GAL

¿Realidad o ficción?

Malograda crónica por la torticera ambigüedad entre realidad y ficción y el abuso celtibérico de la caricatura.

 

 

El cine político permanece casi inédito en nuestro país. Incluso la revisión histórica de la guerra civil española sigue siendo una asignatura pendiente por su falta de  calidad y credibilidad en nuestras pantallas. Se alega para explicar tal carencia la proximidad de los acontecimientos. Sin embargo el cine estadounidense nos tiene acostumbrados a mostrarnos con frecuencia el reflejo del acontecimiento periodístico  y el escándalo político recientes. Tal es el caso de la tragedia de las torres gemelas por no hablar del Watergate o el  tan traído y llevado asesinato de Kennedy. Por otra parte nombres como Costa Gavras o Ken Loach han situado el drama político más allá del documento, situándose en un plano de libertad, defensa de los derechos humanos e incluso de auténtica inspiración artística.

         De aquí que resulten nuevas entre nosotros películas como Salvador y GAL, que llevan al cine crónicas relativamente recientes como el caso Puig Antich y el terrorismo de Estado  de los Grupos Antiterroristas de Liberación, artífices de la llamada “guerra sucia contra ETA”.  Esta última película abarca quince años con sus distintas etapas, desde la primera, cuando entre 1983 y 1987 comenzaron los atentados en el sur de Francia; la segunda, cuando se investigaron y salió a la luz la implicación de fuerzas policiales en esos atentados contra terroristas de ETA, y, cinco años después, cuando las sentencias llegaron incluso a  condenar a la cúpula del Ministerio de Interior de la época.

         GAL cuenta con una ventaja y un handicap de partida: Los mismos que realizaron la espectacular investigación, que se inició  con un scoop periodístico sin precedentes de Diario 16 y se concluyó en El Mundo, siempre a las órdenes de Pedro J. Ramírez, son los inspiradores y productores del film; lo que al mismo tiempo  lo condiciona decisivamente, puesto que emana de la productora del citado periódico, “Mundo Ficción”. Melchor Miralles, autor de la investigación en aquellos años junto a Ricardo Arques, es el productor ejecutivo de esta película que ha venido a costar unos seis millones de euros y ha sido rodada en el País Vasco, Madrid y el sur de Francia.

         La realización de este ambicioso “thriller político” fue encomendada a Miguel Courtois (Segunda oportunidad, Un Ange, Une Journée de Merde y Preuve d'Amour) con un precedente en el género, El Lobo, film de la misma productora y con el mismo guionista, basado en la historia de  Mikel Lejarza, que  logró infiltrarse en la cúpula de la banda y forzó la detención de 150 terroristas al comienzo de los setenta. Courtois se mostró entonces como solvente y trepidante narrador. Sin duda las graves implicaciones gubernamentales del caso GAL suponían un reto más complejo.

En la película los dos periodistas  Miralles y Arques son sustituidos por una pareja de redactores de unos treinta años, Manuel Mallo y Marta Castillo,  que llevan años investigando los atentados de los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL) cometidos en suelo francés contra miembros de ETA. Marta es una chica ordenada y sensible que prepara una tesis doctoral y está a punto de contraer matrimonio. Manuel, por su parte,  más impulsivo y visceral, acaba de separarse, tiene una hija de corta edad y sueña con escribir novelas. Tras un año sin atentados de lo GAL, la organización terrorista reaparece asesinando a un joven vasco carente de cualquier vínculo con el movimiento separatista. Gracias a un soplo,  los reporteros reciben una foto de los autores del atentado  y pistas de las implicaciones de Ariza  en la dirección de los GAL, y de su  lugarteniente, Marcel Molina. Marta y Manuel cuentan lo sucedido  al director del periódico,  Pablo Codina, y consiguen descubrir  un zulo de los GAL donde obtener las  pruebas que  implican a los policías y develan todo el entramado del caso, que conducirá a la  cárcel a los responsables de la cúpula de Interior.

         El guión, debido a Antonio Onetti, autor teatral y también guionista de El Lobo, es una compleja mezcla de ficción y realidad, que constituye la  dificultad substancial del relato y el film, dada la proximidad de los hechos y que la mayoría de los protagonistas están vivos. Aparte de los cambios en la historia de los periodistas y su relación amorosa entre sí, justificada para prestar comercialidad al film, el problema radicaba originalmente en qué dosis de hechos reales y de ficción se introducían en la película. En primer lugar todos los nombres están cambiados, aunque son reconocibles –Felipe González por su acento andaluz, Amedo por su estilo de policía fascista, Corcuera por su corpulencia, Pedro J. por sus conocidos tirantes…-. Pero al mismo tiempo resulta chocante que aparezcan otros aspectos con sus nombres reales, como por ejemplo el de los dos periódicos y su gran contribución a la democracia española.

