Nadie sabe

Infancia a la deriva

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Excelente análisis contemplativo de la vida infantil en una situación de abandono desde el encanto de lo cotidiano, y  alegato contra la soledad  y la irresponsabilidad del mundo consumista.

    Pedazo de vida, basado en un hecho real, este film del realizador japonés Kore-Eda Horokazu debe ser inscrito en la antología de las mejores películas que estudian las reacciones de la infancia. Pese a que el carácter nipón, como todo el mundo sabe, es tan interiorizado que resulta escasamente proclive a mostrar los sentimientos, esta película en su planteamiento aparentemente documental aborda con sensibilidad un gran problema contemporáneo: el abandono de la infancia en medio del derroche y la soledad de la sociedad consumista.

         El suceso en que se basa el guión conmovió a la sociedad japonesa en 1988. Cuatro niños completamente desconocidos, pues no se declaró su nacimiento, vivieron solos después que la madre los abandonara en un apartamento de Nishi-Sugamo durante seis meses. Nadie en el inmueble se dio cuenta de su existencia hasta que ocurrió la tragedia que podía presumirse. “Este suceso –afirma el director- hizo que me planteara varias preguntas. La vida de esos niños no pudo ser únicamente negativa. Debieron disfrutar de momentos de complicidad, de alegría, de tristeza y de esperanza. No quería mostrar el “infierno” visto desde fuera, sino la “riqueza” de sus vidas desde dentro”.     

         El film arranca en tono de comedia. Una joven madre llamada Keiko (You) tan inmadura como irresponsable, que ha tenido cuatro hijos de diferentes padres, Akira, Kioko, Shigeru y Yuki,, se los lleva a un piso ocultando a tres de ellos en maletas. Lo que parece un juego y una fiesta en un primer momento se convierte para los pequeños en una serie de normas drásticas: no pueden salir ni siquiera a la terraza, no deben gritar y sólo irá la calle el mayor de ellos, Akira (Yuya Yagira) que se revelará como el verdadero protagonista de la historia. Su madre al principio les deja dinero y los niños consiguen desenvolverse bastante bien. Incluso se diviertan, inventan juegos y los críos de diferentes edades se apoyan mutuamente e incluso inician una cierta organización doméstica, aunque Akira no acaba de explicarse por qué no puede ir a la escuela. El avance de la historia no pasa de ser anecdótico y hasta trivial. No hay dramatismo, sino contención muy japonesa y recreo de la cámara en los pequeños detalles, desde una mancha caída en el suelo del carmín simbólico de la madre hasta los dibujos infantiles que llenan las paredes.

         Pero la ausencia materna se prolonga más y más y el tempo interior del film crece. Las estaciones –el film fue rodado durante todo un año- se suceden. Las miradas, las risas, las reacciones infantiles potencian este contraste de la soledad bajo la mirada prematuramente responsable de Akira que tiene que hacer malabarismos con el dinero que les queda. Pero el chaval no es un santo, necesita evadirse descubre amistades, deportes y amigos en la calle. Todo transcurre con una normalidad sorprendente que aumenta la tensión y hace presentir el trágico final.

         El contrapunto icónico del enclaustramiento de los niños es la frialdad de la gran ciudad, la funcionalidad del supermercado, la tristeza de la “niña rica”, víctima de una semejante soledad. Merecedor de varios premios en sus tres films precedentes, “Maborosi” (1955), “After life” (1998) y “Distance” (2001) Kore-eda se ve que procede de la televisión como documentalista, aunque rompe los códigos del reportaje en este bello film explorando el alma y las reacciones de la infancia.

         Su principal mérito es que “Nadie sabe” es un drama sin dramatizar ni por otra parte edulcorar de ternurismos. Como en la mayor parte de noticias que afectan hoy a la infancia en las que “nadie sabe nada”, “eran muy normales”, “quién se lo iba imaginar”, aquí la historia fluye con naturalidad al estilo en principio de un reportaje televisivo que relata hechos. Pero el “plus” que pone el realizador japonés viene de su propia mirada –una cámara cercana y escrutadora- y sobre todo de la mirada de Akira,, el muchacho Guaya Yagira, que mereció el premio al mejor actor en el festival de Cannes de 2004. Su precoz madurez observadora contrasta con una fragilidad adolescente que crece hasta el temblor final de sus manos en la secuencia del aeropuerto. Los planos de aviones, ángeles de hierro de la sociedad global, y del monorraíl, símbolo del helador progreso nipón, se entrecruzan con los rostros de dos adolescentes manchados de tierra.

Por otra parte Kore-Eda no se ensaña con el personaje de la madre, que parece más niña e indefensa que sus propios hijos, sino con la sociedad que hemos montado detrás, que no parece dejar sitio a los niños. Film pues golpeador, aldabonazo, testimonial, pero no sermoneador, precisamente porque en su largo metraje parecería moverse dentro de los parámetros de lo trivial, donde lo último que queda son chocolatinas, coca-colas, televisión y videojuegos y la esperanza es un parque y unas flores plantadas en botes de yogurt en la terraza del apartamento. La moraleja más tremenda de este alegato es que para nuestra intercomunicada sociedad global el problema no es la falta de atención a los problemas de los niños, sino que para ella éstos ni siquiera existen. Niños que por ser moneda auténtica e incontaminada se convierten en el mensaje de esperanza de este film tan bello como sencillo y contundente.

T.O.: “Daremo shiranai”, Japón. 2004. P: Hirokazu Kore-eda. D. de P.: Toshihiro Isomi y Keiko Mitsumatsu. G .y D.:. I.: Yuya Yagira (Akira), Ayu Kitaura (Kyoko), Hiei Kimura (Shigeru), Momoko Shimizu (Yuki), Hanae Kan (Saki), You (Keiko, la madre). M.: Gontiti.F.: Yutaka Yamazaki. Mon.: Hirokazu Kore-eda. S.: Tsurumaki Yutaka. D.:Golem.  E. en Japón: 7 Agosto 2004. E. en España: 13 Mayo 2005.