Siempre hace buen tiempo

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José María de Llanos, SJ

 

TRIBUNA: ANIVERSARIO
PEDRO MIGUEL LAMET

El alma secreta del padre Llanos Añadir a Mi carpeta

Cuando se cumplen 50 años de la llegada del ‘cura rojo’ a El Pozo del Tío Raimundo, el autor recuerda a este emblemático jesuita, su amigo y compañero

PEDRO MIGUEL LAMET
EL PAÍS  –  Madrid – 26-09-2005
Era un hombre frágil, pero con intuiciones y carácter de líder valiente y creativo

 

Cuando se cumplen 50 años de la llegada del ‘cura rojo’ a El Pozo del Tío
Raimundo, el autor recuerda a este emblemático jesuita, su amigo y compañero.

Hundidos los zapatos en el barro, dejábamos el tren en Entrevías y nos adentrábamos en un mundo aparte, llamado Pozo del Tío Raimundo. Eran los conflictivos sesenta. El que suscribe estudiaba entonces filosofía en Alcalá de Henares e iba semanalmente a ayudar al padre Llanos en la catequesis de niños ojerosos, hijos y nietos de los obreros inmigrantes que, procedentes de Jaén, Extremadura y de pueblos de Toledo, habían levantado sin permiso aquel submundo aparte del arrabal. Y algo insólito en aquellos años del franquismo: antes de dar las clases izábamos la bandera de la ONU, y cada día, la de un país, incluido la URSS, ante el señor Horacio, «el único alcalde democrático del franquismo».

De aquellos años llevo clavada en la memoria la figura de un José María Llanos canoso, enroscado en su manta y aporreando una vieja Underwood en su gélido cuchitril, y luego, en el Común de Trabajadores, dormitorio corrido que apestaba a pies y colillas. Aquel hombre me desconcertó desde el primer momento. ¿Era el mito vivo, el jesuita que hace ahora 50 años dejó el centro de Madrid y su pasado de Cruzada para vivir con los más pobres? ¿Qué le hacía tan hosco y sensible al mismo tiempo? ¿Cómo había pasado de capellán de la Falange a «cura rojo»? y ¿de poeta exquisito a revulsivo del mundo obrero?

Recuerdo que un día, cuando llegué en plenas navidades y pregunté por él, me dijeron: «¡Uff, Llanos no sale de su cuarto hace tres días!». ¿Por qué?, inquirí. «Es que le han robado el Niño Jesús de la capilla». Aquella anécdota de «santo cabreo» me dio una clave para entender su alma paradójica, esa mezcla explosiva de delicadeza interior y malas pulgas, de niño y loco, de soñador y depresivo de la que hacía gala. Llanos no era el típico misionero atleta que se adentra en la selva, ni el robusto cura obrero que acaba por encallecer el alma para hacerse sindicalista. Era un poeta, un intelectual, y en el fondo, un hombre frágil, pero con intuiciones y carácter de líder valiente y creativo. El teólogo José María Díez Alegría, con el que he charlado largas horas para escribir su biografía, me corroboraba esta acepción de Llanos como poeta, y añadía que -artista como Picasso- su gran amigo y alter ego pasó de una «época azul» a otra «rosa». Respecto a su carácter, añadía que, «como en la Iglesia tiene que haber de todo, él le decía: Llanos, tú eres la vesícula biliar del Cuerpo Místico».

Precisamente con Díez-Alegría, y durante el destierro en Bélgica, donde ambos hicieron sus estudios de filosofía, arranca el impulso creativo de este jesuita singular. Allí fundó un grupo de compañeros que, con el nombre de Nosotros, se dedicaba a lo que Llanos llamaba «vivir abismos», es decir, formularse las grandes preguntas del hombre. Leían a Marechal, Heidegger, Le Roy, Karl Adam, Zubiri y los poetas de la Generación del 27 con el fin, como él decía, de «coger las grandes cabezas para despejar la mía». Así se adelantó con tiempo al Concilio; tanto, que los superiores se asustaron y disolvieron el grupo.

Sus recuerdos inéditos que repartió entre «cien amigos» y que acaban de aparecer con el título Confidencias y confesiones, revelan a un soñador despierto, que entre depre y depre, había vivido a flor de piel la guerra: momentos como cuando recibía en Portugal la noticia de su hermano asesinado o decía su primera misa en Granada, en pleno fervor posbélico, ayudado por su padre, vestido de uniforme de general. Siempre le acompañó lo que Alegría llama ese «dolor de estrellas», que creo esencial para entenderle cabalmente.

