Hable con ella
Intimismo trascendental
Habituados a la estética esperpéntica y a veces manipuladora de Almodóvar, Habla con ella
resulta para el espectador una grata sorpresa de intimismo, contención y sobre todo de una
nueva profundidad que cala más allá de las imágenes. El realizador manchego decide abordar
un tema de enorme vigencia y actualidad: la amistad y la soledad en un mundo de incomunicados
y fracasados en el afecto, para trazar la frontera de la piel humana y en definitiva escrutar
las voces secretas del alma aun desde el silencio de la aparente inconsciencia.
Una serie de noticias de prensa despertaron la creatividad de este nuevo film de Pedro
Almodóvar con un mismo denominador común: la llamada “muerte cerebral” mientras permanecen
las constantes vitales, lo que hace que algunas personas se mantengan inconscientes y vivos
a la vez durante años, y que, de pronto, en determinados casos recuperen la conciencia o
regresen a la vida. Estos hechos han planteado una serie de interrogantes sociológicos,
psicológicos y éticos sobre cómo hemos de relacionarnos con esas personas y el influjo o
manipulación que podemos ejercer sobre ellas. ¿Nos oyen? ¿Nos perciben subconscientemente?
¿Son capaces de amar?
Pero no es la ética sino la estética lo que ha hecho a Almodóvar superarse a sí mismo en este
hermoso film, que si por una parte continúa el proceso de la madurez humanística de la
archigalardonada Todo sobre mi madre, por otra evita la aparición de personajes fantasmas y
deus ex machina, gracias a un guión coherente, una realización contenida y un montaje
perfecto. Es posible que haya que trazar una frontera en la filmografía de este incomparable
cineurgo que posiblemente marque la muerte de su madre.
La danza de Pina Baussch, Café Müller, arranca y cierra en su dramática belleza, tras la
apertura de un telón, esta bella película. Dos mujeres casi autistas se mueven convulsas
entre sillas y mesas al compás de “The Fary Queen”, de Enry Purcell, mientras otro de los
intérpretes del escenario le quita los obstáculos para evitar que se tropiecen con ellos.
En el patio de butacas dos hombres asisten a esta danza como espectadores sin conocerse
aún. Son el joven enfermero Benigno (Javier Cámara) y el periodista-escritor argentino
Marco (Darío Grandinetti), quien rompe a llorar de emoción ante el espectáculo.
Ambos personajes se volverán a encontrar en una clínica privada, donde dos mujeres se
encuentran hospitalizadas y en coma. Son Lidia (Rosario Flores), torera de profesión que ha
sufrido una cogida pocos meses después de conocer al escritor argentino, que a su vez viene
huyendo de una separación y un amor no superado; la otra es Alicia (Leonor Watling), joven
estudiante de ballet. Benigno, el joven enfermero de ambigua sexualidad, se ha prendado de
ella al observarla danzar desde la ventana de su casa, donde hasta hace poco vivía cuidando
a su madre. Un accidente de automóvil deja también en coma a la muchacha y Benigno se ofrece
como enfermero profesional para cuidarla.
Ambas historias de soledad casi metafísica se entrecruzan una y otra vez en el resto de la
película. Mientras Benigno cree firmemente que Alicia le escucha y, sabedor de que a la joven
frecuentaba la Filmoteca y gustaba del cine mudo, le va contando las películas que ve, le
trae sus objetos queridos y la cuida y lava con mimo, Marco es absolutamente incapaz de
dirigirse a Lidia, aunque se mantiene sin embargo a su lado hasta el momento en que su ex
marido, también torero, le revela que poco antes de la cogida se habían reconciliado como
pareja.
Son personajes solitarios y frustrados. Lidia, hija de un banderillero que había proyectado
en ella su necesidad de triunfar como matador, casi ha provocado la cogida para llamar la
atención de su marido. Marco huye de sí mismo escribiendo guías de viaje, como lo hiciera
con su malogrado amor. Sólo el enfermero Benigno parece realizarse en el amor gratuito
hacia una enferma que no le responde, aunque los acontecimientos desencadenarán el drama
con graves cuestiones éticas de difícil respuesta.
