Siempre hace buen tiempo

Daily Archives: 20 abril, 2011

La consulta

El viejo despacho de la consulta del doctor, reproducido en un museo de Olivenza (Badajoz), no sólo tiene sabor a rancio. Habla por sí solo de una época donde el tiempo gozaba de otra dimensión. Es cierto que el instrumental médico era pobre y que la medicina ha progresado mucho tecnológica y preventivamente desde entonces. Pero me imagino en ese marco a don Pablo, el amable médico de cabecera de toda la vida, diagnosticando a sus pacientes a golpe de fonendo y grandes dosis de intuición; con aquel Rayos X de artesanía, su báscula elemental y la decrépita Underwood para escribir informes a dos dedos. Y se me antoja que todo era más personal, más humano, menos estándar y menos frío en orden a curar el alma. “¿Qué tal su esposo? ¿Y los niños?” “¡Ay, doctor, qué tranquila me ha dejado! No deje de venir a comer a casa cualquier día…”

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Mystic river

El drama de tres niños grandes

Nadie hubiera podido imaginar, cuando le veíamos de duro protagonista de los westerns espaguetis rodados en Almería por Sergio Leone, que Clint Estwood iba a alcanzar las altas cotas que ha logrado como realizador cinematográfico. Éste film, que hace el número 24 como director, le coloca sin duda entre los más grandes cineurgos americanos del momento.
Con esquema de trhiller, Mystic river supera con creces la historia de un crimen para introducirnos en la tragedia, dándolo a ésta toda la extensión griega del término. Basándose en la novela de Dennis Lehane, escrita para el cine por Brian Helgeland, relata la encrucijada vital de tres amigos de infancia: Jimmy (Sean Penn), un ex convicto que lleva la tienda de la esquina; Dave (Tim Robbins), el manitas del barrio, y Sean (Kevin Bacon), detective de homicidios. El film arranca veinticinco o treinta años atrás cuando estos tres amigos jugaban al jockey en una calle del barrio irlandés de Bostón, cercano al río Mystic. Perdida la pelota por una alcantarilla, los tres chavales deciden escribir sus nombres en el cemento fresco de la acera, cuando bajan de un coche dos hombres. Uno de ellos se identifica como policía y se llevan a Dave, cuyo rostro, asomado a la ventana de atrás del coche se convertirá en catalizador del drama de la película. A los cuatro días este muchacho logra escapar de los pedófilos que es lo que eran en realidad los falsos policías.
Tras este prólogo el film transcurre en el tiempo real de los tres amigos adultos. Dave tiene un hijo con Celeste (Marcia Gay Harden), pero vive como ausente, pues no ha logrado liberarse de aquel trauma de la infancia; Sean, el policía, ha sido abandonado por su mujer, embarazada, que no se atreve a pronunciar palabra cuando le telefonea; y Jim se ha casado en segundas nupcias con Annabeth (Laura Linney), que le ayuda en la educación de Katie (Emmy Rossum), de diecinueve años, hija del primer matrimonio, y de dos pequeñas habidas con ella.
La joven y fresca Katie, que tiene relaciones en secreto con un muchacho del barrio, es además la niña de los ojos de Jim, a quien ayuda en el trabajo de la tienda. Pero una noche, justo la víspera de la primera comunión de una de sus otras hijas, Katie desaparece y aparece brutalmente asesinada en el vecino parque. Su padre jura que matará al asesino de su hija, mientras su amigo Sean es precisamente encargado de solucionar el caso.
Esta trama policial da pie a Clint Estwood para profundizar en las relaciones de sus personajes y excelentes intérpretes, personalmente elegidos por el director, que dan la talla en lo que realmente llega a ser el film: un drama psicológico y un alegato social de amplio espectro.
Hay quienes opinan que Penn es uno de los mejores actores americanos del momento. Esta película lo confirma con creces. El carácter violento y apasionado del personaje contrasta con la ternura hacia su hija. Tim Robbins, mejor director que actor, borda el papel de ese niño que no ha llegado a crecer ni superar los traumas sexuales de infancia y que le convierten en principal sospechoso de la película. Y todos los demás están a la altura de estos en la variedad de registros y el juego de rostros y expresiones, que es el mejor bagaje de Mystic river. Las esposas, a su vez, componen el contrapunto de esta serie de personajes frustrados: la apuntaladora esposa del ex convicto, una especie de Lady Machbeth del barrio; la débil y desmoronada mujer de Dave, y la misteriosa y ausente, trasunto de la soledad del policía. Uno se pregunta si las tres mujeres no son en parte responsables del drama.
En realidad poco importará saber quién es el asesino, sabiamente oculto en un excelente guión, pues el mejor suspense es interno. De alguna manera sugiere este análisis la realización de Estwood, cuando abunda en primeros planos introspectivos, al estilo de los que nos sorprendió en Los puentes de Madinson, y los picados desde el helicóptero que parecen sugerir el estudio de la colmena humana y triste que los enmarca. La cotidianidad del barrio, de las relaciones entre las mujeres, de las charlas en el porche y la escalera, se cruza con escenas de enorme intensidad dramática, como la primera comunión, la irrupción del enloquecido padre en la escena del crimen, la terrible soledad de Dave cuando pasea con su hijo…
Todo converge en aquel día de la infancia y aquel abuso del que en realidad son víctimas los tres amigos. Toda una meditación sobre la violencia, la marginación, la soledad y la desesperación creada por el american way of life. Pocas veces el cine americano ha mirado con tanta intensidad hacia la conciencia de su país, a la tragedia de sus niños-grandes, encerrados en una estructura que proclama libertad y produce tan tristes frutos. En este sentido la metáfora de los vampiros no es ajena a dicho drama de explotación y violencia en los inocentes.
Es una pena que tan excelente film sea emborronado al final con una coda que prolonga inútil y falsamente el desenlace. Es cierto que toda tragedia ha de tener una kazarsis, pero aquí la purificación es tan gratuita como desconectada con el resto del film, un postizo que quita eficacia y fuerza a una obra rigurosa y sin concesiones. Porque además no añade nada. Desde el ajuste de cuentas la película decae, se hace premiosa e incomprensible durante el desfile del final. Hay quien ha dicho que es uno de esos fragmentos que uno espera ver en las escenas desechadas de la edición del film en DVD.
No obstante Mystic river, aparte de seguirse con atención e interés, gracias también a su trama policíaca, es uno de esos dramas que no se olvidan cuando uno sale del cine. Sus tres protagonistas son seres de carne y hueso, que nos golpean la conciencia y nos hacen pensar. Todo ello envuelto en la melancolía y la sugerencia con que Clint Estwood ha sabido impregnar sus films de madurez. Como aquellos nombres, que se han quedado para siempre dibujados sobre el cemento de la acera en obras. El último, el de Dave, quedó sin terminar de escribir, como el de tantos seres humanos que nunca llegarán a ser ellos mismo, atrapados por una sociedad absurda y decadente.

