Siempre hace buen tiempo

El monasterio mundial de la pandemia

En un contexto de enfermedad y muerte surgen dos aspectos liberadores: el silencio y el vacío

Empezamos a escuchar el silencio. Todo se ha detenido y el mundo ha entrado por obligación en un tremendo sigilo, donde vuelve a escucharse el sonido del viento, los pájaros, la lluvia, el mar, y sobre todo de uno mismo.

Se diría que el mundo se ha convertido en un enorme monasterio, obligado a unos ejercicios espirituales por real decreto.

San Juan de la Cruz llamaba a esta vivencia “la nada”, que en realidad para él era el todo

En palabras de un místico contemporáneo, Eckhart Tolle, “lo que aparece ante nosotros como espacio en nuestro universo percibido por medio de la mente y los sentidos es lo No Manifestado mismo, exteriorizado

Monasterio del desierto de Calanda

Estos días vivimos en un contexto de muerte. El continuo bombardeo de cifras nos estremece, muerde en nuestro subconsciente aumentando una sensación de miedo e inseguridad. Las noticias se interpretan desde una óptica materialista. Nos hemos rodeado de tales valores, que lo que importa es la apariencia, el poder, la juventud, el placer y el dinero, disfrutar de lo inmediato. No hay otra óptica ni otros intereses.

                Sin embargo tenemos otra manera de mirar detrás de esas noticias. Por ejemplo, dos aspectos son liberadores contemplados desde el despertar interior: el silencio y el vacío. Pueden verse en la ausencia de ruido de nuestras calles y la sensación de vacuidad en nuestro entorno. De pronto un mundo dominado por el ruido de los automóviles, la música estridente, los impactos de los medios y redes sociales, el martilleo de la publicidad, la obsesión por el consumo o  la sexualidad, viajes y artilugios, empezamos a escuchar el silencio. Todo se ha detenido y el mundo ha entrado por obligación en un tremendo sigilo, donde vuelve a escucharse el sonido del viento, los pájaros, la lluvia, el mar, y sobre todo de uno mismo.

Vacío_Existencial
El vació conduce al Todo

Se diría que el mundo se ha convertido en un enorme monasterio, obligado a unos ejercicios espirituales por real decreto. “Lenguaje sin palabras / y cánticos sin voz, / proclaman en la tierra, / proclaman en la altura, / la pequeñez del hombre, / la majestad de Dios” (José Selgas). Es cierto que tal stop a una sociedad vertiginosa puede convertirse en trauma para el que se rebela, pero es una bendición para quien conecta sin cavilaciones con el hondón del alma, donde palpita nuestro auténtico ser, el Dios de dentro.

Por otro lado, está el vacío. El tiempo se ha detenido, la ciudad se ha convertido en un enorme agujero, un desierto. La mejor imagen de ello ha sido la plaza de San Pedro hueca, sin nadie, donde un papa oraba bajo la lluvia y bendecía a un mundo dolorido. San Juan de la Cruz llamaba a esta vivencia “la nada”, que en realidad para él era el todo. En estos días el hombre de la calle puede haber descubierto que no necesita tantas cosas que antes parecían imprescindibles y, asomado a su ventana o balcón, descubre el vacío. Si mira simplemente ese hueco sin convertirlo en concepto, sin pasarlo por la mente, descubre que está lleno, que en realidad es el todo.

“Todas las cosas de la tierra y del cielo, comparadas con Dios, nada son. De manera que todas las criaturas nada son, y las aficiones de ellas son impedimento y privación de la transformación en Dios. Así que todo el ser de las criaturas, comparado con el infinito de Dios, nada es”. Para san Juan de la Cruz, la oración del alma enamorada es un salto de la nada al todo. La nada es querer y amar al todo, dejarse amar por el todo.

En palabras de un místico contemporáneo, Eckhart Tolle, “lo que aparece ante nosotros como espacio en nuestro universo percibido por medio de la mente y los sentidos es lo No Manifestado mismo, exteriorizado. Es el “cuerpo” de Dios.” De aquí la importancia de aprovechar estos días para dedicar tiempo a la contemplación, no discursiva para respirar el regusto a eternidad que tienen el silencio y la nada.

Por eso, desde esta perspectiva, vida y muerte solo son dos caras de la Vida. Y aunque sea doloroso ver partir a los seres queridos, no lo es tanto si sabemos que para todos morir es deslumbrarse por la luz que aquí vemos solo “como en un espejo”. Ni hay que asombrarse de que en estos días mucha gente, gracias al monasterio obligado de este vacío y silencio, haya despertado afortunadamente al gozo de la solidaridad.

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