Pedro Claver: El esclavo de los esclavos
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Pedro Claver recibe a los esclavos
de un barco negrero
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Tímido y sencillo, catalán corto en palabras y largo en hechos, Pedro Claver Corberó, conocido como
"el esclavo de los esclavos", es una de las figuras del santoral más
apasionantes y arriesgadas del siglo XVII, cuya vida se desarrolló en el colorido contexto de aventuras,
pasiones e injusticias del puerto negrero de Cartagena de Indias. Su entrega abnegada a los negros bozales,
de los que los teólogos discutían incluso si poseían alma, es un antecedente admirable de la praxis de
liberación cristiana, de la defensa de los derechos humanos y el compromiso preferencial de la Iglesia por
los pobres y marginados.
La "villa de los cántaros negros", como se calificaba a Verdú, en el valle de Urgel, le vio nacer
en 1580, de un matrimonio de sencillos labradores, Pedro Claver y Mingüella y Ana Corberó. No tenía
trece años cuando perdió a su madre y poco días después a su hermano Jaime. Con quince recibió la
tonsura clerical en su pueblo y, apadrinado por un tío canónigo, se traslada a Barcelona para estudiar
gramática en el Estudio general de la Universidad. Terminada la retórica, entra en contacto con los
jesuitas del colegio de Belén para estudiar filosofía, donde sintió la vocación a la Compañía de
Jesús, en la que ingresó el 7 de agosto de 1602. Tras un ferviente noviciado y pronunciar sus primeros
votos, pasó a Gerona a dedicarse al estudio de las Humanidades.
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Efigie de Pedro, según
grabado del siglo XVIII
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1.- Un portero muy especial
Desde los primeros momentos sintió dudas sobre su vocación al sacerdocio, pues le atraían la
sencillez y los oficios humildes de los hermanos coadjutores. Esto explica la gran amistad y
admiración que sintió en Mallorca, donde fue destinado a ampliar sus estudios de filosofía,
con el santo hermano portero Alonso Rodríguez. Nacido en Segovia e hijo de un comerciante en
paños, Alonso se había hecho jesuita ya mayor, pues, tras fallecer su padre, tuvo que abandonar
sus estudios en Alcalá y encargarse del negocio de familia. Contrajo matrimonio, enviudó y
perdió a sus dos hijos, ocasión en la que decidió hacerse religioso.
El influjo del humilde y místico hermano portero del colegio de Montesión en Pedro Claver fue
decisivo, ya que el joven jesuita consiguió permiso de los superiores para conversar todas
las noches un cuarto de hora con Alonso Rodríguez. Pedro aprovechó a fondo estas charlas,
cuyas luces recogía en un cuaderno que le acompañó toda la vida. También recibió del santo
hermano un libro de apuntes espirituales, un tesoro grande, como él
decía, que legó al noviciado de Tunja en Colombia, entonces Nueva Granada.
En medio del ambiente misionero que se respiraba en aquellos tiempos, las palabras de Alonso
impulsaron a Pedro a pedir el destino a América, algo que por sí mismo nunca hubiera osado hacer,
porque se tenía a sí mismo como muy poca cosa. Pero Alonso le aconsejó que cruzara los mares
"porque allá en las Indias tenía que padecer mucho". Después de tres
años de estudios en Mallorca, de regreso a Cataluña, y gracias a que no esperó una embarcación
más segura, se libró de los piratas y pudo comenzar la teología en Barcelona, donde todo sus
esfuerzos se centraban en imitar a Alonso.
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Iglesia de San Pedro Claver en
Cartagena de Indias
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2.- La llamada de América
Comenzaba su segundo año de estudios teológicos, cuando el provincial accediendo a su deseo, le
destinó el 23 de enero de 1610, a las misiones transoceánicas de Nueva Granada. Sin despedirse de su
familia --el ambiente en casa había cambiado tras las segundas nupcias de su padre--, se fue a pie a
Valencia y luego a Sevilla, de donde zarparía en la flota de galeones en compañía del padre Mejía y
dos jóvenes sacerdotes.
Después de una primera toma de contacto con la plaza fuerte de Cartagena de Indias, hervidero de negreros,
piratas e inquisidores, se trasladó, en un lento viaje en champán por el río Magdalena y luego a lomos de
mula, hasta Santa Fe de Bogotá, donde no estaban aún organizados los estudios de teología, lo que Pedro
aprovechó para servir como hermano coadjutor.
