Siempre hace buen tiempo

Monthly Archives: julio 2020

Luz prestada

Rocío

Una noche me pregunté: ¿Qué fue de aquella tarde de amor, de aquel encuentro irretornable, del júbilo de aquel verano?

Las oscuras golondrinas de Becquer volverán, pero… Ellos no están. Lo que queda de entonces es este fulgor que vivo dentro ahora al recordarlo, ese yo que es más yo que yo.

El ego es como un planeta del sistema solar. No tiene luz propia. Adquiere su luz prestada y, por tanto, vive en el engaño de que puede seguir siempre así en el tiempo y el espacio.

Por eso los anacoretas y los dualistas vuelven a gritar: ‟¡Aniquilad el ego!” Yo os digo: Mirad simplemente ese fulgor que sois y aun el pequeño ego brillará atravesado por su luz como el rocío por el sol del amanecer.

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Sabiduría de niño

Javi Galván del Rey
Los niños son pedazos de Dios y no lo saben,
van saltando en la lluvia y no se mojan;
el aire besan, sin ser sus propietarios.
Dan regalos sin precio, a solas juegan
y van acompañados de todo el universo.
 
Los niños aún no saben
qué papel les darán en la comedia;
y cuando miran, te ven directamente
sin careta, te ven como tú eres,
sin sopesar qué vales o qué cobras,
si eres peón, capataz o propietario,
joven o viejo, y el puesto que te han dado
quienes reparten roles de apariencia.
 
Juegan los niños con tu niño oculto
y solo desde ellos  te vives como eres.
 
Pedro Miguel Lamet
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La voz del verano

Como voces secretas de una vida,
del verano aquel vuelve el sonido
con sordina de grillos, sin ruido,
y música de lejos ya perdida.

La noche quieta y la palabra huida
se han quedo en el aire y el olvido
añorando aquel joven perseguido
por la luna de ensueños pretendida.

Pero el ardor que anhela tu mirada
que desde el mar buscaba mi sonrisa,
sigue, Jesús, clamando con ternura

con la misma palabra enamorada:
“Sígueme, amigo, óyeme en la brisa,
y húndete ahora en toda la hermosura”.

Pedro Miguel Lamet

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Agua que llevas mis sueños

“Niño en el agua” (®PMLamet)

“El hechizo del agua detiene los instantes” escribe Luis Cernuda. Desde niños anhelamos el agua como reflejo quizás de lo que somos, pues dicen que agua es el principal componente de nuestro cuerpo. ¿Qué busca este chaval hundiendo sus pies en la orilla? ¿El añorado líquido amniótico, un trasunto de la vida, un inconsciente rito de purificación, la inmersión en lo infinito?

Sea de fuente, río, lago o mar, es hermoso contemplar el paso del agua, refrescarse, y aprender a fluir con ella; disfrutar del momento y no apegarse a él, sin miedo, confiados que en la desembocadura acabaremos por sumergirnos en el mar de donde partimos. Quizás como nunca, hemos anhelado el agua durante esta pandemia, porque es un símbolo de salud y libertad. Nadie puede parar la vida ni detener el tiempo, pero siempre nos queda soñar como Miguel de Unamuno: “Agua que llevas mis sueños / en tu regazo a la mar /, agua que pasas soñando, / tu pasar es tu quedar”.

 Jesús amaba el agua, el agua nueva que ofrece a la samaritana para que no tenga más sed. Ya que “el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré se convertirá en él en una fuente de agua que brota para vida eterna” (Jn 4,14). Y hasta el obsequio de un simple vaso de agua fría tiene premio: “Y cualquiera que como discípulo dé de beber, aunque sólo sea un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, en verdad os digo que no perderá su recompensa” (Mt 10,42). ¿Insignificante y barato? Infinito, si nace del amor.

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