El film está conducido por mano maestra desde las emociones interiores, la potencia de
rostros cargados de alma, la virtualidad misteriosa del dolor. El hálito conductor es la
presencia sin habla de Alicia, que Leonor Watling ha logrado eficazmente, gracias al
aprendizaje del yoga Yyengar y un gran dominio de la relajación, para representar su papel
de muerta-viva. Almodóvar ha logrado que un ser en coma vibre y comunique durante toda la
película, atravesándola de misterio y sugerencia. Su cuerpo desnudo de enferma no aparece
en ningún momento obsceno, sino puro y erótico al mismo tiempo desde una ambigüedad muy
almodovariana.
La otra fuerza que da fuste al film es el pandant que hacen entre si ambos hombres
protagonistas. Si el argentino representa el drama de la incomunicación, el encantador
enfermero –autorretrato más o menos consciente de Pedro Almodóvar, tan vinculado a la
madre--, representa la fe en el alma humana y una encarnación del amor gratis que supera
a la muerte. Las mujeres necesitan que se les hable, que se les cuide, que se le acaricie
por sorpresa, viene a decir. “Hable con ella”, le dice a su amigo.
Y una manera de hablar privilegiada es sin duda el cine. De aquí que Almodóvar incruste
en el film una película muda española, creada por él mismo, un guión largo tiempo soñado
que aquí resume en tres secuencias en blanco y negro: “El amante menguante”. Se trata de
la historia de un joven enamorado que se bebe la pócima de su novia, científica
investigadora, hasta quedar reducido en un hombrecillo tan pequeño que puede pasearse
por su cuerpo desnudo como por un hermoso paisaje. Es la metáfora fílmica perfecta del
amor que penetra en el ser amado.
Contar historias libera. Junto a este homenaje al cine, Almodóvar incluye la canción
íntegra “currucucú paloma”, interpretada con femenina nostalgia por el brasileño Caetano
Veloso, que refuerza la intimidad del film. A ello contribuye la presencia de otros
personajes imprevisibles, como Geraldine Chaplin en el papel de profesora de baile de
Alicia y la simpar e imprescindible Chus Lampreave, como singular portera.
Porque el hecho de que se trate del film más espiritual e intimista de Almodóvar no
impide que sus constantes estén presentes: la sangre de toro, personificación de la
virilidad violenta y la muerte; la raza española en una Rosarito que, según Almodóvar, es
la mujer que mejor podía vestir un traje de luces; los saltos al humor del absurdo –entrevista
de Loles León en televisión-- y su homenaje a la estética y humanismo homosexuales,
cristalizado en Benigno (nombre evocador: Benigna es la mendiga cristiana contra las
formalidades y convenciones que se entrega por amor de Misericordia de Galdós) que gusta
bordar, decorar su casa, conversar como las mujeres.
Otro acierto del film es su concepción ajedrezada del tiempo. Los tiempos de los personajes
se adelantan y retrotraen en función de un tiempo interior o no tiempo de Alicia, que es el
verdadero protagonista del film. Lo mismo hay que decir de la interpretación, la música y el
montaje que orquestan la película como una danza.
En fin no faltan los elementos subconscientes entre buñuelescos y freudianos y una simbología
que lleva el contenido del film más allá probablemente de las intenciones del propio director:
La interconexión de todos los seres, la soledad del amor, la piel como frontera, el sexo como
abismo, la ética convencional y la ética personal, la realización del amor personal por sí
mismo aun sin respuesta, la tensión entre la fe y la manipulación... En fin una riqueza
propia de una obra abierta que cuestiona muchos de nuestros comportamientos actuales, desde
esa ruptura con todo tan propia de Almodóvar pero sin la frivolidad forzada y esperpéntica de
otras películas menos creíbles. Un canto a la mujer, un poema de amor y un film que sin dejar la
sensualidad y el culto al cuerpo apunta a su trascendentalidad como alma. En resumen, probablemente
el mejor film de Pedro Almodóvar.
Título original: Hable con ella. Producciones El Deseo, España, 2002. Guión y
dirección: Pedro Almodóvar. Productor: Agustín Almodóvar. Fotografía: Javier
Aguirresarrobe, AFC Música: Alberto Iglesias. Coreografía: Mauricia Fogo y Café
Müller. Pina Bausch. Intérpretes: Alberto Iglesias: Javier Cámara (Benigno), Darío
Grandinetti (Marco), Leonor Watling (Alicia), Rosario Flores (Lydia), Mariola Fuentes- Con la
participación de Geraldine Chaplin y la colaboración especial de Pina Bausch, Malou Airaudo y
Caetano Veloso.