¿Que cómo se compagina eso con un liderazgo revolucionario y levantar el puño con Carrillo en el primer mitin pecero de la democracia? Del mismo modo que sus meriendas con la Pasionaria mientras entonaban juntos Cantemos al amor de los amores; o su deseo de que en la lápida de su tumba le pusieran su número de carné de Comisiones Obreras y, al aproximarse su hora, respondiera al jesuita encargado de las necrológicas: «Hermano, basta que me ponga el SJ (Societatis Iesu)».

En el fondo, ese dolor de estrellas era el secreto de la osadía de Llanos. Un ensueño que no le impidió cristalizar realidades. Como cuando se fue a manifestar ante el Ministerio de la Vivienda contra la proyectada M-40, que se iba a cargar a El Pozo, y el trazado acabó rodeándolo. O cuando el autobús que unía el barrio con Atocha tenía la mitad de ventanas rotas, y él, ante el asombro del cobrador, no pagaba la peseta del billete, sino sólo cincuenta céntimos, «medio autobús», lo que imitaron todos los que iban detrás hasta que el Ayuntamiento renovó los vehículos. El Pozo entero de hoy es en cierto modo esa utopía hecha realidad.

Pasaron los años y mi amistad con Llanos se consolidó, sobre todo en los tiempos en que yo dirigía el semanario católico Vida Nueva. Llanos era un obrero de la pluma y se ganaba la vida escribiendo artículos. Defendía, siguiendo nada menos que a Pío XII, la necesidad de la existencia de una opinión pública dentro de la Iglesia, y la ejercitaba sin cesar, a veces levantando tormentas. Pero a la postre nadie osaba callarle, porque nadie pisaba el barro como él, o decía misa en invierno enfundado en abrigo y bufanda y junto a una estufa de camping-gas.

Conservo cartas preciosas que acompañaban sus colaboraciones, que él llamaba «desahogos» desde su «rincón» y desde un «evangelio, cada vez más sorprendente para este viejo». «Lamet querido», confesaba, «no temas publicarlos, que el cura rojo tiene tan mala fama que todo lo suyo cabe en el cesto». Y añadía: «De veras, no creo tener mala milk; sólo es cuestión de años y chochez».

Ya seriamente enfermo, me escribía en 1986: «Mi cansancio es feroz, pero creo también que en la otoñada crece mi fe en Jesús, y en mi memoria, mi afecto hacia ti. Me quiero ir definitivamente, pero también estaré allí contigo». Ése era Llanos, el amigo de todos, en quien, por encima de sus ideas, cabían desde Marcelino Camacho a Calvo Sotelo; de Solana a Martín Artajo; de Tierno a Álvarez del Manzano, pasando por Menéndez Pidal, Umbral, Fraga, Tamames, Arrupe, Ruiz Giménez, la Pasionaria y un largo etcétera.

Entre papeles viejos he encontrado un artículo inédito del padre Llanos, que, tras ser cesado director de la revista, no pude publicar. Este párrafo le retrata: «Perdonadme, pero resulta hasta grotesco salirnos con que Jesús en su mensaje vino a defender los derechos humanos. La misma paz citada y proclamada por él no se identifica del todo con lo que hoy pretenden los pacifistas, les supera. Y lo mismo se diría de la justicia -Jesús vino a salvar, después dijeron que salvar era justificar-, la cual, como la liberación, es algo tan profundamente humano que no cuadra sino con el mensaje evangelizador. ¿Por qué este afán eclesial de entrometerse en todo tarde e inoportunamente?».

Aquella libertad profética no podía proceder sólo de su dolor de estrellas, sino de una profunda y meditada fe: «Mi tema, aflorado y hasta desafiante, siempre fue Jesús», me confesaba al final. Era el Llanos que igual leía salmos o recitaba a Alberti y Neruda en sus interminables eucaristías como montaba guardia en la Dirección General de Seguridad para sacar de allí a un amigo. «Se parecía el autorretrato de Rembrandt del museo de Amsterdam», dice Alegría. A mí no dejaba de evocarme una extraña mezcla de San Manuel Bueno y Mártir de Unamuno, Nazarín de Galdós y el frágil cura de aldea de Bernanos, eso sí, con ciertas pinceladas del Ché Guevara. Tan inclasificable como para que ante su tumba se abrazaran al unísono el piadoso rezo del rosario y el canto de la Internacional.

