Siempre hace buen tiempo

El cielo no es un sitio, es un modo de ser

Un espíritu ascendido saborea desde el tiempo el no tiempo

La vida de fe siempre ha estado   tensionada entre dos polos: el cielo y la tierra. La cultura popular recoge el imaginario de que el cielo está arriba y la tierra abajo, y mucho más abajo, los infiernos. Esta es una viñeta muy propia de catequesis infantil dualista, que induce a que Dios y el hombre viven separados en dos mundos casi irreconciliables. Ahora bien, decimos: “Eres un cielo”. Y es que el cielo no es un sitio, sino otra dimensión carente de las dimensiones de espacio y tiempo, un modo de estar y vivir, que solo podemos intuir, no conocer.

                Por otra parte, en este pasaje de la Ascensión aparece la simbología bíblica de algunos términos, como el monte y la nube. En el monte sufre Abraham la gran prueba de sacrificar a su hijo; Moisés recibe el decálogo,  y Jesús en el monte se transfigura, en el monte muere y en el monte asciende.

              Una nube envuelve a Moisés y otra nube llenó la casa de Yahvé cuando fue entronizada el arca de la Alianza en el templo de Salomón. “Hagamos tres tiendas”, dirá Pedro en la Transfiguración. Como Pablo, parece que Pedro tuvo una cierta experiencia mística de cielo.

                Además se escriben estos textos en un momento en que aún se creía inminente la vuelta de Jesús para quitar esa persuasión en el pueblo. Parece que las fiestas de la Ascensión y la Resurrección se celebraban juntamente en la primitiva Iglesia hasta el siglo IV. Se separan con la intención de subrayar el poder y la universalidad del cristianismo. Era un momento difícil en que se imponía alcanzar los confines de la tierra. Pero en realidad la ascensión es la culminación de la resurrección

                Para nosotros tiene un doble mensaje teológico.

                Jesús está en el cielo, sí. Pero ¿dónde está el cielo? No arriba, desde luego, no en los espacios siderales, ni en el espacio de los astronautas, sino donde se hace la luz interior, donde se ve claro, desde el despertar a lo invisible gracias a la fe o la contemplación mística.

 Hoy, aunque no está visible desde un mirar humano, él dice. “Yo estoy con vosotros hasta el final de los tiempos”.  Sí él está con nosotros, aunque no nos demos cuenta, de alguna manera ya estamos en el cielo. Por tanto, no es cristiano, como dicen los ángeles a los discípulos, quedarse embobalicado mirando el cielo físico. Sólo quien dé testimonio de Jesús ha entendido correctamente la pascua. Jesús vendrá quizá de otra manera. ¿Cuándo? Eso es asunto reservado a Dios. La tarea de los discípulos está en constituirse ahora en el mundo en cuanto Iglesia (53-54). En otras palabras, eso es lo que intenta el relato de la ascensión en los Hechos. Viene a decirnos:

Ahora vuestro cielo está aquí y ahora.

                Es verdad que no tenemos ni idea (“ni ojo vio, ni oído oyó”, como dice Pablo) de lo que será la parusía. Pero Jesús dijo: “Estoy con vosotros” y “El reino de los cielos dentro de vosotros está”.

                ¿Qué es un espíritu ascendido? El de quien desde el tiempo saborea el no tiempo; el que transplanta día a día algo de cielo en la tierra mediante la práctica de las bienaventuranzas; el que entre lágrimas sabe vislumbrar la transparencia de lo divino; el que renuncia al yo pequeño para fundirse con la pérdida en Dios, el auténtico “yo soy”.

En la oda de fray Luis de León hay mucha nostalgia: “Y dejas pastor santo”

Y dejas, Pastor santo,

tu grey en este valle hondo, escuro,

con soledad y llanto;

y tú, rompiendo el puro

aire, ¿te vas al inmortal seguro?

Pero no es teológicamente aceptable. No nos ha dejado. Está vivo y presente. Pongamos pie a tierra con un corazón de cielo, ascendamos cada día desde la contemplación, la fe y las obras.

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