El tigre y la nieve
Histironismo en Irak
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El histrionismo y la desmesura del payaso Begnini malogran una bien intencionada y eficaz comedia negra contra la guerra de Irak.
El payaso histriónico que es en el fondo y la forma Roberto Benigni ha intentado, después de su fracaso con Pinochio (2002), repetir la fórmula exitosa de La vida es bella (1997), que le reportó además de tres oscares un merecido reconocimiento mundial. Pero su arriesgada receta de “comedia negra” de mezclar tragedia y comicidad en un mismo plato no es siempre del todo digerible. Y no porque el auténtico humor carezca de la dimensión del dolor –la mejor definición de humor que conozco es aquella de “sonreír entre lágrimas”- sino porque el humor de Benigni se acerca más a la comicidad gesticulera del payaso, la bufonada, que a la sonrisa del auténtico humorista.
Como suele suceder con algunos cómicos que cultivan la exageración, Benigni cuenta con entusiastas fanáticos y detractores que no lo soportan. Vamos a intentar analizar el film con el mayor equilibrio posible.
El tigre y la nieve vuelve a abordar la persistente tragedia de la guerra desde la óptica del humor, para resaltar así su absurdo, y desde la sublimación de la poesía, para enfatizar aquello que las bombas no pueden destruir: el espíritu humano. En esta ocasión se trata de la guerra de Irak, tan actual como interminable, y el niño o “el inocente” víctima de La vida es bella viene a ser sustituido por la intangible Vittoria.
Attilio (Begnini), excéntrico entre genial y despistado profesor de literatura para extranjeros en Roma, también él mismo poeta, que vive además separado de su esposa y con dos hijas adolescentes, está tan románticamente chiflado por Vittoria (Nicolleta Braschi, esposa en la vida real de Benigni) que la sigue y persigue a todas partes. Es más, sueña continuamente que se está casando con ella en una sofisticada y onírica boda entre ruinas. Pero Vittoria, aparte de rechazarle, está muy ocupada en escribir una biografía de Fua, el poeta iraquí más importante del momento. En el Bagdad que acaban de invadir los americanos en 2003, donde Vittoria se ha trasladado para documentar su obra, sufre un impacto que la deja inconsciente, como consecuencia de un bombardeo estadounidense.
Valiéndose de las más absurdas artimañas Attilio consigue colarse en Bagdad en medio de explosiones, atentados, bloqueos de carretera, pillaje y patrullas de americanos, con la intención de obtener los medicamentos y recursos médicos que puedan prolongar la vida aunque fuera unas horas de la dulce Vittoria. Sin que ella llegue a conocer su eficaz intervención, consigue que se cure y regrese a Roma, no sin ser antes capturado por las fuerzas ocupantes que en un primer momento lo toman por iraquí.
La estructura del film, que arranca y termina con el sueño surrealista de Attilio, consta de un prólogo en Roma, que nos presenta la peculiar idiosincrasia del excéntrico protagonista, la parte central de la película con la aventura de Irak -la más ambiciosa, porque es un intento de reconstrucción en Túnez de las escenas de guerra tan conocidas por los informativos de televisión de la guerra de Irak-, y un epílogo en Roma.
En base a un guión inteligente, que mezcla la comicidad del personaje con la tragedia de la guerra y un trasfondo de poesía a favor del amor eterno, la película quiere ser, según ha dicho su director, “tan pura como la nieve, tan feroz como el tigre”.”Es el amor de un poeta y de un hombre –continúa Benigni- que desafía toda razón; un amor que lleva a Attilio a entablar su propia guerra personal entre lo trágico y lo cómico, entre campos de minas, camellos que no obedecen a sus órdenes, saqueadores, bombardeos…” Dice Benigni que ha intentado de esta manera sorprender, incomodar, y sobre todo conmover y divertir. ¿Lo ha conseguido?
El film tiene logros indudables: el tono de la vida cotidiana en Roma; la escena en que, transportando los recursos hospitalarios en una moto, es tomado por un suicida; algunas situaciones con sus hijas, la clase de poesía, la secuencia del padrenuestro después de encontrar el “arma de destrucción masiva”: un matamoscas; incluso su sueño freudiano en el que contrae matrimonio en calzoncillos con Vittoria. Pero Benigni, que consigue momentos aislados geniales, desnaturaliza el conjunto de la película con su continua tendencia a la extremosidad.
El protagonismo, muy propio de los films de este género, del cómico omnipresente, que además en este caso carece de la figura de otro director que le contenga, acaba por saturar al espectador, a no ser que sea un ferviente entusiasta del caricato, que no tiene los registros de un Buster Keaton, un Chaplin, un Harold Llorad o un Tati. Le saturan sus muecas, sus saltos, su exceso de verbosidad, sus chistes, que no siempre son graciosos y en ocasiones rechinan en un vedetismo huero y falso. Aparte del histrionismo pretendido de Benigni, su acercamiento a la poesía, que debería servir de contrapunto y serenar el film como descanso al espectador de tanto exceso, raya en el ternurismo, la cursilería, y sobre todo en la falta de contención. Precisamente lo contrario de la poesía, que no es decir sino sugerir, no rizar el rizo sino dejar la palabra o la imagen abierta.
Por otra parte desde el punto de vista de contenidos, la buena intención antibelicista del film se ve empañada por el exceso de personalismo. Por muy enamorado de Vittoria que esté Attilio no es de recibo que este poeta chiflado, ante el desastre que descubre en Irak y entre otros heridos desatendidos del destartalado hospital, no tenga ni un gesto de misericordia hacia sus semejantes o eche una mano a la Cruz Roja o recoja a un niño entre los cascotes. Puede argüirse que se trata de una parábola, donde el amor concreto se convierte en símbolo de salvación de todos frente a la insania de la guerra. Pero me temo que es una consecuencia más del narcisismo del actor-director, que en La vida es bella mostraba mayor sensibilidad hacia el entorno afectado. Otro sensible fallo de guión es no justificar ni explicar el final trágico del poeta irakí.
En consecuencia, un buen film, de cuidada factura en sus reconstrucciones reportaje, con icónicos momentos logrados, como el sueño poético, las incrustaciones líricas de escritores famosos puestas en labios de Attilio, la música –por ejemplo la inspirada canción de Tom Waits- y un puñado situaciones eficaces del cómico Benigni, pero malogrado en su conjunto por la desmesura en todo, principalmente de su actor-director. No obstante sus ingredientes populares, lo coyuntural de su temática y su lirismo explícito le darán seguramente buenos dividendos en taquilla por precedentes que encandilará a un espectador fácil de arrastrar. Pero en definitiva, ya se sabe, nunca segundas partes o remakes fueron buenos, sobre todo en ese difícil equilibrio del melodrama antibelicista.
T.O.: “La tigre e la neve”.-P: Italia, 2005.-G: Roberto Benigni y Vincenzo Cerami.-D : Roberto Benigni.-F: Fabio Cianchetti.-Mon: Massimo Fiocchi.-I: Roberto Benigni (Attilio de Giovanni), Nicoleta Braschi (Vittoria), Jean Reno (Fuad), Tom Waits (él mismo), Emilia Fox (Nancy), Gianfranco Varetto, Giuseppe Battiston (Ermanno), Lucia Poli (Sra. Serao), Chiara Pirri (Emilia), Anna Pirri (Rosa), Andrea Renzi (Doctor Guazzelli).-Pr: Nicoleta Braschi.-Estreno en Italia: 14 Octubre 2006.-Estreno en España: 7 Julio 2006.-Dur: 114 min.-Dis: Hispanofox film.