Siempre hace buen tiempo

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Mirar es renacer

Vivimos atrapados en un mundo de lógica. ‟¡Lógicamente!‶, dice mucho la gente de hoy. Pero la lógica no funciona cuando se muere un ser querido, o cuando te enamoras, o cuando te extasías ante el paisaje o ante el arte evocador de un cuadro espléndido. ¿Qué pasa entonces? Que comprendes el universo de una manera directa y distinta, aunque no puedas formulártelo.
La intuición no anula lo racional. Pero lo mejor de la vida me viene por la intuición, esa capacidad perceptiva que está por encima de nuestra mente, no por debajo. Lejos de ser sentimentalismo o un fiarse de emociones, como cree la gente, es una manera superior de conocimiento. La intuición une, la lógica separa. Por eso la auténtica intuición nos devuelve el ser que somos.
Y es que mi energía es sólo una chispa de la hoguera del universo. Mi conciencia es solo un resplandor de todo el sol. Mi lucidez está conectada a una luz superior y total. Cuando no me limito a mi mismo por mis propias ‟chorradas‶, despierto.
El silencio me hace crecer en todas direcciones, me expande, me libera. Yo hago silencio cuando me suelto a mí mismo, y suelto ideas, esquemas, formulaciones. Perderse es encontrarse. (Algo así decía Jesús de Nazaret. Lo que pasa es que lo han estropeado canonizando el sufrimiento. Él se refería al ego, al personaje ese en el que hemos centrado todo y no vale un pimiento).
De esta forma asisto desde lo que aparece a lo que no aparece, de lo visible a lo invisible, de lo particular a lo universal, de lo terrenal a lo cósmico. Uno con el mar. Uno con el fuego. Uno con el aire. Uno con la tierra. Cuando más allá esté, más aquí me descubriré.
Después abrí los ojos. Mirar es renacer.

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Comentario a «DEJA QUE EL MAR TE LLEVE»

LAMET, Pedro Miguel: Deja que el mar te lleve, Mensajero, Bilbao 2019, 256 pp. ISBN: 978-84-271-4309-8.

“Los libros siempre están disponibles, nunca están ocupados” decía Cicerón y así nos recuerda la suerte y la importancia de tener libros a mano y disfrutar siempre de su lectura. El disfrute además no acaba con la lectura, sino que suele continuar después, como es el caso de este libro, cuya compañía continúa durante mucho más tiempo por el poso que dejan sus palabras.

Pedro Miguel Lamet nos habla del sentido de la vida a través de la historia de una familia madrileña que pasa sus veranos en Cádiz, esa tierra azul y blanca con sabor a mar. Seguimos los pasos de Rodrigo, uno de los hijos de esta familia y ya veterano periodista que vuelve al Sur, agotado de tanto remar tierra adentro en Madrid y con ganas de dejar entrar a la luz, al aire y al mar en su vida. Rodrigo nos cuenta desde el principio los dos acontecimientos que marcaron su vida en la infancia: una larga enfermedad que le mantuvo inmóvil durante mucho tiempo y la muerte repentina de su queridísima hermana Silvia.

Rodrigo vuelve a preguntarle al mar muchas de sus dudas vitales. ¡Qué bonito! Es el mar el que va revelándole en su continuo preguntar y escuchar, muchas de las respuestas que espera. “El mar siempre me habla, pero sin palabras. Quizás porque las mejores respuestas no son verbalizables. Solo el silencio responde, pero no es fácil saber escuchar el silencio” (p. 96) … nos dice Rodrigo.

En este viaje al pasado, con el mar como compañero, nuestro protagonista va descubriendo que una de las claves para ser feliz es la aceptación del dolor. Nos dice el autor que lo que más nos cuesta en el dolor es aceptar que ya nada va a ser igual, nos apegamos a la vida que teníamos como a una tabla de madera en altamar. Y necesitamos experimentar el don de dejarse llevar por el río de la vida, sin resistirnos, sin nadar a contracorriente. Con la aceptación, el sufrimiento se desvanece.

