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El aventurero de Dios" (Francisco de Javier), de Pedro Miguel Lamet (La Esfera de los Libros PDF Imprimir E-mail

        Tengo ante mi mesa de trabajo un libro de 742 páginas, en gran formato. Es una novela histórica y bien al hilo de la actualidad a pesar de que cuenta historias de hace quinientos años.
En su momento leí con gusto otras dos novelas de similares características del mismo autor del libro que hoy presentamos. Versaban sobre las vidas de Ignacio de Loyola y de Francisco de Borja. Ya entonces, cuando leí "Borja, los enigmas del Duque", pensé que faltaba la novela histórica de Francisco de Javier o Francisco Javier -como se quiera, que tanto monta, monta tanto-.
 
Y ya la tenemos aquí, en treinta capítulos, en documentadísimo trabajo de investigación y divulgación, en magnífica prosa de amena lectura, espléndido ritmo narrativo y cadencia poética.        Y estoy persuadido de que "El aventurero de Dios" será, cuando acabe este Año Jubilar de San Francisco Javier y de la Compañía de Jesús, uno de los frutos de las efemérides y una obra que permanecerá como referencia inexcusable. Gozosamente inexcusable. Una obra señera y cimera, quizás "la obra", de su autor.

Una novela histórica

        Para acercarse y para disponerse a la lectura de "El aventurero de Dios" es preciso -a parte de tener tiempo para ello...-, saber con lo que el lector se va a encontrar: no es una tradicional vida de santos; es una novela histórica, un macro reportaje periodístico de altura y de categoría, un apasionante recorrido por el siglo XVI, un extraordinario viaje allende los mares y, sobre todo, el latido cierto, la presencia cercana, de uno de los personajes más excepcionales de la historia de la humanidad y de la historia de la Iglesia.

      Hace medio siglo que a este personaje lo bautizó José María Pemán como "el divino impaciente". La definición hizo fortuna. A mi se sigue encantando la frase. Ahora el autor de la novela que nos ocupa nos lo define como "el aventurero de Dios", otra expresión hermosa, preciosa y, ante todo, precisa del gran Francisco Javier.

 

El hilo narrativo

        Un judío converso que huye de la Inquisición se encuentra en Lisboa -ciudad donde empieza y concluye esta novela histórica- con un intrépido joven, llamado Francisco. Es oriundo del castillo, casi en ruinas, de Javier, en Navarra, entonces independiente de Castilla.

        El judío será el cronista de la aventura a lo divino, de la pasión sobrehumana del llamado "gigante de la historia de las misiones". Sabremos pronto que Francisco es un muchacho atractivo y con vocación y resultados de campeón.

        Y por la novela histórica, de manos del judío converso, desfilarán Javier, Pamplona, París, Venecia, Roma, Lisboa y los mares y las tierras del Índico y del Pacífico.

        La vida cotidiana, la política, el comercio, la Iglesia, la navegación, el encuentro intercultural y religioso de Europa y los lejanos y exóticos mundos de Asia se asomarán por la novela. Es la aventura de Dios, la aventura espiritual y humano de un hombre y de un cristiano excepcional.

 

"Ir más lejos"

        "Ir más lejos" era su lema. Quería ganar el mundo y en París, en Colegio de Santa Bárbara, un vasco tenaz le convenció -claro, con la ayuda inestimable de la gracia- de que no se puede ganar el mundo si se pierde el alma. Aquel encuentro entre los personalidades fuertes y carismáticas como la del vasco -Ignacio de Loyola- y la del navarro -Francisco de Javier- marcará la vida de este último para siempre. Ya no será un profesor brillante o un prebendado y clérigo de carrera. Ni tan siquiera aquel atleta que ganaba competiciones. Será un plusmarquista del Reino, un atleta de Dios, un servidor incondicional del hombre, un misionero ardiente, u n cura de cuerpo entero, un divino impaciente.

        El encuentro además entre Ignacio y Francisco estaba revestido de contradicciones y paradojas: Ignacio fue defensor de Pamplona, donde cayó herido y comenzó su aventura hacia la eternidad, y entre quienes querían tomar Pamplona se hallaban los hermanos de Francisco...

        Pero de su encuentro en París surgirá una íntima, irrompible y conmovedora amistad. Nacerá la Compañía de Jesús, una de las grandes instituciones religiosas de toda la historia de la Iglesia.