El clima de Santa Fe no le sentaba bien, ya que el sol dañaba su salud. Una vez concluidos brillantemente
sus estudios, fue destinado al noviciado de Tunja, en tierra adentro, para hacer su "tercera probación",
el año que los jesuitas dedican a la espiritualidad tras su formación intelectual. Seguía dudando si hacerse
sacerdote. Tanto, que le pidió al provincial que le permitiera seguir de hermano portero, oficio que
ejercía en Tunja.
3.- Sepultados en vida
Pero los superiores le destinaron a Cartagena de Indias, donde fue ordenado por el obispo dominico fray Pedro
de la Vega el día de San José de 1615. Dijo su primera misa en el altar de la Virgen del Milagro de la iglesia
de la Compañía.
Allí conoció al sabio jesuita Alonso de Sandoval, investigador de la vida de los negros y autor del famoso
libro De instauranda ethiopum salute, quien, en contra del dominante ambiente esclavista, recibía con afecto y
bautizaba a los esclavos que llegaban al puerto en abundancia y en un estado calamitoso en las bodegas de los
barcos negreros, procedentes de África.
Claver se entregó en cuerpo y alma a los negros bozales. En medio del clima caluroso e insano de Cartagena,
ciudad donde ya había más de 1.500 esclavos y los mosquitos y las enfermedades devoraban a los sanos, se enfrentó
con hechos heroicos a la ignominiosa trata. Pedro vio claro entonces el sentido de su sacerdocio; y el 3 de abril
de 1662, al pronunciar su profesión solemne, estampó junto a su firma la que sería la gran consigna de su vida:
Petrus Claver, aethiopum semper servus ("Pedro Claver, esclavo
de los negros para siempre").
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En esta plaza, antes llamada de
Los Mercaderes, se ponían a la
venta los esclavos negros
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El joven sacerdote siguió a la letra el método empleado por el padre Sandoval. Procuraba enterarse con antelación
de la llegada de un barco negrero Y hasta ofrecía una misa a quien se lo avisara y se informaba de que nación
venía para procurarse intérpretes, que buscaba por toda Cartagena. Los amos de éstos llevaban muy mal que se los
pidieran y recibían a los jesuitas con insultos. Más tarde el propio colegio llegó a comprar los negros intérpretes,
grandes colaboradores de Claver. Entre ellos estaban Domingo Folupo, Andrés Sacabuche, José Monzola o Ignacio Soso,
que a veces eran empleados en el colegio para otros menesteres, lo que ocasionó dos cartas de protesta del padre
general Vitelleschi, quien apreciaba sinceramente la labor de Pedro.
Acompañado de sus intérpretes acudía Claver al puerto llevando al brazo un canasto cargado de
plátanos, naranjas, limones, pan, vino, tabaco, aguardiente y sahumerios. Luego, haciendo de tripas corazón, descendía
heroicamente a la sentina del navío donde por más de cuarenta o cincuenta días venían sepultados entre trescientos y
cuatrocientos negros. Ante los ojos desorbitados de terror de los pobres africanos, les decía que él quería ser su padre y
pretendía tratarlos bien; que no iba con intención de comérselos, como creían, o maltratarlos, sino para quererles y enseñarles
el camino de Jesús. Si algunos llegaban en peligro de muerte, él mismo lo envolvía en su manteo y lo llevaba a un
hospital.
4.- Caricias de padre
Existen relaciones de la época escalofriantes de estos desembarcos, incluso de mano del propio santo: "Echamos manteos
fuera y fuimos a traer de otra bodega tablas y entablamos aquel lugar y trajimos en brazos los muy enfermos, rompiendo
por los demás. Juntamos los enfermos en dos ruedas, la una tomó mi compañero con el intérprete, apartados de la otra
que yo tomé. Entre ellos había dos muriéndose, ya fríos y sin pulso. Tomamos una teja de brasas, y puesta en medio de
la rueda, junto a los que estaban muriendo, y sacando varios olores, de que llevábamos dos bolsas llenas, que se
gastaron en esta ocasión, y dímosles un sahumerio, poniéndole encima de ellos nuestros manteos, que otra cosa ni la
tienen encima, ni hay que perder tiempo en pedilla a sus amos, cobraron calor y nuevos espíritus vitales, el rostro
muy alegre, los ojos abiertos y mirándonos"
"De esta manera les estuvimos hablando, no con lengua, sino con manos y obras que como vienen tan persuadidos de que
los traen para comerlos, hablarles de otra manera fuera sin provecho. Asentámonos después, o arrodillámonos junto a
ellos, y les lavamos los rostros y vientres con vino, y alegrándolos, y acariciando mi compañero a los suyos, y yo
a los míos, les comenzamos a poner delante cuantos motivos naturales hay para alegrar un enfermo".
