Siempre hace buen tiempo

Una ventana abierta al infinito

Llevamos dentro, sin saberlo, una ventana al infinito.

Durante el confinamiento de la pandemia muchos se quejan de que solo tienen una ventana o balcón abierto a la calle. Algunos ni siquiera eso. Sin embargo todo ser humano posee una ventana abierta al infinito.

“Eso es cosa de místicos”, he oído decir con frecuencia entre gente de Iglesia al hablar de esos temas, con un cierto tono despectivo o al menos inaccesible para un ciudadano de a pie.

Pues bien ha llegado la hora de que la mística, al menos en calderilla, esté al alcance de todos. De todos los que, claro, tengan algún interés de salirse de la dormición general que nos domina.
Uno de los temas que están alcazando cierto éxito entre la gente que busca algo de quietud es el del “espacio interior”. Eckarhart Tolle, que en mi opinión se sale de los tópicos libros de autoayuda. lo define así:

“La conciencia del espacio significa que, además de ser consciente de las cosas -lo cual siempre acaba reduciéndose a percepciones sensoriales, pensamientos y emociones-, hay por debajo una corriente de conciencia. Esta conciencia implica que no sólo somos conscientes de las cosas (objetos), sino que también somos conscientes de ser conscientes. Si puedes sentir un estado interior de quietud y alerta en el fondo mientras ocurren cosas en primer plano, ¡ya está! Esta dimensión está en todas la personas. Pero la mayoría no es consciente de ello. Yo a veces lo indico diciendo. “¿Puedes sentir tu propia Presencia?”

Conectar con ese hueco, ese aparente vacío que subyace entre un pensamiento y otro, entre sensaciones y altibajos es entrar en la paz de Dios que habita en nosotros. “El reino de los cielos dentro de vosotros está”, decía Jesús. Para ello hay que silenciar el pensamiento. No a base de puños. Un par de respiraciones conscientes, una mirada al paisaje sin juzgarlo, cepillarse los dientes o vestirse en cámara lenta como si te fueras a romper y tomas conciencia de cada pequeño gesto, ayuda a despertar ese espacio. San Ignacio recomendaba la oración por “anhelitos”: respirar con cada palabra del Avemaría o el Padrenuestro.

Entrar en ese “yo soy” sin forma, un yo más hondo que este yo que creo ser. Ver el árbol como árbol, mirar pasar la nube sin pensarla, hundirte en el crepúsculo sin acordarte de que estás solo, te duelen las mueles, no puedes salir de casa o lo que debes al banco.

¿Difícil?
Anda como quien anda, come como quien come, sin adjetivos, sin hacer caso al runruneo del pensamiento. Un buen ejercicio para estos tiempos.
Llevamos dentro, sin saberlo, una ventana al infinito.

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