Estas palabras me han traídos ecos de Resurrección. ¿No es la Resurrección de Cristo la aceptación del dolor, la otra cara del sufrimiento, la alegría de la entrega? Dios nos viene a buscar y nos encuentra en nuestras noches, viene a darnos vida para que nosotros se la demos a otros. Esta historia es una historia de amor, de entrega, de lanzarse a mares desconocidos hasta donde Dios nos lleve. ¡Déjate llevar por Él!

—Lucía MUÑOZ MORO.

Publicado en RAZÓN Y FE, n. 2019, t. 280, nº 1441, pp. 225-240, ISSN 0034-0235

Para saber más del libro y cómo adquirirlo

Libros238Razón y Fe,2019, t. 280, nº 1441, pp. 225-240, ISSN 0034-0235Estas palabras me han traídos ecos de Resurrección. ¿No es la Resurrección de Cristo la aceptación del dolor, la otra cara del sufrimiento, la alegría de la entrega? Dios nos viene a buscar y nos encuentra en nuestras noches, viene a darnos vida para que nosotros se la demos a otros. Esta historia es una historia de amor, de entrega, de lan-zarse a mares desconocidos hasta donde Dios nos lleve. ¡Déjate llevar por Él! —Lucía

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El pálpito


«Yo apoyaba mi brazo izquierdo en el diván. No pude contenerme y recliné mi cabeza sobre su pecho, como acostumbraba. Entonces el tiempo se detuvo. Sentía el calor infinito de su piel y su corazón latir como un corcel desbocado. Dicen que a la hora de la muerte transcurren en un instante ante nuestra vista todos los acontecimientos de nuestra vida. Algo así me ocurrió a mí, Juan, el discípulo amado, en aquel momento. Pero no como la sucesión cronológica de hechos de una biografía, paso a paso desde el nacimiento hasta hoy, sino como si bebiera toda mi existencia en un solo trago o como sobre la superficie de una hoja verde se concentra todo el sol que brilla en una gota de agua. Como si, desde una cima, pudiera contemplar todos los caminos que confluyen en subidas y bajadas, valles y abismos, en ese solo punto donde ya no hay caminos, sino solo presencia, solo amor sin medida.


Oía perfectamente la voz de Jesús; distinguía las reacciones de los discípulos, su desconcierto, su expectación emocionada, su sorpresa cuando tomó en sus manos el pan y el vino. Entonces me di cuenta de que yo no era un mero espectador. No sé lo que era. Quizás también aquella voz, aquel pan y aquel vino. Yo bogaba dentro del corazón del Señor hacia un templo infinito sin paredes que contenía todo el mar, los paisajes del universo, un camino de estrellas que se perdía en la noche sin tiempo hacia simas insondables, solo luz.»


Pedro Miguel Lamet

(Fragmento de mi libro «Las palabras vivas: Confidencias de Juan, el discípulo predilecto», ed. Paulinas Madrid, 2011)
Foto: “Jesús y Juan” (Bajorrelieve) Está sobre la cabecera de mi cama.

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Sabatina

SABATINA

Era aún el chaval adolescente
que en las tardes lucía la alegría
de sentir en mi pecho, madre mía,
la cinta azul de tu medalla ardiente.

Y en los sábados, pálido e inocente,
postrado ante tus pies te repetía:
“Ayúdame a soñar desde esta fría
soledad de poeta evanescente”.

Y tú, joven ideal de lo imposible,
me inundabas del mar de tu mirada
más allá de las nubes y del viento

con solo esa sonrisa inaprensible
de la Madre que exclama emocionada:
“Ve tras mi Hijo y no pienses en nada”


Pedro Miguel Lamet
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¿Dónde andas los muertos?

¿DÓNDE ANDAN LOS MUERTOS?

El que no vive existe diluido
en los valles que ando y en la rosa
que llena de perfume cada cosa,
pues casi del todo aún no se ha ido.

Decidme, muertos, ¿qué dulce latido
es el que siento en la piel porosa
y qué noche me invita misteriosa
a vivir en presente lo perdido?

¿Dónde andáis o por dónde me parece
que ando yo este sueño de quimera
que es sentiros sin veros ni palparos?

