convertirla en una película con éxito comercial. Alejandro Amenábar, que no puede negar un cierto discipulado de la fascinación de Hitchcock y de los recursos de Spielberg, ha respondido a este reto con una obra honesta, de gran calidad fílmica y estremecedora vibración humana. La más viva y cercana al espectador de toda su filmografía compuesta hasta ahora de cuatro películas.
Inmerso en el misterioso paisaje gallego, de belleza triste como la muerte, e identificado por simpatía –en la acepción más etimológica del término de sentir-con- con su protagonista-, el joven realizador ha optado, entre las diversas opciones que tenía, por la crónica amable y poética. Podría haberse limitado al reportaje duro, a la denuncia seca a lo Truman Capote o la tragedia existencialista y documental. Pero para eso Amenábar tendría que sentirse más cercano del cine francés o italiano que del estadounidense.
El film se desarrolla en dos ambientes, que básicamente podrían simbolizar la realidad y el sueño, la muerte y la vida. El primero es la casa donde vive Ramón, la vivienda de un campesino en la Galicia profunda. Esta recreación es lo mejor de la película. Nos sumerge en la cotidianidad de la familia, que ha aceptado plenamente convivir con el enfermo, pero que tienen sus dispares modos de enfocar los deseos de suicidio de Ramón: El viejo padre, Joaquín (Joan Dalmau), que asiste como estatua viviente al drama; su hermano, tosco marinero convertido en campesino que no entiende a Ramón; el sobrino Javi (Tamar Novas), adolescente limpio y desconcertado, y sobre todo la cuñada Manuela (Mabel Ribera) una magnífica encarnación de la mujer del pueblo, sacrificada y silenciosa. La casa es el trasunto de la inmovilidad de Ramón y al mismo tiempo su falta de intimidad, su dependencia absoluta, a pesar de que ha conseguido escribir cartas y poemas y responder al teléfono con la boca. Son los demás los que entran, salen, recorren los pasillos, viven. Ramón sobrevive con su cerebro, su humor y sus ganas de morir.
El otro mundo, prohibido para Ramón, es el de fuera. Amenábar libera a su protagonista y al espectador a través de las escapadas de la mente, una suerte de viajes astrales al campo y al mar, vuelos rasantes al paisaje de la vida. Esta técnica, que podría haber rayado en recurso cursi y meloso en manos de un inexperto director, se integra bien como contrapunto poético a la tragedia y a la claustrofobia. Es el mundo de los que viven la vida, evocado también en los sugerentes planos del viaje real al juzgado de La Coruña.
Entre ambos mundos se mueven los personajes femeninos, que son los que de alguna manera reportan vida al “muerto” Ramón. Ya hemos mencionado a Manuela, el cariño silencioso y abnegado, un personaje arrancado de la vida y que se mueve en el ámbito del hogar, del servicio y del dolor. Luego está Julia (Belén Rueda), la hermosa, rubia y esbelta abogada, que representa el afuera, la utopía, personaje de ficción que intenta hacer comerciable el film, auque la actriz responde con eficacia y sensibilidad a la expectativas. Y, por último, como entre los dos mundos, la realidad y el sueño, Rosa (Lola Dueñas), una galleguiña de Boiro, madre dos hijos, frustrada en el amor, que también se enamora de Ramón y que acabará por estarle más cerca que ninguna.
Pero sobre todo está el propio Ramón, interpretado por Javier Bardem, en una creación en la que el actor se supera a sí mismo, hasta llegar a parecerse al personaje histórico, en sus tics, sus sonrisas, sus escasos movimientos, su habla gallega. Se puede decir que esta película es la historia de un rostro, el de Sampedro, y por tanto en un elevado tanto por ciento el logro de un extraordinario actor.
No obstante el drama de Ramón Sampedro está en cierta manera edulcorado de su terrible realismo gracias, como he dicho a la poesía, el humor –presente en todo el film- y sobre todo el amor y la ternura. Roza el borde del ternurismo, contrabalanceado por el humor y los elementos de la vida cotidiana. Ello hace de Mar adentro un melodrama de factura internacional. Todos los personajes son fílmicamente creíbles, aunque el de Belén Rueda es un tributo, como he dicho, a la viabilidad taquillera del la obra. La música, compuesta por el propio Amenábar, con ayuda de músicos gallegos y la fotografía, empastada en una luz también muy gallega y abierta a su bronco mar, coadyuvan a una cámara que ama a sus personajes con leves y acariciadores movimientos.
Desde el punto de vista ético, sociológico y político, ¿toma partido? Amenábar ha dicho que no está ni a favor ni en contra de la eutanasia, sino que pretende relatar un hecho humano. En cierta medida es así, porque al final de cuentas se trata de una película sobre la vida, un canto a la libertad y al amor, por encima de todo. No obstante hay evidentes y explícitos juicios críticos a la postura de la sociedad, los jueces y la Iglesia católica. Esta última aparece ridiculizada con la intervención de un sacerdote tetrapléjico que va a visitar a Ramón y no puede ser subido por las escaleras, teniendo que comunicarse a través de sus ayudantes. La ridiculización de este cura – en la vida real miembro del Opus Dei y en la película, no se sabe por qué (quizás por miedo al poder de la Obra), jesuita- es tan sarcástica que se despega como un postizo. Más allá de este nervioso brote anticlerical, donde casi siempre se desmadra el cine español, se echa de menos que alguien explique en el film la postura contraria desde el respeto y la sensibilidad que domina en el resto de la película.
Pero a la pregunta sobre si el film está o no favor de la eutanasia, hay que responder que Amenábar está a favor de la decisión personal e intransferible de un ser humano, Sampedro, como el mismo Ramón dice en el film, revelando contradicciones de posturas contrarias como la pena de muerte o la defensa de la propiedad privada. En otra escena, cuando Rosa le interroga sobre la otra vida después de la muerte, Ramón, muy racionalista, le respondo que un pálpito le dice que en la otra vida no hay nada, aunque siempre queda la supervivencia a través del recuerdo y la poesía.
En una palabra, un bello y estremecedor film que consolida a un gran realizador, acercándolo al público, frente a sus obras más artificiosas y frías como Tesis o Los otros, y lo introduce en el mundo de los insondables sentimientos. No es una obra maestra, en el sentido de que tiene sus trampas, concesiones o fugas a la angustia insoportable del tema. Me imagino con el rigor que habría rodado esta misma historia un Bergman, un Buñuel , un Bresson o incluso un Rossellini. Pero también es verdad que este film sobre el “derecho a la muerte digna” se convierte en un canto a la vida desde un cerebro; al amor gratuito y sin manos, en definitiva a una forma de fe que hace que se superen a sí mismos en los límites de su cuerpo. Es un film poético y en la poesía, que redime o es el hontanar secreto de toda realidad, siempre habita el misterio, un sabor a más que está más allá paradójicamente incluso del nihilismo de una concepción puramente material de la vida, que la película parecería defender. Como si al final ganara el alma, le mente, o como quiera llamársele al elán vital que anima la vida a la que renuncia el protagonista.

