Siempre hace buen tiempo

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Sabor a eternidad desde la caverna

Alegoría platónica de la caverna

¿Somos reales? ¿O solo sombras, proyecciones de otra realidad? Ya Platón planteó esta duda en su famosa alegoría de la caverna. Encadenados frente a una pared y gracias a una hoguera intermedia, aquellos prisioneros veían las sombras chinescas de personas y animales que pasaban por detrás, donde se hallaba la entrada que estaban imposibilitados de ver. Hasta que uno de los cautivos logró zafarse, salir de la gruta por una escarpada cuesta al mundo exterior y contemplarlo fascinado en todo  su esplendor de luz y color.

El sol, que el filósofo identifica con el Bien, era el que le permitía ver la auténtica realidad. Necesitado de compartir su descubrimiento con sus compañeros de cautiverio, regresó a la caverna para liberarles. Pero los prisioneros no le creyeron, dijeron que venía deslumbrado y se rieron de él y prefirieron las sombras, su visión de siempre.

El mito de la caverna ha tenido numerosas versiones literarias, como las acuñadas por Calderón al concebir la vida como un sueño o un gran teatro, donde todo pasa fugazmente y donde lo que importa es despertar por dentro o interpretar adecuadamente el papel, porque lo demás está siempre cambiando. Quizás la metáfora más eficaz hoy día sea la del cine. Nos creemos tanto la peli que nos metemos dentro de ella, pero sólo son imágenes fijas que pasan velozmente o actualmente píxeles, impulsos electrónicos en la pantalla. Todo es ficción, todo es mentira. Eso sí, escenarios y personajes tienen algo permanente,  un componente común, la luz.

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El cielo no es un sitio, es un modo de ser

Un espíritu ascendido saborea desde el tiempo el no tiempo

La vida de fe siempre ha estado   tensionada entre dos polos: el cielo y la tierra. La cultura popular recoge el imaginario de que el cielo está arriba y la tierra abajo, y mucho más abajo, los infiernos. Esta es una viñeta muy propia de catequesis infantil dualista, que induce a que Dios y el hombre viven separados en dos mundos casi irreconciliables. Ahora bien, decimos: “Eres un cielo”. Y es que el cielo no es un sitio, sino otra dimensión carente de las dimensiones de espacio y tiempo, un modo de estar y vivir, que solo podemos intuir, no conocer.

                Por otra parte, en este pasaje de la Ascensión aparece la simbología bíblica de algunos términos, como el monte y la nube. En el monte sufre Abraham la gran prueba de sacrificar a su hijo; Moisés recibe el decálogo,  y Jesús en el monte se transfigura, en el monte muere y en el monte asciende.

              Una nube envuelve a Moisés y otra nube llenó la casa de Yahvé cuando fue entronizada el arca de la Alianza en el templo de Salomón. “Hagamos tres tiendas”, dirá Pedro en la Transfiguración. Como Pablo, parece que Pedro tuvo una cierta experiencia mística de cielo.

                Además se escriben estos textos en un momento en que aún se creía inminente la vuelta de Jesús para quitar esa persuasión en el pueblo. Parece que las fiestas de la Ascensión y la Resurrección se celebraban juntamente en la primitiva Iglesia hasta el siglo IV. Se separan con la intención de subrayar el poder y la universalidad del cristianismo. Era un momento difícil en que se imponía alcanzar los confines de la tierra. Pero en realidad la ascensión es la culminación de la resurrección

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El “abogado” que promete Jesús

Jesús promete un defensor

¿Cómo quiere hacerse presente Jesús en la comunidad pascual?

 Esta es la pregunta que se hace la liturgia en este sexto domingo. Y la respuesta no deja de ser sorprendente, prometiendo el envío de un abogado, un “alter ego” invisible que rompe los códigos, que consigue frutos inesperados. Ahora nos viene, también a nosotros, como un soplo de alegría y esperanza.

                Primero en Samaría, un territorio cercano pero muy conflictivo, como conocemos por diversos pasajes del evangelio. Herejes, extranjeros, separatistas religiosos, gente despreciable para un judío, como el buen samaritano o la mujer a la que Jesús pide de beber. Sin embargo, Felipe de pronto consigue una estupenda cosecha, completamente inesperada, corroborada por la presencia de los apóstoles Pedro y Juan. La ciudad “se llenó de alegría”.

                En la segunda lectura seguimos escuchando a Pedro que nos repite que tenemos que estar dispuestos a “dar razón de nuestra esperanza”, algo que nos resuena especialmente gratificante en estos momentos.