¿No será que un ahora me amanece
en el que sin el tiempo venga a amaros
para ser Uno en una primavera?

Pedro Miguel Lamet
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Meditación ante el volcán

Formamos parte de un todo

Perplejo ante las imágenes devoradoras del volcán de la isla de la Palma, se me han ocurrido los siguientes puntos de meditación:

  1. El ser humano, a pesar de los logros alcanzados en la ciencia y la tecnología, sigue siendo un pequeño insecto en medio del Cosmos, impotente antes estos fenómenos naturales como un volcán, tifones, tsunamis, riadas, etc. ¿Por qué nos lo hemos creído y hay un orgullo posmoderno absurdo? Miro las hormigas y aprendo.
  2. El orden cósmico nos supera. Este volcán es como una cerilla que ilumina mi mente para saltar hacia el Universo y decirme: sube más allá y acepta una cosmovisión que rompe con tus criterios del tiempo y del espacio.
  3. Construimos fábricas, casas, graneros, propiedades. Nos llamamos dueños del futuro. Y en un santiamén “como ladrón” en este caso la naturaleza se lo lleva todo. ¿En dónde he puesto mi corazón?
  4. La vida humana es más importante que toda posesión material. Pero aun esta siempre está en riesgo. Como cuenta el Kempis de aquel que iba por la calle y le cayó una teja. ¿Tenemos conciencia de que formamos parte de un todo y que el devenir de nuestra vida temporal tiene un término y una continuidad distinta?
  5. Los pequeños, los pobres, los campesinos que han perdido todo lo que tenían siempre son las principales víctimas. ¿Me acuerdo de que, según Jesús, poseerán la tierra y el reino?
  6. Los canarios tienen una pasta especial. Incluso cuando hablan de su tragedia tienen tal tranquilidad y parsimonia que les sitúa en otra dimensión. Quizás estén más cerca de la paz contemplativa que presta sabiduría a la vida.
  7. “Somos espectáculo”, dice el apóstol Pablo. El volcán de la Palma tiene una dimensión espectacular. Hemos seguido la apertura de sus bocas, el río de lava hacia el mar, su bramido continuo. Lo hemos visto embobados e impotentes. Su fuerza ante nuestra pequeñez, su belleza junto a su poder devastador, su irrupción ante nuestros planes. Hasta el dolor tiene un misterio de belleza y la belleza un lado de dolor.
  8. Las islas están formadas por viejos volcanes durante millones de años. Te miras en el espejo y ves en tu rostro pasar el tiempo. Corres al trabajo, te preocupas por el tráfico, el último acontecimiento de tu pequeña vida. Levántate y aúpate hacia el no-tiempo.
  9. La Tierra es un ser vivo en continua transformación. Un día se separaron los continentes, surgieron los mares, evolucionaron los animales y vino el hombre. El volcán recuerda que hay una inteligencia, un fuego, una vida, una energía sembrada en el interior del Cosmos. ¿Podemos acceder a ella? Solo desde el silencio.
  10. El volcán como la sonrisa de un niño, el movimiento de las mareas, el cráter de un flor, el parto de una madre, la belleza de una anciana y mil cosas que me rodean sólo me impelen a arrodillarme y saborear un amor sin medida ni raciocinio.
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El hueco del silencio

Sobre el cristal va rezumando el frío
EL HUECO DEL SILENCIO


A veces cuando dentro llora el alma
en las tardes de lluvia del estío
sobre el cristal va rezumando el frío
que acaba con la luz y el aire en calma.

Se desploma la noche que me empalma
con lo oscuro del ser; se para el río,
regresa el miedo y vuelve el desafío
que es perderme sin ti lo que me ensalma.

Entonces me acurruco como un niño
en el hueco que surge de la nada
cual si fuera la cuna del silencio

y de pronto descubro la ensenada
que eres Tú sin estar y te presencio
en un vacío lleno de cariño.

