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eL CIERVO
Religión
El aventurero de Dios, Francisco de Javier
Pedro Miguel Lamet
La Esfera de los Libros , Madrid, 2006
Con motivo del quinto centenario del nacimiento del apasionado luchador,
servidor, noble y sin embargo tan humilde aventurero Francisco del castillo
navarrés de Javier, Joao Mendes nos explica su historia. Perdón y me
explico: no es Joao Mendes sino Pedro Miguel Lamet. Quien inventa la figura
del “cristiano nuevo” –es decir, judío supuestamente convertido al
cristianismo– Mendes, que huyendo de la Inquisición portuguesa se apunta
como ayudante del joven jesuita Javier en su aventurado viaje hacia las
Indias. Y nos va narrando no sólo las aventuras y desventuras del largo
itinerario, hasta la India, luego Indonesia, finalmente Japón a la espera de
llegar a China del siempre ilusionado Javier –“ir más allá”, podría ser uno
de sus lemas– sino también incluye lo anterior y el contexto de la historia
del santo navarro.
“Novela histórica”, subtitula el autor. Pero como acredita en el apéndice,
tiene más de histórica que de novela. El supuesto narrador Joao Mendes es
simplemente un truco literario para exponer la historia (y, además, tiene el
mérito de caer bien al lector). Una historia que se basa en las 137 cartas
de Javier y documentos que son como una autobiografía encantadora.
Encantadora, digo, porque eran casi como botellas echadas al mar: anhelaba
compañía y pedía consejo a sus compañeros de la precisamente llamada
“Compañía de Jesús”, entonces naciente gracias a la cabezonería intuitiva de
Ignacio de Loyola que buscaba un nuevo camino de servicio cristiano, pero
eran cartas que nunca sabía si llegaban a su destino, que con éxito tardaban
meses o años en ser contestadas. Pero en ellas expresaba con sencillez y
pasión su intento de comunicar el evangelio de Jesús en aquella tan diversa
realidad de pueblos.
Comunicar el evangelio y servir a los más pobres. Porque lo que Lamet sabe
describir es que Javier no es sólo la imagen tópica de bautizador, sino
primero y siempre de servidor, cuidador de enfermos, pobres, marginados. Ya
en sus innumerables viajes en barco –recorríó ochenta mil kilómetros lo que
supone dos veces la vuelta al mundo– sorprendía porque aunque tuviera el
título de nuncio papal para aquellas tierras, rechazaba la compañía de los
jefes y buscaba ayudar a los más necesitados. Y cuando llega finalmente a
los enclaves portugueses de aquellas lejanas tierras, busca lo mismo: la
cercanía para con los pobres, los nulamente valorados. Por eso, aunque en su
mentalidad propia de la época, parece que lo prioritario sea convertir y
bautizar, también luchar contra los dioses paganos, de hecho, en la práctica
uno diría que él mismo se convierte en una hermanita de los pobres. Que al
mismo tiempo, sabe buscar nuevos caminos de evangelización cristiana: se
fija en las costumbres de cada lugar y aprende sus lenguas, aprovecha
melodías vascas de su infancia para musicalizar enseñanzas y oraciones,
sueña siempre con ir más allá aunque las semillas sembradas cuesten de
crecer. Y desde Europa, recibe escasa ayuda. Él pide pero no se queja. Desde
el principio de su aventura sabe y dice que no volverá (conmueve su
sentimiento que no volverá a ver sus queridos compañeros iniciales de la
Compañía de Jesús, empezando por Iñigo de Loyola, con el que, por cierto,
inicialmente no se llevó bien). Pero tampoco parece que ello le importe
mucho: su tarea está allí. Y, si siglos después, se constata como gran parte
de su aventura apostólica fracasó, también es verdad que quedaron semillas,
ejemplos, testimonios, aún vigentes hoy.
Joaquim Gomis
Jamás podría escribir lo mucho que debo a los del
Japón, pues Dios nuestro Señor, por respeto de todos, me dio mucho
conocimiento de muchos males que había en mí, hasta que me vi en los
trabajos y peligros de Japón. (p. 685)
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razón y fe
¿Qué
tenía aquel hombre?
LAMET,
Pedro Miguel: El aventurero de Dios, Francisco de Javier. Madrid,
2006, La Esfera de los Libros, 742 págs.