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Resurrección es despertar al “no-tiempo”

El despertar no sucede después de la muerte física. Despertamos cuando reconocemos el Reino de Dios dentro de nosotros. Entonces puedes decir con Jesús: “Antes que Abraham naciese soy yo”.

La más verdadero de nosotros no conoce la muerte. Lo que en el fondo somos se revela como nacimiento y muerte.

Mejor que decir “he nacido”, deberíamos decir: “Dios se expresa naciendo como este yo y muriendo como este yo”. Como  una bombilla se enciende y se apaga ante la vista, pero sin  que la energía detrás nunca desaparezca, sigue ahí.

En ese sentido también puedo decir: “Yo soy la luz, la verdad y la vida”.

San Juan de la Cruz: “Nuestro despertar es un despertar de Dios y nuestro levantamiento es un levantamiento de Dios”.

La resurrección es un modo de referirnos, sin entenderlo, del despertar al no tiempo.

¿Qué perdemos al morir? La careta, el personaje, el papel en el Gran Teatro del Mundo.

¿Cuál es nuestro apego mayor? El apego al yo temporal.

El otro yo, “el yo soy” atraviesa el tiempo y es para siempre. El secreto está en, desde el ahora, habitar aquí el infinito, que además aletea detrás de todas las cosas.

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Jesús no dice “soy la casa”. Dice: “soy el camino”

A veces lo fácil es separar a Dios de la vida, refugiarnos en el invisible como en una cápsula espacial, un rato en el templo, el cumplimiento de unos ritos, para luego retornar a nuestras ocupaciones como a otro mundo, como quien sale de tomarse una píldora tranquilizante.

Hoy, en este V Domingo de Pascua, las lecturas apuntan a una cosmovisión bien diferente. La primera comunidad de los Hechos pisa tierra. Necesita diáconos que se ocupen de las cosas materiales, y lo hacen por elección entre personas autorizadas por los apóstoles. No son servidores de segunda, sino piedras vivas, como dice Pedro en su carta, que construyen el templo vivo fundamentado en la piedra angular, la roca, que es Cristo.

Pero sobre todo el evangelio, un pedazo de ese maravilloso discurso de despedida de Jesús, nos enseña que la Iglesia es un fieri, un quehacer cotidiano. Jesús no dice “yo soy la casa, el edificio, la plataforma, el puerto”. Dice “yo soy el camino”. Es como decir “yo soy la manera de andar, de dirigirse al horizonte, de navegar”.

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La iglesia de cristal

Tiberíades
Tiberíades

Esta noche tuve un sueño. Me encontraba dentro de una iglesia de cristal. Parecía hermosa, porque a través de sus paredes se podía contemplar el mundo, los más variados paisajes, el mar y la montañas. Pero con una peculiaridad. Podías solamente verlos, no acercarte a ellos. El vidrio del que estaba construida la iglesia impedía aproximarte a la vida.Pronto la sensación de belleza se trocó en una opresión de claustrofobia. Pero al fin y al cabo me encontraba en una iglesia. Jesús me ayudaría, me dije. Así que acudí al sagrario y para mi sorpresa el Maestro abrió la puerta, se presentó en persona ante mi y se sentó en el banco de al lado.

¿Qué te pasa, hijo? -me preguntó.

-Nada, Señor, ya lo ves. Al principio de verme en esta hermosa catedral me sentía feliz. Bellamente construida, tan transparente, en el centro de nuestra ciudad me permitía ver el mundo, opinar sobre él, pensar que todo puede redescubrirse desde ella. Pero ahora me siento triste. Cuando he intentado salir para caminar por los campos, subir a las montañas o bañarme en la playa, ha sido imposible. Ese cristal me lo impide. ¿Por qué me has puesto dentro de esta iglesia que cierra las puertas a la vida?

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Según el Buen Pastor, el cristianismo es la religión del “tú”

Hoy meditamos el evangelio del Buen Pastor (Jn 10, 1-10)

Según el Buen Pastor, el cristianismo es la religión del “tú”
Según el Buen Pastor, el cristianismo es la religión del “tú”

02.05.2020 Pedro Miguel Lamet

La alegoría del Buen Pastor y la puerta de las ovejas siempre han sido entrañables para conocer a Jesús,  y lo son especialmente en estos momentoS que vivimos. Impactó a la primitiva Iglesia, ya que su efigie aparece muy pronto en las catacumbas y sarcófagos, una imagen evocadora especialmente para los que iban a morir.  Como veremos, en el relato de Juan, a diferencia de los sinópticos, el texto se mueve entre la simbología teológica y la diatriba contra los malos pastores.