 

"Si no encuentro una barca, iré nadando"

        Francisco Javier ardía de amor de Dios. Uno de cada tres días de su vida lo pasó navegando. Nada se le ponía por medio: ni tempestad, ni plagas, ni piratas, ni capitanes corruptos, ni dificultades, ni privaciones. Y además todo esto lo contó y lo escribió en sus cartas misioneras, casi crónicas periodísticas, que tan ávidamente eran leídas en Europa.

        A los 46 años una infección pudo con él un 3 de diciembre de 1552, en la isla de Sancián, a las puertas de China continental. ¿Pudo con él? Fue el final de su aventura humana y el comienzo de su periplo para la eternidad. Que bien vivo y ardiente sigue y seguirá Francisco de Javier.

 

Pedro Miguel Lamet

   El jesuita, de origen gaditano y residencia madrileña de años ha, Pedro Miguel Lamet es el autor de esta novela histórica y casi enciclopédica. Para él la sincera felicitación y el necesario agradecimiento por su trabajo.

        Pedro Miguel Lamet -Perico para los amigos- es también periodista y poeta. Y estas vetas están muy presentes en la rica mina de la novela histérica que nos ocupa.

        Más de treinta libros, de distintos géneros, avalan la trayectoria publicista de Pedro Miguel Lamet. Durante media docena de años fue director del semanario "Vida Nueva" y su firma y su palabra han recorrido y recorren otros medios de comunicación: Cope, RNE, SER, "Pueblo", "El País", "El Goblo" y, sobre todo, "Diario 16", el recordado diario de la "libertad sin ira"... Ocho premios periodísticos y literarios acreditan sus buenas letras.

        Seguro que para muchos de los lectores de estas líneas, Pedro Miguel Lamet es un viejo y querido conocido... Seguro. Como seguro es que lo será de ahora en adelante para quienes emprendan la aventura apasionante de sumergirse en la lectura ardiente de esta nueva biografía novela del divino impaciente, del aventurero de Dios. Perico, gracias y enhorabuena. Hasta la próxima.

 

Libro de la semana
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El aventurero de Dios: Francisco de Javier
Pedro Miguel Lamet
La esfera de los libros. Madrid, 2006. 792 páginas, 26 euros
 
Hay varios motivos para agradecer este libro en el V centenario del nacimiento de Francisco de Javier. El primero y más importante es que se lee con notable facilidad. Lamet es ensayista, novelista y poeta de verbo suelto (una flora que abunda en la bahía gaditana, donde anidó el ingenio, no sé si en el segundo milenio antes de Cristo y con los fenicios) y ha construido aquí un relato que, con la mínima técnica imprescindible –sin que se note que hay técnica–, responde con fidelidad al género de la biografía novelada. Es, pues, un libro ameno.
 

El hecho de que sea una biografía novelada le plantea al autor un reto que puede pasar desapercibido y que consiste en hacer hablar a personajes del siglo XVI. Claro es que no comete el error de reproducir el castellano –todavía sin cuajar en muchas cosas– de aquel siglo. Pero evita el empleo de neologismos que echarían para atrás a un purista. Sólo he notado uno (“soberanía”, en la página 131; palabra apenas balbuceante por aquellas calendas, más aún como expresión de carácter político). Pero, siendo novela, es justamente histórica. Y, al final, Lamet nos dice hasta qué punto lo es: todos los personajes y los hechos, sin más excepción que la del judío que narra la aventura en primera persona –además de su esposa–, están verificados en los documentos que se conservan. En este sentido, es un relato enteramente fiable como forma de conocer el personaje.

La de san Francisco Javier fue una vida tan rica en matices y en acontecimientos y escenarios, que Lamet no necesita idear nada, fuera de construir un relato que no agobie con el hilo cronológico y de sazonarlo abundantemente de diálogos (que, eso sí, son supuestos, pero que expresan lo que se sabe que ocurrió realmente). Del propio Francisco de Javier se conserva algo más de un centenar de cartas, publicadas hace años en Roma, y a ello hay que añadir el formidable elenco documental que se editó bajo los auspicios del Gobierno de Navarra hace algo más de una década. Es un corpus notablemente enjundioso, digno de una lectura directa para los más aguerridos. Llaman la atención en él dos aspectos fundamentales: uno es el origen familiar del futuro jesuita, con todo lo que ello conlleva (la anexión de Navarra a la corona de Castilla, la rebeldía de una parte de los navarros, entre otros los parientes de san Francisco Javier, y todas las vicisitudes políticas, militares y familiares que aquello supuso, a comienzos del siglo XVI). Por cierto que el autor da por buena –una novela no es lugar para aquilatarlo– la presencia del vascongado Iñigo de Loyola en los ejércitos castellanos que luchaban por la posesión de Pamplona frente a los independentistas navarros, entre los que se hallaban los parientes del futuro compañero de san Ignacio.

