Siempre hace buen tiempo

Category Archives: Fotos con Alma

La armonía de dos templos

En el cañón soriano de Río Lobos se halla la ermita templaria de San Bartolomé, rodeada de olmos muertos, situada en el centro de un rincón mágico  habitado desde la época del bronce (2000-850 a.C.), frente a la Cueva Grande, donde hay pinturas rupestres, y el llamado Balconcillo. Se diría que es la conjunción de dos templos, el construido por los hombres —en este caso los enigmáticos templarios—, y el de la naturaleza, apuntan a la paz y el inconmensurable misterio de Dios.  El primero reúne la intimidad de una ermita rural y el misterio arcano de los símbolos templarios según el modelo de Jerusalén. El segundo, horadado por los siglos, socava en la roca nuestra evocación de fragilidad y permanencia. En ese oasis de quietud y armonía ecológica el hombre vuelve a ser hombre y a sintonizarse con el canto de amor y belleza de donde surge y a donde desemboca.

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El buscador es lo buscado

Leo en Kabir:

“¡Oh servidor! ¿Dónde me buscas? ¿No ves que estoy a tu lado?

No estoy en los ritos ni en las ceremonias, ni en el yoga ni en la renuncia.

Si eres un verdadero buscador, me verás  enseguida en un instante me encontrarás. Kabir dice: ¡Oh Sadhu! Dios es el aliento de todos los alientos”.

El buscador es lo buscado.

Corro como loco a buscarte y estás en la popa de mi barca, aunque pareces dormido.

El camino es la meta.

Lo que está detrás de mi (de mi yo, de mi máscara)  ni sufre, ni goza, ni padece. Hondura de la hondura.

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Cuando Dios imagina a Dios

Cuando el hombre imagina a Dios, los sitúa entre nubes, rodeado de rayos y centellas, abriendo abismos, separando mares y levantando con su poderoso dedo montañas y continentes. Cuando el hombre piensa en Dios, lo hace tronar desde las alturas como creador, legislador, juez castigador y todopoderoso dueño. Pero cuando Dios imagina a Dios, comienza por romper todos los códigos de nuestras insignificantes vidas. Da miedo a veces del Dios que se inventa el hombre. Sólo Dios pudo inventarse a un Dios así, que ríe y llora entre las pajas, tembloroso y frágil; del tamaño de nuestro acurruque y nuestro abrazo, colándose por amor entre los pliegues de la historia y el tiempo. Sólo Dios pudo pergeñar una religión así, que de tan hermosa parece absurda, que de tan grande parece pequeña, que de tan humana tiene el inconfundible sabor de lo divino. Sólo Dios pudo inventarte a ti y tu entrañable Navidad, mi niño Jesús.

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Ateo y creyente

Encontré esta inscripción en Cuenca, cerca de la catedral. Es una conocida frase que pronunció el gran cineasta Luis Buñuel, ex alumno de los jesuitas, tan obsesionado con la religión que el tema reaparece continuamente en sus películas. La frase es profunda y tiene muchas lecturas. “Gracias a Dios soy ateo”, porque lo que nos han vendido como “Dios” no es muchas veces más que un monigote: un ser que, después de una vida difícil nos asusta con castigos; un personaje que parece estar de parte de los poderosos o de los que aplastan nuestras conciencias. En su nombre se ha quemado a gente, declarado guerras, negado el pensamiento, hasta el amor y la vida. Entonces se explica que para algunos ese ateísmo sea igual a libertad. Pero, al decir “gracias a Dios”, se admite a la vez su existencia, la del verdadero Dios, mas grande que toda categoría humana, el Dios del amor que llevó al Hijo a la cruz por defender que no somos esclavos de nadie, sino libres hijos suyos.

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El fotógrafo

El fotógrafo mira a la vida, y la vida le mira a él. ¿Quién dispara realmente las fotografías? Nosotros las guardamos en álbumes para atrapar la imparable corriente de la vida sobre cartulinas de dos dimensiones o ahora en archivos digitales. “¡Qué joven estaba entonces! ¡Mira en esa a papá cuando conoció a mamá! ¡Quién lo diría!” Pero ¿y las fotos que nadie hace? ¿Se quedan en algún remoto archivo astral donde se van depositando nuestras risas, nuestros amores y nuestras lágrimas? Quizás un dulce ojo que vigila amorosamente cuanto sucede guarda nuestras fotos para comentarlas en la mesa camilla el día feliz del encuentro. Entonces nos veremos como realmente somos. Eso y mucho más pensó el fotógrafo el día en que por azar fotografió su propia imagen en el espejo.