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Director: Alejandro Amenábar .-Guión: Alejandro Amenábar, Mateo Gil.-Productor: Fernando Bovaira, Alejandro Amenábar.-Intérpretes: Javier Bardem (Ramón Sanpedro), Belén Rueda (Julia), Lola Dueñas (Manuela), Mabel Rivera (Rosa), Celso Bugallo (José), Clara Segura (Gené), Joan Dalmau (Joaquín), Alberto Jiménez (Germán), Tamar Novas (Javi).-Música : Alejandro Amenábar .-Fotografía: Javier Aguirresarobe, Montaje: Iván Aledo.-Duración: 110 minutos.

Leer el poema de Ramón Sampedro, que dio título a la cinta.

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Gigantes

Don Quijote los miraba amenazantes, lanza en ristre y con los ojos desorbitados, mientras el realista Sancho pretendía en vano disuadirle: “Que no son gigantes, mi señor, sino molinos”. Probablemente fueron estos pacíficos y soleados molinos de Consuegra o similares los que inspiraron a Cervantes a mostrar en este episodio de su genial novela cómo nuestra obsesionada mente puede llegar a ver lo que quiere ver y no lo que en realidad hay delante de nuestros ojos. ¡Cuántos miedos, angustias y otros virus mentales dependen de una óptica apasionada y errónea! ¿Qué grandes o pequeñas locuras nos impiden ser en realidad felices? Aunque a fin de cuentas ni Sancho ni don Quijote tienen toda la razón. Porque son molinos, si, pero molinos cuyas aspas, gracias al ensueño, pueden convertirnos en gigantes.

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La mala educación

Una denuncia frustrada

Las altas cotas de calidad y clasicismo alcanzadas por Pedro Almodóvar en Hable con ella, que consiguió un merecido Oscar de Hollywood, hacían pensar que el realizador manchego se lo ponía muy difícil a sí mismo al abordar un tema tan delicado como las consecuencias de la mala educación o el mundo sutil de la preadolescencia contemplada desde la edad adulta.

Almodóvar ya sentó un precedente de esta película en La ley del deseo (1986), cuando el personaje del transexual que encarnaba Carmen Maura entra en la iglesia del colegio donde estudió de niño. Encuentra a un cura tocando el órgano, en el coro. El cura le pregunta quién es; Carmen le confiesa que fue alumno del colegio y que él (el sacerdote) estuvo enamorado de él. Aunque el propio autor del film reconoce que tenía la idea desde entonces, se puede decir que en este vidrioso tema de la pedofilia ha llovido mucho, sobre todo después de los escándalos del clero católico en Estados Unidos, lo que ha supuesto en cierta medida que se levante “la veda” del sacerdote, considerado hasta hace relativamente poco como un personaje tabú.

No obstante se ve, por la evolución que la idea ha tenido en la cabeza de Almodóvar, que el guión de La mala educación ha sufrido fuertes vicisitudes que lo han hecho evolucionar, como reconoce el propio Pedro:”Antes era un relato de revancha, pero ahora ya no hay ese tono y uso a los curas, para hablar del amor, la pasión, las obsesiones sexuales y los distintos errores que uno adopta en la pasión, porque los personajes son en un momento víctimas y en otro verdugos”, explicó Almodóvar, quien sí ha conservado el relato original de un cuento que escribió hace treinta años.