También para la catequesis seguía el método del padre Sandoval, explicándoles la doctrina cristiana a través de
cuadros muy vivos y la ayuda de intérpretes escalonados en medio de una atmósfera irrespirable. Cuando sentía
repugnancia, besaba las llagas de los esclavos y finalmente los bautizaba, en contra de lo que hacían algunos
religiosos cuando los bozales eran cazados en África, que bautizaban en masa con un simple riego.
5.- Leprosos e inquisidores
Su afecto a los morenos se extendía a su defensa frente a sus amos, como atestigua la negra Isabel Folupo. Cuando
sabía que alguno flagelaba a sus esclavos, se presentaba en la casa y con súplicas o con autoridad les pedía que
no los azotaran. Su confesonario estaba reservado para los negros, mientras que grandes personajes de la ciudad
tenían que hacer cola detrás de ellos si querían confesarse con el santo jesuita.
De su predilección por los enfermos daba testimonio un pobre negro que vivía en una choza junto a la muralla o una
ciega que visitó fielmente en su bohío durante diez años. Durante la peste de la viruela que se cebó en Cartagena
en 1633 y 1634 se multiplicó para atender a los damnificados hasta agotar a dos y tres de sus compañeros. Su manteo
servía de vestido para los desnudos recién llegados, de almohada y de cama para los enfermos. Su intérprete Sacabuche
contaba que hubo días que tuvo que lavar el manteo del padre Claver hasta siete veces. En vísperas de Pascua reunía
a todos los negros de la ciudad para que cumplieran el precepto, los confesaba, les daba la comunión y él mismo les
servía un modesto desayuno. También alguna vez con la disciplina con la que se flagelaba irrumpió en alguna danza
nocturna, cuando los africanos se emborrachaban o prostituían.
Además acudía regularmente a la leprosería, hospital de San Lázaro, cuidada por los Hermanos de San Juan de Dios.
Allí barría, arreglaba las camas, daba de comer a los enfermos y les llevaba pequeños frascos de licor. Conseguía
mosquiteros, limosnas, medicinas y comida para aquel pobre hospital que era un conjunto de bohíos que llegó a
albergar hasta setenta leprosos. Los días de fiesta les llevaba una comida más fina y una banda de música.
6.- En defensa de los últimos
Se ocupaba también de los presos comunes o de la Inquisición y se pasaba largas horas en los calabozos escuchando
sus cuitas. Por sus ruegos dos abogados se encargaban de la defensa de los presos pobres. También los consolaba
en el momento de la ejecución con vino, perfume y bizcochos. Y con los protestantes, alguno de ellos ejecutado
en un Auto de Fe, se comportaba con igual cariño y misericordia. Llegó a convertir a varios, entre ellos un
arcediano de Londres. Misionaba además pueblos de los alrededores, comiendo y durmiendo en chozas abandonadas,
entre murciélagos y ratas. Le nombraron ministro (encargado de asuntos materiales) de la casa. Pero, como cogía
siempre para él los oficios más duros, el superior lo hizo maestro de novicios coadjutores, a los que conducía
a la leprosería escoba en mano.
Todo ello respondía a un profunda vida espiritual. Austero hasta el heroísmo "dormía poco y en el suelo, apenas
comía y vestía cilicios, cuando ya era un cilicio sólo el clima de Cartagena", tenía dicho al hermano portero
que no molestara en la noche a los demás padres, cuando venían a pedir sacramentos, sino que acudiesen a él.
Para la oración le gustaba mirar un libro de imágenes de la vida de Nuestro Señor y se detenía sobre todo en pasajes
de la Pasión que recordaba el resto del día. El negro Diego Folupo lo vio elevado del suelo como "caña y media"
con los ojos fijos en un crucifijo que sostenían en las manos. Le atribuían numerosos milagros, como resurrección
de muertos, clarividencia y profecía.
Aunque su fama de santidad cundía por toda la ciudad y aunque su provincial llegó a decir que trabajaba él solo
por seis sujetos y no le faltaron cartas laudatorias del padre General de la Compañía, muchos le hicieron la
guerra. Los informes que enviaban a Roma decían de él que era "mediocre de ingenio", con poca experiencia, "apto
sólo para predicar a indios". También le vinieron avisos de la curia por manejar plata y tener en el aposento
botijas de vino, que usaba para sus negros. O le llamaron la atención por reprender a una dama española que se
pavoneaba en la iglesia de su guardainfante. Otros jesuitas no venían bien que diera preferencia a los negros
sobre los blancos, temas que incluían en sus cartas acusatorias a Roma.