 

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Los diez mandamientos del 11-S

  1. No creerás en el dios todopoderoso del mercado salvaje y del consumo sin entrañas.
  2. No creerás en el dios de la destrucción y la muerte que guía todo ciego fanatismo.
  3. No te sentirás seguro nunca más por construir torres financieras y soberbios imperios económicos.
  4. No te sentirás predestinado a nada volando a sangre y fuego, que quien a hierro mata a hierro morirá.
  5. Descubrirás que el agujero del vacío y hasta el hueco de los escombros está mucho más lleno que la arquitectura del poder sin entrañas.
  6. Descubrirás que el odio terrorista está cavando más y más la inmensa fosa que hunde y divide a los aterrorizados hombres de este siglo.
  7. Despertarás al calor de los otros, gracias al dolor que te ha hecho más humano, en medio del frío desolador de rascacielos como témpanos.
  8. Despertarás de la mentira de un falso paraíso con que envían a la muerte a sus mártires todos los locos fundamentalistas de este mundo.
  9. Creerás de una vez que en la fragilidad está la auténtica fuerza y que sólo de los pobres es el reino de los cielos.
  10. Esperarás únicamente en el Dios del amor y de sus predilectos, las víctimas y los pequeños de este mundo, que no saben de dinero, ni razas, ni religiones.
  11. Estos diez mandamientos se encierran en dos: Cualquier atentado o guerra se vuelve contra el hombre, único Dios visible;y jamás habrá paz duradera en este mundo sin el cultivo de la justicia.

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La caboverdiana

 

Por fin se le ha hecho caso en Madrid a Cesaria Evora, la cantante caboverdiana que parece arrullar al mundo con sus melodías entre africanas y portuguesas, a medio camino entre Edit Piaff y Amalia Rodrigues. Surgida de la pobreza de un país pequeño sin agua, al principio sólo se la oía en los cafetines de Mindelo. Hoy esta negra de sesenta años es como una abuela universal que canta su nana a una sociedad trepidante.

Su vida parece arrancada de una novela de aventuras. De la miseria a locales repletos de marineros, donde cantó una noche para un portugués que la dejó preñada y al que nunca volvería a ver. Que no tiene miedo a la muerte porque dice que «es lo más verdadero que sucede en la vida»; que cree en Dios aunque no lo ve, pero lo siente; y que cuando le achacan que no ha tenido suerte con los hombres, responde que es al revés, son ellos los que no la han tenido porque «se han quedo sin Cesaria Évora».

Cuando sube a un escenario, canta como si estuviera en el cuarto de estar, cosiendo o planchando para una gran familia. Sus canciones se dirían escritas para gentes con otra dimensión del tiempo, que no saben odiar, y jóvenes que aman la vida. Por eso, como una madre, les aconseja con una sonrisa: «No bebed alcohol, no drogaros, amad de corazón y estudiad para ser grandes personas».

Esta negra descalza ha visto muchos barcos partir, ha sufrido la escasez y la soledad, y no por ello perdió nunca humor y cariño. Asegura que canta para los que están solos, sin amor, y lo hace a la medida de todas las nostalgias. Algunos lloran al oírla. A mi me trae paz y el murmullo del mar lejano.

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Cómo curar la herida

Decía Oscar Wilde que “el dolor es una herida que sangra siempre cuando la toca cualquiera mano que no sea la del amor; y, si esta la toca, sangra, si bien no es tanto el sufrimiento”.

El director de MAS ALLÁ me pide que toque la más sangrante herida que ha sufrido este país en su historia contemporánea con la mano dulce de la terapia, a ver si podemos integrar tanto dolor. Pero mucho me temo que la herida seguirá sangrando y tardará mucho en cicatrizar.

Sólo se me ocurre tocarla con la mano del amor, la única que nos puede salvar del odio, de la xenofobia, de la revancha y, sobre todo de la amargura.

Tengo clavadas, supongo que como cualquier madrileño, las imágenes del fatídico 11-M, que sólo se diferencian del no menos horroroso 11-S en que aquí lo terroristas, que no  conocen otra dialéctica que la del espanto, cortaron las venas a la España trabajadora y joven que desembocaba en la capital en madrugadores trenes de cercanías.

Madrid lloraba, pero con una sobriedad pasmosa. Madrid se volcó con sus heridos,  pero sin desmelenarse, sin gritar, con la amorosa mano de la rapidez y la eficacia. Madrid veló sus dos centenares de muertos sin diferenciar raza, color, edad o procedencia, con un silencio contenido de plegarias y una vigilia de temblorosas velas encendidas.

