Siempre hace buen tiempo

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Al árbol de la Cruz

AL ÁRBOL DE LA CRUZ

De tu dolor, del tiempo amanecido,
de una palabra ardiente que encendía;
de las entrañas puras de María
y del amor hasta la esencia herido;

desde tu cuerpo tres veces caído
y la noche oscura de la sangre mía,
devuelves con tu cruz a la armonía
este mundo que nace en tu alarido;

este mundo que abarcas con tu abrazo
y limpias con tu muerte de tristeza,
este miedo a vivir esta pobreza

que florece en tu árbol cual si fuera
hontanar para siempre en tu regazo
al colgar de tu cruz mi primavera.


Pedro Miguel Lamet



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Mi última cena

MI ÚLTIMA CENA

En esta noche tibia, quieta y llena
de un temblor de palabra y despedida,
de soledad y amor, el alma herida,
celebras tú, Jesús, la última cena.

Compartes con el pan esa honda pena
del sin sentido, la angustiosa vida
que es fracaso, dolor, obra incumplida,
y el vino de tu sangre nazarena.

En esta hora de la confidencia,
cuando Judas se hunde en su amargura
y Pedro negará con su despecho

cuanto aprendió a tu lado de dulzura,
déjame que ahonde en la experiencia
de apoyar, como Juan, mi alma en tu pecho.

Pedro Miguel Lamet
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Palabras de María

PALABRAS DE MARÍA DOLOROSA
A SU HIJO MUERTO EN LA CRUZ

¿Qué te han hecho, Jesús, hijo del alma?
¿A dónde el odio y la envidia te han traído,
que tu cuerpo te sangra malherido
y una espada atraviesa mis entrañas?

¿Dónde fueron las risas de aquel niño
que jugaba en la puerta de mi casa?
¿Dónde partió mi joven carpintero,
dónde, muerto José, mi único amigo?

Te ha matado el poder, la fuerza bruta
que no sabe de luz, que solo mata.
Ya no puedo escuchar tu voz bendita
ni puedo acariciarte con mis nanas.

El tiempo se ha parado, todo es noche,
tus discípulos todos han huido.
No hay consuelo ni alivio. Pon tu calma
en medio del dolor, mira qué frío

llena al mundo de miedo y pesadumbre.
Todo pide que vuelvas con tu Pascua.
Resucita, Jesús, en tus hermanos
vuelve otra vez a tus campos y tu barca.

Siembra entre los hombres el alivio
de saber que la vida es tu Palabra.
Repártenos tu Pan, danos tu Vino,
confirma que el Amor todo lo salva.

¡Vuelve a mostrar de nuevo tu camino!
¡Ven, Jesús, resucita! ¡Maranatha!

Pedro Miguel Lamet

Dedico este poema a todas las madres, esposas, hijos e hijas de las víctimas de la injusta e inexplicable agresión bélica de la Rusia de Putin a Ucrania, cuando esta Semana Santa nuestro pueblo paseará de nuevo las imágenes de la Dolorosa por nuestras calles para enjugar todas las lágrimas.
Foto: “Nuestra Señora de los Dolores”. ©PMLamet
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Soneto por Ucrania

SONETO POR UCRANIA

Cuando miro el dolor en la pantalla
desde el blando sillón arrellenado
y esa imagen trae justo a mi lado
la sirena, la bomba y la metralla,

el hambre, la angustia y la canalla
del terror que arranca de lo amado
la vida, la niñez y lo sembrado
en cien años de paz, mi voz estalla

en un grito de horror contra la guerra
que vuelve a destruir y a abrir la herida
de un mundo que parece enloquecido;

me pongo de rodillas y te pido,
que regreses, Señor: ¡Ven a tu tierra
y desde tanta muerte tráenos Vida!

Pedro Miguel Lamet
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«Las Trincheras de Dios», nueva novela histórica

Ya en librerías una nueva novela histórica de Pedro Miguel Lamet.

Una mirada alternativa a la Guerra Civil española

SINOPSIS

El sueño de Milagros Aguilar es llegar a conocer toda la verdad sobre la Guerra Civil española. Nacida en una familia sevillana conservadora y marcada por la pérdida de seres queridos asesinados durante la contienda, tras estudiar la carrera de Historia, conoce a Jordi Casanova, socialista catalán, que llegará a convertirse en juez de la Audiencia Nacional.