Un día en que pretendía entrar en Uraba, región de indios paganos, tras predicar la cuaresma por los alrededores
de Cartagena, cayó enfermo. La víspera había confesado hasta las diez de la mañana y cuando pretendía celebrar
la misa, se sintió tan mal que se vio obligado a regresar a Cartagena. La peste había diezmado el colegio de los
jesuitas, donde habían fallecido ya nueve miembros de la comunidad. Una parálisis le redujo a la impotencia y a un
tremendo temblor de las manos, que, según testimonio del médico, le desaparecía al decir misa.
Aún pudo hacer algunas visitas, gracias a una mula que le dejaron, que estuvo a punto de matarle. Pudo ir también
a despedirse de doña Isabel de Urbina, su gran bienhechora, a quien le pidió que adelante se confesara con su
sucesor, el padre Diego Ramírez Fariña. Por entonces, desde la sublevación de Portugal, era raro el arribo de
barcos negreros. Pero en 1652 llegó uno lleno de negros araraes. Pedro visitó a los negros, les llevó regalos y
los instruyó para el bautismo.
7.- ¿Qué se le ofrece para la otra vida?
Su enfermedad se fue agravando, y como por la peste no había ningún hermano que lo cuidara, designaron a un
joven esclavo recién comprado, Manuel Moreno. El santo no sólo le enseñó el catecismo, sino que lo preparó
para ser interprete. Pero Manuel maltrataba al enfermo descuidándolo, lo que Pedro llevaba resignado en
silencio.
Un domingo, el 6 de septiembre de 1645, Claver se hizo llevar a la iglesia para comulgar. Le dijo entonces
al hermano Nicolás González: "Voy a morir, ¿qué se le ofrece para la otra vida?". El hermano le pidió que se
acordase de él, del colegio, de la ciudad. "Lo haré muy gustoso", contestó Pedro. El lunes lo encontró el
rector sin habla, por lo que se le administró la extremaunción, en presencia de algunos seglares notables de
la ciudad. La noticia se divulgó por Cartagena y muchos acudieron a saquear sus pobres pertenencias como
reliquias. Dos pintores hicieron su retrato. A las nueve de la noche se quedaron velándole algunos amigos
junto a los jesuitas. Mientras le leían la recomendación del alma, entre la una y las dos de la mañana dio
la suya a Dios, con la paz y quietud que había derrochado su vida el "esclavo de los esclavos".
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Castillo de San Fernando de Bocachica
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La muerte del santo conmovió a toda Cartagena de Indias, que desfiló ante el cadáver a besarle las manos y
tocar su cuerpo con rosarios. Las autoridades pidieron que se retrasara un día el entierro para hacerlo
con mayor solemnidad. Todos lo proclamaron santo. El propio gobernador, dos alcaldes e ilustres caballeros
de la Armada condujeron su ataúd a hombros. Fue enterrado en la iglesia de los jesuitas, hoy de San Pedro
Claver, donde en la actualidad reposan sus restos. Los negros cantaron en su misa y, transcurridos los años,
su estatua cercana al mar se ennegreció con la brisa. Los negros porfiaban frente a ella: "Que no era blanco,
sino negro, pues, si no, no nos hubiera querido tanto". Tras un minucioso y largo proceso, con varias etapas,
Pío IX, el 21 de septiembre de 1851 lo declara beato, y León XIII, Bque dijo: "Es la vida que más me ha
impresionado después de Cristo", lo canoniza el 15 de enero de 1888, junto a los también jesuitas San Juan
Berchmans y su querido San Alonso Rodríguez. Como recuerda Juan Pablo II, que lo llama en su encíclica
Sollicitudo rei socialis "modelo de solidaridad y testimonio para nuestros tiempos", gracias a Sandoval y
Claver, Cartagena de Indias fue declarada "Cuna de los Derechos Humanos".
Pedro Miguel Lamet
8.- Bibliografía
- José Fernández, Apostólica y penitente vida del V.P, Pedro Claver, de la Compañía de Jesús, Zaragoza, 1666. Nueva edición Arefundida y acrecentada@ por Juan María Solá, Barcelona, 1888.
- Ángel Valtierra, El esclavo de los esclavos: San Pedro Claver, Bogotá, 1954.
- Pedro Miguel Lamet, Un cristiano protesta, Barcelona, 1980; Nueva edición con el título de Esclavo de esclavos, Bilbao, 1996.
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El Esclavo Blanco
La lucha de Pedro Claver, un pionero de los derechos humanos
Editorial: Martínez Roca
Colección: Novela histórica
Páginas: 320
Cubierta: Cartoné
Precio: 13.47 Euros
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