Luego vino el día después, tan difícil, sin él, sin ella, sin padre o madre, con el agujero de la ausencia. Vino la hora de tragarse las lágrimas mientras la vida sigue. Y la gran pregunta: ¿Qué nos espera en nuestro país? Seguiremos siendo objetivo terrorista internacional. ¿Servirá este mar de sangre para ahogar definitivamente el absurdo odio terrorista de ETA?

¿O haremos crecer entre nosotros un nuevo y absurdo odio xenófobo y racista?

Creo que la respuesta está en cada uno de nosotros. Para mí está en la pasión del pueblo, en la dignidad con que ha llevado hasta ahora esta cruz inesperada, en el impulso de solidaridad con que las manos más dispares se han estrechado frente a esos trenes tranformados en tumbas.

Los terroristas deben ser castigados con toda la fuerza de la ley, sí. Pero sería un terrible error responder como ha hecho Israel contra Ahmed Yassin, el líder de Hamas, exterminado junto a siete personas más en un asesinato de Estado. Lejos de detener el río de sangre, ese atentado “legal” engendrará más muerte y fanatismo.

Dicen que los pequeños dolores blasfeman y claman al cielo, pero que los grandes ni blasfeman ni gritan: escuchan. Esta es la experiencia que hemos vivido en Madrid tras la matanza y la increíble manifestación y la fuerza de las urnas, que no hay mayor fuerza que la unión y el silencio. ¿Qué hemos escuchado los atónitos españoles y madrileños estos días? Quizás que una mano, la del amor, es la única que puede curar la herida.

(Publicado en la revista Más allá)

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Terminator versus democracia

Dos años ya de las Gemelas y el mundo con estos pelos, por no decir patas arriba. Contemplo lo ocurrido estos meses con temor y temblor desde mi agujero de ciudadano global y ¿qué veo? Mientras nadie encuentra a Bin Laden,  ni a Sadam ni las armas de destrucción masiva, el imperio de la seguridad más arbitrario está socavando aquel espíritu de la democracia que dio origen a los Estados Unidos.

Hasta los propios estadounidenses están experimentando, como denuncia el profesor de Georgetown Norman Birnbaum[*], cómo un imperialismo antiterrorista y sus enormes gastos, les conduce al desempleo. El mismo autor dice que los gobernantes pro americanos de Europa se han vuelto cada vez más autoritarios y cita a Aznar, Blair y Berlusconi.

El suicido inducido de David Nelly, ante la presión mediática, ha puesto frente a las cuerdas a una de las democracias más añejas del continente europeo, mientras en Irak ya han muerto más soldados aliados que en toda la guerra. Bush no sabe ya qué hacer con esa patata caliente y pretende colarle un gol ahora a las Naciones Unidas que despreció. Las severas palabras del secretario Koffi Annan  revelan una situación sin precedentes, hasta el punto que Washington esta  a punto de retirar su resolución sobre Irak de la ONU.

La expresión clave de los iraquíes al hacer balance de estos últimos meses es muy significativa: “Lo peor no fue la guerra, sino el caos que le siguió”. Es cierto que Irak comienza a funcionar seis meses después: la gente ya no hace cola en las gasolineras sino en los bancos, pero la vida no vale un céntimo en las calles de Bagdad. Solo en la capital fallecen al día 30 personas por heridas de bala. La última víctima, el encargado de información de la delegación diplomática de España. Un lúcido reportaje de Tele-5 sobre la muerte del cámara Couso llega a la conclusión de que en la muerte de periodistas  a manos americanas en Irak había intención deliberada. ¿Cómo no sabían que  en sí mismo, con y sin Sadam, ese país era un cóctel molotov?

Tampoco el sheriff de la aldea global es capaz de poner paz en Oriente Medio, porque está claramente del lado de uno de los dos pistoleros: Sharom y  su ley del talión contra los suicidas de Hamás,  a los que no puede controlar un Arafat enfermo, amenazado de muerte y acorralado por nuevo muro de la vergüenza. Se diría que el éxito del actor republicano Scharzenegger como nuevo gobernador de  California se convierte en  símbolo de este anhelo de seguridad que domina al mundo: Termiantor.

 


[*] “Imperio y democracia” (El País, 31-08-2003).

 

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Hombres bomba

De cómo andamos

Hemos cumplido un año del funesto 11-S, y no hay otra palabra que defina mejor la situación presente que ésta: confusión. Cada día se aleja más de nosotros aquella división tópica y típica de indios y cow-boys, policías y ladrones, buenos y malos.