Y con un cuento titulado “La visita” que lleva un primerizo actor a un joven director arranca el film. Tres son las visitas (del rencor) que se superponen y componen la trama, siempre en forma de triángulo. La primera es una visita al pasado (dos niños conocen la amistad, el cine y el miedo en un colegio religioso a principio de los años 60. El cura que les da clase de literatura es testigo y parte de estos descubrimientos). Los tres personajes vuelven a encontrarse dos veces más, a final de los años 70 y en el 80.

La estructura fílmica no es original. Se limita al doble juego de la película que se rueda dentro de la película. Esta nos permite ver cómo el protagonista, Enrique, el realizador del film, recuerda sus años de colegio, idealizados por el paso del tiempo y sus relaciones con su compañero Ignacio y el padre Manolo. El primero su “primer amor” homosexual; el segundo el educador sacerdote y religioso pedófilo. Si Ignacio es el típico alumno guapo, solitario y sensible, el padre Manolo representa un reprimido clérigo, profesor de literatura, también sensible con ciertas connotaciones místicas, que mezcla la estética religiosa con sus desviadas tendencias sexuales.

Sin embargo esta parte de evocación del colegio religioso, que da título al film, no es la más importante. Se conoce que Almodóvar, tan pendiente siempre del marketing de sus películas, le ha tenido miedo a entrar a fondo en situaciones tan resbaladizas. La historia del colegio (que aparece sólo en la película dentro de la película, no en la vida real) es un puñado de escenas, donde los mayores logros se dan en la visualización estética: el niño cantando de monaguillo, las escenas de gimnasia, los homenajes al cine del pueblo y un film de Sarita Montiel, el juego de las miradas, la liturgia. Almodóvar no se libra aquí del tópico fácil y simplificador: enseñanza castrante y represiva de la libertad, sintetizada en la frase del niño Enrique sobre la libertad: “Yo no creo en Dios. Soy hedonista. Lo he leído en el diccionario: son lo que se lo pasan bien porque no creen en el infierno”. No hay un solo cura simpático ni una idea liberadora en dicha enseñanza religiosa.

Por tanto el film deviene desde el principio hasta el final en un nuevo análisis de las relaciones homosexuales, que lo convierten en un trhiller y tragedia a través de una frustrada transexualidad y un deterioro por la drogadicción. La reaparición posterior de los personajes, ya sin ninguna idealización fílmica, resulta patética. Especialmente el sacerdote secularizado y casado. De esa quema sólo se salva, como siempre, la figura de la madre, enferma y sufridora en el pueblo, que reproduce otra de las idealizaciones almodovarianas.

En una palabra, Pedro Almodóvar, ha perdido la gran ocasión de realizar su gran film sobre la adolescencia, su Au revoir les enfants, por ejemplo, para reincidir en otra inmersión en el mundo cerrado de las homosexualidad, esta vez sin apenas “chicas Almodóvar”, con menos dosis de humor y con unos diálogos que, sobre todo en la segunda parte de la película, tan reiterativos la ralentizan y le sustraen riqueza icónica. La razón de fondo es el desenfoque del guión y la pluralidad de objetivos del film.

He leído no sé donde que si esta película no llevara la firma de Almodóvar, la hubieran tachado de simplemente mala. En parte dicha crítica lleva razón. Lo que le presta cierta calidad es precisamente el buen pulso del realizador manchego que se aprecia en el juego, más o menos aceptable, de un guión con sus sorpresas a modo de cajas chinas y, sobre todo, en una traducción en imágenes que alcanza logros estetéticos como los planos de la clase de gimnasia o la secuencia en que el niño Ignacio canta para la comunidad de religiosos en el refectorio.

Es una pena, porque en Hable con ella, Pedro Almodóvar demostró que puede ir más allá del puro histrionismo impactante, el humor chusco y el simbolismo celtibérico, para tratar temas de hondo alcance ético y trascendente. Quizás la proximidad de los propios demonios –él ha reconocido que el film refleja su vida, aunque no sea literalmente auotobiográfico- le hayan impedido ver el bosque. Porque ni siquiera la denuncia de esa “mala educación” tiene claro objetivo, como no lo tiene una hipotética defensa del amor que no pasa de soledad epidérmica.

Producción: España, 2004.-Guión y Dirección: Pedro Almodóvar .-Productores Ejecutivos : Agustin Almodóvar,Esther Garcia.-Intérpretes: Gael Garcia Bernal (Zahara/Ángel/Juan), Fele Martínez (Enrique), Javier Camara (Paca/ Paquito), Lluis Homar S. (Berenguer), Daniel Giménez Cacho (Padre Manolo). Fotografía : Jose Luis Alcaine.-Montaje: Jose Salcedo.-Música: Alberto Iglesias.-Directora de Producción : Esther García.-Director Artístico: Antxon Gómez.-Sonido: Miguel Rejas.-Vestuario: Paco Delgado.-Maquillaje: Ana Lozano.

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