El otro asunto –el fundamental– es la aventura de Francisco, una vez que se incorporó en París –donde estudiaba– a la naciente Compañía de Jesús y se decidió que fuera a convertir a los infieles (y también a bastantes fieles, según se desprende del libro) en los territorios portugueses de las costas africanas y asiáticas, incluidas la India y el Japón. Es sorprendente que el jesuita recorriera los millares de millas marinas y los centenares de leguas de camino que recorrió en esa parte de su vida. Es difícil hallar un parangón. Por fortuna, además, el propio Francisco narró en sus cartas bastantes de las cosas que le iban ocurriendo, incluidas las dificultades de los interminables viajes. Y el relato es ciertamente de asombro. Una vez superados los tiempos en que las epopeyas de los españoles del Quinientos fueron aireadas con afanes políticos que hubo en el siglo XX, valdría la pena empezar a preguntarse por qué, en el XVI (y no en el XV ni con tanta fuerza en el XVII) se dio tal número de personajes que dejaron grabado su nombre en la historia de los grandes héroes y de los aventureros más atrevidos. Fueron tres o cuatro generaciones de gigantes. Para bien en muchos casos y para mal en no pocos. Pero gigantes, y ello por la decisión que implicaban sus singladuras, por la valentía con que actuaban, por la insaciable sed de penetrar en tierras desconocidas y –no poco– por la resistencia física que hubieron de tener. La conquista de América está llena de ese tipo de personajes, fueran locos como Aguirre o santos como Francisco (por más que Francisco de Javier se hiciera santo por Oriente, y no por Occidente, y al servicio del rey de Portugal). Lo más que podemos decir es que aquellas tres o cuatro generaciones de epopeyas tuvieron que ver con la apertura de los océanos a la navegación y al descubrimiento de tierras nuevas –por el Atlántico y el Pacífico– y a la llegada a tierras míticas, como sucedió en el Índico.

Portugal es el protagonista mudo del trasfondo de la novela. Palpita en ella claramente lo que fue en ese siglo el otro gran reino peninsular, verdadero emporio de riqueza y empuje. Sin que el autor se lo proponga a lo que parece, Portugal se perfila como uno de los países más castigados por la fama. España lo fue por la vía de la discutida leyenda negra; pero Portugal lo ha sido por el camino del olvido. Lamet ha hecho para ello un esfuerzo notable, que ha sido el de recomponer la vida cotidiana de las ciudades portuguesas –en Portugal y en Asia–.

Recurre el autor pocas veces a la transcripción de párrafos de las cartas de Javier. Pero los textos que aparecen son bien elocuentes. El único “pero” que me atrevo a hacerle es que no queda claro un aspecto tan sorprendente hoy como principal, que percibió este crítico al leer esas cartas del jesuita: en algunos párrafos de ellas, se desprende que, en buena medida, lo que impulsó a Javier a navegar y caminar, a hablar con unos y otros, a convencer con su manera de ser más que con sus palabras, fue simple y llanamente la prisa.

Exactamente la prisa. Javier descubrió un continente entero cuyos habitantes apenas habían oído hablar del Dios de los cristianos y, con la idea definida en el concilio de Florencia (extra ecclesia nulla salus, “fuera de la iglesia no hay salvación”), se mantuvo en vela con verdadera sed de llegar a tiempo, con el afán de evitar que muriera un solo hombre más sin conocer el evangelio. Hay párrafos extremadamente elocuentes en ese sentido; en alguno llega a decir que, si los europeos supieran lo que él estaba descubriendo –cuánta gente desconocía a Dios e iba a morir sin conocerlo–, no dudaba de que serían muchos los que se apresurarían a correr a África y Asia y hacer lo mismo que él, lo más pronto posible. Es este un aspecto difícil de comprender en nuestros días y con nuestra manera de sentir. Pero Javier fue como fue y ése es un rasgo principal para entender del todo al personaje, tan bien entendido por Lamet.