Es cierto que, desde apenas un año, fuerzas ciegas y fanáticas parecen ir apoderándose de la tranquilidad del mundo y nos siguen aterrorizando con las autoinmulaciones explosivas de Oriente Medio y la más reciente de Moscú. Ha surgido una nueva forma de terrorismo que es tan imprevisible como irracional, porque no solo mata a otros, desprecia la propia vida. Pero junto a estos nuevos kamikazes, dispuestos a convertirse en hombres-bomba, ¿está toda la verdad del otro lado? Las ambigüedades de Bush han rayado en la paranoia al llevar su pretendido oficio de gendarme del mundo a la pretensión de guerra unilateral. Y, aun aceptando que Irak sea un peligro potencial para la humanidad, ¿acaso no lo son los Estados Unidos manteniendo la deuda externa o pisoteando los derechos humanos de los presos de Guantánamo en situaciones que evocan las hitlerianas?

Es una locura conducir a explotar, como Sansón con todos los filisteos, a un hombre-bomba en un mercado de Telaviv. Pero la exterminación palestina a manos de los judíos con el apoyo de Bush tampoco deja de ser otro terrorismo, aunque en nombre del Estado. El grave episodio del teatro de Moscú se ha convertido en otra señal de alarma que se enciende en medio de un mundo que llamamos civilizado.

El magno atentado nos ha encogido el corazón. Pero, en la medida que comenzamos a recabar nuevos datos sobre el asalto y el gas utilizado, no cesan nuestros escalofríos. Si fuéramos consecuentes, cabría preguntarnos si Putin no es por lo menos tan peligroso como Sadam, pues oculta terribles armas químicas cuya composición desconocemos, pero que hemos comprobado que matan igualmente a santos y pecadores. ¿Cómo es posible que los familiares no puedan tener acceso a los cadáveres de las víctimas inocentes y ni siquiera a la lista de los enfermos? ¿Qué sabemos de los métodos utilizados por Putin en la represión chechena? Si Rusia fuera una democracia, el parlamento freiría a preguntas a un presidente que se cree un «zar» fuerte, pero ha dado pruebas de ser capaz de actuar al borde del exterminio. Si no, que hubiera al menos alertado a los hospitales del antídoto necesario.

Muchas preguntas sin respuesta. Quizás la peor de todas sea esa otra bomba, de la que casi nadie habla, la enterrada hace muchos años en los países débiles; la bomba del hambre, de la marginación y la carencia casi absoluta de recursos y, sobre todo, de la falta de educación, que a la larga es el más terrible explosivo. La cadena de atentados que venimos sufriendo a escala global es como la tapadera de una cacerola que oculta debajo un hervidero de injusticias. Por eso, el único futuro es de quienes trabajan en silencio por crear desarrollo y dialogar la paz.

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Mi sociedad protectora de ilusiones

Hace unos días recibí uno de los más bellos regalos de toda mi vida. Un compañero colombiano me envió una especie de tarjeta de crédito plastificada. En su frontispicio figura un curioso logotipo, una especie de sol presidido por una gran letra «i». La tarjeta, extendida a mi nombre, me convierte en miembro vitalicio de la «Sociedad Protectora de Ilusiones».

Cuando recibí este extraño carnet, me quedé boquiabierto. Allende los mares y sin conocerme, este jesuita y lector de mis libros me premiaba de la forma más sorpresiva y agradable que pudiera hacerlo nadie, con un pedazo de cartón, pero lleno de contenido para mí.

Siempre he defendido la necesidad de fomentar en la gente la capacidad de ensueño. Cuando empecé a escribir mis primeros versos recuerdo que algo se hablaba de poesía, incluso se leía poesía, aunque este género literario siempre fue de minorías. Ahora parece como si a los poetas se los hubiera tragado la tierra. En este supermercado de Occidente no cuenta lo gratuito, aquella hermosa inutilidad que atribuye Kant a toda creación estética. Un cuadro vale el regalo de mirarlo, simplemente, aunque no te lo lleves a casa.

Los hombres de hoy no saben mirar a la castañera de la esquina. Para ellos ¡oh error!- es una mujer que vende castañas. No es la anciana rugosa cuyo rostro es un mapa de humanidad y cuyo calor íntimo perfuma las calles de invierno.