Pedro Miguel Lamet
 
 
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Abísme en tu ser

ABÍSMAME EN TU SER

Si del silencio hiciera
un abismando hueco,
y en las tardes sin nadie
 el diapasón ardiente
del aire sobre el aire
hasta matarme el ego
por ser contigo
Uno,
dormiría
tan  dormido y despierto,
tan nada y todo en uno,
como esa nube leve
del sol atravesada.

Si esta noche me dieras
el saber sin concepto,
un ser sin etiqueta,
un navegar sin barco
y una luna sin tiempo
que en las sombras fabrica
la amenaza del miedo,
quizás descubriría
el vaivén de mi cuna
y el sabor de tu verso.

Si mañana es ahora
y ayer ya no amanece
y  es hoy solo un instante 
que se esfuma ya yerto,
abísmame en tu Ser
porque así me diluya
mientras deambulo absorto
por sendas de tu espejo.

Porque ahora  he nacido
y tengo tanta Vida
cual si estuviera muerto.

Pedro Miguel Lamet

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Ignacio de Loyola quería a su gente

“Actuaba como un verdadero padre, que sabía conocer ‘la anatomía del alma’”. 
Sabía mirar más allá de la apariencia, y al tratarlos se volcaba especialmente con las conciencias turbadas y afligidas, devolviéndoles muchas veces la serenidad interior
«En las cosas espirituales -decía- no hay más pernicioso error que el pretender gobernar a los otros por sí mismo, y pensar que lo que es bueno para uno lo es para todos.
Quizás conservaba algo del antiguo gentilhombre y cuando quería agasajar a alguien, parecía que lo quisiese meter en su alma 
«En el tiempo que estuvo entre nosotros, con su presencia y conversación, reinaba en casa grande alegría».
Cuenta Gonçalves de Cámara que cuando un compañero regresaba a casa después de llevar a cabo un negocio, se limitaba a preguntarle: «¿Venís contento de vos?»
En eso de poner los medios humanos y luego dejar el asunto a Dios era tozudo
Cuando encomendaba algo a alguien, luego le dejaba libertad para actuar a propia iniciativa.

29.07.2021 | Pedro Miguel Lamet

El 31 de julio celebramos la fiesta de San Ignacio, este año dentro del quinto centenario de la herida que le transformó por dentro,  una buena ocasión para revisar la famosa leyenda negra que presenta a Ignacio de Loyola como un militar adusto y distante, en el que  dominaba la obediencia sobre el corazón, creador de una Compañía donde la autoridad y la eficacia están por encima de la persona. En mi reciente novela histórica Para alcanzar amor,  su amigo Pedro de Ribadeneira al final de su vida, al revisar la biografía del fundador y sus primeros compañeros, se plantea también el tema de su trato con las personas. Ignacio quería a su gente. Eso sí, como buen vasco, era tierno por dentro, sobrio por fuera.

Copio algunoa párrafos:

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Marketing espiritual


Hoy está de moda la tesis de que hay que frecuentar los pensamientos positivos, las afirmaciones que nos reafirman, las frases alegres que calen nuestro subconsciente contrarrestando las horas de negatividad.
Pero yo me pregunto: ‟¿Se alcanza la felicidad con un eslogan? ¿Puede el hombre tocar el cielo a base de marketing?


Siempre existió la jaculatoria, el koan y el mantra. Pueden ayudar. Pero para cambiar hay que desearlo. No a fuerza de puños, ni de repeticiones, sino de apertura a la verdad, como la tierra a la lluvia. Deja de pensar, quédate en silencio, respira hondo. El Ser dentro de tu ser hablará.


De nada sirven las técnicas si uno no está enamorado.
Y si uno lo está , todas son buenas y todas sobran.


RENUNCIAR A ‟SER BUENO»


Cuando cometo un error y me siento culpable, es el personaje, el «yo pequeño» el que se siente así. Cuando vivo colgado del pasado, angustiado por aquello que no hice o nostálgico por la felicidad que no volverá, lo vivo desde el personaje, desde un montón de ideas que almaceno en el baúl como ropa vieja y apolillada. Tú no eres eso.


Cuando soy ‟bueno» para que tú me quieras -mamá, papá, superior, novia, esposo, jefe- lo hago desde una careta que no es mi verdadero yo.

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