José ANDRÉS-GALLEGO

Francisco de Javier nació en Castillo de Javier, Navarra en 1506, en el seno de una familia noble. Mientras estudiaba Filosofía y Teología en París conoció a Ignacio de Loyola. Hizo sus primeros votos en París (1534), se ordenó sacerdote en Venecia (1537) y participó en la fundación de la Compañía de Jesús en Roma (1539). Dos años más tarde accedió a viajar a la India. Durante su viaje pasó por Madagascar y Mombasa, deteniéndose en Goa (1542), donde trabaja en la atención de enfermos y la conversión de los nativos. Su apostolado se extendió por el sur de la India, Ceilán, Malaca, las Molucas y Japón. Cuando se disponía a entrar en China, en 1552, murió de pulmonía a las puertas de Cantón. Fue canonizado en 1622 y declarado patrono de las misiones.
 

 

 


eL CIERVO

 

Religión


El aventurero de Dios, Francisco de Javier

Pedro Miguel Lamet
La Esfera de los Libros , Madrid, 2006

Con motivo del quinto centenario del nacimiento del apasionado luchador, servidor, noble y sin embargo tan humilde aventurero Francisco del castillo navarrés de Javier, Joao Mendes nos explica su historia. Perdón y me explico: no es Joao Mendes sino Pedro Miguel Lamet. Quien inventa la figura del “cristiano nuevo” –es decir, judío supuestamente convertido al cristianismo– Mendes, que huyendo de la Inquisición portuguesa se apunta como ayudante del joven jesuita Javier en su aventurado viaje hacia las Indias. Y nos va narrando no sólo las aventuras y desventuras del largo itinerario, hasta la India, luego Indonesia, finalmente Japón a la espera de llegar a China del siempre ilusionado Javier –“ir más allá”, podría ser uno de sus lemas– sino también incluye lo anterior y el contexto de la historia del santo navarro.
“Novela histórica”, subtitula el autor. Pero como acredita en el apéndice, tiene más de histórica que de novela. El supuesto narrador Joao Mendes es simplemente un truco literario para exponer la historia (y, además, tiene el mérito de caer bien al lector). Una historia que se basa en las 137 cartas de Javier y documentos que son como una autobiografía encantadora. Encantadora, digo, porque eran casi como botellas echadas al mar: anhelaba compañía y pedía consejo a sus compañeros de la precisamente llamada “Compañía de Jesús”, entonces naciente gracias a la cabezonería intuitiva de Ignacio de Loyola que buscaba un nuevo camino de servicio cristiano, pero eran cartas que nunca sabía si llegaban a su destino, que con éxito tardaban meses o años en ser contestadas. Pero en ellas expresaba con sencillez y pasión su intento de comunicar el evangelio de Jesús en aquella tan diversa realidad de pueblos.
Comunicar el evangelio y servir a los más pobres. Porque lo que Lamet sabe describir es que Javier no es sólo la imagen tópica de bautizador, sino primero y siempre de servidor, cuidador de enfermos, pobres, marginados. Ya en sus innumerables viajes en barco –recorríó ochenta mil kilómetros lo que supone dos veces la vuelta al mundo– sorprendía porque aunque tuviera el título de nuncio papal para aquellas tierras, rechazaba la compañía de los jefes y buscaba ayudar a los más necesitados. Y cuando llega finalmente a los enclaves portugueses de aquellas lejanas tierras, busca lo mismo: la cercanía para con los pobres, los nulamente valorados. Por eso, aunque en su mentalidad propia de la época, parece que lo prioritario sea convertir y bautizar, también luchar contra los dioses paganos, de hecho, en la práctica uno diría que él mismo se convierte en una hermanita de los pobres. Que al mismo tiempo, sabe buscar nuevos caminos de evangelización cristiana: se fija en las costumbres de cada lugar y aprende sus lenguas, aprovecha melodías vascas de su infancia para musicalizar enseñanzas y oraciones, sueña siempre con ir más allá aunque las semillas sembradas cuesten de crecer. Y desde Europa, recibe escasa ayuda. Él pide pero no se queja. Desde el principio de su aventura sabe y dice que no volverá (conmueve su sentimiento que no volverá a ver sus queridos compañeros iniciales de la Compañía de Jesús, empezando por Iñigo de Loyola, con el que, por cierto, inicialmente no se llevó bien). Pero tampoco parece que ello le importe mucho: su tarea está allí. Y, si siglos después, se constata como gran parte de su aventura apostólica fracasó, también es verdad que quedaron semillas, ejemplos, testimonios, aún vigentes hoy.