En un mundo sin poetas, o donde los poetas no cuentan, no son posible las ilusiones. En un mundo sin poetas también desaparecen los profetas. ¿Recuerda el lector los años sesenta? Los jóvenes de entonces fijaban en sus paredes posters del Che, Marx o Jesucristo. En la Iglesia florecían las voces de Dom Helder Cámara, Pedro Arrupe, Monseñor Romero, Luther King, Teilhard de Chardin. Hoy los profetas han enmudecido. Las gentes se abrigan al amparo de las altas paredes fortificadas de las instituciones, las marcas, sus propiedades privadas, holdings y sectas.

Por eso me hace feliz ser el miembro 229 de la «Sociedad Protectora de Ilusiones». Encima de mi firma leo: «Valid Worldwide»: Válida para el ancho mundo. Sin fronteras, lenguas, religiones, partidos políticos, color de piel o nivel económico.

Por eso, aunque siempre he sido un tanto débil para compromisos que se encierran en la norma preestablecida, anuncio aquí solemnemente mi compromiso definitivo para contribuir a hacer recuperar en este mundo la añorada capacidad de ensueño. Quisiera llamar a muchos a esta tarea de preservar las ilusiones, tantas cosas pequeñas que pueden hacer felices a los hombres, tanta estrella empañada, tanto corazón en carne viva.

Entre todos intentaremos recuperar el regalo «inútil» de la sonrisa, el prodigio de una caña entre amigos en el bar, el resplandor de cualquier mirada y la nostalgia de la más leve melodía. Buscaremos voces perdidas en la noche, cartas que nunca llegarán a su destino, amigos que jamás soñaron con el prodigio de la amistad. Les diremos que vuelvan a mirar sin miedo al firmamento y las puestas de sol, prueban a repartir su pan y jugar a pídola con las dificultades de cada día, crean de una vez en lo que hay detrás de las apariencias del vecino. En una palabra, que se convenzan que salieron bien de fábrica, conectándose, para experimentarlo, con lo más profundo de su ser. Y, después de haber cultivado lo inútil y soñado un poco con lo imposible, cuando muera, tachado quizás de iluso o eterno adolescente, seré feliz si escriben en mi tumba: «Protegió las ilusiones. Aquí yace un pobre soñador»

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La sombra de las gemelas

Entre manifestaciones antiglobales, cuando escribo estas líneas, los líderes europeos juegan a gobernar el mundo desde su cumbre de Barcelona. Mientras, el mundo estalla en las manos de palestinos e israelíes; la guerra no ha terminado en Afganistán, y Bush promete otros suculentos conflictos bélicos en Georgia e Irak. Se acaban de cumplir seis meses del fatídico 11 de septiembre en que estos ojos que se van a comer la tierra contemplaban atónitos caer en directo las orgullosas Torres Gemelas. Recuerdo que tracé una línea roja aquel día en mi agenda. Me creía entonces, iluso de mí, ciudadano global, internauta feliz, hombre cibernético e hiperconectado. Pero nadie, ni los informadores de radio y televisión, ni los cientos de miles de páginas webs, ni los portavoces del gobierno más poderoso del mundo me daban una respuesta a tanta confusión.

Las imágenes eran frías. Carecían de sonido y montaje.¿Eran ficción o realidad? Veía estrellarse uno tras otros los aviones de pasajeros de American Air Lines contra los rascacielos, la tierra de Pittsburg y el Pentágono y nadie, absolutamente nadie tenía ni idea de lo que estaba pasando. ¿O ningún avión cayó realmente en el Pentágono? Ahora se sospecha incluso que allí estalló otra cosa. Luego vino la locura de Nueva York, la venganza bélica sobre una tierra pobre y desértica, los bombardeos contra Afganistán.

Cuando me desperté del sueño, me pareció que aún continuaba dormido. Veía afganos que parecían arrancados de tiempos medievales correr al refugio de hostiles fronteras; llorar en los infectos hospitales; rebuscar en los charcos putrefactos algo de agua para beber y, entre los cascotes y escombros, un poco de comida. ¿Quizás alguno de esos paquetes con instrucciones en lenguas ininteligibles, llenos de chocolate y mermelada USA, entre las bombas?