Producción: EE.UU., 2003 .-Director: Clint Eastwood.-Guión: Brian Helgeland, based on the novel by Dennis Lehane.-Productores: Clint Eastwood, Judie Hoyt, Robert Lorenz.-Intérpretes: Sean Penn (Jimmy), Tim Robbins (Dave), Kevin Bacon (Sean), Marcia Gay Harden (Celeste), Sarah Silverman (Patty), Laura Linney (Annabeth), Emmy Rossum (Katie).-Fotografía: Tom Stern.-Música: Lennie Niehaus.-Distribución: Warner Brothers

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Sede vacante

Hay momentos mágicos que hablan por si solos. Como aquella tarde luminosa que, paseando, descubrí aquella terraza vacía besada por el sol y abierta al mar con su única butaca de mimbre estratégicamente orientada hacia el horizonte. No había nadie, pero aleteaba una presencia. ¿Quién se sentaba allí a contemplar la caída de la tarde? ¿Una anciana con su labor de croché? ¿Un lector empedernido amigo de la soledad? ¿O algún joven triste y enamorado añorando lo imposible? Yo no conocía a nadie en aquella casa ni podía entrar ni sentarme en aquel sito vacío. Pero por un instante supe que era todos los hombres que necesitan mirar más allá y esperar contemplativamente que desde el infinito asome blanca la vela lejana de una respuesta.