Se lee
como una novela y es historia. El apéndice titulado «Fuentes e historicidad
de este libro» merece tenerse en cuenta antes de lanzarse a esta lectura.
Los estudios exhaustivos del historiador G. Schurhammer —en lo que se
refiere a los hechos mismos— y el del gran teólogo Xavier Léon-Dufour — que
profundizó en la experiencia mística de Javier—, entre otros, han sido
abundantemente explotados por el autor. No era necesario inventarse nada. El
problema que ha tenido que plantearse al autor habrá sido más bien el
inverso: pasar por alto episodios «menores» o recogerlos para pintar un
retrato lo más completo posible del personaje, con las inevitables ventajas
e inconvenientes de cada opción. La narración, frecuentemente adornada con
finas pinceladas poéticas, no decae en su intensidad dramática y da pie a no
poca reflexión.
De ahí
que pueda esta ves decirse con razón que “esta obra vine a llenar un gran
hueco”. Las hábiles puestas en escena y las descripciones detalladas de
personajes y situaciones ayudarán, sin duda, a comprender mejor lo que
significan concretamente los datos escuetos de la vida del gran misionero,
incluso a quienes tengan un buen conocimiento de la vida y la espiritualidad
del mismo. Saber que uno de cada tres días de su vida los pasó Javier
embarcado adquiere un nuevo significado después de leer el capítulo cuarto
de esta biografía (Alta mar) que hace revivir muy de cerca el viaje
de Lisboa a la India (un año de duración y 80 muertos en la flotilla
solamente hasta Mozambique).
Lamet ha
tenido el acierto de comenzar la narración, siguiendo en esto la preceptiva
poética de Aristóteles, in media res, al comienzo de la aventura
misionera de Javier, cuando se preparaba a zarpar para la India y hubo de
acompañar corno confesor a uno de los condenados a la hoguera en el primer
auto de fe de la Inquisición portuguesa. El narrador de toda esta historia
(único personaje ficticio) será precisamente un cristiano nuevo que huye él
mismo de la quema y, por ello, se condena a una perpetua huida y disimulo y
al drama de unos amores truncados, y que terminará como secretario
particular del gran misionero Así se explica que «lo sepa todo» (sin
embargo, llama la atención que Javier se confíe enteramente a él desde el
primer momento).
Después,
por medio de una serie de flash, backs se narran la infancia del
héroe, la guerra entre Castilla y Navarra, en la que tornan parte sus
hermanos, y su salida del valle paterno camino de París, dejando atrás un
castillo desmochado. Las páginas que narran la batalla de Pamplona revisten
un especial dramatismo. En ellas aparece ya un tal Iñigo de Loyola.
Paris,
con su vida universitaria y estudiantil y la gran tensión entre reformadores
y contrarreformadores es el centro de otra reconstrucción histórica exitosa.
A partir de este momento, Ignacio y la Compañía de Jesús ocuparán un lugar
importante en la vida de Javier y en este relato. El autor, jesuita como el
biografiado, destaca de nuevo en la presentación —a través d la acción
misma— de la espiritualidad ignaciana y de la experiencia mística de
Francisco.
La
colonización portuguesa, mezcla de codicia, violencia y proyectos de
evangelización con métodos no pocas veces antievangélicos, acompañará
continuamente como un telón de fondo al gran misionero. La carta de Javier
al rey Juan III, citada por extenso, sigue siendo hoy todavía un modelo de
libertad evangélica en la denuncia de toda clase de abusos.
La
pasión de Javier en la evangelizar u de Japón, donde dio muestras de una
gran flexibilidad mental y táctica, su entrega a los apestados de Malaca, su
muerte por agotamiento a las puertas de China son otros tantos capítulos
inolvidables. En todos ellos destaca este hombre completamente olvidado de
sí mismo, desbordante de fuerza y simpatía y entregado a cuantos encuentra
en su camino. En suma, un personaje inolvidable en una biografía muy
lograda.
Juan Antonio Irazábal
n. 1291 . mayo 2006.
sal
terrae
LAMET, Pedro
Miguel, El aventurero de Dios. Francisco de Javier La Esfera de los
Libros, Madrid 2006, 742 pp.