Joaquim Gomis

Jamás podría escribir lo mucho que debo a los del Japón, pues Dios nuestro Señor, por respeto de todos, me dio mucho conocimiento de muchos males que había en mí, hasta que me vi en los trabajos y peligros de Japón. (p. 685)
 

razón y fe

 

¿Qué tenía aquel hombre?

 

LAMET, Pedro Miguel: El aventurero de Dios, Francisco de Javier. Madrid, 2006, La Esfera de los Libros, 742 págs.

Se lee como una novela y es historia. El apéndice titulado «Fuentes e historicidad de este libro» merece tenerse en cuenta antes de lanzarse a esta lectura. Los estudios exhaustivos del historiador G. Schurhammer —en lo que se refiere a los hechos mismos— y el del gran teólogo Xavier Léon-Dufour — que profundizó en la experiencia mística de Javier—, entre otros, han sido abundantemente explotados por el autor. No era necesario inventarse nada. El problema que ha tenido que plantearse al autor habrá sido más bien el inverso: pasar por alto episodios «menores» o recogerlos para pintar un retrato lo más completo posible del personaje, con las inevitables ventajas e inconvenientes de cada opción. La narración, frecuentemente adornada con finas pinceladas poéticas, no decae en su intensidad dramática y da pie a no poca reflexión.

De ahí que pueda esta ves decirse con razón que “esta obra vine a llenar un gran hueco”. Las  hábiles puestas en escena y las descripciones detalladas de personajes y situaciones ayudarán, sin duda, a comprender mejor lo que significan concretamente los datos escuetos de la vida del gran misionero, incluso a quienes tengan un buen conocimiento de la vida y la espiritualidad del mismo. Saber que uno de cada tres días de su vida los pasó Javier embarcado adquiere un nuevo significado después de leer el capítulo cuarto de esta biografía (Alta mar) que hace revivir muy de cerca el viaje de Lisboa a la India (un año de duración y 80 muertos en la flotilla solamente hasta Mozambique).

Lamet ha tenido el acierto de comenzar la narración, siguiendo en esto la preceptiva poética de Aristóteles, in media res, al comienzo de la aventura misionera de Javier, cuando se preparaba a zarpar para la India y hubo de acompañar corno confesor a uno de los condenados a la hoguera en el primer auto de fe de la Inquisición portuguesa. El narrador de toda esta historia (único personaje ficticio) será precisamente un cristiano nuevo que huye él mismo de la quema y, por ello, se condena a una perpetua huida y disimulo y al drama de unos amores truncados, y que terminará como secretario particular del gran misionero Así se explica que «lo sepa todo» (sin embargo, llama la atención que Javier se confíe enteramente a él desde el primer momento).

Después, por medio de una serie de flash, backs se narran la infancia del héroe, la guerra entre Castilla y Navarra, en la que tornan parte sus hermanos, y su salida del valle paterno camino de París, dejando atrás un castillo desmochado. Las páginas que narran la batalla de Pamplona revisten un especial dramatismo. En ellas aparece ya un tal Iñigo de Loyola.

Paris, con su vida universitaria y estudiantil y la gran tensión entre reformadores y contrarreformadores es el centro de otra reconstrucción histórica exitosa. A partir de este momento, Ignacio y la Compañía de Jesús ocuparán un lugar importante en la  vida de Javier y en este relato. El autor, jesuita como el biografiado, destaca de nuevo en la presentación —a través d la acción misma— de la espiritualidad ignaciana y de la experiencia mística de Francisco.

La colonización portuguesa, mezcla de codicia, violencia y proyectos de evangelización con métodos no pocas veces antievangélicos, acompañará continuamente como un telón de fondo al gran misionero. La carta de Javier al rey Juan III, citada por extenso, sigue siendo hoy todavía un modelo de libertad evangélica en la denuncia de toda clase de abusos.

La pasión de Javier en la evangelizar u de Japón, donde dio muestras de una gran flexibilidad mental y táctica, su entrega a los apestados de Malaca, su muerte por agotamiento a las puertas de China son otros tantos capítulos inolvidables. En todos ellos destaca este hombre completamente olvidado de sí mismo, desbordante de fuerza y simpatía y entregado a cuantos encuentra en su camino. En suma, un personaje inolvidable en una biografía  muy lograda.