Su matrimonio, del que nacen dos hijos, sufre una crisis por diferencias ideológicas entre ambos: él, implicado en la Memoria Histórica; ella, en la redacción de una tesis doctoral sobre «El factor religioso en la Guerra Civil». El hilo conductor de su trabajo es la vida de Fernando de Huidobro, un jesuita filósofo, alumno predilecto de Martin Heidegger, que regresa a España para ofrecerse a servir en cualquiera de ambos bandos. Entregado heroicamente a auxiliar a las víctimas, sean rojas o azules, decide, desde su experiencia como capellán de la Legión, denuncia al alto mando por el modo de ejecutar los fusilamientos de jóvenes milicianos, hasta que muere víctima de un obús procedente del fuego amigo.

La novela discurre entre la redacción de la tesis de Mila, que estudia la Guerra Civil junto al influjo de las diversas creencias en ella, y sus conflictos familiares, en una España contemporánea preocupada por la revisión histórica del pasado. Pedro Miguel Lamet, con un estilo que atrapa al lector, nos ofrece una síntesis del sangriento conflicto con aportación de datos, humanidad y el análisis de una nueva perspectiva encarnada por quienes ya entonces lucharon por la paz, la justicia y la reconciliación entre españoles.

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Del “yo” ridículo al “nosotros” universal

Foto: “La sonrisa del emigrante” © PML

Me tropecé contigo en cualquier calle, enfrente de unos grandes almacenes, uno de esos templos heladores del consumo, de los que suele uno salir con las pupilas abotargadas de luces y colores, y me ofreciste un ejemplar de “La farola”. Y por un vil euro me regalaste con una sonrisa, que no se puede pagar con todo el oro del mundo.

En tu mirada se reflejaba una aldea perdida del África subsahariana, el bohío de tu familia con niños de vientre abultado en la puerta, desiertos, montañas, ríos, hambre, miles de kilómetros, la patera que arrojó al mar a algunos compañeros de infortunio y lo de siempre: el rechazo al diferente, la soledad del marginado, la Europa prometida para la que solamente eres un intruso molesto para esta sociedad del bienestar.

Y me vino a la mente otra sonrisa, la del papa Francisco:

“En realidad, todos estamos en la misma barca y estamos llamados a comprometernos para que no haya más muros que nos separen, que no haya más otros, sino solo un nosotros, grande como toda la humanidad. Por eso, aprovecho la ocasión para hacer un doble llamamiento a caminar juntos hacia un nosotros cada vez más grande, dirigiéndome ante todo a los fieles católicos y luego a todos los hombres y mujeres del mundo”.

Ni las naciones, ni los políticos, ni la sociedad escuchan tal llamamiento, porque esta es la sociedad del “yo”, del “ande yo caliente” en cuotas de poder, placer, vacunas, pasaportes y seguridad. ¡Y a Francisco se le acusa de “comunista” o de “ciudadano Bergoglio”, como lo llama la ultraderecha “tan católica”! ¿Por ser el buen samaritano de nuestro tiempo, por ser “el papa de los emigrantes”? “En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis». (Mt, 25, 31-469).

Del “yo” ridículo al “nosotros” universal.

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No digas nunca «no»; di «más»

 Para ser feliz -te dijeron- encuentra al amor de tu vida; márchate de tu país; vete al campo, a vivir junto al mar, rompe con todo.          

  Quizás lo hiciste, quizás te ayudó. Y cuando comenzaste de nuevo allá lejos, comprendiste enseguida que nada había cambiado porque te llevabas a ti mismo con tus maletas. 

            El ego es indestructible, no lo puedes aniquilar. 

            Solo lo podemos ensanchar como el que hace obra en casa y convierte el viejo ventanuco en una inmensa vidriera abierta al mar. 

            Eso sí. Cuando el cristal está  bien iluminado no se perciben las manchas en el vidrio, es como si no existieran.

   No digas nunca ‟no», di siempre ‟más». 