Tenía que ser Pedro Miguel Lamet quien, tras novelar las vidas de Ignacio de
Loyola y Francisco de Borja, diese forma y color a una de las aventuras más
ricas y apasionantes de la historia del cristianismo, incluso de la historia
a secas: los viajes y hazañas de Francisco de Javier. Esta novela histórica
culmina, como el autor mismo reconoce, la trilogía en torno a tres
personajes clave del siglo XVI insertos en las raíces de la Compañía de
Jesús.
La pasión que Lamet ha puesto en este libro se adivina ya desde la
dedicatoria, a la memoria de Pedro Arrupe, su tan admirado y querido general
de los jesuitas, cuya etapa como misionero en Oriente inspira sin duda el
respeto y cariño con que la novela trata la cultura japonesa, y en quien el
autor ha visto un claro continuador de la obra del santo navarro. Entre
otras cosas, por ejemplo, en el atinado concepto de la inculturación que
Arrupe acuñó, pero que su predecesor en Japón ya había apuntado cuatro
siglos antes: «Pero en lo referente a las demás costumbres japoneses, Javier
había llegado a la conclusión de que lo mejor era adaptarse a su forma de
vida: “Mientras algo no sea una ofensa a Dios, entonces paréceme lo más
acertado no cambiar nada, a no ser que ese cambio sea del servicio de Dios”»
(p. 664).
Si la propia concepción de la obra —dar formato de
novela de aventuras a la vida de un santo, manteniendo el rigor histórico,
para llegar a todo tipo de público, como ha hecho ya en varias ocasiones
Lamet— es un acierto, no lo es menos la forma. La agilidad narrativa
—introduciendo el diálogo cuando es posible y tratando de convertir la
historia en historias—, la vena poética del autor (ve, por ejemplo, los
catamaranes varados en la playa como «esqueletos de animales muertos»; las
japonesas son «mujeres de porcelana»; la multitud en la plaza es «paleta de
pintor»; y los peces pescados, «plata viva que saltaba en la red») y su
dominio de las técnicas cinematográficas aplicadas a la literatura (por
ejemplo, con flashhacks del pasado de Javier introducidos hábilmente
entre los casi doce años de periplo por Oriente; el mismo autor habla de que
su aportación ha sido la «puesta en escena» de la vida de Javier) convierten
la novela en un libro de interés para cualquier lector, no necesariamente
con inquietudes religiosas.
Ya en las dos novelas anteriores de la trilogía,
El caballero de las dos banderas (la vida novelada de Ignacio) y
Botja, los enigmas del Duque (la de Francisco de Borja), el autor hacc
gala de un conocimiento profundo de la época, que vuelve a demostrar en
El aventurero de Dios. Aquí. además, se revela una amplísima
documentación sobre aquel momento histórico de Oriente, y no desperdicia
todo lo aprendido sobre navegación en la preparación de la novela sobre
Pedro Claver (El esclavo blanco).
La historicidad y rigurosidad de los
datos —que, como siempre, Lamet garantiza— sólo concede una licencia a la
ficción: la introducción de un personaje, un judío converso portugués que
huye de la Inquisición, testigo de las andanzas del santo navarro, que
regresa al final a Lisboa convertido en un rico comerciante. Quizás este
Jotio Mendes, cuya mirada —probablemente compartida por el autor— admirada
pero no totalmente acrítica hacia Javier (no entiende que los no bautizados
por no haber tenido oportunidad se condenen en el infierno del que habla el
santo; le descubre a veces arengador de tropas; otras, riguroso en exceso
con el tema de la obediencia...), no tenga tanta fuerza como sus homólogos
en las otras dos novelas: la reina Catalina de Portugal (El caballero...)
y Juan de Borja, el hijo predilecto del Duque de Gandía (Borja, los
enigmas...), ambos personajes históricos —a diferencia de Mendes—,
utilizados por Lamet como narradores. En todo caso, ejerce su función con
maestría y se convierte en personaje de interés en sí mismo.
El afán de rigor histórico y exactitud en los
datos, claramente necesario para el género de la obra, es aquí una virtud
que en ocasiones se convierte en defecto. Es el dificilísimo equilibrio —que
Pedro Miguel normalmente domina—- entre los dos componentes del binomio,
aparentemente contradictorio, «novela» e «histórica». Puede que, dejando por
momentos de lado el prurito de tratar de encajar todos los datos e
introducir nombres, y quizás simplificando algo la acción, se habría ganado
fuerza dramática y vigor narrativo, además de que la novela podría ser algo
más corta.