 Juan Antonio Irazábal

n. 1291 . mayo 2006.

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terrae

LAMET, Pedro Miguel, El aventurero de Dios. Francisco de Javier La Esfera de los Libros, Madrid 2006, 742 pp.

    Tenía que ser Pedro Miguel Lamet quien, tras novelar las vidas de Ignacio de Loyola y Francisco de Borja, diese forma y color a una de las aventuras más ricas y apasionantes de la historia del cristianismo, incluso de la historia a secas: los viajes y hazañas de Francisco de Javier. Esta novela histórica culmina, como el autor mismo reconoce, la trilogía en torno a tres personajes clave del siglo XVI insertos en las raíces de la Compañía de Jesús.
La pasión que Lamet ha puesto en este libro se adivina ya desde la dedicatoria, a la memoria de Pedro Arrupe, su tan admirado y querido general de los jesuitas, cuya etapa como misionero en Oriente inspira sin duda el respeto y cariño con que la novela trata la cultura japonesa, y en quien el autor ha visto un claro continuador de la obra del santo navarro. Entre otras cosas, por ejemplo, en el atinado concepto de la inculturación que Arrupe acuñó, pero que su predecesor en Japón ya había apuntado cuatro siglos antes: «Pero en lo referente a las demás costumbres japoneses, Javier había llegado a la conclusión de que lo mejor era adaptarse a su forma de vida: “Mientras algo no sea una ofensa a Dios, entonces paréceme lo más acertado no cambiar nada, a no ser que ese cambio sea del servicio de Dios”» (p. 664).
     Si la propia concepción de la obra —dar formato de novela de aventuras a la vida de un santo, manteniendo el rigor histórico, para llegar a todo tipo de público, como ha hecho ya en varias ocasiones Lamet— es un acierto, no lo es menos la forma. La agilidad narrativa —introduciendo el diálogo cuando es posible y tratando de convertir la historia en historias—, la vena poética del autor (ve, por ejemplo, los catamaranes varados en la playa como «esqueletos de animales muertos»; las japonesas son «mujeres de porcelana»; la multitud en la plaza es «paleta de pintor»; y los peces pescados, «plata viva que saltaba en la red») y su dominio de las técnicas cinematográficas aplicadas a la literatura (por ejemplo, con flashhacks del pasado de Javier introducidos hábilmente entre los casi doce años de periplo por Oriente; el mismo autor habla de que su aportación ha sido la «puesta en escena» de la vida de Javier) convierten la novela en un libro de interés para cualquier lector, no necesariamente con inquietudes religiosas.
      Ya en las dos novelas anteriores de la trilogía, El caballero de las dos banderas (la vida novelada de Ignacio) y Botja, los enigmas del Duque (la de Francisco de Borja), el autor hacc gala de un conocimiento profundo de la época, que vuelve a demostrar en El aventurero de Dios. Aquí. además, se revela una amplísima documentación sobre aquel momento histórico de Oriente, y no desperdicia todo lo aprendido sobre navegación en la preparación de la novela sobre Pedro Claver (El esclavo blanco).
      
La historicidad y rigurosidad de los datos —que, como siempre, Lamet garantiza— sólo concede una licencia a la ficción: la introducción de un personaje, un judío converso portugués que huye de la Inquisición, testigo de las andanzas del santo navarro, que regresa al final a Lisboa convertido en un rico comerciante. Quizás este Jotio Mendes, cuya mirada —probablemente compartida por el autor— admirada pero no totalmente acrítica hacia Javier (no entiende que los no bautizados por no haber tenido oportunidad se condenen en el infierno del que habla el santo; le descubre a veces arengador de tropas; otras, riguroso en exceso con el tema de la obediencia...), no tenga tanta fuerza como sus homólogos en las otras dos novelas: la reina Catalina de Portugal (El caballero...) y Juan de Borja, el hijo predilecto del Duque de Gandía (Borja, los enigmas...), ambos personajes históricos —a diferencia de Mendes—, utilizados por Lamet como narradores. En todo caso, ejerce su función con maestría y se convierte en personaje de interés en sí mismo.
      El afán de rigor histórico y exactitud en los datos, claramente necesario para el género de la obra, es aquí una virtud que en ocasiones se convierte en defecto. Es el dificilísimo equilibrio —que Pedro Miguel normalmente domina—- entre los dos componentes del binomio, aparentemente contradictorio, «novela» e «histórica». Puede que, dejando por momentos de lado el prurito de tratar de encajar todos los datos e introducir nombres, y quizás simplificando algo la acción, se habría ganado fuerza dramática y vigor narrativo, además de que la novela podría ser algo más corta.
      En línea con Javier, que llevó el Evangelio a pueblos no creyentes, la gran hazaña de Pedro Miguel Lamet —que lleva logrando con éxito desde hace muchos años— es hacer llegar con amenidad e interés, pero sin falta de rigor, historias evangélicas, vidas de santos, en forma de novela, al gran público (hoy también, por lo general, poco creyente). Establecer una línea eficaz de comunicación entre la iglesia y la sociedad es otra forma de milagro que se debe aplaudir y fomentar.