            Ya no dependerá de dónde estés, qué tengas o quién te acompañe. Incluso viviendo entre los deseos y hasta frustraciones de tu yo pequeño, puedes descubrir el Yo real que eres. 

            Jesús lo llamaba el Reino de los Cielos y dijo: 

            ‟Dentro de vosotros está». 

            Basta con estar atento y hacer silencio para que aflore. 

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El invierno de la vida

Terracota de Asís. (© P.M.Lamet)

La vida, como las estaciones, tiene su invierno, que coincide con la vejez, una etapa que, en nuestro mundo de hoy, la verdad, no tiene muchos partidarios. En los tiempos antiguos el “senior” solía ser aceptado por su sabiduría y consejo. De ahí surgió el término Senado en Roma, y en las tribus indígenas el jefe suele ser un hombre mayor, porque se le considera con capacidad de mirar más allá, desde la experiencia y el desprendimiento que dan los años

Ahora nadie quiere envejecer y no hay mayor valor para nuestra sociedad que la juventud, incluso cuando es violenta e insensata. Propósito inútil por ley de vida, pese a la cirugía estética, que consigue inexpresivos rostros de plástico y los pretendidos elixires de la “eterna juventud”.

Es verdad que, por marginación en residencias, enfermedades, soledad -recordemos la reciente tragedia de muchos durante la pandemia- hemos conseguido aumentar la tristeza de los ancianos. Pero ¿quién no ha conocido viejos jóvenes, personas maravillosas que han levantado nuestro ánimo solo con sentirlos cerca?

Quizás la clave esté en la manera de afrontar la cercanía de la muerte. Hasta un pagano como Cicerón creía en la inmortalidad del alma en su entrañable libro «De senectute», y la consideraba un proceso natural, del que deberíamos hablar sin miedo. O como le cantaba Ernesto Cardenal al místico Thomas Merton en el día de su muerte:  “Solo amamos o somos al morir, el gran acto final de dar todo el ser”. “Nuestras vidas que van a dar a la vida”, añadía.

Así el franciscano de la foto. ¡Qué dulzura, qué aceptación, qué blanda flexibilidad de fruta madura! ¿Por qué vive con plenitud su ancianidad? Porque hace mucho tiempo que reside en la Vida.

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Masoquismo ambiente


Veo la tele, oigo la radio, leo los periódicos y percibo detrás de las noticias un secreto masoquismo. Es cierto que todos los manuales de periodismo explican que noticia es lo que rompe la normalidad, “el hombre que muerde al perro” y no viceversa.
Pero enciendes la pantalla, y la guerra, el disturbio, el asesinato, el terrorismo, la pandemia, la violencia de género, la pederastia, la locura de algunos políticos, la sangre, la muerte y el dolor sobrenadan encima de todo lo demás. O nos anuncian nuevas crisis, prohibiciones, Brexit, muros, regodeo de los famosos en sus desgracias y desavenencias.

Recuerdo la historia de un maestro espiritual que insistía en que una de las principales causas de la infelicidad en el mundo es el secreto placer que las personas experimentan en sentirse miserables.
Y refería el caso de un amigo suyo que le dijo a su mujer:
-¿Por qué no sales y te diviertes, querida?
Ella le respondió irritada:
-Sabes perfectamente, querido, que nunca disfruto divirtiéndome.

También los creyentes hemos puesto muchas veces el acento en el pecado, la penitencia, el dolor, donde más que el arrepentimiento y el sentirse perdonado, puede la autoflagelación.
Conocí una señora que se confesaba continuamente de una culpa de juventud. Le pregunté:
-Señora, ¿por qué insiste siempre en aquel pecado?
-Porque tengo santo temor de Dios.
-Me parece, señora, que, en vez de Dios, usted se mira a sí misma.
Ese no es el Dios del Evangelio, sino una horrenda caricatura fabricada a imagen y semejanza de su yo pequeño y masoquista.

La felicidad comienza donde termina el pequeño yo y te pierdes en un yo infinito al que perteneces desde siempre.
Porque ese yo sufridor es tan chico que creemos poder controlarlo.
Salir de él y ser libre y feliz, en cambio, nos da miedo.

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