En línea con Javier, que llevó el Evangelio a
pueblos no creyentes, la gran hazaña de Pedro Miguel Lamet —que lleva
logrando con éxito desde hace muchos años— es hacer llegar con amenidad e
interés, pero sin falta de rigor, historias evangélicas, vidas de santos, en
forma de novela, al gran público (hoy también, por lo general, poco
creyente). Establecer una línea eficaz de comunicación entre la iglesia y la
sociedad es otra forma de milagro que se debe aplaudir y fomentar.
José Manuel Burgueño
SAL TERRAE, N 1105/ Octubre 2006
FRONTERA
LAMET, Pedro Miguel: El
aventurero de Dios, Francisco de Javier Editorial La Esfera de los
Libros, Madrid, 2006. 742 págs.
A la
hora de reseñar El aventurero de Dios, el libro cuenta ya con una
segunda edición en menos de un año. Se trata de una documentadísima novela
histórica sobre san Francisco Javier que narra toda su vida, enmarcada en
los acontecimientos de cada momento: infancia en la Navarra en guerra con
Castilla, juventud y conversión en París, estancia en Roma y en la corte de
Lisboa y su vida misionera por la India, Indonesia y Japón hasta su muerte
en soledad, a punto de entrar en China. La escogí como lectura del verano
pasado y no me defraudó. La verdad es que siempre lo paso bien leyendo los
libros de Pedro Miguel Lamet. Me encantó hace ya unos años su estudio sobre
los confesores reales (Yo te absuelvo, Majestad), el ensayo La
santa de Galdós, la biografía de Juan Pablo II (Hombre y Papa)
sin olvidar La rebelión de los teologos, el supuesto diario de Maria
(le Nazaret (Las palabras calladas).
Cogí,
pues, con ganas, este grueso volumen. Como en las anteriores obras de género
histórico o biográfico me encontré con una rigurosa fundamentación. A medida
que constataba la cantidad de detalles extraídos de las 137 cartas del
santo, me imaginaba las horas, la meticulosidad y el fervor con que el autor
las habría leído, releído y subrayado para podernos ofrecer unos relatos
fidedignos y unas descripciones creíbles. Igualmente el tiempo dedicado a
estudiar las costumbres y acontecimientos eclesiales y cívicos de la época,
el mundo de la marinería y de las expediciones colonizadoras y misioneras
del siglo XVI.
De
hecho, fuera del personaje de ficción que sirve (le hilo conductor a la
estructura narrativa (pero en parte incluso este mismo), todo sabe a verdad:
el mundo cortesano y plebeyo, la vida estudiantil en la Sorbona de París,
las miserias y grandezas de comerciantes y gobernadores, las lentas pero
necesarias relaciones de las colonias con la metrópoli y de las diócesis con
Roma... Y en medio, la figura (le Francisco Javier que subyuga por su
humanidad, su intensa vida de oración, su coraje misionero, sus dotes de
organizador de comunidades cristianas y su tacto a la hora de aceptar o no
nuevos miembros en la recién fundada Compañía de Jesús, su pobreza y
sencillez, su testarudez y energía cuando hace falta... ¡Cómo recuerda a los
compañeros de la naciente orden religiosa que ha dejado en Europa, cómo
ansía tener noticias suyas, con qué fruición lee sus cartas y les contesta!
Realmente resulta acertado el título del libro, porque recoge la aventura
espiritual y humana de un hombre excepcional que muere a los 46 años después
de viajes y hazañas inconcebibles para anunciar el Evangelio en países tan
lejanos.
Un breve
apéndice da cuenta de todo el fondo documental que el autor ha manejado para
hacer posible esta novela histórica; sin duda, uno de los proyectos mejor
logrados con que en el 2006 la Compañía de Jesús ha querido conmemorar los
quinientos años del nacimiento de este “divino imnpaciente” título con que
José María Pemán. con acierto también, definió a san Francisco Javier. Creo
obligado agradecerle al autor todos sus esfuerzos y trabajos y felicitarle
por el éxito obtenido.
Joseph A. Comes
Frontera,
n.41- enero marzo 2007
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