José Manuel Burgueño
SAL TERRAE, N 1105/ Octubre 2006


FRONTERA

 LAMET, Pedro Miguel: El aventurero de Dios, Francisco de Javier Editorial La Esfera de los Libros, Madrid, 2006. 742 págs.

    A la hora de reseñar El aventurero de Dios, el libro cuenta ya con una segunda edición en menos de un año. Se trata de una documentadísima novela histórica sobre san Francisco Javier que narra toda su vida, enmarcada en los acontecimientos de cada momento: infancia en la Navarra en guerra con Castilla, juventud y conversión en París, estancia en Roma y en la corte de Lisboa y su vida misionera por la India, Indonesia y Japón hasta su muerte en soledad, a punto de entrar en China. La escogí como lectura del verano pasado y no me defraudó. La verdad es que siempre lo paso bien leyendo los libros de Pedro Miguel Lamet. Me encantó hace ya unos años su estudio sobre los confesores reales (Yo te absuelvo, Majestad), el ensayo La santa de Galdós, la biografía de Juan Pablo II (Hombre y Papa) sin olvidar La rebelión de los teologos, el supuesto diario de Maria (le Nazaret (Las palabras calladas).

    Cogí, pues, con ganas, este grueso volumen. Como en las anteriores obras de género histórico o biográfico me encontré con una rigurosa fundamentación. A medida que constataba la cantidad de detalles extraídos de las 137 cartas del santo, me imaginaba las horas, la meticulosidad y el fervor con que el autor las habría leído, releído y subrayado para podernos ofrecer unos relatos fidedignos y unas descripciones creíbles. Igualmente el tiempo dedicado a estudiar las costumbres y acontecimientos eclesiales y cívicos de la época,  el mundo de la marinería y de las expediciones colonizadoras y misioneras del siglo XVI.

    De hecho, fuera del personaje de ficción que sirve (le hilo conductor a la estructura narrativa (pero en parte incluso este mismo), todo sabe a verdad: el mundo cortesano y plebeyo, la vida estudiantil en la Sorbona de París, las miserias y grandezas de comerciantes y gobernadores, las lentas pero necesarias relaciones de las colonias con la metrópoli y de las diócesis con Roma... Y en medio, la figura (le Francisco Javier que subyuga por su humanidad, su intensa vida de oración, su coraje misionero, sus dotes de organizador de comunidades cristianas y su tacto a la hora de aceptar o no nuevos miembros en la recién fundada Compañía de Jesús, su pobreza y sencillez, su testarudez y energía cuando hace falta... ¡Cómo recuerda a los compañeros de la naciente orden religiosa que ha dejado en Europa, cómo ansía tener noticias suyas, con qué fruición lee sus cartas y les contesta! Realmente resulta acertado el título del libro, porque recoge la aventura espiritual y humana de un hombre excepcional que muere a los 46 años después de viajes y hazañas inconcebibles para anunciar el Evangelio en países tan lejanos.

   Un breve apéndice da cuenta de todo el fondo documental que el autor ha manejado para hacer posible esta novela histórica; sin duda, uno de los proyectos mejor logrados con que en el 2006 la Compañía de Jesús ha querido conmemorar los quinientos años del nacimiento de este “divino imnpaciente” título con que José María Pemán. con acierto también, definió a san Francisco Javier. Creo obligado agradecerle al autor todos sus esfuerzos y trabajos y felicitarle por el éxito obtenido.

                                                                       Joseph A. Comes

Frontera, n.41- enero marzo 2007