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Clónicos de Dios

Muchos muchos siglos antes que nadie hablara de clónicos ni tristes criaturas de laboratorio, apenas había amanecido el cosmos y tras el primer surgir de la Tierra separada del mar, una vez que Dios pintara de mil colores ríos, campos, montañas, frutas y pájaros, el creador se contempló a sí mismo y falto de espejo contigente, exclamó: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. Y a su imagen, aunque de barro y viento, débil y sublime, capaz de reflejarle u olvidarle lo creó. Desde entonces todos somos mellizos, clónicos de un Dios. Y por eso los niños, cercanos aún a la fuente original de donde brotaron, no han perdido, sobre todo mientras duermen, ese sabor a infinito, esa placidez eterna en la que reposa en su interminable domingo el mismo Dios.

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Sede vacante

Hay momentos mágicos que hablan por si solos. Como aquella tarde luminosa que, paseando, descubrí aquella terraza vacía besada por el sol y abierta al mar con su única butaca de mimbre estratégicamente orientada hacia el horizonte. No había nadie, pero aleteaba una presencia. ¿Quién se sentaba allí a contemplar la caída de la tarde? ¿Una anciana con su labor de croché? ¿Un lector empedernido amigo de la soledad? ¿O algún joven triste y enamorado añorando lo imposible? Yo no conocía a nadie en aquella casa ni podía entrar ni sentarme en aquel sito vacío. Pero por un instante supe que era todos los hombres que necesitan mirar más allá y esperar contemplativamente que desde el infinito asome blanca la vela lejana de una respuesta.

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Gigantes

Don Quijote los miraba amenazantes, lanza en ristre y con los ojos desorbitados, mientras el realista Sancho pretendía en vano disuadirle: “Que no son gigantes, mi señor, sino molinos”. Probablemente fueron estos pacíficos y soleados molinos de Consuegra o similares los que inspiraron a Cervantes a mostrar en este episodio de su genial novela cómo nuestra obsesionada mente puede llegar a ver lo que quiere ver y no lo que en realidad hay delante de nuestros ojos. ¡Cuántos miedos, angustias y otros virus mentales dependen de una óptica apasionada y errónea! ¿Qué grandes o pequeñas locuras nos impiden ser en realidad felices? Aunque a fin de cuentas ni Sancho ni don Quijote tienen toda la razón. Porque son molinos, si, pero molinos cuyas aspas, gracias al ensueño, pueden convertirnos en gigantes.

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El pensador débil

 

Decía Gómez de la Serna que El pensador de Rodin es un ajedrecista al que se le ha quitado la mesa. Demasiado concentrado para poder pensar. Aunque sea menos artístico, prefiero este payaso que piensa desde el humor, es decir con la capacidad de reírse de los demás y no perder la sonrisa cuando se ríen de él. Y es que el humor es capaz de limar nuestras durezas, eliminar irritaciones y rencores y mantener a la gente alegre, aunque todo payaso tenga su fondo de tristeza. Pero ¿no son más patéticos y ridículos los que andan por ahí de guapos y perfectos? Quien nos hace reír es un cómico; quien nos hace pensar y luego reír es un humorista. El que ama lo débil desde su debilidad es un cristiano.

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La careta

 

 

 

¿Quién eres realmente? ¿El que muestra tu careta o el que se oculta detrás? Vivimos en un falso personaje construido de cara a los demás, que cultiva la apariencia y que identificamos con un falso yo que no soy yo. Aparentamos suficiencia, destreza, relaciones, poder, influjo, belleza, inteligencia, méritos, cultura, educación. Pero luego somos realmente ese niño auténtico que hay detrás del cartón piedra, frágil, hecho de luz, que es de verdad sólo cuando se siente parte de un todo y abandona los ridículos protagonismos de la careta. ¿No era eso lo que quería decir Jesús con “renunciar a uno mismo” y el “hacerse  niño”? ¡Qué agil y libre se va por la vida sin las molestas caretas!

vía Pedro Miguel Lamet.

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