Siempre hace buen tiempo

Meditación del crepúsculo

Atardecer en Alvor (Portugal)

La instantánea ha congelado un segundo de vida. En el horizonte la tarde va a morir con el último beso rojo del sol. El abuelo ha llevado en bicicleta al nieto a contemplar el crepúsculo sobre el mar. Ambos parecen extasiados. ¡Pero de qué manera tan distinta!

El anciano melancólicamente medita quizás sobre la fugacidad de todo, sobre los años vividos, sobre su propio ocaso. El niño aún no piensa, simplemente contempla desde su mirada limpia que, sin más, se identifica con la naturaleza y se hace espontáneamente una con el paisaje. Todavía no tiene “ego” que le entorpezca ser feliz.

Quizás una a ambos una falta de prisa. No tienen que ir a la compra, ni hacer una llamada, ni usar la tarjeta de crédito. El mayor, porque ya no importa. El pequeño, porque aún flota en la verdad original no contaminada.

Nieto y abuelo son parte del crepúsculo, del girar del mundo, del nacer y el morir, de un tiempo imparable que solo se hace eternidad si te sabes sumergir en ese ahora infinito del sol que llevamos dentro.

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