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Carmen

Las raíces de un mito

A medio camino entre el romanticismo y el realismo, Próspero Merimée, fue un funcionario estatal y discreto escritor conocido ante todo, por sus relatos breves, en los que aborda temas como la violencia y la crueldad humanas: La Venus d’Ille (1837), Colomba (1840) y Carmen (1846) –ambientada en una España exótica y romántica–, que se hizo famoso sobre todo al convertirse en ópera gracias a Georges Bizet. De aquí que las numerosas adaptaciones cinematográficas se hayan basado en esta última, más que en el relato original.
Vicente Aranda ha optado por remontarse a los orígenes y llevar a la pantalla la novela de Merimée con intención de recuperar el mito, encuadrarlo históricamente y ofrecernos una explicación fílmica de la mujer fatal que le dio lugar. Por esta razón, tras un prólogo que encuadra los personajes de la cigarrera y el soldado para da fuerza al arranque, el film nos sitúa en la investigación del escritor francés del que sabemos por la historia que su interés por España fue mucho más allá de lo que Carmen trasluce, y su conocimiento de la geografía y el carácter españoles se fraguó a lo largo de siete viajes por España entre 1830 y 1864, de los que dejó una numerosa correspondencia, recogida en el volumen Viajes a España.
Carmen (Paz Vega) es la tópica y típica mujer española de belleza meridional, carácter arrebatado, tan compleja como pasional. El sargento navarro José (Leonardo Sbaraglia), de ideas tradicionales, firmes y católicas se convierte en su víctima que protagoniza acontecimientos extraordinarios, amores turbulentos y crímenes incontrolables. Se diría que el fatalismo, los celos y la sangre van a marcar su vida con la aparición de cada nuevo amante de Carmen. José se convierte en un juguete de las pasiones de esta mujer abocado con ella a la tragedia.
Dice Vicente Aranda que «Carmen necesita un siglo tan revuelto como el XIX para cristalizar. Parece contradictorio que aparezca en España, pero es que, como decía Trotsky, las cuerdas que se tensan siempre se rompen por la parte más delgada. Y no hay a principios de ese siglo un lugar con mayor asfixia de la libertad que ese país llamado España. Hace tan sólo unos pocos años que se han dado vivas a las cadenas. Y eran los oprimidos los que daban ese grito». Se trataría pues de una reacción individual de libertad constatada por uno de esos viajeros extranjeros en busca de los exótico por España, que oyó el relato de Eugenia de Montijo.
Añade Aranda que no ha querido “romper esa suerte de maleficio yendo directamente a la novela de Merimée y buscando en ella no sólo los elementos narrativos susceptibles de un reconocimiento de la imagen, actualizado, impropio de su época, sino también el perfil de la Carmen que nos gusta, que nos inquieta, y sobre la cual nos queda un resto permanente de intriga”.
De modo que lo que Vicente Aranda ha querido contar es una historia de rebeldía. Pero ¿qué vemos realmente en el film? En primer lugar una película de excelente factura, a lo que el director catalán nos tiene de sobra acostumbrados, no sólo por su amplia filmografía: veintidós películas desde Brillante porvenir (1964) y Fata Morgana (1966) a Juana la loca (2001) y Carmen, sino de algo que ha dado prueba en las últimas, que sabe dar credibilidad fílmica a la historia.
Para una película como la que nos ocupa la ambientación de época era esencial. Y es sin duda lo mejor, junto con la puesta en escena, la dirección de actores y la fotografía. Aranda ha conseguido, como lo hizo en Juana la loca con Beatriz Pérez Aranda, sacar de en la apariencia “mosquita muerta” Paz Vega una mujer de arrestos, un volcán andaluz, que aportara el explosivo al uso: jovencita de buen cuerpo y símbolo erótico convertida en hembra aguerrida.
Adquirido el filón, el film no ahorra desnudos provocativos, más eróticos que sexuales, y nos muestra una psicología femenina compleja más en la apariencia que en las motivaciones. En realidad sabemos que Carmen es una “mujer fatal”, a la que las circunstancias de hambre y pobreza han conducido al drama que encarna. Pero, sea por la cuidada estética simbólica del film, o porque no adentra en los sentimientos, Carmen, ni como personaje ni como película nos emociona.
El realizador ha conseguido una superproducción, eso sí, una de las más costosas del cine español, con una excelente recreación de ambientes, paisajes y vestuarios que nunca cantan ni rompen el embrujo. En momentos ha logrado color y encuadres de fuerza pictóricas, como el de la cigarreras del comienzo del film o algunos desnudos en claroscuro a lo Goya o Romero de Torres. Se ha salido con maestría en ocasiones de la propia película, rompiendo los tópicos al uso. Alcanza en otras excelentes rasgos de humor, por ejemplo con la aparición de El Tuerto en la cueva de los bandoleros.
Pero, como suele suceder, pese a existir inspiración formal, sentido de la imagen, excelente interpretación, falla la inspiración, algo innombrable en el alma de la película, lo que solemos llamar poesía. En realidad falla en ocasiones además el guión. Por ejemplo la película decae en las citadas secuencias de bandoleros y resulta ingenua y efectista en su uso de los símbolos religiosos. Bien está que José sea devoto de la Virgen, pero en ocasiones parece más un San Luis Gonzaga que un soldado de su Majestad, dadas sus reiteradas devociones. O que se introduzca la iconografía de Iglesia, estando como estaba en aquella época tan arraigada en la vida de los españoles, pero el desenlace sangriento en el templo y el culto al desnudo de Carmen sobre un altar, parece excesivo, por mucho mito que fuera para José y para Aranda la singular moza. Por no hablar de los momentos en que ambos protagonista hablan en euskera. Ni sabemos dónde lo ha aprendido la popular andaluza ni parece José esté capacitado para ser profesor de Ikastola en plena Sevilla del XIX[1].