                La economía de los pueblos de la cuenca mediterránea se sustentaba en dos pivotes:  La agricultura y la ganadería, dos tesoros: la viña y el rebaño. Los pastores en su mayoría tenían fama de tramposos ladrones y salteadores. Por ejemplo, la Misná lo consideraba un oficio “despreciable”, por lo que estaba prohibido comprarles leche, lana o cabritos.javascript:false

El pastor de tú
El pastor de tú

                Jesús es el pastor bueno (kalós: bello, es más que bueno). Para él no somos un número, somos un nombre, “un tú”. El cristianismo es la religión del tú, de la relación íntima y personal. Este pastor nos acompaña, pero no nos sustituye, no nos priva de libertad. El evangelio no es una obligación, es una invitación al seguimiento. Su figura encarna ternura, mansedumbre, paciencia hasta la muerte, hasta “dar la vida” y  también poder: su mano es fuerte, nos sostiene en valles oscuros. Estamos en buenas manos.

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Otro mayo con María

“Inmaculada”. Residencia Pedro Fabro. Madrid

“La primavera ha venido / nadie sabe cómo ha sido”, escribía Juan Ramón. Y así es, puntualmente, por encima de nuestras vicisitudes, guerras y hasta la omnipresente pandemia, las mañanas relucen al sol, las tardes se van haciendo tibias y el anual milagro de la naturaleza estalla nuestros campos de flores y de vida.

Con mayo regresan también alegres recuerdos de infancia y juventud. Entre ellos, la evocación de María, la madre de Jesús que ocupaba ese sitio hogareño y soñador de nuestras ilusiones intactas. Era un instante eterno, con el cordón azul de su medalla al cuello, contemplar a la Virgen adolescente de la congregación mariana en aquellas velas de oración ante su imagen niña.

Y el mes de las flores. En casa montábamos también nuestro altarcito con flores, que eran regalos de nuestra adolescencia, sumidos en el amor al eterno femenino, a la joven madre, que sabía nuestros secretos.

Después de tantos años, hoy, en este mayo confinado en que no podemos ni ver ni oler las flores que cantan nuestro sabor a fragilidad y eternidad feliz, deposito este soneto a sus pies, con el alma siempre joven, gracias a ella:

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Yo soy un tesoro oculto

Hoy en mi meditación leo a Hakim Sanai, místico sufí de la primera mitad del siglo XII, que escribe en “El jardín amurallado de la Verdad”:

Pero, ¿cómo podrás conocerlo

mientras seas incapaz de conocerte?

Uno por uno es uno, ni más ni menos,

el error comienza en la dualidad,

la unidad no conoce el error.

El lugar mismo no tiene lugar.

¿Cómo podría haber lugar para el creador del lugar,

o el  cielo para el hacedor del cielo?

Él dijo: “Yo era un tesoro oculto

la creación fue creada a fin de que pudierais conocerme.

Dime: ¿por qué si lo que buscas no existe en lugar alguno,

te propones viajar allá a pie?

La ruta que debes recorrer tú mismo

estriba en pulir el espejo de tu corazón”.

… …. …

Mejor  busca tu imagen en tu corazón que en tu arcilla mortal;

libérate de las cadenas que has forjado a tu alrededor,

pues serás libre cuanto estés libre de la arcilla.

O en otras palabras “el buscador es lo buscado” y dicho por Jesús de Nazaret: “El reino de los cielos dentro de vosotros está”.

La dualidad, la tensión entre el pasado y 

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Los de Emaús, aquí y ahora

Camino de Emaús

Tiene mucha poesía este pasaje de Lucas sobre los de Emaús, que es sin duda un lugar teológico liberador para nuestra Pascua. Es como un retablo en tres cuadros, que podríamos llamar: 1. La murria. 2.El camino y 3. El atardecer iluminado.

  1. La murria de la desolación.

                Una situación muy parecida a la que estamos viviendo en estos momentos. Ignacio de Loyola la llamaría de “desolación”. Ellos, dos discípulos del círculo más amplio, no de los doce, habían soñado con un caudillo nacionalista que liberara a su pueblo. Y resulta que el Mesías es un fracasado, un  fiasco. No vinieron ejércitos de ángeles a salvarlo, ni siquiera opuso resistencia personal. “Nosotros esperábamos”.

               ¿Qué Dios es este que no actúa y permite la pandemia? Noticias de enfermedad y de muerte. No entendemos nada, nuestra fe se tambalea.

               Cleofás y el otro (algunos dicen que el otro era su mujer, no sé, creo que el evangelista lo habría especificado) huyen del dolor y el cielo nublado a la casa de campo o del pueblo de Emaús, distante unos 11 kilómetros de Jerusalén. “Esperemos que no nos pare la guardia civil”, diríamos ahora.

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