         La realización de Courtois demuestra una vez más que sabe  ser eficaz en traducir en imágenes una historia dando interés al thriller político gracias a un intrincado, a veces confuso, mosaico de flahs backs que van abriendo las diversas cajas chinas de la trama,  una fotografía estilo reportaje y una interpretación a veces aceptable y las más mediocre.  Peca del mismo defecto que el guión, la peligrosa ambigüedad entre los datos de la realidad y los personajes “de ficción”, que le concede vía libre para convertirlos  en caricaturas. Por ejemplo Ariza no es un personaje, sino un monigote que mueve a la hilaridad, lo que no hace justicia al subcomisario Amedo, que, por muy culpable y condenado que fuera  por el caso GAL, no deja de ser un ser humano que requeriría ser tratado con más matices. El parapetarse en nombres de ficción no justifica el remedo distorsionado mientras el espectador sabe perfectamente quienes son. Me parece una manipulación ética y estéticamente inaceptable. Aunque los hechos son rigurosos, este aspecto interpretativo   da al conjunto un tono de chacota que lamentablemente resta rigor al conjunto del film.

         Simplificado aparece también el papel de Felipe González y sus colaboradores, que, supongo, al menos se moverían en un laberinto más complejo que el que aparece en esta película de buenos y malos. Lo mismo hay que decir, pero en sentido contrario, del director del periódico, que es elevado a la categoría de héroe, puro e incorruptible. Se diría que el film está realizado a mayor gloria de Pedro Jota, presentado como absolutamente idealista e independiente, sin otros intereses e intrigas políticas que la honesta búsqueda  de la verdad y sin que se cuenten otros datos comprometedores  de este sin duda gran profesional que están en la mente de todos.

Pero el GAL no fue un Watergate. Según el testimonio de Amedo en sus memorias, por ejemplo Pedro J. Ramírez colabora activamente entrevistándose con él para garantizarle la generosidad de un futuro gobierno del PP. Según el mismo testimonio, Garzón le obliga incluso a dar una entrevista a El Mundo cuya publicación posterior señala el momento álgido de la campaña de acoso y derribo del último gobierno de Felipe González. Evidentemente todo eso no aparece en la película.

          En lo estrictamente cinematográfico el film es básicamente entretenido, con hábil estructura, buen ritmo, bastante eficacia en las escenas de acción, pero mediocre en la interpretación y el dibujo de los personajes, comenzando por los protagonistas, -especialmente Natalia Verbeke, a la que le falta cuajo para encarnar a una periodista “progre” de la época- pero  sobre todo Jordi Mollà  como Paco Ariza (Amedo), recuerda a denostados iconos del franquismo por no decir  al cutre protagonista de Torrente. En una palabra, bien lejos del modelo americano y la habilidad que demostró Oliver Stone en films como JFK (1992) o Nixon (1995) para aunar lo intimista y el suspense con lo informativo y lo histórico. El rigor informativo, que permite que unos hechos reales y deleznables para nuestra democracia sean conocidos gracias a una crónica cinematográfica asequible, se desvirtúa al caer en la trivialización y la caricatura, tentaciones típicas del cine celtibérico. Su lanzamiento no debe ser ajeno tampoco, supongo, a la intencionalidad política coyuntural de prestar credibilidad al nuevo pretendido “pelotazo” del diario El Mundo a favor del PP y en contra del PSOE en torno a las buscadas implicaciones de ETA en el atentado del 11-M. Pero estas son circunstancias extra cinematográficas que no harían sino malograr aún más   con el factor propaganda, que tan mal se compadece con la creación, lo que hubiera podido ser  un documento serio e imparcial.


T.O: “GAL”.-P: Mundo Ficción / Maijuin. Coproducción España-Francia, 2006.-Prod: Melchor Miralles.-D: Miguel Courtois.-G: Antonio Onetti.-F: Carlos Suárez.-Mon: Iván Aledo.-I:  José Garcia (Manuel Mallo), Natalia Verbeke (Marta Castillo), Jordi Mollà (Paco Ariza), Ana Álvarez (Soledad Muñoz), Mercé Llorens (Gracia), Abel Folk (Pablo Codina), Miguel Hermoso (Antoine), Jordi Rebellón (Carlos Peinado), José Ángel Egido (José Broca), Tomás del Estal (Marcel), Juan Gea (Pablo), Ricard Borrás (Paul).-Guión: Antonio Onetti.-Mus: Francesc Gener.-Mon.: Guillermo Maldonado.-Dur: 111 min.-Estreno en España: 3 Noviembre 2006.-Dis: EuropaCorp