Siempre hace buen tiempo

Mamá y el té de la cinco

Ay, madre, eras tanto aquel té de las cinco
con perfume a tortel
o ensaimada caliente,
y al fondo las naves primerizas de marcianos
que derribaba en el éter Diego Valor,
“el piloto del futuro”
o el western radiofónico en el que
“Dos Hombres Buenos” cabalgaban,
aún sin tele,
los horizontes inasibles de las ondas.

Un calor de vuelta de colegio,
a baño tibio
con sensación a sábado aún intacto
o la soñada excursión a aquella sierra
aún lejana de Madrid
con la cesta de mimbre y
tortillas de patatas en la nieve.

Eras presencia y ausencia,
habitada quietud,
caliente sinfonía de croquetas,
papas fritas
recién hechas
junto al turgente aroma inmarcesible
de coco de Guinea
en flanes de domingo.

Eras la casa.
Lo demás me fluía no sabía
hacia adónde,
se me iba contigo, madre,
muriendo lentamente.

Pedro Miguel Lamet

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