Hoy es un día cualquiera a finales de marzo del 2002. Dicen que vivimos en una aldea global. En cualquier capital importante de nuestro mundo podemos visitar un McDonalds, comprar un jersey Benetton, leer gracias a Internet el recién salido New York Times o ver la CNN. Pero las cadenas americanas censuran la información, me escatimaron los muertos, me mostraron un Bush que baja del helicóptero de la mano de su esposa y sus perritos, con la sonrisa de un acaudalado ranchero de Tejas. Aun hoy los reportajes inéditos que acaba de mostrar la televisión siguen censurados. Esos sí, vi miles de banderas americanas, gringos envueltos en barras y estrellas, y políticos, muchos políticos como Tony Blair, que se paseaban por Oriente Medio a ver, si a toda prisa, montaban un Estado Palestino. Acabo de leer en el periódico que la cumbre europea pide después de seis meses exactamente lo mismo.

El antrax dejó de ser noticia. Pero tampoco lo es la pobreza de un Afganistán que descubrimos de chiripa y que han desaparecido de nuestras pantallas como el misterioso Bin Laden.

Una cosa he sacado en claro: De nuevo el «moro», el judío y el cristiano hablan de Dios, de un Dios de venganza y justicia, pero ninguno habla de aquel Padre de Jesucristo, que perdonaba desde la cruz a sus agresores. «Perdónalos, porque no saben lo que hacen». Dicen los expertos que esto es la explosión de culturas que se habían dado la espalda durante lustros. Pero a mi se me antoja el estallido de otro mundo, el de los pobres, el del pensamiento único, el de los olvidados, el del patio de atrás. Me dolieron como ser humano las muertes de los bomberos y los ejecutivos de Manhattan. Me duelen y mucho las víctimas de todas estas guerras y de las que nos esperan, pues al parecer el sheriff del mundo tiene licencia para matar donde le plazca en busca de terroristas y de meter en una jaula de Guantánamo cualquier sospechoso de turbante.

Pero también me duelen las víctimas remotas de esta situación, las del neoliberalismo impuesto por las multinacionales a esa tercera parte de la humanidad que se ha estado muriendo de hambre ante la mirada impasible de los que dominan nuestro mundo global antes y después de la caída del muro.

Pedro Arrupe, muerto ahora hace once años, había intuido tal hecatombe. Percibía cómo estábamos instalándonos ya durante los años setenta en un cambio radical y demasiado rápido, que «no se realiza en forma rectilínea y homogénea, sino en medio de fuertes tensiones y conflictos. Un mundo que él veía sufriendo por las consecuencias de un colosal «desorden»: «La riqueza -decía-, en vez de servir para cubrir las necesidades primarias de la mayor parte de la población, frecuentemente se utiliza mal y se despilfarra»; y, tras un diagnóstico de lo que se gasta en armas y elementos de destrucción, este privilegiado testigo de la bomba atómica, argüía que la única solución no podía alcanzarse «cambiando simplemente las estructuras y las instituciones, si no se cambia también el pueblo que vive en ellas». Un cambio personal que ya comenzamos a advertir como un imperativo en el estallido de la solidaridad, y una revolución global, a través de unas organizaciones internacionales que Arrupe apreciaba como de capital importancia para la transformación mundial.

Estaba convencido de que la sociedad del futuro tenía que ser «una sociedad frugal», absolutamente necesaria «para la supervivencia material y social del género humano». Y añadía: «Al consumista egocéntrico, egoísta, obsesionado más por la idea de poseer que de ser, esclavo de las necesidades que él mismo se crea, insatisfecho y envidioso, y cuya única regla de conducta es la acumulación de beneficios, se opone el hombre servidor, que no aspira a poseer más, sino a ser mejor, a desarrollar su capacidad de servir a los demás en solidaridad y sabe contentarse con lo necesario».

Cuando escribo estas líneas, aún resiste un grupo talibán escondido en las inaccesibles cuevas afganas; la espiral de violencia y locura colectiva entre palestinos e israelíes sigue sangrando tras catorce intentos fallidos de paz. La UE se siente incapaz de parar tanto conflicto. Y todos los ojos continúan pendientes de Mr.Bush y de los dos potentes reflectores que hoy en sustitución de «las gemelas» ya no sabemos si piden paz o venganza.

La verdadera paz se gana palmo a palmo con los convoyes de ayuda humanitaria de las ONG que se juegan el tipo en los campos de refugiados. Se entabla en los pupitres de las escuelas del Tercer Mundo, en el diálogo entre culturas y religiones, en el despegar del desarrollo y la solidaridad.

