La vida mancha

Suspense intimista de los cotidiano

Los temas intimistas son más arriesgados y menos frecuentes en nuestro cine que los géneros convencionales focalizados en la acción, el drama y la comedia. Enrique Urbizu (Bilbao, 1962) era perfectamente consciente de esta dificultad al emprender el rodaje de La vida mancha, séptimo film de su filmografía, después de La Caja 507 (2001) y Todo por la pasta (1991), películas en las que este director se ha revelado como un buen realizador de thrillers. Reaparece además de un largo silencio en el que se dedicó a su faceta de guionista, actividad que, por ejemplo, desplegó con Polanski en La novena puerta.
         La anécdota de La vida mancha es una de esas historias cotidianas que le puede ocurrir a cualquiera, una película, como suele decirse, de “letra pequeña”. Cuenta la historia de dos hermanos, Pedro y Fito. Este último es un transportista por cuenta propia que explota para encargos su flamante camión. De ello vive, o intenta vivir, con ayuda de su joven esposa Juana, que trabaja en una oficina, una chica normal y muy de hoy con la que ha tenido un niño, Jon. Cuando Fito está poniendo en peligro la vida de su familia, a causa de su indomable vicio por el póker, aparece Pedro, su desaparecido hermano. Hijo de la misma madre y de distinto padre, este hermano mayor de Pedro se marchó a Londres cuando  ambos eran muy jóvenes sin dar señales de vida.
     Pedro, el fuerte, entra  de pronto pues en la vida de su hermano Fito, el débil,  con un aura de  misterio. Bien vestido, arrogante y frío, ignoramos casi por completo su pasado en el extranjero, si no es que traficaba con piedras preciosas y que compartía con su hermano el vicio de tahúr. La aparición de Pedro es ambigua. Por un lado da seguridad a Fito y le respalda en sus problema, por otro se enamora de Juana y del modo de vida de una familia estable.
     El film avanza con un buen pulso a partir de diversas fascinaciones: el duro que viene de lejos envuelto en la bruma de misterios nórdicos; la esposa delicada y sensible, que en un momento de crisis económica percibe en el recién llegado zonas que nunca podrá darle su marido, la segura imagen de hombre frente un esposo inmaduro; los buenos que son malos y los malos que son buenos. No en vano el director ha insinuado que el film tiene estructura de western.
         El guión podría ser perfecto, si no tuviera varios agujeros. El primero es mantener el misterio del recién llegado hasta el final e incluso después.  Nos vamos sin conocer quién es en realidad este tahúr quijotesco, del que solo aparecen un par de pasaportes, una revista sobre gemología y unas viejas fotos trabajando en un carguero. En el fondo es un deus ex machina y poco más. El segundo vacío del film viene de lo de siempre en estos casos, que su autor no sabe cómo terminarlo. El baño purificador en cámara lenta en el lago de la infancia es un postizo que se despega del tratamiento realista del resto del film.
         A pesar de que estos fallos son tan crasos como para malograr un film, Enrique Urbizu ha realizado, gracias a la puesta en escena, una película de calidad. El secreto está tanto en el rodaje como en la interpretación. Se ha recreado en planificar de tal manera  los gestos, la plasmación de las miradas y las emociones, que La vida mancha logra tener un  suspense interior, muy propio de la peripecia humana de cualquiera espectador, que necesariamente se siente involucrado, introducido en aquella casa y cómplice de sus movimientos preverbales y sutiles emociones.
         Aparece un José Coronado nuevo, lejos del “guaperas” convencional que tantas veces ha encarnado, para llenar la pantalla con una interpretación contenida que presta fascinación a su personaje. Lástima que, como hemos dicho, no esté dibujado del todo. El “llanero solitario” sin pasado que deja petrificadas a todas las mujeres del film tiene en su perfil original demasiados cabos sueltos. No es que haya que contarlo todo, es que el retrato fílmico es incopleto para la coherencia del relato.
         Comparten triángulo dos nuevos actores, Zay Nuba y Juan Sanz, que cumplen con creces su cometido. Sanz (Fito) llena completamente las expectativas de un personaje fresco y débil al mismo tiempo de “bueno-malo-frágil”, que se contrapone   al de Pedro, “malo-bueno-fuerte”. Y Zay Nuba (Juana) es una chica muy de hoy que se caracteriza sobre todo por prestar naturalidad, sencillez y ensueño a su papel de joven madre y esposa. Eso si, su interpretación pierde calidad en los momentos más intensos o pasionales, en los que le faltan registros. Pero responde en conjunto a una mujer tan sensible como auténtica, un ser “de verdad”, al que resulta imposible mentir o traicionar.
         La presencia del niño tiene un valor de contrapunto que puede simbolizar el factor familia que en el fondo añora Pedro. También está bien dirigido, aunque existe en el personaje algunas incoherencias, como demasiado grande para ser bañado, por ejemplo.      
   Enrique Urbizu ha definido bien a sus dos héroes, cuando dice que son “espejo y reflejo. Pedro tiene la contención del samurai, casi militar que no falla, pero no vive. Sin embargo, Fito tiene cosas que perder. Se complementan y se ajustan”.
         Aunque no lo pretenda, el film tiene una axiología de fondo, una determinada reflexión sobre los comportamientos morales. ¿Quién es más auténtico? ¿Pedro, que engaña sabiéndolo hacer y ganando? ¿O Fito que miente y es arrastrado al vicio del juego, perdiéndolo todo? Quizás sólo Juana es la única que no se hace trampas, juega limpio consigo y los demás, consciente de que el amor puede ser tumbativo, pero es un cuchillo de doble filo, que por un lado salva y por el otro mata. No en vano el título tiene un contenido de valoración moral: “La vida mancha”. El acierto de Urbizu es que en medio de ese pisar barro que es vivir no señala culpables, sino seres humanos, seres heridos por la vida.
         En una palabra volvemos a apreciar en este joven director vasco un pulso firme, una gran habilidad para saber contar cualquier cosa y un conocimiento notable del tempo interior del cine. Podría llegar a hacer una obra maestra, cuando tenga entre sus manos un guión sin fisuras. Mientras tanto, esta es una película de gran dignidad y notable credibilidad que capta desde el primer momento al espectador y le implica en la pantalla. No es poco.   

Dirección: Enrique Urbizu Guión: Michel Gaztambide Producción: Gerardo Herrero y Fernando Victoria de Lecea Música: Mario de Benito Fotografía: Carles Gusi Montaje: Pablo Blanco Dirección Artística: Carlos Bodelón Vestuario: Patricia Monné Maquillaje: Belén López-Puigcerver Peluquería: Sergio PérezIntérpretes: José Coronado (Pedro), Zay Nuba (Juana), Juan Sanz (Fito), Sandro Polo (Jon), Yohana Cobo (Sara), Silvia Espigado (Charo), Alfonso Torregrosa (Larrea), Enrique Martínez (Visitador), Gabriel Moreno (Camarero), May Pascual (Camarera), Cesáreo Estébanez (Estrada), Laura Alonso (Sole), Susi Sánchez (Directora del INEM), Jesús Prieto (Director del banco), José Antonio Bravo (Grasa), Fernando Moraleda (Oficinista)... País: España Año: 2002 Duración: 1 h. 47 min.