Con ello, insisto, no quiero menoscabar los valores de este producto cinematográfico que está por encima de otros films equivalentes; que entretendrá y deleitará, sin dejar de producir buenos frutos de taquilla, entre otras razones por los atractivos de la protagonista, mostrados con tanta finura como abundancia. Pero, al salir nos seguimos preguntando quién es en realidad Carmen, puesto que a José, el macho ibérico entontecido y destruido por una mujer, lo conocemos bien. Quizás por esta razón Vicente Aranda se ha apresurado a hacer declaraciones sociológicas presentándola como víctima, no sea que las embravecidas feministas se le echen encima. Porque Carmen, la de Merimée, la de Bizet y la de Aranda, querámoslo o no, no deja en buen lugar al sexo femenino. Otra cosa es que dé cumplido juego a la exhibición y al drama.

[1] Merimée sí lo explica en su libro, al que en general Aranda es fiel en su versión cinematográfica: “Porque los gitanos, como no son de ningún país y viajan siempre, hablan todas las lenguas; hasta de los moros y los ingleses se dejan entender. Carmen sabía bastante bien el vascuence”. Aunque José aclara que en lo de su origen vasco, como en otras cosas, “Carmen mentía” ( Próspero Merimée, Carmen, pág. 47)

Dirección: Vicente Aranda. Guión: Joaquín Jordá y Vicente Aranda; basado en la novela de Prosper Mérimée. País: España.Año: 2003.Interpretación: Paz Vega (Carmen), Leonardo Sbaraglia (José), Jay Benedict (Prosper), Antonio Dechent (El Tuerto), Joan Crosas (Dancaire), Joe Mackay (Teniente), Josep Linuesa (Lucas), William Armstrong (Fray Carmelo), Julio Vélez (Señorito), Emilio Linder (Aristóteles).Producción: Juan Alexander.Música: José Nieto. Fotografía: Paco Femenía.Montaje: Teresa Font. Dirección artística: Benjamín Fernández.
Vestuario: Yvonne Blake. Estreno en España: 3 Octubre 2003

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