En fin recuerdo que Pepe, mi amigo el del bar, después de servirme un tinto, me decía entonces entre chistes sobre las Torres Gemelas: «¿Sabes? De todo esto lo único que he sacado en claro es que existen un montón de países ahí al lado que acaban en «-tan» de los que no tenía ni idea. Y es que esos nunca salían por la tele».»No te preocupes, enseguida dejarán de salir», le respondí aquel día. El tiempo parece que me está dando la razón. Las gemelas o lo que las sustituyan se reconstruirán con mucha «chispa de la vida». USA se ha preocupado ya de recordarnos que el dólar vuelve a estar fuerte. Y aquí cerca, muy ocupados con «Operación Triunfo», en Almería, ya no hay trabajo para magrebíes y sí para polacos y otros países del Este, que van a ser pronto del «club europeo». Los estadounidenses no se han recuperado del susto y, aunque en Manhattan cada noche enciendan en su lugar esos dos potentes haces de luz, las torres todavía parecen arrojar mucha sombra sobre la llamada «sociedad del bienestar». Y es que la luz tiene que salir de dentro.

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Spots con viejos

Los intereses y la competencia que mueven a la publicidad la convierten en cierto modo en un termómetro de la sensibilidad del momento. Por ejemplo, gracias a los spots de TV, hemos descubierto lo barriobajeras y zafias que resultan las relaciones de las nuevas parejas. O la adoración que nuestra sociedad profesa a la juventud y la belleza física por encima de cualquier otro valor.

Pero últimamente indigna el olímpico desprecio por los ancianos como estorbo, que se desprenden de algunos anuncios. Por ejemplo, una marca de cerveza nos ofrece una escena de cumpleaños de la abuela de una «familia bien». Ha llegado el momento en que la anciana ha de soplar las velas. Como la pobrecita está muy vieja, se eterniza en este cometido, mientras el ejecutivo de turno se enfada porque, oh contratiempo, tiene que esperar. ¿Solución? Disfrutar de la cerveza.

Hay otros más sangrantes. Se trata de una serie que, en vísperas de verano, presenta a una familia bastante cutre, que sale en auto de vacaciones. El padre de familia no oculta su indignación por tener que cargar con el viejo de la familia. Pero, oh milagro, este esgrime una caja de no sé que canal de televisión de pago y, de este modo, consigue que no lo dejen tirado en la carretera.

Los antiguos se enorgullecían de sus ancianos. Entre ellos se elegía el senado, como su propio nombre indica. Cicerón elogiaba esta época de madurez y consejo en su De senectute como la más fecunda de la vida, y los viejos influían en las decisiones de sus tribus.

Ahora hemos conseguido prolongar su vida para arrinconarlos en asilos o centros de día. Me da vergüenza ver esos anuncios, y alabo otros, como los abuelos de los caramelos Berter o el fuet Tarradellas. Ellos me traen a la memoria una cita del gran cineasta Ingmar Bergman:» Envejecer es como escalar una gran montaña; mientras se sube, las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena». Algo que importa un bledo a mucho joven-viejo que anda por ahí.

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La Caboverdiana

Por fin se le ha hecho caso en Madrid a Cesaria Evora, la cantante caboverdiana que parece arrullar al mundo con sus melodías entre africanas y portuguesas, a medio camino entre Edit Piaff y Amalia Rodrigues. Surgida de la pobreza de un país pequeño sin agua, al principio sólo se la oía en los cafetines de Mindelo. Hoy esta negra de sesenta años es como una abuela universal que canta su nana a una sociedad trepidante.

Su vida parece arrancada de una novela de aventuras. De la miseria a locales repletos de marineros, donde cantó una noche para un portugués que la dejó preñada y al que nunca volvería a ver. Que no tiene miedo a la muerte porque dice que «es lo más verdadero que sucede en la vida»; que cree en Dios aunque no lo ve, pero lo siente; y que cuando le achacan que no ha tenido suerte con los hombres, responde que es al revés, son ellos los que no la han tenido porque «se han quedo sin Cesaria Évora».

Cuando sube a un escenario, canta como si estuviera en el cuarto de estar, cosiendo o planchando para una gran familia. Sus canciones se dirían escritas para gentes con otra dimensión del tiempo, que no saben odiar, y jóvenes que aman la vida. Por eso, como una madre, les aconseja con una sonrisa: «No bebed alcohol, no drogaros, amad de corazón y estudiad para ser grandes personas».

Esta negra descalza ha visto muchos barcos partir, ha sufrido la escasez y la soledad, y no por ello perdió nunca humor y cariño. Asegura que canta para los que están solos, sin amor, y lo hace a la medida de todas las nostalgias. Algunos lloran al oírla. A mi me trae paz y el murmullo del mar lejano.

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